palparlo en busca de algún arma. A través de su chaqueta, notó un bulto duro bajo el
brazo. Tal vez fuera la funda del arma, entonces lo puso boca arriba. Justo entonces,
un rayo de luz que se filtraba por la ventana parcialmente cerrada, le iluminó el
rostro y Beryl se dio cuenta del error que habían cometido.
—Oh, Dios mío —dijo. Miró de reojo a Richard, que tenía al otro hombre
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agarrado por las solapas y se disponía a golpearlo contra la pared—. ¡Richard, no!
¡No le hagas daño! —gritó.
Richard se detuvo, pero no lo soltó.
—¿Y por qué no? —murmuró.
—¡Porque nos hemos equivocado de hombres, por eso! —se acercó a la pared y
encendió la luz.
Richard parpadeó varias veces para protegerse de la repentina luz. Se quedó
mirando al director del hotel, encogido entre sus puños. Luego miró al hombre que
yacía en el suelo. Era Claude Daumier.
Richard soltó al director, que se encogió aterrorizado.
—Lo siento. Ha sido un error —se disculpó Richard.
—Si hubiera sabido que eras tú no te habría dado tan fuerte —dijo Beryl,
aplicándole una bolsa con hielo en la cabeza.
—Si hubieras sabido que era yo, espero que no me habrías atacado —murmuró
Daumier—. Zut, alors, ¿con qué me has dado, chérie? ¿Con un ladrillo?
—Con una lámpara. Y no muy grande —miró de reojo a Richard y al director
del hotel. Ambos tenían mal aspecto, sobre todo el segundo. El ojo morado daba fe
del poder dañino del puño de Richard. Ahora que la crisis había pasado, y estaban
todos a salvo en el despacho del director, Beryl no pudo por menos de pensar que la
situación era graciosa. Un agente de la agencia de inteligencia francesa con años de
experiencia golpeado con una lámpara. Richard seguía frotándose los nudillos
magullados. Y el pobre director del hotel parecía empeñado en mantener una
distancia de seguridad con aquellos nudillos. Beryl podría haberse reído si no fuera
porque la situación era muy grave.
Alguien llamó a la puerta. De inmediato, se puso tensa y no volvió a relajarse
hasta que vio que se trataba de un policía.
«Aún estoy llena de adrenalina, —pensó Beryl mientras Daumier y el policía
hablaban en francés—. Sigo esperando lo peor».
El policía se retiró entonces y cerró tras de sí.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Beryl.
—Los disparos provenían del otro lado de la plaza —dijo Daumier—. Han
encontrado los casquillos de las balas en el tejado.
—¿Y el tirador? —preguntó Richard.
—Se ha evaporado —dijo Daumier, moviendo la cabeza con pesar.
—Entonces sigue libre. Y no sabemos cuándo decidirá atacar de nuevo —dijo
Richard, mirando al director—. ¿Qué me dice del cable del teléfono? ¿Quién puede
haberlo cortado?
El hombre retrocedió otro paso, encogido, como si esperara un nuevo golpe.
—¡No lo sé, monsieur! Una de las doncellas dice que se le había extraviado la
llave maestra unas horas en el día de hoy.
—Lo que quiere decir que cualquiera podría haberla robado.
—¡Nadie del personal del hotel! Todos pasan rigurosos controles. Se darán
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cuenta de que aquí se hospedan clientes muy importantes.
—Quiero que los examine nuevamente. Uno por uno.
El director asintió con gesto sumiso. A continuación, quejándose aún por el ojo
morado, salió del despacho.
Richard comenzó a caminar por la habitación, aflojándose el nudo de la corbata
mientras tanto.
—Tenemos un intruso que corta el cable del teléfono. Un tirador apostado al
otro lado de la plaza. Un rifle de largo alcance colocado frente a la habitación de
Beryl. Claude, esto cada vez tiene peor pinta.
—¿Por qué iba a querer matarme alguien? ¿Qué he hecho? —preguntó Beryl.
—Demasiadas preguntas, eso es lo que has hecho —dijo Richard, volviéndose a
Daumier a continuación—: Tenías razón, Claude. El asunto no está olvidado, ni
mucho menos.
—Estábamos los dos en esa habitación, Richard. ¿Cómo sabes que el objetivo
era yo? —preguntó Beryl.
—No fui yo el que se acercó a la ventana.
—Y yo no soy agente de la CIA.
—Lo apropiado es decir ex, ya sabes, prefijo que significa que ya no perteneces.
He dejado de ser una amenaza.
—¿Y yo sí lo soy?
—Sí, por tu nombre, por no hablar de tu curiosidad —miró a Daumier—.
Necesitamos un lugar seguro, Claude. ¿Podrías ocuparte de ello?
—Tenemos un piso en Passy que utilizamos para protección de testigos. Servirá
en este caso.
—¿Cuánta gente lo conoce?
—Mi gente. Unos cuantos oficiales autorizados del ministerio.
—Demasiada gente.
—Es lo mejor que te puedo ofrecer. Tiene sistema de alarma. Y os asignaré
Beryl escuchó a Daumier con una especie de entumecida indiferencia mental
mientras éste hacía unas cuantas llamadas. Cuando colgó, Daumier dijo:
—He pedido un coche y escolta. Después llevarán la ropa y los objetos de Beryl
al piso. Ah, Richard, y esto seguro que te va a gustar —metió la mano en el bolsillo
de la chaqueta y sacó una semiautomática de la funda que llevaba al hombro—. Un
préstamo. Sólo entre tú y yo, claro.
—¿Estás seguro de que quieres separarte de ella?
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—Tengo otra —Daumier se quitó la funda y se la entregó también—.
¿Recuerdas cómo se usa?
Richard comprobó el cargador y asintió con gesto lúgubre.
—Creo que lo recordaré.
—Deberíamos estar seguros aquí. Al menos, esta noche —Richard cerró la
puerta del apartamento con doble vuelta de llave y se giró hacia ella.
Beryl estaba de pie en el centro del salón, rodeándose los hombros con los
brazos, la mirada nublada. Richard no pudo evitar pensar que aquélla no era la
testaruda y atrevida Beryl que conocía, sino una mujer que había pasado por una
situación de pánico y sabía que lo peor aún estaba por venir. Quería tomarla en sus
brazos y prometerle que nadie le haría daño mientras él estuviera cerca, pero los dos
sabían que era una promesa que tal vez no pudiera cumplir. En silencio, recorrió el
piso comprobando que las ventanas estaban aseguradas, que las cortinas estaban
echadas. Un vistazo afuera le bastó para comprobar la presencia de dos guardias
vigilando el edificio, uno en la entrada principal y otro en la trasera.
Satisfecho de comprobar que todo estaba en orden, regresó al salón. Beryl
estaba sentada en el sofá, muy quieta, en silencio. Casi... derrotada.
—¿Estás bien?
Ella respondió encogiéndose de hombros, como si la pregunta fuera irrelevante,
como si hubiera aspectos más importantes que considerar.
Richard se quitó la chaqueta y la tiró sobre una silla.
—No has comido nada. Hay comida en la cocina.
Beryl se fijó en la funda del arma que llevaba al hombro.
—¿Por qué lo dejaste?
—¿Te refieres a la CIA?
Beryl asintió.
—Verte empuñar esa pistola, me... me ha venido a la cabeza. Lo que eras.
Richard se sentó junto a ella.
—Nunca he matado a nadie. Por si te sirve de consuelo.
—Pero estás entrenado para hacerlo.
—Sólo en caso de autodefensa. No es lo mismo que asesinar.
Ella asintió, como si estuviera intentando darle la razón. Richard se sacó la
Glock de la funda y se la mostró. Beryl no ocultó el aborrecimiento que le provocaba.
—Sí, entiendo lo que sientes. Esta pistola es semiautomática. Balas de nueve
milímetros, dieciséis cartuchos. Para algunos una obra de arte. Para mí sólo es un
último recurso. Algo que espero no tener que hacer —la dejó en la mesa de centro, un
endemoniado recordatorio de violencia—. Tómala. No pesa mucho.
—Preferiría no hacerlo —un escalofrío la recorrió y desvió la mirada—. No me
dan miedo las armas. Quiero decir que he usado rifles. Solía ir con el tío Hugh a
cazar palomas.
—No es exactamente lo mismo.
—No. No lo es.
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—Me has preguntado por qué lo dejé —señaló la pistola—. Ésa fue una de las
razones. Nunca he matado a nadie, y no tenía ganas de hacerlo. Para mí, el mundo de
los servicios secretos era un juego. Un desafío. El enemigo estaba bien definido: los
rusos, los alemanes del Este. Pero ahora... —tomó el arma nuevamente, pensativo—.
El mundo se ha convertido en un lugar demente. Ya no podría decir quién es el
enemigo. Y sabía que, tarde o temprano, perdería agudeza. Casi podía sentir que
estaba empezando a suceder.
—¿Agudeza?
—Es por la edad. Cuando cumples los cuarenta, tus reflejos no son los mismos
que cuando tenías veintitantos. Me gusta pensar que ahora tengo más experiencia,
pero lo que soy en realidad es más cauteloso. Y estoy mucho menos dispuesto a
correr riesgos —la miró—. Con la vida de nadie.
Ella le devolvió la mirada. Mirándola muy dentro de los ojos, Richard sintió el
repentino deseo de murmurar todo tipo de alocadas ideas. Decirle que la única vida
que no quería arriesgar era la de ella. Se preguntó en qué momento aquella tarea
había dejado de ser un trabajo de protección para convertirse en algo más. Una
obsesión.
—Me asustas, Richard.
—Es por la pistola.
—No, eres tú. Son las cosas que no sé de ti. Tus secretos.
—A partir de ahora, te prometo que seré totalmente sincero.
—Pero todo empezó con medias verdades. Cuando me dijiste que no conocías a
mis padres, ni sabías cómo murieron. ¿No te das cuenta? Es como cuando era niña. El
tío Hugh siempre con la cabeza llena de asuntos secretos —dejó escapar un suspiro
de frustración y desvió la mirada—. Y luego te veo con esa... cosa.
Él le acarició el rostro y, con suavidad, la obligó a mirarlo.
—Es temporal —murmuró—. Hasta que esto termine.
Beryl no apartó la vista, tenía los ojos brillantes por la humedad que se estaba
acumulando en ellos, el pelo le caía como una cascada sobre los hombros.
Richard no pudo evitarlo. La besó. Una vez. Dos veces. La segunda, sintió que
sus labios se abrían bajo los de él, sintió todo su cuerpo derritiéndose al contacto. La
besó una tercera vez y, sin darse cuenta, hundió las manos en su mata de pelo,
incapaz de desenredarse de la sedosa madeja. Beryl suspiró: el delicioso sonido de la
rendición, la invitación, y se reclinó en el sofá.
Richard se abalanzó sobre ella. Los labios de ambos se encontraron y el roce se
volvió eléctrico instantáneamente. Ella le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo
hacia sí.
Y de pronto se quedó inmóvil. La maldita pistola otra vez. Notar que la funda
presionaba contra su pecho le recordó las cosas que habían ocurrido ese día y las que
aún podían ocurrir.
Él la miró, vio el cabello extendido sobre los cojines, la mezcla de miedo y deseo
en sus ojos. «No es el momento. Así no».
Se apartó de ella lentamente y ambos se incorporaron. Por un momento,
permanecieron sentados en el sofá, sin tocarse ni hablar.
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—No estoy preparada para esto —dijo ella, finalmente—. Pondré mi vida en tus
manos, Richard. Pero mi corazón, es otra historia.
—Lo comprendo.
—Entonces también comprenderás que no soy ninguna admiradora de James
Bond, ni de nadie que se le parezca remotamente. No me impresionan las armas, ni
los hombres que las usan —se levantó y se apartó del sofá. De él.
—¿Y qué es lo que te impresiona? Si no es el arma de un hombre... —preguntó
Richard.
Ella se volvió y él distinguió un brillo pícaro en sus ojos. «La otra Beryl, —
pensó—. Menos mal que sigue ahí, en algún rincón».
—La sinceridad. Eso es lo que más me impresiona.
—Pues eso es lo que tendrás. Te lo prometo.
Beryl se dio la vuelta y se alejó camino del dormitorio.
—Está por ver.
Jordan no se quedó muy impresionado con aquel abogado. Ni por asomo.
El hombre tenía el pelo grasiento y un bigote igualmente grasiento, y hablaba
inglés con un exagerado acento de actor de segunda imitando el estereotipo de
hombre francés. Aun así. Jordan no pudo por menos que razonar que, si Beryl lo
había contratado, debía ser uno de los mejores abogados de París.
«Tal vez me esté equivocando», pensó Jordan, mirando por encima de la mesa
al untuoso monsieur Jarre.
—No tiene de qué preocuparse. Me ocuparé de todo. Estoy revisando la
documentación y creo que pronto alcanzaremos un acuerdo para poder sacarlo de
aquí.
—¿Y la investigación? ¿Algún progreso? —preguntó Jordan.
—Avanza muy lentamente. Ya sabe cómo son estas cosas, monsieur Tavistock.
En una ciudad tan grande como París, la policía está saturada. No se puede ser
impaciente.
—¿Y mi tío? ¿Han podido localizarlo?
—Está totalmente de acuerdo con mi plan de acción.
—¿Va a venir a París?
—Los negocios lo tienen retenido en casa, me temo.
—¿En casa? Pero yo pensaba... —Jordan se detuvo, pensando que le había
parecido oírle decir a Beryl que el tío Hugh no estaba en Chetwynd.
El señor Jarre se levantó de la mesa.
—Todo lo que se pueda hacer, se hará. Quédese tranquilo. He ordenado a la
policía que lo trasladen a una celda más cómoda.
—Se lo agradezco —dijo Jordan, aún confuso por lo de su tío. El abogado ya
salía cuando Jordan lo llamó—: Señor Jarre, ¿dijo mi tío algo respecto a... cómo van
sus negociaciones en Londres?
El abogado se dio la vuelta.
—Según entendí, siguen su curso. Pero estoy seguro de que él mismo se lo
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contará —y salió.
«¿Qué demonios está pasando?», pensó Jordan de camino a su celda, su nueva
celda. Una mirada a los dos turbios personajes que había dentro no hizo sino
aumentar sus sospechas sobre el señor Jarre. ¿Aquélla era una celda más cómoda?
No sin reticencia, Jordan entró y se quedó helado al oír el entrechocar de hierros
al cerrarse la puerta. El carcelero se marchó, el eco de sus pasos reverberó por todo el
corredor.
Los dos prisioneros se quedaron mirando fijamente sus zapatos italianos, los
cuales hacían un tremendo contraste con el vestuario fijado por las normas
penitenciarias.
—Hola —dijo Jordan, a falta de algo mejor que decir.
—Anglais? —preguntó uno.
Jordan tragó con dificultad.
—Oui. Anglais.
El hombre emitió un gruñido y señaló un catre vacío.
—Tuyo.
Jordan se acercó al catre, dejó allí el paquete con su ropa de calle al pie de la
cama, y se tendió sobre el colchón. Como los otros dos comenzaron a parlotear en
francés, Jordan se quedó tumbado, especulando sobre el grasiento abogado y sus
motivos para mentirle respecto al tío Hugh. Si pudiera contactar con Beryl le