mesa.
—Siempre pregunto antes de entrar —dijo la mujer con una sonrisa mientras
servía el té— en el refugio privado de Reggie. ¿Hemos encontrado una solución ya?
—entregó una taza a Beryl.
Por el silencio que sobrevino, Helena supo que no. En su rostro había una
expresión de disculpa.
—Oh, Beryl. Lo siento mucho. ¿No hay nada que puedas hacer, Reggie?
—Ya lo estoy haciendo —dijo Reggie con un tono que reflejaba algo más que
impaciencia.
Volviéndole la espalda, se dirigió a la chimenea a buscar la pipa y la encendió.
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AL BORDE DEL DESEO
Por un momento no hubo más ruido que el entrechocar de tazas y platillos, y el
suave sonido que hacía Reggie al chupar la boquilla de la pipa.
—¿Reggie? —aventuró Helena nuevamente—. Me parece que llamar a un
abogado es meramente reactivo. ¿No se puede hacer algo más, digamos, activo?
—¿Como qué? —preguntó Richard.
—Por ejemplo, el crimen en sí. Todos sabemos que Jordan no podría haberlo
hecho. ¿Quién lo hizo entonces?
Reggie gruñó.
—No creo que estés capacitada para hacer de detective.
—Aun así, es una pregunta a la que habría que responder. Esa joven fue
asesinada mientras vigilaba a Jordan. Puede que la clave esté en la llegada de Jordan
a París. Aunque no me explico cómo un caso de asesinato que tuvo lugar hace veinte
años puede resultar peligroso para nadie.
—Fue algo más que un asesinato —observó Beryl—. Se trataba de un caso de
espionaje también.
—Ese asunto del topo en la OTAN, ¿recuerdas? Hugh nos lo contó —dijo
Reggie a Helena.
—Sí. Delphi —Helena miró a Richard de reojo—. El MI6 no llegó a identificarlo
nunca, ¿no es así?
—Tenían sus sospechas —dijo Richard.
—Siempre he tenido dudas sobre el embajador Sutherland —declaró la
anfitriona—. ¿Y por qué se suicidó poco después de la muerte de Madeline y
Bernard?
—Pienso lo mismo, lady Helena —dijo Richard.
—Aunque no puedo decir que no tuviera otros motivos para tirarse por aquel
puente. Si yo estuviera casado con Nina, me habría matado mucho antes —Helena
mordió una pasta, con una forma que intensificaba aún más su cara de ratón.
—Nosotros no tenemos ningún motivo para especular —dijo Reggie.
—Aun así, una no puede evitarlo.
Para cuando Reggie acompañó a sus invitados a la puerta principal, había
oscurecido y, con la noche, un manto húmedo inusual en esa época, cayó sobre ellos.
Ni siquiera los altos muros que rodeaban el jardín privado de los Vane consiguió
aislarlos de la sensación de peligro que flotaba en el aire.
—Te prometo que haré todo lo que esté en mi mano —dijo Reggie.
—No sé cómo darte las gracias —murmuró Beryl.
—Me basta con que sonrías, querida. Así, muy bien —Reggie la tomó por los
hombros y le dio un beso en la frente—. Cada día te pareces más a tu madre. Y
viniendo de mí, no podría hacerte mayor cumplido —miró entonces a Richard—. ¿Te
ocuparás de que no le pase nada a la niña?
—Lo prometo —dijo Richard.
—Me alegro. Porque ella es lo único que nos queda —acarició la mejilla de
Beryl con tristeza—. Lo único que nos queda de Madeline.
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AL BORDE DEL DESEO
—¿Su relación siempre fue así? Me refiero a Reggie y Helena —preguntó Beryl.
Richard mantenía la vista fija en la carretera.
—¿Qué quieres decir?
—Las malas contestaciones. Los desplantes.
—Yo estoy tan acostumbrado que ya no me doy cuenta —sonrió Richard—. Sí,
supongo que ya eran así cuando los conocí hace veinte años. Estoy seguro de que en
parte se debe a que a Reggie le molesta el dinero de Helena. A ningún hombre le
gusta sentirse, ya sabes, como un mantenido.
—No —dijo ella con serenidad, mirando hacia delante—. Supongo que a
ninguno le gustaría.
«¿Así es como sería entre nosotros? ¿Me echaría en cara mi dinero? ¿Dejaría que
el resentimiento creciera en su interior con los años hasta que termináramos como
Reggie y Helena, compartiendo un infierno de vida?».
—Y en parte se debe al hecho de que a Reggie nunca le ha gustado París —
continuó Richard—. Y a que nunca quiso ser banquero. Fue Helena quien lo
convenció para que aceptara el puesto.
—Parece que a ella tampoco le gusta mucho.
—No. Y por eso están así, siempre a la greña. Cuando coincidían en alguna
fiesta con tus padres, siempre me llamaba curiosamente la atención el contraste entre
ellos. Bernard y Madeline parecían estar tremendamente enamorados. Claro que era
imposible que ningún hombre que conociera a tu madre pudiera evitar enamorarse
un poco de ella.
—¿Qué tenía mi madre? Una vez me dijiste que era... encantadora —dijo Beryl.
—Cuando la conocí, tenía unos cuarenta años. Tenía alguna que otra cana,
algunas líneas de expresión, pero era más fascinante que cualquier mujer de
veintitantos. Me sorprendió saber que no era noble de nacimiento.
—Ella era de Cornwall. Sangre española corría por sus venas. Papá la conoció
durante unas vacaciones de verano —Beryl sonrió—. Decía que lo ganó en una
carrera. Descalza. Y por eso supo que era la mujer perfecta para él.
—Formaban una pareja perfecta, en todos los aspectos. Supongo que eso era lo
que me fascinaba, su felicidad. Mis padres estaban divorciados. Fue una separación
difícil, y me desencanté de la idea del matrimonio. Pero con tus padres, parecía algo
sencillo —movió la cabeza brevemente—. Yo fui quien más se sorprendió con su
muerte. No podía creer que Bernard hubiera...
—Él no lo hizo. Sé que no fue él.
Richard hizo una pausa antes de contestar.
—Yo también.
Condujeron en silencio un rato, entre las deslumbrantes luces del tráfico que
venía de frente.
—¿Por eso no te has casado? ¿Por el divorcio de tus padres? —preguntó Beryl.
—Ésa fue una de las razones. La otra es que no he encontrado a la mujer
adecuada —la miró de reojo—. ¿Y tú por qué no te has casado?
—No ha aparecido el hombre adecuado —se encogió de hombros.
—Tiene que haber habido alguien en tu vida.
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AL BORDE DEL DESEO
—Lo hubo. Durante un tiempo —se rodeó el cuerpo con los brazos y dejó que
su mirada vagara por la oscuridad.
—¿No funcionó?
Beryl consiguió reírse.
—Por suerte.
—¿Detecto cierta amargura?
—Desencanto, en realidad. Cuando nos conocimos, pensé que era
extraordinario. Era un cirujano a punto de partir en una misión humanitaria a
Nigeria. Es tan inusual encontrar a un hombre que se preocupe por la humanidad...
Fui a verlo a África, dos veces. Allí estaba en su elemento.
—¿Y qué ocurrió?
—Fuimos amantes durante un tiempo. Y entonces me di cuenta de cómo se veía
a sí mismo. Como el gran salvador blanco. Había llegado a aquel primitivo hospital,
había salvado unas cuantas vidas, y volvía a Inglaterra para recibir su dosis de
adulación. Algo de lo cual parecía no tener nunca suficiente. No le bastaba con que lo
adorara una mujer. Necesitaba docenas. Y yo quería ser la única —añadió
suavemente.
Se reclinó en el respaldo del asiento y dejó que su mirada vagara sobre el
resplandor de las luces de París. La ciudad de la luz, como la llamaban. Pero también
era una ciudad llena desombras y callejones oscuros, y quién sabe qué más oscuros
secretos.
De nuevo en la plaza Vendôme, se quedaron un rato en silencio dentro del
coche, a oscuras.
«Los dos estamos exhaustos, —pensó Beryl—. Y la noche aún no ha terminado.
Tengo que guardar algunas cosas para Jordan. El cepillo de dientes, ropa para
cambiarse. Llevárselas a la cárcel...».
—Entonces no puedo decir nada que te haga cambiar de opinión —dijo él.
Ella miró hacia la plaza, vio la silueta de una pareja que caminaba del brazo en
la oscuridad.
—No. No hasta que Jordan esté libre. No hasta que lleguemos al fondo de esto.
—Temía que dijeras eso, pero no me sorprende. El otro día me dijiste que tenías
una cabeza muy dura.
Ella lo miró a la cara y vio el brillo de una de sus sonrisas en la oscuridad.
—No se trata de cabezonería, Richard, sino de lealtad. Hacia Jordan. Hacia mis
padres. Somos Tavistock y siempre nos apoyamos.
—Entiendo que apoyes a Jordan, pero tus padres están muertos.
—Es una cuestión de honor.
Richard negó con la cabeza.
—Madeline y Bernard ya no están aquí para preocuparse por cuestiones de
honor. Es un concepto medieval, marchar a la batalla en nombre de algo tan
abstracto como el buen nombre de la familia.
Beryl salió del coche.
—Es obvio que el nombre de la familia Wolf no significa nada para ti —dijo ella
con frialdad.
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AL BORDE DEL DESEO
Richard salió del coche y la alcanzó, entró con ella en el vestíbulo del hotel y
juntos se acercaron al ascensor.
—Tal vez sea mi peculiar punto de vista americano, pero mi nombre será lo que
yo haga de él. Yo no llevo el escudo de armas familiar tatuado en la frente.
—No puedes comprenderlo.
—Claro que no —repuso él mientras entraban en el ascensor—. No soy más que
un estúpido yanqui.
—¡Yo no he dicho eso!
Richard entró con ella en su suite y cerró la puerta con un golpe sordo.
—Aun así, está claro que no estoy al nivel de la señora.
Ella se giró en redondo y se enfrentó a él llena de furia.
—Me lo estás echando en cara, ¿verdad? Mi nombre. Mi riqueza.
—Lo que me preocupa no tiene que ver con que seas una Tavistock.
—¿Qué es lo que te preocupa entonces?
—Que no atiendas a razones.
—Ya. Mi cabeza dura.
—Sí, tu cabeza dura. Y tu maldito sentido del honor. Y tu... tu...
Beryl se puso frente a él, alzó el mentón y lo miró directamente a los ojos.
—¿Mi qué?
Richard le rodeó el rostro con las manos y la besó en los labios, un beso largo y
ansioso que apenas si la dejaba respirar. Cuando por fin se apartó de ella, Beryl
sentía que le temblaban las rodillas y el pulso le golpeaba en las sienes.
—Esto es lo que me preocupa —dijo—. No puedo pensar con claridad cuando
estás cerca. No puedo concentrarme ni el tiempo de atarme los cordones. Un roce,
una mirada tuya, y mi mente se dispara hacia ciertas tangentes que preferiría no
tener que especificar. Es el tipo de situación que te lleva a cometer errores. Y a mí no
me gusta cometer errores.
—Tú eres el que no puede concentrarse. ¿Y yo soy la que tiene que volver a
casa? —se dio la vuelta y echó a andar en dirección a la suite de Jordan—. Lo siento,
Richard, pero tendrás que atar corto a esas lujuriosas hormonas tuyas.
Sus palabras quedaron interrumpidas por el estallido de los cristales de la
ventana.
En un acto reflejo Beryl, se giró para apartarse. Richard se abalanzó sobre ella y
la tiró al suelo, ambos cubiertos de cristales hechos añicos.
Una segunda bala entró por la ventana y penetró en la pared del extremo
opuesto.
—¡La luz! —gritó Richard—. ¡Hay que apagar esa maldita luz!
A gatas, se dirigió hacia la lámpara de la mesilla y, casi la había alcanzado
cuando una segunda ventana reventó y una lluvia de cristales cayó sobre él.
—¡Richard! —gritó Beryl.
—¡Quédate ahí!
Richard inspiró profundamente y, a continuación, rodó por el suelo. Tiró del
cordón de la lámpara y la desenchufó de la corriente. Al momento, la habitación
quedó a oscuras. La única luz provenía de las ventanas, el brillo fantasmal de las
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AL BORDE DEL DESEO
farolas de la plaza Vendôme. Un silencio sepulcral cayó sobre ellos, roto sólo por el
repiqueteo del pulso de Beryl en sus oídos.
Trató de ponerse de rodillas.
—¡No te muevas! —advirtió Richard.
—No puede vernos.
—Puede que tenga mira infrarrojos. Agáchate.
Beryl se tiró al suelo y notó cómo se le clavaban los cristales en la piel a través
de las mangas.
—¿De dónde vienen?
—Tiene que estar apostado en uno de esos edificios al otro lado de la plaza. Un
rifle de largo alcance.
—¿Qué hacemos ahora?
—Pedir refuerzos —dijo él.
Beryl lo oyó gatear en la oscuridad y, a continuación, el golpe del teléfono al
caer. Un momento después, lo que oyó fue una maldición de Richard.
—¡No hay línea! Alguien ha cortado el cable.
El pánico la invadió nuevamente.
—¿Quieres decir que han estado en la habitación?
—Lo que significa...
—¿Richard?
—Chist. Escucha.
Por encima del estruendoso latido de su corazón, Beryl oyó el breve timbre del
ascensor al llegar al piso.
—Creo que estamos en apuros —dijo Richard.
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AL BORDE DEL DESEO
Siete
—No puede entrar —dijo Beryl—. La puerta está cerrada con llave.
—Tendrán una llave maestra. Si han podido entrar antes...
—¿Y qué hacemos?
—La habitación de Jordan. ¡Rápido!
Beryl se puso de rodillas y gateó hasta la puerta que unía ambas habitaciones.
No se dio cuenta de que Richard no la seguía hasta que llegó.
—¡Ven! —susurró ella.
—Entra tú. Yo los detendré.
—¿Qué? —dijo ella sin poder dar crédito.
—Registrarán primero esta habitación para ver si nos han dado. Yo los retendré.
Tú sal por la habitación de Jordan, dirígete a las escaleras y no dejes de correr.
Beryl permanecía inmóvil, en cuclillas junto a la puerta. «Es un suicidio. No
tiene pistola, ningún arma». Lo vio deslizarse entre las sobras. Adivinó su figura,
apoyada contra la puerta, a la espera de cualquier ataque.
El toque en la puerta le provocó un nuevo ataque de pánico.
—¿Señorita Tavistock? —dijo una voz de hombre. Beryl no contestó, no se
atrevía—. ¿Mademoiselle? —repitió la voz.
Richard gesticulaba frenéticamente en la oscuridad. «Sal de aquí. Ya».
«No puedo abandonarlo, —pensó ella—. No puedo dejar que se enfrente solo a
ellos».
Oyeron la llave en la cerradura.
No quedaba tiempo para considerar los riesgos. Beryl tomó la lámpara de la
mesilla y gateó hasta quedar al lado de Richard.
—¿Qué demonios estás haciendo? —murmuró éste.
—Cállate —susurró ella.
Los dos se pegaron a la pared mientras la puerta se abría. Una pausa de unos
segundos después, oyeron pasos. La puerta se cerró lentamente, desvelando la
silueta de dos intrusos, dos hombres de pie en la oscuridad. Beryl sabía que Richard
se estaba preparando, iniciando la cuenta atrás. De pronto, se lanzó sobre el hombre
que tenía más cerca. La fuerza del impacto lanzó a ambos por los suelos.
Beryl levantó la lámpara y golpeó con ella en la cabeza al otro intruso, que cayó
a sus pies, boca abajo, gimiendo de dolor. Se puso de rodillas junto a él y empezó a