Tess Gerritsen
AL BORDE DEL
DESEO
ÍNDICE
Prólogo ........................................................................................ 3
Uno ............................................................................................... 6
Dos ............................................................................................. 19
Tres ............................................................................................. 30
Cuatro ........................................................................................ 41
Cinco .......................................................................................... 56
Seis ............................................................................................. 68
Siete ............................................................................................ 76
Ocho ........................................................................................... 86
Nueve ........................................................................................ 95
Diez .......................................................................................... 115
Once ......................................................................................... 126
Doce ......................................................................................... 136
Epílogo .................................................................................... 142
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA ....................................................... 146
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Prólogo
París, 1973.
Llegaba tarde. No era propio de Madeline.
Bernard Tavistock pidió otro café con leche y lo bebió con calma, mirando de
cuando en cuando por la ventana por si veía a su mujer. Sólo se veía lo típico de la
orilla izquierda del Sena: turistas y parisinos, manteles de cuadros rojos y blancos, la
explosión de colores del verano. Pero ni rastro de su mujer y su pelo negro. Ya
llegaba media hora tarde. Demasiado para ser un retraso por culpa del tráfico.
Empezó a golpear con la punta del pie conforme aumentaba su preocupación. En
todos sus años de casados, Madeline rara vez había llegado tarde a una cita, y
siempre por pocos minutos. Puede que otros hombres se quejaran y se mostraran
resignados ante la continua tardanza de sus esposas, pero él nunca había tenido tales
quejas. Le había tocado en suerte una esposa muy puntual. Y muy bella. Una mujer
que, incluso después de quince años de matrimonio, seguía sorprendiéndolo,
fascinándolo, tentándolo.
Pero ¿dónde demonios se había metido?
Dirigió la mirada hacia ambas direcciones del bulevar Saint-Germain. Su
inquietud pasó de ser un vago golpeteo ansioso con la punta del pie a una rotunda
preocupación. Se preguntó si habría tenido un accidente o tal vez la habría
entretenido una llamada de último minuto de su contacto en la agencia de
inteligencia francesa, Claude Daumier. El ritmo de los acontecimientos durante las
dos últimas semanas había sido frenético. Tras los rumores de una filtración en el
servicio de inteligencia de la OTAN, todos llevaban días observando cautelosos a su
alrededor, preguntándose en quién de todos ellos no se podía confiar, quién sería el
topo.
Hacía días ya que Madeline esperaba instrucciones del MI6 de Londres. Tal vez,
habría tenido noticias de ellos en el último minuto.
Aun así, debería habérselo dicho.
Se puso en pie y ya se dirigía hacia el teléfono, cuando vio que su camarero,
Mario, le hacía señas. El joven se acercaba a él a toda prisa entre las mesas ocupadas.
—Señor Tavistock, han dejado un mensaje para usted en el teléfono. Era
madame.
Bernard suspiró aliviado.
—¿Dónde está?
—Dice que no podrá venir a comer. Quiere que vaya a encontrarse con ella.
—¿Dónde?
—En esta dirección —el camarero le entregó un pedazo de papel manchado de
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lo que parecía salsa de tomate. Había garabateado la dirección con lápiz: Calle Myrha,
66 (apartamento 5).
Bernard frunció el ceño.
—¿Esto no está en Pigalle? ¿Qué demonios está haciendo en ese barrio?
Mario se encogió de hombros, un gesto galo muy peculiar que iba acompañado
de una elevación de cabeza y de las cejas.
—No lo sé. Ella me ha dado la dirección y yo la he apuntado.
—Bien, gracias —dijo Bernard, y, sacando la cartera, le entregó al joven unos
francos en pago por los dos cafés junto con una generosa propina.
—Merci —dijo el camarero, con una resplandeciente sonrisa—. ¿Vendrá a cenar,
señor Tavistock?
—Si puedo encontrar a mi mujer —farfulló Bernard, dirigiéndose hacia su
Mercedes.
Condujo hasta la plaza de Pigalle, refunfuñando todo el camino, preguntándose
en qué estaría pensando su mujer para ir a ese lugar. No era el barrio más seguro de
París para una mujer, ni para un hombre, en realidad. Se consoló pensando que su
adorada Madeline sabía cuidar de sí misma. Era mejor tiradora que él y la automática
que llevaba en el bolso siempre estaba cargada, una precaución que él le había
insistido mucho en que tomara después de lo ocurrido en Berlín. Era muy doloroso
pensar que no se podía confiar ensus propios compañeros en esos momentos.
Incompetentes en todas partes, en el MI6, en la OTAN o en la agencia de inteligencia
francesa. Y allí estaba Madeline, atrapada en aquel edificio con unos alemanes del
Este y sin nadie que la cubriera. Si él no hubiera llegado a tiempo...
No quería revivir aquel angustioso momento.
Madeline había aprendido la lección y, por eso, una pistola cargada se había
convertido en un accesorio permanente de su armario.
Tomó la calle Chapelle, y sacudió la cabeza disgustado ante el deterioro de la
zona, los cutres garitos nocturnos, las mujeres medio desnudas apostadas en las
esquinas. Al ver su Mercedes, todas lo miraban ansiosas. Desesperadas.
Los estadounidenses solían llamar a aquel barrio «el callejón de los cerdos». El
lugar al que se acudía en busca de disfrutes rápidos, placeres culpables.
«Madeline, —pensó—, ¿te has vuelto completamente loca? ¿Qué te ha podido
traer aquí?».
Enfiló entonces el bulevar Bayes y, a continuación, la calle Myrha, y aparcó
delante del número 66. Miró con escepticismo el edificio de tres plantas de cemento
desconchado y balcones medio caídos. Se preguntaba si realmente quería su mujer
que se encontrara con ella en aquella cloaca. Cerró el Mercedes con llave pensando
que tendría suerte de que siguiera allí a su regreso. Y, reticente, entró en el edificio.
Había signos de que estaba habitado: juguetes por las escaleras, la música que
salía de una radio en uno de los pisos. Subió las escaleras. El olor a cebolla frita y
tabaco parecía persistir en el aire. Los números tres y cuatro estaban en el segundo
piso; siguió subiendo por una empinada escalera hasta el último. El número cinco era
el apartamento del ático; la puerta baja estaba encajada entre los aleros.
Llamó. No obtuvo respuesta.
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—¿Madeline? Esto no será una broma, ¿no?
Nada.
Tentó la puerta. No estaba cerrada con llave. Entró en el piso abuhardillado.
Unas venecianas colgaban de las ventanas, a través de sus lamas se proyectaban
luces y sombras sobre el cuarto. Contra una de las paredes había una cama grande de
hierro, las sábanas revueltas por el último ocupante. En una mesilla había dos copas
sucias, una botella de champán vacía y varios artículos de plástico a los que uno se
referiría delicadamente como «complementos maritales». La habitación olía a licor, al
sudor que queda tras la pasión, a cuerpos en celo.
La mirada perpleja de Bernard fue descendiendo, gradualmente, hacia el pie de
la cama, hacia un zapato de tacón suelto en el suelo. Con el ceño fruncido, se acercó y
vio que el zapato estaba tirado en medio de un charco carmesí. Al dar la vuelta a la
cama, se quedó petrificado.
Su mujer yacía en el suelo, el pelo de ébano extendido como las alas de un
cuervo. Tenía los ojos abiertos. Tres círculos rojos en su blusa blanca.
Se hincó de rodillas a su lado.
—No —dijo—. ¡No!
Le acarició la cara, sintió sus mejillas aún tibias. Acercó el oído a su pecho, el
pecho ensangrentado, pero no escuchó el latido del corazón, no respiraba. Un sollozo
brotó de su garganta, un llanto de dolor sin comparación.
—¡Madeline!
Cuando el eco de su nombre desapareció en el silencio, Bernard oyó un ruido a
su espalda. Eran pasos. Se aproximaban...
Bernard se giró. Desconcertado, se encontró frente a una pistola, la pistola de
Madeline. Levantó el rostro para ver quién lo apuntaba. No tenía ningún sentido.
¡Ninguno!
—¿Por qué? —preguntó Bernard.
La respuesta que oyó fue el ruido sordo de la automática con silenciador. El
impacto de la bala lo lanzó hacia atrás, despatarrado, junto a Madeline. Durante unos
breves segundos, notó el cuerpo de ésta junto al suyo, el pelo sedoso rozándole los
dedos. Extendió entonces una mano y le tomó la cabeza, débilmente.
«Mi amor, —pensó—. Mi adorado amor».
Y luego su mano cayó sin vida.
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Uno
Buckinghamshire, Inglaterra.
Veinte años más tarde.
Jordan Tavistock estaba repanchigado en el sillón del tío Hugh, mirando,
divertido, como había hecho mil veces antes, el retrato de su antepasado, el
desventurado conde de Lovat. Pensaba en lo deliciosamente irónico que era que lord
Lovat contemplara el mundo desde aquel lugar de honor sobre la chimenea. Era la
prueba de la poca importancia que la familia Tavistock había concedido siempre al
único familiar que había perdido, literalmente, la cabeza en Tower Hill, el último
hombre oficialmente decapitado en Inglaterra, sin contar las decapitaciones no
oficiales. Jordan levantó el vaso en honor del desafortunado conde y bebió un sorbo
de jerez. Estuvo tentado de servirse una segunda copa, pero ya eran las cinco y
media, y los invitados empezarían a llegar en breve para la recepción conmemorativa
del Día de la Bastilla.
«Necesito conservar unas cuantas células grises en pleno funcionamiento, —
pensó—. Puede que las necesite para soportar la chachara hasta el final».
La cháchara social era una de las actividades que más detestaba Jordan.
Evitaba en todo lo posible esos saraos con caviar y pajarita que tanto le gustaba
organizar al tío Hugh. Pero el evento de esa noche, en honor de sus invitados, sir
Reggie y lady Helena Vane, puede que resultara más entretenido que las habituales
reuniones de los amantes de la hípica. Se trataba del primer gran acto desde que el
tío Hugh se jubilara del servicio de inteligencia británico, y, posiblemente, muchos
antiguos colegas de Hugh en el MI6 asistieran. Eso incluía algunos viejos amigos de
París, todos presentes en Londres con motivo de la reciente cumbre económica, por
lo que se presentaba una noche intrigante. Siempre que alguien reunía en una misma
habitación a un grupo de ex espías y diplomáticos, todo tipo de secretos podía aflorar
a la superficie.
Jordan levantó la vista al ver que su tío entraba refunfuñando en el estudio.
Vestido ya con el esmoquin, Hugh trataba, sin éxito, de hacerse el nudo de la pajarita.
Sólo había logrado un apretado engendro de nudo.
—Jordan, ¿te importa ayudarme con esta dichosa cosa?
Jordan se levantó del sillón y deshizo el nudo.
—¿Dónde está Davis? A él se le dan mucho mejor estas cosas.
—Lo he mandado a buscar a esa hermana tuya.
—¿Beryl ha salido otra vez?
—Naturalmente. Basta decir «fiesta» para que salga por la puerta.
Jordan comenzó a hacer el nudo de la pajarita.
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—Beryl nunca ha sido muy amiga de las fiestas. Y, entre tú y yo, creo que está
un poco harta de los Vane.
—Pero si son unos huéspedes encantadores...
—Es por esas pullas tan desagradables que se lanzan.
—Ah, eso. Siempre han sido así. Yo ya ni me doy cuenta.
—¿Y te has fijado en cómo persigue Reggie a Beryl por todas partes, como un
perrito faldero?
Hugh se echó a reír.
—Cerca de una mujer hermosa, Reggie siempre se comporta como un perrito
faldero.
—No me extraña que Helena esté siempre metiéndose con él —Jordan
retrocedió un paso para ver el efecto de la pajarita, con el ceño fruncido.
—¿Qué tal estoy?
—Tendrá que servir.
Hugh miró el reloj.
—Será mejor que vaya a la cocina, a ver si todo está en orden. ¿Por qué no
habrán bajado los Vane todavía?
Justo en ese momento, llegó hasta ellos el eco lastimero de unas voces en la
escalera. Lady Helena, como siempre, estaba riñendo a su marido.
—Alguien tiene que hacerte ver esas cosas —dijo.
—Sí, siempre tú, ¿no?
Sir Reggie entró en el estudio a toda prisa, perseguido por su esposa. La
evidente discordancia entre aquella pareja era algo que seguía extrañando a Jordan.
Sir Reggie era un hombre alto y guapo de pelo plateado, muy distinto del ratón gris
que tenía por esposa. Tal vez la explicación de tal emparejamiento estuviera en la
sustanciosa herencia de Helena.
A punto de dar las seis, Hugh sirvió jerez para los cuatro.
—Antes de que llegue la horda, me gustaría proponer un brindis: Por vuestro
feliz regreso a París —dijo. Todos bebieron. Era una ceremonia solemne, aquella
última cena con sus viejos amigos.
Reggie fue quien alzó su copa a continuación.
—Y por tu hospitalidad. ¡Siempre apreciada!
Empezaron a oír entonces los neumáticos de los coches al detenerse sobre el
suelo de grava de la entrada. Todos miraron por la ventana en el momento en que la
primera limusina aparecía a la vista. El chófer abrió la puerta y por ella salió una
mujer, de unos cincuenta, embutida en un vestido verde cubierto de resplandecientes
cuentas de cristal. A continuación, descendió un joven con una camisa de seda de
color púrpura que tomó el brazo de la mujer.
—Santo Dios, son Nina Sutherland y su chaval —murmuró Helena—. ¿En qué
escoba han llegado volando?
De pronto, la mujer los vio a todos reunidos junto a la ventana.
—¡Hola, Reggie! ¡Helena! —gritó con su aguda voz de fagot.
Hugh dejó la copa en una mesa.
—Es hora de ir a recibir a los bárbaros —dijo, suspirando. Acompañado por los
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Vane, salió a recibir a los primeros invitados.