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作者:西- Tess Gerritsen 当前章节:15365 字 更新时间:2026-6-22 20:36

preguntaría qué estaba pasando...

Se incorporó al oír pasos que se acercaban a la celda. Era el guardia escoltando a

otro prisionero, un tipo calvo, de la cara redonda y afable y andares de pato. El tipo

de hombre que uno esperaría encontrar detrás del mostrador de la panadería. «No es

el prototipo del criminal, —pensó Jordan—. Claro que tampoco yo lo soy».

El hombre entró en la celda y fue guiado hacia el cuarto y último catre. Se sentó,

con expresión atónita ante las circunstancias en las que se encontraba. Se llamaba

Francois y, por lo que Jordan alcanzó a comprender con su básico dominio del

francés, el delito que había cometido tenía algo que ver con una mujer. Prostitución

tal vez. Francois no parecía muy dispuesto a hablar de ello. Se limitó a sentarse en el

catre y se quedó mirando el suelo. «Los dos somos nuevos en esto», pensó Jordan.

Los otros dos compañeros de celda seguían mirándolo. Unos jóvenes hoscos,

obviamente sociópatas. Tendría que estar pendiente de ellos.

Llegó la hora de la cena, un goulash deplorable acompañado de pan francés.

Jordan se quedó mirando la fangosa salsa de color marrón y recordó con nostalgia la

cena de la noche anterior, salmón al vapor y pato asado. Pero uno tenía que comer

sin importar las circunstancias.

A media noche apagaron las luces. Jordan se tumbó sobre la manta y trató de

dormir, sin éxito. Para empezar, sus compañeros de celda roncaban como posesos.

Pero, además, los acontecimientos del día no dejaban de dar vueltas en su cabeza. El

trayecto en coche con Colette desde el bulevar Saint-Germain. La forma en que no

había dejado de mirar por el espejo retrovisor. Si hubiera prestado más atención para

ver si reconocía quien los estaba siguiendo... Y después, y en contra de su voluntad,

recordó el horror al descubrir su cuerpo en el coche, recordó la sensación pegajosa de

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la sangre en sus dedos.

Sintió la rabia burbujeando en su interior, una impotente sensación de rabia por

su muerte. «Ha sido culpa mía», pensó. No le habría pasado nada si no hubiera

tenido que protegerlo. Pero ahora estaba muerta y él no se encontraba ni siquiera

cerca cuando ocurrió. Entonces ¿por qué la habían matado? ¿Acaso sabía algo, vio

algo... o a alguien?

Sus pensamientos tomaron un rumbo completamente distinto. Colette debía

haber visto una cara por el espejo retrovisor, una cara en el coche que los seguía. Tras

dejarlo a él en el Ritz, tal vez lo hubiera vuelto a ver. O tal vez él la hubiera visto a

ella y supiera que podría identificarlo.

Lo cual dejaba como culpable a alguien que Colette conocía. Alguien a quien

reconocía.

Tan inmerso estaba en encontrar la solución del misterio que no prestó mucha

atención al chirrido de los muelles de uno de los catres de la celda. No se dio cuenta

de que uno de sus compañeros de celda se estaba acercando a su cama hasta que oyó

el roce de los pies al andar.

Estaba oscuro. Sólo podía adivinar la débil sombra de una figura que se le

aproximaba. Uno de aquellos jóvenes camorristas que querría desvalijarle la

chaqueta.

Jordan permaneció perfectamente inmóvil, deseando poder mantener el control

de la respiración. «Dejaré que el cobarde crea que estoy dormido, y cuando se

acerque, le daré la sorpresa».

La sombra se deslizaba con facilidad entre las sombras. A escasos dos metros de

distancia. Metro y medio. El corazón le golpeaba el pecho, los músculos tensos

prestos para la acción. «Un poco más. Sólo un poco más. Irá a por la chaqueta al pie

de la cama...».

Pero el hombre se acercó al cabecero de la cama. Vio una sombra de algo que se

arqueaba, un brazo a punto de asestar un golpe. Jordan sacó la mano justo cuando el

agresor atacaba.

Lo sujetó por la muñeca y oyó su gruñido de sorpresa. Su atacante lo intentó

con la mano libre. Jordan evitó el golpe y consiguió salir del catre. Retorció con

fuerza la muñeca de su enemigo, lo cual arrancó a éste un grito de dolor. El tipo

forcejeaba para liberarse, pero Jordan no lo soltaba. No pensaba dejarlo ir. No sin

darle una lección. Lo empujó hacia atrás y oyó con satisfacción el golpe sordo del

cuerpo de su oponente al golpearse contra la pared. El hombre gimió de dolor y trató

de soltarse. Jordan lo empujó de nuevo. Esa vez los dos cayeron sobre uno de los

catres y su ocupante. El hombre empezó a retorcerse. Y de repente, Jordan se dio

cuenta de que ya no luchaba por liberarse. Aquel hombre estaba sufriendo una

convulsión, los últimos estertores.

Oyó ruido de pasos y las luces se encendieron. Un guardia gritó algo en francés.

Jordan soltó a su asaltante y retrocedió aturdido. Era Francois, el de la cara de

pan. Yacía sobre el catre, sufría espasmos y tenía los ojos en blanco. El joven sobre el

que habían caído, salió de debajo y contemplaba horrorizado el extraño espectáculo.

Francois exhaló un último aliento de agonía y quedó inmóvil.

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Durante unos segundos, todos se quedaron mirándolo, esperando que se

moviera. No lo hizo.

El guardia gritó pidiendo auxilio. Otro guardia llegó corriendo. Gritando a los

prisioneros que se retiraran, se precipitaron al interior de la celda y examinaron al

inmóvil Francois. Lentamente, se incorporaron y miraron a Jordan.

— Il est mort —murmuró uno de ellos.

—¡Pero eso es imposible! —exclamó Jordan—. ¿Cómo va a estar muerto! ¡No lo

he golpeado tan fuerte!

Los guardias lo miraron fijamente. Los otros dos prisioneros observaban a

Jordan con nuevo respeto y se mantuvieron apartados en el rincón más alejado de la

celda.

—¡Dejen que lo vea! —pidió Jordan y, abriéndose paso entre los guardias, se

arrodilló junto a Francois. Una mirada lo confirmaba: estaba muerto.

—No lo entiendo... —Jordan movió la cabeza sin comprender.

—Monsieur, venga con nosotros —dijo uno de los guardias.

—¡Yo no he podido matarlo!

—Pero ve claramente que está muerto.

Jordan se fijó de pronto en la delgada línea de sangre que descendía por la

mejilla de Francois. Se inclinó para verlo mejor. Fue entonces cuando se reparó en el

pequeño dardo, delgado como una aguja, clavado en el cuero cabelludo del hombre.

Apenas se veía entre los cabellos canosos que cubrían la sien del muerto.

—¿Qué demonios...? —murmuró Jordan.

Rápidamente miró a su alrededor en busca de la jeringuilla, o pistola de dardos,

lo que fuera que hubiera necesitado para inyectar la aguja. No vio nada, ni en el suelo

ni en la cama. Entonces miró la mano del hombre y vio que sujetaba algo en el puño

izquierdo. Abrió los dedos congelados y un objeto se deslizó hacia fuera y fue a caer

sobre las mantas.

Un bolígrafo.

De pronto, lo tomaron casi en volandas y lo empujaron hacia la puerta.

—Vamos. ¡Andando! —dijo uno de los guardias.

—¿Adónde?

—Donde no puedas herir a nadie más —dijo el guardia, sacándolo de la celda y

cerrando la puerta. Jordan vio fugazmente a sus compañeros de celda que lo

observaban mudos de asombro, momentos antes de ser conducido a empujones por

el corredor hasta una celda de aislamiento, una reservada evidentemente para los

presos más peligrosos. Con dobles barras, sin ventanas, ni muebles, solo un bloque

de hormigón para tumbarse. Y en el techo, una luz cegadora que nunca se apagaba.

Jordan se dejó caer en el bloque y esperó no sabía muy bien qué. Tal vez otro

ataque. Otra crisis. Aquella pesadilla no hacía sino empeorar por momentos.

Pasó una hora. No podía dormir con aquella luz sobre él. Unos pasos y el

repiqueteo de llaves lo alertó de una visita. Levantó la vista y vio a un guardia

acompañado por un caballero muy bien vestido que llevaba un maletín.

—¿Señor Tavistock? —dijo el recién llegado.

—En vista de que no hay nadie más, me temo que debo ser yo —murmuró

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Jordan, levantándose.

Abrieron la puerta para que su visitante entrara. Éste miró a su alrededor

consternado al comprobar lo espartano de la celda.

—Estas condiciones... Inaudito —dijo.

—Sí. Y todo se lo debo a mi abogado —dijo Jordan.

—Pero si su abogado soy yo... —dijo el hombre, extendiendo la mano—. Henri

Laurent. Habría venido antes, pero estaba en la ópera. Recibí el mensaje del señor

Vane hace una hora, decía que era una emergencia.

Jordan movió la cabeza en señal de confusión.

—¿Vane? ¿Reggie Vane lo envía?

—Sí. Su hermana pidió mis servicios de inmediato. Y el señor Vane...

—¿Beryl lo ha contratado? Entonces ¿quién demonios era...? —Jordan se detuvo

al comprobar cómo las piezas del rompecabezas cobraban sentido. Un sentido

aterrador—. Señor Laurent, hace unas horas, vino otro abogado a verme. Un tal Jarre.

—Nadie me ha dicho nada de otro abogado —dijo el otro, frunciendo el ceño.

—Dijo que venía por órdenes de mi hermana.

—Pero yo hablé con el señor Vane. Me dijo que la señorita Tavistock requería

mis servicios. ¿Cómo dice que se llamaba el otro abogado?

—Jarre.

—No me suena que haya otro criminalista con ese nombre.

Jordan se sentó en silencio. Lentamente, levantó la cabeza y miró a Laurent.

—Creo que será mejor que contacte con Reggie Vane. Enseguida.

—Pero ¿por qué?

—Han intentado matarme esta noche —Jordan movió la cabeza—. Si esto sigue

así, señor Laurent, por la mañana podría estar muerto.

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Ocho

Beryl se dio la vuelta y vio a Richard de pie en la puerta. La luz de la habitación

iluminaba suavemente la silueta de sus hombros desnudos.

—¿Beryl? —repitió.

Ella inspiró profundamente, tratando de apartar los últimos vestigios de la

reciente pesadilla.

—Estoy despierta.

—Creo que será mejor que te levantes.

—¿Qué hora es?

—Las cuatro. Claude acaba de llamar.

—¿Por qué?

—Quiere que vayamos a comisaría. Lo antes posible.

—¿A comisaría? —Beryl se incorporó de un salto, acosada por una terrible

idea—. ¿Es Jordan? ¿Le ha pasado algo?

Entre las sombras, vio que Richard asentía con la cabeza.

—Alguien ha tratado de matarlo.

—Un artilugio ingenioso —dijo Claude Daumier, dejando el bolígrafo en la

mesa con cautela—. Una aguja hipodérmica, una jeringuilla presurizada. Un

pinchazo y la sustancia queda inyectada en la víctima.

—¿Qué sustancia? —preguntó Beryl.

—La están analizando. La autopsia se realizará por la mañana, pero parece

claro que esa droga, sea lo que sea, ha sido la causante de la muerte. El cuerpo no

muestra tantas señales de golpes como para atribuir a éstos el fallecimiento.

—¿Entonces no podrán acusar a Jordan? —dijo Beryl aliviada.

—No parece probable. Lo mantendrán aislado, sin compañía de otros

prisioneros, dos guardias. No debería haber más incidentes.

La puerta de la sala de reuniones se abrió y apareció Jordan escoltado por dos

guardias. «Santo Dios, tiene un aspecto terrible», pensó Beryl, que se levantó y corrió

a abrazarlo. Nunca había visto a su hermano tan desaliñado. La barba rubia

comenzaba a despuntar en el mentón, y las prendas que le habían hecho ponerse

estaban muy arrugadas. Pero, cuando se separaron y lo miró a los ojos, vio que el

Jordan de siempre seguía allí, con el mismo buen humor e ironía habituales.

—¿Estás herido?

—Ni un rasguño —respondió él—. Bueno, tal vez alguno —corrigió, mirando

con el ceño fruncido el puño magullado—. Un crimen contra la manicura.

—Jordan, te juro que yo no hablé con ningún abogado que se llamara Jarre. Ese

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hombre te engañó.

—Eso sospechaba.

—El hombre que yo contraté, el señor Laurent, es el mejor según Reggie.

—Me temo que ni el mejor podrá sacarme de ésta —observó Jordan

desconsolado—. Estoy destinado a ser residente de este refinado establecimiento

para largo. A menos que la comida termine conmigo primero.

—¿Vas a hablar en serio por una vez en tu vida?

—Es que tú no has probado ese goulash.

Beryl se volvió hacia Daumier, exasperada.

—¿Y qué hay del muerto? ¿Quién era?

—Según con el informe de arresto, su nombre es Francois Parmentier, conserje.

Acusado de escándalo público.

—¿Y cómo fue a parar a la celda de Jordan? —preguntó Richard.

—Al parecer ese abogado, Jarre, pidió como favor que sus dos clientes

estuvieran en la misma celda.

—No pudo bastar con que lo pidiera —observó Richard—. Debió ser un

chantaje. Jarre y el muerto formaban un equipo.

—¿Y para quién trabajaban? —preguntó Jordan.

—Los mismos que han tratado de matar a Beryl —dijo Richard.

—¿Qué?

—Hace unas horas. Con un rifle de mira telescópica disparado desde una

ventana.

—¿Y qué hace en París? —preguntó Jordan, volviéndose hacia su hermana—.

Beryl, tienes que irte. Inmediatamente.

—He intentado convencerla, pero no quiere escuchar —dijo Richard.

—Por supuesto que no. ¡Mi querida hermanita nunca escucha! —la miró con el

ceño fruncido—. Sin embargo, esta vez no tienes opción.

—Tienes razón, Jordie. No tengo opción. Por eso me quedo.

—Pero podrían matarte.

—Y a ti.

Permanecieron en pie, frente a frente, negándose a ceder. Disgustado, Jordan se

dio la vuelta y se dejó caer en una silla.

—¡Por todos los santos, convéncela, Wolf!

—Lo intento —dijo Richard—. Pero mientras tanto, seguimos sin responder a la

cuestión básica: quién os quiere muertos.

Todos guardaron silencio un momento. Entumecida por el cansancio, Beryl

miró a su hermano, pensando que se suponía que él era el inteligente de la familia. Si

no se le ocurría a él, ¿a quién entonces?

—La clave de todo es Francois, el muerto —dijo Jordan, mirando a Daumier a

continuación—: ¿Qué más se sabe de él? ¿Amigos, familia?

—Sólo una hermana. Vive en París.

—¿Ha ordenado a su gente que hable con ella?

—No tiene sentido.

—¿Por qué?

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—Ella es, cómo se dice... —Daumier se dio unos toquecitos en la frente—.

Retardataire. Vive en una residencia atendida por monjas, el Sagrado Corazón. Las

monjas dicen que no pude hablar y su salud es muy delicada.

—¿Y su trabajo? Has dicho que era conserje —dijo Richard.

—Sí, en Galerie Annika. Una galería de arte, en Auteil. Un establecimiento con

buena reputación. Conocido por sus colecciones de obras de artistas

contemporáneos.

—¿Qué dicen en la galería de él?

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