ojos—. Era una mujer muy hermosa, Beryl. Si lo deseaba, no habría tenido problemas
para encontrar cuantos amantes quisiera.
—¡Por tus palabras cualquiera diría que era una fulana!
—Sólo estoy considerando las posibilidades.
—¿Las posibilidades de que vendiera a su reina y a su país para ocultar algún
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sucio secreto? —Beryl se zafó con un gesto airado—. Lo siento, Richard, pero mi fe en
ellos está mucho más arraigada. Y si tú los hubieras conocido de verdad, no se te
pasaría por la cabeza una idea semejante —se giró sobre sus talones y se dirigió a la
puerta.
—Los conocía. Yo diría que bastante bien —dijo él.
Ella se detuvo y se dio la vuelta para mirarlo.
—¿Qué quieres decir con «bastante bien»?
—Nosotros... nos movíamos en los mismos círculos. No estábamos en el mismo
equipo exactamente, pero trabajábamos en el mismo proyecto.
—No me lo habías dicho.
—No sabía cuánto debía decirte, ni cuánto sabías —Richard comenzó a dar
vueltas por la habitación, valorando cada palabra antes de continuar—. Fue en mi
primera misión. Acababa de terminar mi entrenamiento en Langley.
—¿La CIA?
Richard asintió.
—Fui reclutado en la universidad, no es que yo lo eligiera. Pero se las
arreglaron para hacerse con mi tesis de fin de carrera, un análisis sobre las
habilidades armamentísticas libias. Al parecer, me acerqué asombrosamente a la
realidad. Sabían que hablaba con fluidez varios idiomas y que había pedido varios
préstamos para hacer la carrera. Ésa fue la zanahoria que usaron, mi colaboración a
cambio de cancelar el préstamo. Viajar al extranjero. Tengo que admitir que la idea
me intrigaba, la oportunidad de trabajar como asesor para los servicios de
inteligencia...
—¿Fue así como conociste a mis padres?
—La OTAN sabía que había una filtración en el sistema de seguridad cuyo
origen estaba en París. Al parecer, alguien estaba pasando información sobre armas a
Alemania del Este. Yo acababa de llegar a París, así que estaba libre de sospecha. Me
asignaron la misión de trabajar con Claude. Me pidieron que redactara un informe
falso sobre armas, lo más cercano a la realidad como me fuera posible. Lo codificaron
y lo transmitieron a los oficiales autorizados de unas cuantas embajadas. La idea era
determinar la fuente de la filtración.
—¿Dónde aparecen mis padres?
—Ellos estaban asignados a la embajada británica. Bernard en Comunicaciones
y Madeline en Protocolo. Los dos trabajaban para el MI6. Bernard era uno de los
pocos que tenía acceso a los documentos secretos.
—¿Y se convirtió en sospechoso?
Richard asintió.
—Todo el mundo era sospechoso. Los británicos, los americanos, los franceses.
Hasta el nivel de los propios embajadores —comenzó a moverse nuevamente,
midiendo sus palabras—. Así que el informe falso fue enviado a las embajadas. Y
esperamos a ver si llegaba a manos de los alemanes, como había ocurrido con los
otros. No llegó. Terminó aquí, en un maletín. En esta misma habitación. Con tus
padres.
—Y así se cerró el caso de Delphi —dijo ella, antes de añadir con amargura—:
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Todo muy limpio y fácil. Teníais a vuestro culpable. Fue una suerte que estuviera
muerto y no pudiera defenderse.
—Yo no lo creí.
—Aun así, dejasteis la investigación.
—No tuvimos opción.
—¡No os importaba lo suficiente para querer saberla verdad!
—No, Beryl. No tuvimos opción. Nos dieron la orden de abandonar la
investigación.
Ella lo miró sin salir de su asombro.
—¿Quién?
—Mis órdenes llegaron directamente desde Washington. Las de Claude, del
Primer Ministro francés. El asunto quedaba archivado.
—Y mis padres pasaron a la historia como unos traidores —dijo ella—. Una
manera muy oportuna de cerrar el caso —y salió de la habitación profundamente
disgustada.
Richard la siguió escaleras abajo.
—¡Beryl! ¡Yo nunca creí que Bernard fuera culpable!
—¡Dejaste que él se llevara todas las culpas!
—Ya te lo he dicho, me lo ordenaron.
—Y es obvio que tú siempre obedeces las órdenes.
—Me enviaron de vuelta a Washington poco después. No pude seguir con el
caso.
Salieron del edificio al ajetreo de la calle Myrha. Un balón de fútbol pasó junto a
ellos, seguido por una pandilla de niños andrajosos. Beryl se detuvo en la acera,
cegada por el sol. Los ruidos de la calle, los gritos de los niños, le resultaban
tremendamente desorientadores. Se dio la vuelta y miró hacia la ventana del ático. La
vista se volvió de pronto borrosa por las lágrimas.
—Menudo lugar para morir —susurró—. Dios, qué lugar tan horrible para
morir...
Subió al coche de Richard y cerró la puerta. Era un alivio poder dejar fuera el
caos de la calle Myrha.
Richard se sentó a su lado, en el asiento del conductor. Permanecieron en
silencio un momento, mirando al frente a los niños harapientos que jugaban al fútbol.
—Te llevaré de vuelta al hotel.
—Quiero ver a Claude Daumier.
—¿Para qué?
—Quiero oír su versión de lo que ocurrió. Quiero confirmar que me has dicho la
verdad.
—Te he dicho la verdad, Beryl.
Beryl se giró hacia él. Richard la miraba sin pestañear. Ella quería creerlo, y eso
era lo peligroso. Era la maldita atracción que flotaba entre ellos, la febril llamada de
las hormonas, el recuerdo de sus besos, lo que le nublaba el juicio. «¿Qué tiene este
hombre? Me basta mirarlo, aspirar su olor para desear arrancarle la ropa y hacer lo
mismo con la mía».
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AL BORDE DEL DESEO
Fijó la mirada al frente de nuevo, tratando de no pensar más en cuánto le
gustaba.
—Quiero hablar con Daumier.
—Está bien. Si eso es lo que necesitas para creerme —dijo él tras una pausa.
Una llamada les confirmó que Daumier no estaba en su despacho; acababa de
salir para entrevistarse nuevamente con Marie St. Pierre. Así que se dirigieron al
Hospital Cochin, donde Marie seguía ingresada.
Al llegar, comprobaron que no eran los únicos visitantes de la tarde. Sentadas
en sendos sillones, junto a la cama, se encontraban Nina Sutherland y Helena Vane.
Saltaba a la vista que habían montado una pequeña fiesta para tomar el té, a juzgar
por las bandejas con pastas y pequeños sandwiches que había en un carrito de servir
junto a la ventana. La paciente, sin embargo, no participaba en el refrigerio. Estaba
sentada en la cama, con el aspecto de una matrona francesa de expresión triste y
cansada, vestida con un camisón gris a juego con su cabello. Las únicas heridas
visibles eran una mejilla magullada y algunos rasguños en los brazos. Estaba claro, a
juzgar por el aspecto infeliz de la mujer, que la mayoría de los daños eran
emocionales.
Nina sirvió té en dos tazas y se las entregó a Beryl y a Richard.
—¿Cuándo habéis llegado a París?
—Jordan y yo llegamos ayer —dijo Beryl—. ¿Y tú?
—Hicimos el vuelo de vuelta a casa con Helena y Reggie —Nina se reclinó en el
sillón y cruzó las piernas, enfundadas en sus medias de seda—. Lo primero que he
pensado esta mañana ha sido que tenía que pasar a ver a Marie. La pobrecilla
necesita ánimos.
A juzgar por el desánimo en la expresión de la paciente, la visita de Nina no
había conseguido el resultado deseado.
—A lo que está llegando el mundo —dijo Nina, manteniendo la taza en
equilibrio—. ¡Locura y anarquía! Nadie está a salvo, ni siquiera la clase alta.
—¿Algún progreso en las investigaciones? —preguntó Beryl.
Marie St. Pierre dejó escapar un suspiro.
—Insisten en que es un ataque terrorista.
—Por supuesto que lo es —dijo Nina—. ¿Quién, si no, va poniendo bombas en
las casas de los políticos?
Marie bajó la vista hacia el regazo. Se miró las manos, los huesudos dedos
entrelazados.
—Le he dicho a Philippe que deberíamos irnos de París un tiempo. Tal vez esta
tarde, cuando me den el alta. Podríamos visitar Suiza...
—Una idea excelente —murmuró Helena con suavidad, apretando la mano de
Marie para darle ánimos—. Necesitáis aires nuevos, los dos.
—Pero eso es huir. Los criminales sabrán que han ganado —dijo Nina.
—Es fácil para ti decirlo —murmuró Helena—. No ha sido en tu casa donde
han puesto la bomba.
—Y si lo fuera, me quedaría en París. No cedería un ápice...
—Nunca has tenido que hacerlo.
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—¿Qué?
—Nada —Helena desvió la mirada.
—¿Qué estás murmurando, Helena?
—Sólo pienso que Marie debería hacer exactamente lo que quiera. Dejar París
una temporada parece buena idea. Cualquier amigo la respaldaría.
—Yo me considero amiga suya.
—Sí, claro —murmuró Helena.
—¿Estás diciendo que no lo soy?
—Yo no he dicho nada de eso.
—Estás murmurando otra vez, Helena. De verdad, me pone de los nervios.
¿Tan difícil es decir lo que piensas con claridad?
—Por favor —suplicó Marie.
Unos golpes en la puerta pusieron fin a la discusión. La puerta se abrió y dio
paso a Anthony, el hijo de Nina, vestido con una camisa de color azul eléctrico y
chaqueta de cuero, fiel a su estilo poco convencional.
—¿Nos vamos, mamá?
—Con mucho gusto —dijo Nina con desdén, levantándose con gesto
malhumorado. Ya en la puerta, se detuvo y miró a Marie—. Sólo hablo como amiga.
Yo, al menos, creo que deberías quedarte en París —y tomando el brazo de Anthony,
salió de la habitación.
—Dios mío, Marie, ¿por qué tienes que soportarla? —murmuró Helena tras una
pausa.
Marie, disminuida entre las sábanas, se encogió de hombros.
—Siempre he pensado que eras una santa por dejar entrar en tu casa a esa
mujerzuela. Si de mí dependiera...
—Alguien debe mantener la paz —dijo Marie.
Trataron de seguir charlando, los cuatro, pero el silencio caía sobre ellos sin que
pudieran evitarlo. Tras los comentarios sobre la explosión y el mobiliario destrozado,
la pérdida de obras de arte y los daños sufridos por algunas reliquias, subyacía la
sensación de que había algo más que nadie mencionaba. Que incluso tras el horror de
semejantes pérdidas, existía una aún mayor. Bastaba mirar a los ojos a Marie St.
Pierre para saber que lo que deseaba era huir de la devastación que había sufrido en
su vida.
Ni siquiera la llegada de su marido, Philippe, consiguió animarla. Si acaso,
pareció evitar el beso con el que quiso saludarla. Marie apartó la cara y miró hacia la
puerta, que había vuelto a abrirse para dejar paso a Claude Daumier. Al ver a Beryl,
se detuvo sorprendido.
—¿Estáis aquí?
—Estábamos esperándote —dijo Beryl.
Daumier miró a Richard y a Beryl de hito en hito.
—He estado tratando de localizaros.
—¿Qué ocurre? —preguntó Richard.
—Es un asunto... delicado —Daumier les hizo una señal para que lo siguieran—
. Será mejor que hablemos de ello en privado.
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Ambos lo siguieron al pasillo, más allá del puesto de las enfermeras. En un
rincón tranquilo, Daumier se detuvo y miró a Richard.
—Me acaba de llamar la policía. Han encontrado a Colette muerta en su coche,
de un disparo. Cerca de la plaza Vendôme.
—¿Colette? ¿La agente que estaba vigilando a Jordan? —preguntó Beryl.
Daumier asintió con gesto sombrío.
—Oh. Dios mío —murmuró Beryl—. Jordie.
—No le ha pasado nada —se apresuró a decir Daumier—. Te aseguro que su
vida no corre peligro.
—Pero si la han matado a ella, podrían...
—En estos momentos está en un lugar seguro, detenido —dijo Daumier,
mirando a una atónita Beryl con gesto comprensivo—. Por asesinato.
Mucho después de que todos hubieran abandonado la habitación del hospital.
Helena seguía junto a la cama de Marie. Durante un rato, permanecieron en silencio.
Después de todo eran buenas amigas y disfrutaban del silencio a veces. Pero, de
pronto. Helena pareció no soportarlo más.
—Esto es intolerable. No puedes seguir aguantándolo. Marie.
—¿Y qué otra cosa puedo hacer? Ella tiene muchos amigos, mucha gente a la
que podría poner en mi contra. En contra de Philippe...
—Pero tienes que hacer algo, lo que sea. ¡Para empezar, hablar con ella!
—No tengo pruebas. Nunca las he tenido.
—No las necesitas. ¡Usa los ojos! Observa la manera en que se comportan
cuando están juntos. La manera en que ella se ha comportado siempre que él está
cerca, sus sonrisas. Puede que te haya dicho que se ha terminado, pero ya ves que no
es así. ¿Y dónde está él, por cierto? Estás en el hospital y tu marido apenas aparece
por aquí. Y cuando lo hace, se limita a rozarte la mejilla y se larga de nuevo.
—Está preocupado. La cumbre económica...
—¿De veras? —resopló Helena—. ¡El trabajo de los hombres siempre es lo más
importante!
Marie empezó a llorar, no en forma de sollozos, sino lágrimas silenciosas,
dignas de lástima. Sufriendo en silencio, como siempre hacía. Nunca se había
quejado por nada, sino que había sufrido en silencio que le partieran el corazón. «El
dolor que soportamos, y todo por el amor de los hombres», pensó Helena con
amargura.
—Es mucho peor de lo que crees —susurró Marie.
—¿Cómo podría ser peor?
Marie no respondió. Tan sólo bajó la vista y se miró las heridas de los brazos.
Eran rasguños sin importancia, el resultado de la lluvia de cristales, pero los observó
con profunda desesperación.
«Así que se trata de eso, —pensó Helena, horrorizada—. Piensa que tratan de
matarla. ¿Por qué no contraataca? ¿Por qué no pelea?». Pero Marie no tenía el valor.
Cualquier se daría cuenta con sólo observar sus hombros caídos.
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«Mi pobre y querida amiga, —pensó Helena, mirándola con lástima—, cuánto
nos parecemos. Y, sin embargo, qué distintas somos».
En el banco de enfrente se sentaba un hombre que no dejaba de observar en
silencio la ropa, los zapatos, el reloj de Jordan. Este trató de hacerse el despistado,
pero la mirada del otro era tan descarada que no pudo seguir evitándola.
—¿Qué miras?
—C'est en or? —preguntó el tipo.
—Pardon?
—La montre. C'est en or? —el hombre señaló el reloj de Jordan.
—¡Por supuesto que es de oro!
El hombre sonrió ampliamente, dejando a la vista una hilera de dientes
podridos. Se levantó y fue a sentarse junto a Jordan. Lanzó entonces una mirada
especulativa a los zapatos de éste.
—Italiennes?
—Sí, son italianos —suspiró Jordan.