Jordan pensó que no había obtenido ninguna información nueva y, ya se estaba
dando la vuelta para irse, cuando se detuvo.
—¿Está seguro de que era la señora Tavistock la mujer que llamó?
—Dijo que era ella —dijo Mario.
—¿Reconoció la voz?
Mario hizo una pausa. Apenas fueron unos segundos, pero le bastó a Jordan
para saber que el hombre no estaba seguro por completo.
—Sí. ¿Quién más podría ser?
Profundamente pensativo, Jordan salió del café y caminó unos cuantos pasos
por el bulevar Saint-Germain con la intención de regresar andando al hotel. Pero no
había avanzado ni media manzana cuando vio el Peugeot azul. Su pequeña
vampiresa seguía vigilándolo. Pensó que, ya que iban en la misma dirección, por qué
no pedirle que lo llevara.
Se acercó al coche y abrió la puerta del copiloto.
—¿Te importa dejarme en el Ritz? —preguntó alegremente.
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Una enfurecida Colette lo miró fijamente desde el asiento del conductor.
—¿Qué se cree que está haciendo? —preguntó—. ¡Salga de mi coche ahora
mismo!
—Oh, vamos. No hay ninguna necesidad de ponerse histérica.
—¡Fuera! —gritó lo suficientemente alto como para que un viandante que
pasaba por allí se quedara mirando.
Con calma, Jordan se metió en el coche. Se percató de que la chica iba vestida de
negro otra vez. Se preguntó qué tenía el negro con los agentes secretos.
—El Ritz está lejos de aquí. Estoy seguro de que no está verboten, ¿no crees?
Acercarme en coche al hotel, quiero decir.
—Ni siquiera sé quién es usted —insistió ella.
—Yo sí sé quién eres tú. Te llamas Colette, trabajas para Claude Daumier y se
supone que tienes que vigilarme —Jordan le dedicó el tipo de sonrisa con la que solía
conseguir lo que se proponía—. En vez de andar siguiéndome de forma subrepticia a
lo largo de todo el bulevar, ¿por qué no nos tomamos esto de forma sensata? Así nos
ahorraremos la incomodidad de este estúpido juego del gato y el ratón.
Una chispa de regocijo afloró en los ojos de Colette. Asiendo el volante con
fuerza, continuó mirando al frente, pero Jordan pudo ver la sonrisa que tiraba de las
comisuras de sus labios hacia arriba.
—Cierre la puerta —espetó—. Y póngase el cinturón. Es una norma.
Conforme avanzaban por el bulevar Saint-Germain, Jordan no dejaba de
mirarla, preguntándose si sería tan fiera como quería hacer ver. La falda de cuero
negro y el ceño fruncido no ocultaban el hecho de que era una chica guapa.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para Daumier?
—Tres años.
—¿Y siempre te encargan este tipo de trabajos? ¿Seguir a hombres extraños por
la calle?
—Me limito a seguir instrucciones. Las que sean.
—Ya. Eres del tipo obediente —Jordan se reclinó sobre el respaldo, sonriendo
ampliamente—. ¿Qué te ha dicho Daumier respecto a este encargo?
—Que tengo que vigilarle a usted y a su hermana para evitar que puedan
hacerles daño. En vista de que hoy su hermana está con el señor Wolf, he decidido
seguirlo a usted —se detuvo un momento antes de añadir con apenas un susurro—:
Pero no ha sido tan sencillo como pensaba.
—No soy tan difícil.
—Pero hace cosas inesperadas. Logra pillarme por sorpresa.
Un coche estaba tocando el claxon. Furiosa, Colette miró el retrovisor.
—Este tráfico está peor cada día— Ante el súbito silencio, Jordan la miró.
—¿Ocurre algo?
—No —dijo ella tras una pausa—. Es sólo que estoy imaginando cosas.
Jordan se giró y miró a través de la luna trasera. Lo único que vio fueron las
hileras de coches serpenteando por el bulevar. Miró de nuevo a Colette.
—Y dime, ¿qué hace una chica bonita como tú trabajando en la agencia de
inteligencia francesa?
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Ella sonrió, la primera vez que la veía sonreír. Fue como ver salir el sol.
—Ganarme la vida.
—¿Conoces gente interesante?
—Bastante.
—¿Y has encontrado el amor?
—Lamentablemente, no.
—Pues es una pena. Tal vez deberías buscar un nuevo trabajo.
—¿Como cuál?
—Podríamos discutirlo cenando.
Ella negó con la cabeza.
—No está permitido confraternizar con el sujeto que debo vigilar.
—Así que eso es lo que soy —dijo él con un suspiro—: un sujeto.
Lo dejó en una calle perpendicular a la entrada del hotel. Jordan bajó, pero
antes de irse se giró hacia ella.
—¿Por qué no subes a tomar algo?
—Estoy de servicio.
—Debe ser muy aburrido, todo el día metida en ese coche. Esperando a que
haga otro movimiento inesperado.
—Gracias, pero no —dijo ella con una sonrisa encantadoramente traviesa. La
insinuación de una posibilidad.
Jordan entró en el hotel.
Arriba, recorrió la habitación arriba y abajo pensando en la información que
había recabado en el café Hugo. Esa llamada de Madeline no cuadraba. ¿Qué
motivos tenía para querer quedar con Bernard en Pigalle? No se ceñía a la teoría de
asesinato y suicidio. Se preguntó si habría mentido el camarero o si, simplemente, se
habría confundido. Con el ruido ambiental de un café abarrotado, era difícil asegurar
que fuera la voz de Madeline Tavistock.
«Tengo que volver al café. Tengo que preguntar a Mario si era la voz de una
inglesa».
Salió del hotel de nuevo a la brillante luz del mediodía. Un taxi esperaba en la
entrada principal, pero el conductor no estaba a la vista. Tal vez Colette siguiera
aparcada en la esquina de la otra calle. Podría pedirle que lo llevara de nuevo al
bulevar Saint-Germain. Enfiló la calle y vio el Peugeot azul. A través del cristal
tintado de la ventanilla, reconoció una silueta tras el volante.
Se acercó y tocó en el cristal del lado del copiloto.
—Colette —llamó—. ¿Podrías llevarme a otro sitio?
No hubo respuesta.
Jordan abrió la puerta y se deslizó en el interior del coche.
—¿Colette?
La chica estaba totalmente inmóvil, los ojos fijos al frente. Jordan no
comprendía. Entonces vio el hilo de sangre que descendía desde la sien y desaparecía
bajo la lana de su jersey de cuello vuelto negro.
Jordan sintió que el pánico se apoderaba de él cuando extendió los brazos hacia
ella y le sacudió el hombro.
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
—¿Colette?
El cuerpo de la chica cayó sobre su regazo.
Jordan miró la cabeza que reposaba entre sus brazos. En la sien se veía el
agujero limpio de un balazo.
No recordaba cómo salió del coche. Lo único que recordaba eran los gritos de
una mujer que pasaba por allí. Entonces, momentos después, se fijó en los rostros
atónitos de la gente que se habían visto atraídos hacia la tranquila calle por los gritos.
Todos señalaban el brazo flácido de la mujer que colgaba fuera del coche. Todos lo
miraban fijamente a él.
Con el cuerpo entumecido por el miedo, Jordan se miró las manos.
Estaban cubiertas de sangre.
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Cinco
Entre el grupo de curiosos, Amiel Foch observaba mientras la policía esposaba
al inglés y se lo llevaba. Un resultado inesperado.
Claro que tampoco había esperado volver a ver a Colette LaFarge en su vida y,
menos aún, que ella lo viera a él. Habían trabajado juntos sólo una vez, tres años
atrás, en Chipre. Había tenido la esperanza de que, al pasar junto al coche, con los
hombros hundidos y la cabeza gacha, ella no se fijara en su persona. Pero al alejarse,
la había oído, desconcertado, gritar su nombre.
Mientras veía cómo subían el cuerpo a una ambulancia, Amiel pensó que no
había tenido elección. Los servicios de inteligencia lo creían muerto. Colette los
habría sacado de su error.
La multitud empezó a dispersarse. Era hora de marcharse.
Viró hacia el borde de la acera. Con calma, dejó caer la pistola en la alcantarilla
y la empujó con el pie. El arma era robada, no la relacionarían con él; sería mejor que
la encontraran cerca del escenario del crimen. Consolidaría la acusación de asesinato
contra Jordan Tavistock.
A unas manzanas de distancia, encontró una cabina. Marcó el número de su
cliente.
—Jordan Tavistock ha sido arrestado por asesinato —dijo Foch.
—¿El asesinato de quién? —la voz sonó seca como un chasquido al otro lado.
—Uno de los agentes de Daumier. Una mujer.
—¿Ha sido Tavistock?
—No. He sido yo.
El cliente estalló en una sonora carcajada.
—¡Esto es la monda! ¡De verdad! Te pido que sigas a Jordan y le tiendes una
trampa para que parezca culpable de asesinato. Estoy impaciente por ver qué haces
con su hermana.
—¿Qué quieres que haga?
Se hizo una pausa al otro extremo de la línea.
—Creo que es hora de que resuelvas este desaguisado —dijo—. Termina lo
empezado.
—La mujer no es problema, pero será difícil acceder a su hermano, a menos que
encuentre la manera de meterme en la cárcel.
—Siempre puedes hacer que te arresten.
—¿Y qué ocurrirá cuando identifiquen mis huellas? —Foch negó con la
cabeza—. Necesito que otro haga el trabajo.
—Te buscaré a alguien entonces —respondió el interlocutor—. Por ahora, nos
fijaremos en un solo objetivo. Beryl Tavistock.
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Un turco era el nuevo dueño del edificio de la calle Myrha. Había tratado de
mejorar su aspecto. Para ello, había pintado la fachada exterior, había apuntalado los
balcones ruinosos y había reemplazado las tejas que faltaban en el tejado, pero, así y
todo, parecía imposible rehabilitar el edificio y la calle en la que se encontraba. La
culpa la tenían los inquilinos, según explicó el señor Zamir mientras los acompañaba
al ático. No se podía hacer nada con unos inquilinos que dejaban que sus hijos
vagaran en estado salvaje. Por su aspecto, el señor Zamir parecía un próspero
hombre de negocios, un hombre cuyo traje a medida y excelente nivel de inglés
evidenciaba unas raíces igualmente prósperas. Les dijo que había cuatro familias de
fiar en el edificio, pero no vivía nadie en el ático, un piso que siempre había tenido
problemas para alquilar. Muchos se interesaban por él, pero en cuanto oían lo del
asesinato, salían corriendo.
—¿Cuánto tiempo lleva vacío el piso? —preguntó Beryl.
—Un año ahora. Desde que compré el edificio. Y antes de eso... —se encogió de
hombros—, no lo sé. Puede que llevara vacío varios años. Pueden echar un vistazo si
quieren —dijo, abriéndoles la puerta.
Una bofetada de olor a cerrado les dio la bienvenida al abrir la puerta. No era
una habitación desagradable. La luz del sol bañaba la estancia a través de una
enorme y sucia ventana. Daba a la calle Myrha, y Beryl pudo ver cómo los niños
jugaban al fútbol abajo. El piso estaba completamente vacío. A través de una puerta
abierta, vislumbró un cuarto de baño con el lavabo desportillado.
En silencio, Beryl dio una vuelta por el piso, deslizando la vista por el suelo de
madera. Junto a la ventana, se detuvo en seco. La mancha era apenas visible, un tono
marrón gastado en las tablas de roble. Se preguntaba de quién sería aquella sangre,
de su padre o de su madre, o tal vez de los dos, unida para siempre.
—He intentado quitar la mancha con tierra —se excusó el señor Zamir—, pero
la madera la ha absorbido. Cuando creo que ya la he borrado, a las pocas semanas
reaparece —suspiró—. Los asusta, ¿saben? Los inquilinos no quieren ver ese tipo de
recordatorios en el suelo.
Beryl tragó con dificultad y se giró para mirar por la ventana. No podía dejar de
preguntarse por qué en aquella calle, en aquella habitación; por qué, de todos los
lugares de París, habían muerto allí.
—¿A quién pertenecía el edificio antes de que usted lo comprara, señor Zamir?
—Tuvo varios dueños. Antes de mí, hubo un tal señor Rosenthal. Y antes de él,
un tal señor Dudoit.
—En la época en la que tuvo lugar el asesinato,el casero era un hombre llamado
Jacques Rideau. ¿Lo conoció usted? —preguntó Richard.
—Lo siento, pero no. Eso debió ser hace muchos años.
—Veinte.
—Entonces no podría haberlo conocido —el señor Zamir se giró hacia la
puerta—. Les dejaré solos. Si tienen alguna pregunta, estaré abajo, en el apartamento
número tres, un rato más.
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Beryl oyó los pasos del hombre, que se alejaba sobre las tablas crujientes de las
escaleras. Miró entonces a Richard y vio que estaba en un rincón, mirando el suelo
con el ceño fruncido.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En el inspector Broussard. Cómo señalaba esa foto. El punto que señalaba
podría estar en cualquier parte de esta habitación.
—No hay nada que mirar. Y tampoco lo había en la foto.
—Eso es lo que preocupa. A él parecía inquietarle. Y había algo en ese maletín...
—Los documentos de la OTAN —dijo ella en voz baja.
Richard la miró.
—¿Cuánto te han contado sobre Delphi?
—Sé que no era papá, ni mamá. Ellos nunca se habrían pasado al otro lado.
—La gente lo hace por muy distintos motivos.
—Pero ellos no. Desde luego, no necesitaban el dinero.
—¿Simpatías comunistas?
—¡Los Tavistock no!
Richard se acercó a ella. A cada paso que daba, Beryl notaba cómo su pulso se
aceleraba. Se acercó a ella lo suficiente para que ésta se sintiera amenazada. Y
tentada.
—Siempre nos queda el chantaje —dijo él con calma.
—¿Te refieres a que tenían secretos que ocultar?
—Todo el mundo los tiene.
—No todo el mundo se vuelve un traidor.
—Eso depende del secreto, ¿no te parece? Y de lo que uno pueda perder por su
culpa.
Se miraron en silencio y Beryl se preguntó cuánto sabría realmente de sus
padres aquel hombre; cuántas cosas le estaría ocultando. Tenía la sensación de que
sabía mucho más de lo que estaba diciendo y esa sospecha se erguía como una
barrera entre ambos. Más secretos. Más verdades silenciadas. Había crecido en un
hogar en el que determinadas líneas de conversación estaban vetadas. «Y me niego a
vivir mi vida de esa manera. No volveré a hacerlo».
Beryl se giró.
—No tenían motivos para acceder a un chantaje.
—Eras sólo una niña de ocho años. Y vivías en un internado en Inglaterra. ¿Qué
sabes de ellos en realidad? ¿De su matrimonio, sus secretos? ¿Qué pasa si era cierto
que tu madre alquilaba este apartamento para encontrarse con un amante?
—No me lo creo. No lo creeré nunca.
—¿Tan difícil te resulta aceptarlo? ¿Tanto te cuesta aceptar que era humana y
que pudiera tener un amante? —la tomó por los hombros e hizo que lo mirara a los