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作者:西- Tess Gerritsen 当前章节:15365 字 更新时间:2026-6-22 20:36

—Sólo he hablado brevemente con Annika. Dice que era un hombre callado, en

el que se podía confiar. Vendrá más tarde para responder a unas preguntas —miró la

hora—. Mientras, sugiero que tratemos de dormir un poco.

—¿Y Jordan? ¿Cómo sé que estará seguro aquí? —preguntó Beryl.

—Como he dicho antes, estará en una celda de aislamiento.

—Puede que eso sea un error —dijo Richard—. Allí no habría testigos.

«Si le ocurriera algo...». Beryl sintió un escalofrío.

—Wolf tiene razón —dijo Jordan—. Me sentiría mucho mejor compartiendo la

celda con alguien.

—Pero podrían meterte con algún otro asesino a sueldo —dijo Beryl.

—Sólo conozco a los tipos con los que he estado antes —dijo Jordan—. Un par

de inofensivos jóvenes. Espero.

—Me encargaré de que así se haga —dijo Daumier.

Fue descorazonador ver partir a Jordan nuevamente. En la puerta, se detuvo y

se despidió con un gesto de la mano. Fue entonces cuando Beryl se dio cuenta de que

ella lo estaba llevando mucho peor que él. Claro que así era su Jordie. Nunca perdía

el buen humor.

Fuera, los primeros rayos de sol hicieron su aparición y el sonido del tráfico iba

en aumento. Beryl, Richard y Daumier permanecieron en la acera, todos a punto del

colapso.

—No le pasará nada. Me ocuparé de que así sea —dijo Daumier.

—Quiero algo más que eso. Quiero que salga de ahí —dijo Beryl.

—Para eso, tenemos que demostrar su inocencia.

—Pues lo haremos.

Daumier la miró con los ojos enrojecidos. Parecía más viejo, aquel francés afable

cuyo rostro los años habían marcado con profundas arrugas.

—Lo que tienes que hacer, chérie, es estar alerta. Y oculta —se dirigió a su

coche—. Hablaremos de nuevo esta noche.

Para cuando Richard y ella llegaron al piso de Passy, Beryl notaba que se iba

quedando dormida. Richard tuvo que ayudarla a entrar y hasta la llevó a la cama.

—Duerme todo lo que necesites —dijo.

—Creo que con una semana bastaría —murmuró ella.

Richard sonrió. Y aunque el sueño le emborronaba la visión, Beryl consiguió ver

su rostro el tiempo suficiente para notar, nuevamente, la atracción que fluía entre

ellos. Siempre estaba allí, a punto de inflamarse. Incluso en ese momento, exhausta

como estaba, imágenes inspiradas por el deseo iban tomando forma en su mente. Lo

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recordó horas antes, de pie en la puerta de su habitación, sin camisa, la luz de la

lámpara reluciendo en sus hombros. Pensó en lo sencillo que sería invitarlo a entrar

en su cama, pedirle que la abrazara, que la besara. Y después, muchas más cosas.

«Demasiada química entre nosotros», admitió. «Tengo la cabeza hecha un lío, no

puedo concentrarme en lo que importa. Con sólo mirarlo, aspirar su olor, no puedo

dejar de pensar en tirarlo sobre mí».

Richard le dio un suave beso en la frente.

—Estaré justo al lado —dijo, y salió de la habitación.

Demasiado cansada para desvestirse, se tumbó en la cama. Pensó que, cuando

aquella pesadilla se terminara, tendría que pasar una buena temporada alejada de él.

Para poder orientarse nuevamente. Buscaría refugio en Chetwynd. Esperaría a que

aquella loca atracción desapareciera. Pero cuando cerró los ojos, las imágenes

regresaron, más vividas y tentadoras. La persiguieron hasta en sueños.

Richard durmió cinco horas y se levantó justo antes del mediodía. Una ducha,

un rápido desayuno-comida a base de tostadas y huevos, le bastaron para estar

nuevamente en forma. Había mucho día por delante, demasiados asuntos que

atender.

Echó un vistazo a Beryl y vio que seguía profundamente dormida. Pensó que

para cuando despertara, él ya debería estar de vuelta de hacer unas comprobaciones.

Pero por si acaso no era así, le dejó una nota en la mesilla.

He salido. Volveré a las tres. R.

Tras pensarlo un poco más, decidió dejarle también la pistola. En caso de

necesidad, pensó que se le ocurriría cómo utilizarla.

Tras comprobar que sus escoltas seguían de guardia, salió del apartamento y

cerró la puerta tras de sí.

Su primera parada sería el número 66 de la calle Myrha, el edificio en el que

habían muerto Madeline y Bernard.

Había vuelto a leer el informe de la policía de París, la declaración del casero. El

señor Rideau afirmaba que había descubierto los cuerpos la tarde del 15 de julio de

1973, y se lo había notificado de inmediato a la policía. Cuando lo interrogaron, dijo

que alquilaba el ático a una tal señorita Scarlatti, la cual lo utilizaba de vez en cuando

y pagaba el alquiler al contado. En alguna ocasión había oído gemidos, quejidos y

una voz de hombre. Pero la única persona que había visto cara a cara era a la señorita

Scarlatti, de cuya apariencia no podía dar muchos detalles pues siempre llevaba

gafas oscuras y la cabeza cubierta con un pañuelo. Sin embargo, el señor Rideau

estaba seguro de que la mujer muerta era la seductora señorita Scarlatti. Dijo no

haber visto antes al hombre.

Tres meses después, el señor Rideau había vendido el edificio y había

abandonado Francia junto a su familia.

Richard tenía la corazonada de que su salida del país podía ser la pista

disponible más importante. Si pudiera averiguar el paradero actual del señor Rideau

y hacerle algunas preguntas sobre lo ocurrido veinte años atrás...

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Llamó a la puerta de todos los pisos del edificio, pero no consiguió ninguna

pista. Nadie recordaba al señor Rideau.

Richard salió a la calle y se quedó un momento en la acera. Un balón pasó a su

lado, seguido de una panda de chiquillos andrajosos, jugando aquel interminable

partido de fútbol. Por encima de las cabezas de los niños, vio a una anciana sentada

en un banco a la entrada de su casa. Tendría, al menos, setenta años. Tal vez llevara

viviendo allí el tiempo suficiente para haber conocido a antiguos residentes.

Se acercó a la mujer y le habló en francés.

—Buenas tardes.

La mujer le dirigió una sonrisa dulce y desdentada.

—Trato de encontrar a alguien que recuerde al señor Jacques Rideau, un

antiguo dueño de ese edificio de allí —señaló al número 66.

—Se marchó —dijo ella.

—Entonces ¿lo conocía usted?

—Su hijo venía a mi casa a menudo.

—Tengo entendido que se fue de Francia con toda su familia.

—Se fueron a Grecia. ¿Y cómo cree usted que pudo hacerlo, eh? ¡Con aquel

coche tan viejo que tenía!, ¡y la ropa que llevaban sus hijos! Pues se compraron una

villa —suspiró—. Y yo, aquí sigo, donde siempre.

—¿Una villa?

—He oído que tienen una villa, cerca del mar. Pero no puede ser cierto, claro,

ese chico siempre estaba inventando historias. ¿Por qué iba a decir la verdad? Pero

afirmaba que era una villa, con los postes del porche cubiertos de capullos en flor —

se rió—. Deben estar todos muertos ya.

—¿Los miembros de la familia?

—Las flores. ¡Si ni siquiera se acordaban de regar las macetas de geranios!

—¿Sabe a qué ciudad de Grecia se mudaron?

La mujer se encogió de hombros.

—A algún sitio cerca del mar. Claro que ¿no está toda Grecia cerca del mar?

—¿El nombre del pueblo?

—¿Por qué debería recordarlo? Su novia no era yo.

Frustrado, Richard estaba a punto de darse la vuelta cuando se percató del

sentido de lo que acaba de decir la mujer.

—¿Quiere decir que el hijo del señor Rideau era el novio de su hija?

—Mi nieta.

—¿La llamó o escribió alguna vez?

—Unas cuantas veces, pero luego dejó de hacerlo —movió la cabeza a ambos

lados—. Es lo que ocurre con los jóvenes. No existe la devoción.

—¿Conserva su nieta alguna de esas cartas?

La mujer se echó a reír.

—Todas. Para recordarle a su marido el buen partido que tiene.

Richard necesitó de todo su poder de persuasión para conseguir que la mujer lo

invitara a entrar en su casa. Era un lugar oscuro y muy estrecho. Había dos niños

pequeños sentados en la mesa de la cocina, mordisqueado unos cuscurros de pan.

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Otra mujer, de unos treinta y tantos, aunque sus ojos aparentaban más edad, estaba

dando de comer cereales a un bebé.

—Quiere ver las cartas que tienes de Gerard —dijo su abuela.

La joven miró a Richard con suspicacia.

—Me urge hablar con su padre —explicó.

—Su padre no quiere que lo encuentren —dijo la mujer, tras lo cual siguió

alimentando al bebé.

—¿Por qué no?

—¿Cómo quiere que lo sepa yo? Gerard no me lo dijo.

—¿Tiene algo que ver con los asesinatos? ¿Los de la pareja de ingleses?

La mujer hizo una pausa, la cuchara a medio camino de la boca del bebé.

—¿Es usted inglés?

—No, americano —se sentó frente a ella—. ¿Recuerda los asesinatos?

—Ocurrió hace mucho tiempo —limpió la cara del pequeño—. Yo sólo tenía

quince años.

—Gerard la escribía y luego dejó de hacerlo. ¿Por qué?

La mujer dejó escapar una risa amarga.

—Perdió el interés. Los hombres siempre lo hacen.

—O puede que le ocurriera algo. Tal vez no podía seguir escribiendo aunque

deseara hacerlo.

De nuevo, la mujer se detuvo.

—Si voy a Grecia, podré averiguarlo —añadió Richard—. Sólo necesito el

nombre del pueblo.

La mujer pareció pensárselo un rato. Limpió al niño. Miró a los otros dos niños,

gimoteando y con la nariz llena de mocos. «Está deseando escapar de aquí, —

imaginó—. Desearía que su vida fuera de otra manera. De cualquier otra manera. Y

no deja de pensar en su novio de juventud, en cómo habrían sido las cosas para los

dos en una casa de campo junto al mar...».

La mujer se levantó y fue a otra habitación. Momentos después, regresó con un

montón de cartas que dejó en la mesa.

Había sólo cuatro, no era lo que podía decirse el colmo de la devoción. Las tenía

guardadas en sus sobres correspondientes. Richard miró por encima el contenido, un

torrente de deseos juveniles. «Volveré a por ti. Te amaré siempre. No me olvides...».

Para la cuarta carta, la pasión se había enfriado claramente.

No había dirección de remite, ni en las cartas ni en los sobres. Era obvio que la

familia quería mantener oculto su paradero, pero en uno de los sobres, se veía

claramente el sello de correos: Paros, Grecia.

Richard le devolvió las cartas. Ella se las llevó al pecho un momento, como si

estuviera saboreando los recuerdos.

—Si encuentra a Gerard —dijo—, pregúntele...

—¿Sí? —dijo Richard con amabilidad.

Ella suspiró.

—Pregúntele si me recuerda.

—Lo haré.

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La mujer sostuvo las cartas un momento más aún hasta que, finalmente, las

apartó con un suspiro y continuó alimentando a su hijo.

La segunda parada antes de volver al piso, fue la residencia del Sagrado

Corazón.

Se trataba de una institución aún más lúgubre que la que habían visitado Beryl

y él el día anterior. Sin embargo, Julee Parmentier estaba en un estado tan lamentable

que ni podía hablar ni reconocía a nadie. Lo único que averiguó fue que su hermano

la visitaba a diario, varias horas.

—Pero debe saber a dónde ha ido —insistió Beryl.

El agente francés se limitó a encogerse de hombros.

—No lo dijo, mademoiselle. Sólo me ordenó que vigilara el piso y que no le

ocurriera nada a usted.

—¿Y eso es todo? ¿Se ha ido así, sin más?

El hombre asintió.

Beryl se dio la vuelta absolutamente frustrada y se metió en el piso. Leyó

nuevamente la nota de Richard: «He salido. Volveré a las tres. R.». Sin explicaciones,

ni disculpas. La arrugó y la tiró a la papelera. ¿Qué se suponía que tenía que hacer?

¿Esperar todo el día a que regresara? ¿Y Jordan? ¿Y la investigación?

¿Y la comida?

No podía seguir ignorando las punzadas de hambre que sentía en el estómago.

Fue a la cocina y abrió el frigorífico. Observó el contenido consternada: un cartón de

huevos, una barra de pan y una salchicha reseca. Nada de fruta, ni verdura, ni una

miserable zanahoria. Desde luego era un hombre quien se había ocupado de aquellos

suministros.

«No voy a comerme eso», decidió mientras cerraba el frigorífico. «Pero tampoco

voy a morirme de hambre. Iré a buscar algo decente que comer, con o sin él».

Los hombres de Daumier le habían entregado sus cosas la noche anterior. Eligió

un vestido negro algo anodino, se escondió el pelo bajo un sombrero de ala ancha y

se puso gafas de sol. Al mirarse al espejo decidió que no tenía tan mal aspecto.

Salió a la luz del sol. El guardia apostado en la puerta principal la interceptó

inmediatamente.

—Mademoiselle, no le está permitido salir.

—Pero a él si lo han dejado salir.

—El señor Wolf me ordenó específicamente que...

—Tengo hambre. Y me pongo de muy mal humor cuando tengo hambre. Y no

pienso vivir a base de huevos y tostadas. Así que si me puede indicar la estación de

metro más cercana...

—¿Va a ir sola? —preguntó, horrorizado.

—A menos que quiera usted acompañarme.

El hombre miró a un lado y otro de la calle incómodo.

—No me han dado instrucciones al respecto.

—Entonces iré sola —dijo ella, y echó a andar con viveza.

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—¡Vuelva!

Ella siguió andando.

—¡Mademoiselle! ¡Traeré el coche!

Beryl se dio la vuelta y le dedicó su sonrisa más brillante.

—Yo invito.

Los dos guardias la acompañaron a un restaurante cercano en Auteil. Mucho se

temía Beryl que lo habían elegido no por su comida sino por su salón íntimo y la

entrada fácil de controlar. La comida en sí estaba sólo un punto por encima de

mediocre. Una vichyssoise insípida y un cordero tieso como cuero. Pero ella tenía

suficiente hambre para comerse hasta el último bocado y reservar apetito para un

trozo de tarta de manzana.

Cuando terminaron, sus dos acompañantes estaban de bastante mejor humor.

Tal vez el trabajo de guardaespaldas no fuera algo tan malo si la señorita quería salir

a comer todos los días. Cedieron hasta cuando Beryl les pidió que hicieran una

parada de camino al piso. Dijo que sólo tardaría un minuto en ver la exposición.

Así que los dos hombres la acompañaron a la Galerie Annika.

La zona de la exposición era amplia y se alzaba en tres pisos conectados entre sí

por pasarelas y una escalera de caracol. La luz del sol entraba por una bóveda en el

techo que iluminaba una colección de esculturas de bronce expuestas en el primer

piso.

Una mujer joven, con el pelo de punta teñido de un vivo color rojo, se acercó a

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