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作者:西- Tess Gerritsen 当前章节:15379 字 更新时间:2026-6-22 20:36

El otro extendió el brazo y le tocó la manga de la chaqueta de lino.

—Bueno, ya está bien —dijo Jordan—. ¡Las manos quietas, amigo! Laissez-moi

tranquille!

El hombre se limitó a sonreír y se señaló sus propios zapatos, una creación de

cartón y plástico.

—¿Te gustan?

—Muy bonitos —gruñó Jordan.

El sonido de pasos acompañado por el tintineo de unas llaves se fue acercando.

El hombre dormido en el rincón pareció despertar de pronto y comenzó a vociferar:

—Je suis innocent! Je suis innocent!

—¡Tavistock! —gritó el guardia.

—¿Sí? —respondió Jordan, levantándose al punto.

—Venga conmigo.

—¿Adónde vamos?

—Tiene visita.

El guardia lo condujo a lo largo de la galería de celdas atestadas de detenidos.

«Dios mío, y yo que creía que mi celda ya era bastante mala», pensó Jordan. Siguió al

guardia a través de la puerta cerrada con llave que conducía a la zona de visitas. Al

momento, un absoluto caos inundó sus oídos. Por todas partes se oían timbres de

teléfono y discusiones. Una hilera de prisioneros de diverso pelaje esperaban a ser

procesados, una mujer no dejaba de vociferar que se trataba de un error. A través del

parloteo ininteligible en francés, Jordan oyó su nombre.

—¿Beryl? —dijo aliviado.

Su hermana corrió hacia él, y a punto estuvo de tirarlo al suelo con la potencia

de su abrazo.

—¡Jordie! Mi pobrecito Jordie, ¿estás bien?

—Estoy bien, cariño.

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—¿De verdad?

—Nunca he estado mejor, ahora que estás aquí —mirando por encima del

hombro de su hermana vio a Richard y a Daumier. La caballería había llegado. Se

trataba de un error y había que aclararlo.

Beryl se apartó de su hermano y frunció el ceño .

—Tienes un aspecto espantoso.

—Y probablemente huela peor —se volvió hacia Daumier entonces—: ¿Han

encontrado ya a quien le hizo eso a Colette?

Daumier negó con la cabeza.

—Una única bala, nueve milímetros, en la sien. Una ejecución rápida, sin

testigos.

—¿Y la pistola? ¿Cómo pueden acusarme sin tener el arma del crimen?

—Tienen el arma —dijo Daumier—. La encontraron en una alcantarilla, muy

cerca del coche.

—¿Y no hay ningún testigo? ¿A plena luz del día? —preguntó Beryl.

—Es una calle lateral por la que no pasa mucha gente.

—Pero alguien debió ver algo.

Daumier asintió tristemente con la cabeza.

—Una mujer dijo haber visto cómo un hombre se metía a la fuerza en el coche

de Colette. Pero eso ocurrió en el bulevar Saint-Germain.

—Genial. Ese era yo —gimoteó Jordan.

—¿Tú? —Beryl frunció el ceño.

—La convencí de que me acercara al hotel. Mis huellas estarán por todo el

coche.

—¿Qué ocurrió una vez que entraste en ese coche? —preguntó Richard.

—Me dejó en el Ritz. Subí a mi habitación y volví a bajar para hablar con ella.

Entonces la encontré... —entre más gimoteos. Jordan se sujetó la cabeza con las

manos—. Dios, esto no puede estar ocurriendo.

—¿Viste algo? —Richard presionó más.

—Nada. Pero tal vez Colette sí —Jordan se levantó lentamente.

—¿No estás seguro?

—De camino al hotel, no dejaba de fruncir el ceño por algo que vio por el

retrovisor. Dijo algo sobre estar imaginando cosas. Yo miré hacia atrás, pero sólo vi

muchos coches —se volvió hacia Daumier con gesto apesadumbrado—. Yo tengo la

culpa. No dejo de pensar que si hubiera prestado más atención, si no hubiera estado

tan absorto en...

—Ella sabía protegerse —lo interrumpió Daumier—. Debería haber estado

preparada.

—Eso es lo que no entiendo. Que la pillaran desprevenida —dijo Jordan—. Aún

es de día. Podríamos volver al bulevar Saint-Germain. Seguir mis pasos. Puede que

recuerde algo —dijo, consultando el reloj.

La sugerencia fue recibida con un silencio sepulcral.

—Jordie, no puedes —dijo Beryl suavemente.

—¿Qué quieres decir con que no puedo?

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—No van a soltarte.

—¡Pero tienen que hacerlo! ¡Yo no lo hice! —miró a Daumier. Para

consternación suya, vio que el francés movía la cabeza con pesar.

—Haremos todo lo que sea necesario, Jordan. Conseguiremos sacarte de aquí —

dijo Richard.

—¿Alguien ha llamado al tío Hugh?

—No está en Chetwynd —dijo Beryl—. Nadie sabe dónde se encuentra. Parece

que salió anoche sin decir nada a nadie. Vamos a ir a ver a Reggie y a Helena. Ellos

tienen amigos en la embajada. Tal vez puedan mover algunos hilos.

Consternado por las noticias, Jordan no pudo hacer otra cosa que permanecer

allí de pie, rodeado por el caos formado por la mezcla de los presos y sus carceleros.

«Estoy en la cárcel y el tío Hugh se ha esfumado. Esta pesadilla empeora por

momentos», pensó Jordan.

—La policía cree que soy culpable... —aventuró.

—Eso me temo —dijo Daumier.

—¿Y tú, Claude? ¿Qué piensas tú?

—¡Por supuesto que sabe que eres inocente! —declaró Beryl—. Todos los

sabemos. Dame un poco de tiempo para aclarar las cosas.

Jordan se giró hacia su hermana, su hermosa y testaruda hermana. La persona

que más le importaba en el mundo. Se quitó entonces el reloj y se lo entregó.

—¿Por qué me lo das? —preguntó ella, frunciendo el ceño.

—Para que me lo guardes. Puede que esté aquí algún tiempo. Ahora, quiero

que vuelvas a casa, Beryl. En el primer vuelo a Londres. ¿Has comprendido?

—No voy a ir a ninguna parte.

—Sí que lo harás. Y Richard se ocupará de que así sea.

—¿Cómo? ¿Arrastrándome de los pelos?

—Si es necesario...

—¡Pero me necesitas aquí!

—Beryl —se acercó y tomó a su hermana por los hombros—. Han asesinado a

esa mujer. Y ella estaba entrenada para defenderse.

—Eso no significa que yo vaya a ser la siguiente.

—Significa que tienen miedo. Que están preparados para atacar de nuevo.

Tienes que volver a casa.

—¿Y dejarte aquí?

—Claude estará aquí. Y Reggie...

—¿Piensas que voy a volver a Londres mientras tú te pudres en la cárcel? —

Beryl negó con la cabeza—. ¿De verdad crees que haría algo así?

—Si me quieres, sí.

Beryl alzó la barbilla.

—Precisamente porque te quiero, no haré nada de eso —le tiró los brazos al

cuello en un abrazo totalmente impulsivo, tras lo cual se volvió hacia Richard

limpiándose las lágrimas—: Vamos. Cuanto antes hablemos con Reggie, antes

solucionaremos esto.

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Jordan se quedó mirando a su hermana, pensando que era muy típico de ella,

darse la vuelta con su gesto testarudo, en medio de aquella indisciplinada multitud

de ladrones y prostitutas.

—¡Beryl! ¡Vete a casa! ¡No seas idiota! —gritó Jordan.

Ella se detuvo y lo miró.

—No puedo evitarlo, Jordie. Es cosa de familia —y dándose la vuelta, salió de

la sala.

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Seis

—Tu hermano tiene razón —dijo Richard—. Deberías volver a casa.

—No empieces tú también —espetó ella por encima del hombro.

—Te llevaré al hotel para que hagas la maleta. Y después, al aeropuerto.

—¿Tú y qué regimiento?

—¿Aceptarás un consejo por una vez en la vida? —gritó él.

Beryl se giró en redondo en la acera atestada de gente, y se enfrentó a él.

—Consejo, sí. Ordenes, no.

—Está bien, entonces escúchame un momento. Para empezar, venir a París no

fue una buena idea. Puedo comprender por qué lo has hecho. Comprendo que

quisieras saber la verdad sobre tus padres, pero las cosas han cambiado, Beryl. Han

asesinado a una mujer.

—¿Qué se supone que debo hacer con Jordan? ¿Dejarlo ahí dentro?

—Yo me ocuparé. Hablaré con Reggie. Le conseguiremos el mejor abogado.

—¿Y yo me iré a casa? ¿Lavarme las manos? —Beryl miró el reloj que llevaba en

la mano. El reloj de Jordan—. Él es mi familia. ¿Has visto el aspecto tan horrible que

tenía? Se morirá si tiene que quedarse mucho tiempo ahí. Si lo abandonara allí, no

me lo perdonaría jamás.

—Y si algo te ocurriera a ti, Jordan no se lo perdonaría. Y yo tampoco.

—Yo no soy tu responsabilidad.

—Sí lo eres.

—¿Y quién lo dice?

Richard extendió las manos y le tomó el rostro.

—Yo —susurró al tiempo que acercaba los labios a los de ella. Beryl se quedó

tan atónita por la ferocidad del beso que, al principio, no pudo reaccionar; se sintió

invadida por demasiadas y maravillosas sensaciones de golpe. Se oyó gemir de

deseo, notó la oleada cálida de la lengua de él en su boca. Y entonces su cuerpo

respondió de buena gana, ajena al tráfico y a los viandantes. Estaban ellos dos solos y

sus cuerpos y sus bocas se fundían en uno solo. Beryl acertó a pensar que se habían

pasado todo el día luchando contra el impulso de hacer eso precisamente. Y todo el

rato había sido consciente de que era en vano. Todo el rato había sabido que acabaría

ocurriendo. Un beso en una calle de París, y estaría perdida.

Suavemente, Richard se separó y la miró.

—Por esto es por lo que debes irte de París —murmuró.

—¿Porque tú me lo ordenas?

—No. Porque es lo más adecuado.

Ella retrocedió un paso, en un intento por poner espacio de por medio y

recuperar así el control de sus emociones, por poco que fuera.

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—Puede que a ti te parezca adecuado, pero a mí no —dijo con suavidad y, a

continuación, entró en el coche.

Richard la imitó y cerró la puerta. Aunque se quedaron allí un rato en silencio,

Beryl percibió la frustración que emanaba de él.

—¿Qué puedo decir para hacerte cambiar de opinión?

—¿Hacerme cambiar de opinión? —Beryl lo miró y consiguió devolverle una

sonrisa tensa e inflexible—. Nada en absoluto.

—Se trata de una situación peliaguda —dijo Reggie Vane—. Si los cargos no

fueran tan graves, robo tal vez o incluso asalto, la embajada quizá podría hacer algo.

Pero ¿asesinato? Me temo que eso está más allá de la intervención diplomática.

Estaban hablando en el estudio privado de Reggie, una habitación de estilo

masculino, forrada con paneles de madera de color oscuro, muy parecida a la del tío

Hugh en Chetvvynd. En las librerías se alineaban docenas de clásicos ingleses y de

las paredes colgaban escenas de la caza del zorro, con perros y jinetes a caballo. La

chimenea de piedra era una copia exacta, tal como Reggie les había comentado, de la

que calentara su hogar de la niñez, en Cornwall. Hasta el olor del tabaco de pipa de

Reggie le recordaba a su casa. Era reconfortante comprobar que allí, a las afueras de

París, había un pedazo de Inglaterra.

—Seguro que el embajador puede hacer algo —dijo Beryl—. Estamos hablando

de Jordan, no de un hooligan cualquiera. Además, es inocente.

—Claro que sí —dijo Reggie—. Créeme, si pudiera hacer algo, nuestro Jordan

no permanecería en esa celda ni un minuto más —se sentó en el sofá junto a Beryl y

la miró con sus amables ojos azules—. Beryl, cariño, tienes que entenderlo. Ni

siquiera el embajador puede hacer milagros. He hablado con él y no es muy

optimista.

—Entonces ¿no hay nada que él o tú podáis hacer? —preguntó Beryl

apesadumbrada.

—Llamaré al abogado que recomienda nuestra embajada. Es un jurista

excelente a quien se puede acudir en un caso como éste. Especializado en clientes

británicos.

—¿Y eso es todo lo que podemos esperar? ¿Un buen abogado?

Por toda respuesta, Reggie asintió tristemente con la cabeza.

Tan decepcionada estaba Beryl que no oyó que Richard se había acercado hasta

ella, pero sí notó cómo posaba las manos sobre sus hombros en un gesto protector.

«¿Cómo he llegado a confiar tanto en él?, —pensó—. Un hombre en el que no debería

confiar. Y aun así. lo hago».

Reggie miró a Richard.

—¿Y por parte de los servicios de inteligencia? ¿Alguna prueba disponible?

—La agencia de inteligencia francesa está trabajando con la policía. Llevarán a

cabo pruebas de balística de la pistola. No se encontraron huellas. Concederán al

asunto la mayor consideración por ser el sobrino de lord Lovat. Pero sigue siendo

una acusación de asesinato. Y la víctima es una ciudadana francesa. En cuanto los

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periódicos se hagan eco de la noticia, se tratará como el caso de un niñato inglés que

trata de evadirse del peso de la justicia.

—Y bastante hostilidad hay ya hacia los británicos —dijo Reggie—. Después de

treinta años en este país, ya debería saberlo. Te lo digo de verdad, en cuanto me

jubile en el banco, vuelvo a casa —su mirada vagó hasta el cuadro que colgaba sobre

la chimenea. Era una imagen de su casa en el campo, los muros festoneados de

glicinias azules—. Helena odiaba Cornwall. Decía que la casa le parecía demasiado

primitiva. Pero a mis padres les gustaba. Y a mí también —miró a Beryl—. Es

aterrador, meterse en un lío tan lejos de casa. Le hace darse a uno cuenta de lo

vulnerable que es. Y ni el dinero ni la posición social pueden hacer nada.

—Le he dicho a Beryl que debería volver a casa —dijo Richard.

—Pienso lo mismo —dijo Reggie.

—No puedo. Me sentiría como una rata que abandona el barco —dijo Beryl.

—Pero serías una rata viva —dijo Richard.

—Pero una rata a fin de cuentas —dijo ella, apartándose de Richard con rabia.

Reggie le tomó una mano.

—Beryl, escúchame. Yo era un viejo amigo de tu madre. Crecimos juntos, por

eso siento una responsabilidad especial. Y no tienes idea de lo doloroso que es para

mí ver a uno de los hijos de Madeline en semejante aprieto. Bastante malo es ya tener

a Jordan metido en líos como para tener que preocuparme también por lo que pueda

sucederte a ti —le dio un apretón para infundirle seguridad—. Escucha al señor

Wolf, aquí presente. Es un hombre sensato. Alguien en quien puedes confiar.

«Alguien en quien puedo confiar». Beryl notaba la mirada de Richard fija en su

espalda, la notaba como si fuera un contacto físico, y su columna se puso rígida.

Centró toda su atención en Reggie. El querido Reggie, cuyo pasado compartido con

Madeline lo convertía en un miembro más de la familia.

—Sé que sólo quieres lo mejor, Reggie, pero no puedo irme.

Los dos hombres se miraron, intercambiaron miradas de idéntica frustración,

pero no sorpresa. Después de todo, ambos habían conocido a Madeline; no podían

esperar otra cosa que no fuera testarudez de su hija.

Alguien tocó en la puerta. Helena asomó la cabeza a continuación.

—¿Puedo pasar?

—Claro —dijo Beryl.

Helena entró con una bandeja con té y pastas, y la colocó en un extremo de la

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