saludarlos. Le preguntó si había algo en particular que quisiera ver.
—¿Puedo echar un vistazo general? —preguntó Beryl—. O tal vez podría
aconsejarme sobre unas pinturas. Nada demasiado moderno. Prefiero los artistas
clásicos.
—Por supuesto —dijo la mujer, guiando a la mujer y sus escoltas por las
escaleras de caracol.
La mayoría de lo que colgaba de las paredes era horroroso. Paisajes poblados de
animales deformes; pájaros con cabeza de perro; escenas urbanas con austeros
edificios cubistas. La mujer se detuvo delante de un cuadro.
—¿Tal vez busque algo de este estilo?
Beryl observó la cazadora desnuda que sostenía en alto un conejo muerto y dijo:
—Creo que no —y continuó, hacia una colección de excéntricas pinturas, tejidos
que colgaban de las paredes y máscaras de arcilla.
—¿Quién elige lo que se exhibe en la galería?
—Annika, la dueña.
Beryl se detuvo ante una grotesca máscara de un hombre con una lengua bífida.
—Tiene un... ojo único para el arte.
—Muy osado, ¿no cree? Prefiere a los artistas que se arriesgan.
—¿No está aquí? Me gustaría mucho conocerla.
—En este momento no —dijo la joven con tristeza—. Uno de nuestros
empleados murió anoche. Annika ha tenido que ir a ver a la policía.
—Lo siento mucho.
—Nuestro conserje. Fue repentino —dijo la mujer.
- 93 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Beryl vio entonces una obra que podría considerar comprar. Era una de las
esculturas de bronce, una variación sobre la temática de la Madonna con el niño.
Pero al acercarse para estudiarla más de cerca, se dio cuenta de que no era un niño a
quien amamantaba la mujer, sino a un chacal.
—Intrigante, ¿no cree?
Beryl sintió un escalofrío y miró a su guía del pelo de punta.
—¿A qué brillante mente se le ha ocurrido esto?
—Es un artista nuevo. Un joven que está empezando a darse a conocer en París.
Esta noche damos un cóctel de inauguración. ¿Le gustaría asistir?
—Si puedo.
La mujer metió la mano en una especie de cesta y sacó una invitación. El texto
estaba escrito en un elegante relieve.
—Si está libre esta noche, por favor, venga por aquí.
Beryl ya se iba a guardar la tarjeta en el bolso cuando se quedó mirando el
nombre del artista.
Galerie Annika presente
Les sculptures de Anthony Sutherland.
17 juillet, 7-9 du soir.
- 94 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Nueve
—Esto es una locura. Un riesgo inaceptable —dijo Richard.
Para mayor enojo de Richard, Beryl se limitó a acercarse al armario delante del
cual se quedó un rato observando su ropa.
—¿Qué crees que sería apropiado para esta noche? ¿Formal o semi?
—Estarás en peligro —dijo Richard—. ¡Un cóctel de inauguración! No se me
ocurre nada más público.
Beryl sacó un vestido negro de seda, se giró hacia el espejo, y se llevó el vestido
al cuerpo para observar el efecto en ella.
—Un lugar público es el lugar más seguro —observó ella.
—¡Se suponía que tenías que quedarte aquí! No recorrer la ciudad...
—Tú hiciste lo mismo.
—Tenía asuntos...
Ella se dio la vuelta y se dirigió al dormitorio.
—Yo también —replicó alegremente.
Richard fue tras ella, pero se detuvo en la puerta al ver que se estaba
desnudando. De inmediato se dio la vuelta y permaneció con la espalda pegada a la
pared.
—¡Un antojo de restaurante de tres tenedores no constituye una necesidad! —le
espetó.
—No era un restaurante de tres tenedores. Ni siquiera llegaría a medio. Pero era
mejor que huevos y pan mohoso.
—Eres como un gatito melindroso, ¿lo sabías? Antes te morirías de hambre que
dignarte a comer comida enlatada como los demás gatos.
—Tienes toda la razón. Soy una mimada gata persa y sólo me gustan los
higaditos de pollo y la crema de leche.
—Yo te habría traído más comida. Comida de gato incluso.
—No estabas aquí.
Y Richard se dio cuenta de que ése había sido su error. No podía dejar sola a
aquella mujer ni un segundo. Era demasiado impredecible.
No, en realidad era predecible. Haría todo lo que él no quería que hiciera. Y lo
que no quería era que saliera esa noche.
Pero ya estaba oyendo cómo se ponía el vestido negro, podía oír el roce de la
seda con las medias, el rumor de la cremallera cerrándose sobre la espalda. Tuvo que
esforzarse para apartar las imágenes que aquellos sonidos evocaban, las largas
piernas, la curva de sus caderas... Se dio cuenta de que estaba apretando la
mandíbula de pura frustración, por ella, por él, por la forma en que los
acontecimientos y las pasiones escapaban a todo control.
—¿Me lo abrochas por favor?
- 95 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Richard se dio la vuelta y vio que se había colocado justo a su lado. Estaba de
espaldas y la nuca y el cuello estaban tan cerca que podría besarlos.
—El corchete —dijo ella, retirándose el pelo a un lado. Richard aspiró el aroma
floral de su champú—. No soy capaz.
Hizo lo que le pedía y se quedó mirándole los hombros desnudos.
—¿De dónde has sacado el vestido?
—Lo he traído de Chetwynd —dijo ella, mientras se dirigía a la cómoda y
empezaba a ponerse los pendientes. El vestido de seda se amoldaba a la perfección a
cada una de las exquisitas curvas de su cuerpo—. ¿Por qué?
—Es de Madeline, ¿verdad?
Ella se giró y lo miró.
—Sí. ¿Te molesta? —preguntó con calma.
—Es sólo que... —suspiró—. Te queda perfecto. Curva a curva.
—Y te parece estar viendo un fantasma.
—Recuerdo ese vestido. Lo llevó a una recepción en la embajada —se detuvo—.
Dios, es realmente espeluznante. Parece hecho a tu medida.
Ella se acercó lentamente, la vista fija en su rostro.
—No soy ella, Richard.
—Lo sé.
—Por mucho que desearas que ella estuviera aquí.
—¿Ella? —Richard le tomó las muñecas y la atrajo hacia sí—. Cuando te miro,
sólo veo a Beryl. Es natural que note el parecido. El pelo, los ojos. Pero es a ti a quien
miro. Es a ti a quien deseo —se inclinó sobre ella y le rozó suavemente los labios con
los suyos—. Y por eso quiero que te quedes aquí esta noche.
—¿Como tu prisionera?
—Si es necesario —la besó de nuevo y oyó el ronroneo satisfecho que escapó de
su garganta. Beryl echó la cabeza hacia atrás para que le besara el cuello, suave y
delicadamente perfumado.
—Entonces tendrás que atarme...
—Lo que tú quieras.
—Porque no conseguirás que me quede de ninguna otra forma —y con una risa
exasperante se zafó de él y se dirigió al cuarto de baño.
Richard ahogó un gemido de frustración. Desde la puerta, vio cómo se hacía un
recogido alto.
—¿Qué esperas sacar de esto de todas formas? —preguntó él.
—Nunca se sabe. Ahí está lo divertido, ¿no? Mantener las oídos y los ojos
abiertos para ver qué ocurre. Creo que ya sé lo suficiente de François. Que tenía una
hermana enferma, lo que significa que necesitaba el dinero. El trabajo de conserje en
una galería de arte no debía dar para pagar la residencia. Tal vez estuviera
desesperado, dispuesto a hacer cualquier cosa por dinero. Incluso matar.
—Tu lógica es aplastante.
—Gracias.
—Pero tu plan de acción es una locura. No es necesario que te arriesgues.
—Pero voy a hacerlo —se dio la vuelta y lo miró—. Alguien nos quiere a Jordan
- 96 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
y a mí muertos. Por eso voy a ir ahí esta noche. Un objetivo muy oportuno.
«Qué maravillosa criatura, —pensó él—. Sin duda lleva la misma sangre
imbatible, los genes de Bernard y Madeline. Se cree invencible».
—Ése es el plan, ¿no es así? —dijo.
—¿Tentar al asesino para que mueva ficha?
—Sí, si así puedo liberar a Jordan.
—¿Y quién detendrá al asesino?
—Mis dos guardaespaldas. Y tú.
—Yo no soy infalible, Beryl.
—Pero te acercas mucho.
—Podría cometer un error. Podría despistarme.
—Confío en ti.
—¡Pero yo no confío en mí!
Agitado, comenzó a andar de un lado a otro de la habitación.
—Llevo años retirado de este mundo. Estoy desentrenado. Además, tengo
cuarenta y dos años, Beryl, y mis reflejos no son los que eran.
—Pues anoche me pareció que no estaban mal.
—Si sales por esa puerta, Beryl, no podré garantizar tu seguridad.
Ella se acercó a él y lo miró a los ojos.
—Lo cierto es, Richard, que no puedes garantizar mi seguridad en ningún sitio.
Aquí dentro, en la calle, o en la recepción. Esté donde esté, siempre hay posibilidades
de que me ocurra algo. Si me quedo en este piso, si sigo mirando estas paredes un
minuto más, pensando en lo que podría ocurrir, me volveré loca. Es mejor que esté
ahí fuera. Que haga algo. Jordan no puede hacerlo, por eso tengo que hacerlo yo.
—¿Y tienes que ponerte como cebo?
—Nuestra única pista es un hombre muerto. François. Alguien lo contrató,
Richard. Alguien relacionado con la galería de Annika.
Por un momento, Richard se quedó mirándola y pensando. «Tiene razón. Es la
misma conclusión a la que he llegado yo. Es lo suficientemente inteligente para saber
exactamente lo que hay que hacer. Y lo bastante temeraria para hacerlo».
Se acercó entonces a la mesilla de noche y sacó la pistola. Setecientos gramos de
acero y plástico, eso era lo único que tenía para protegerla. Se sentía un pobre
enclenque frente a los peligros que acechaban tras la puerta.
—¿Vienes conmigo?
Richard se dio la vuelta y la miró.
—¿Pensabas que dejaría que fueras sola?
Ella sonrió con tanta confianza que le dio miedo. Era la misma sonrisa de
Madeline. La misma confianza de Madeline.
Se guardó la Glock en la funda del hombro.
—Estaré a tu lado, Beryl. Todo el tiempo.
Anthony Sutherland posaba como un pequeño emperador junto a su estatua de
bronce de la Madonna con el chacal. Llevaba una camisa de estilo pirata, morada, de
- 97 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
seda, pantalones de cuero negros y botas de piel de serpiente, y no parecían
desconcertarlo los flashes de las cámaras de los fotógrafos. Los críticos de arte
hablaban con nerviosismo de la exposición. «Aterradora», «perturbadora» o
«imágenes que desarman los convencionalismo» fueron algunas de las opiniones que
Beryl oyó por casualidad.
Richard y ella se detuvieron delante de otra de las esculturas. A primera vista,
se trataba de dos figuras desnudas entrelazadas en un abrazo de amor. Una
inspección más detallada, sin embargo, revelaba que se trataba de un hombre y una
mujer devorándose vivos.
—¿Crees que se trata de una alegoría sobre el matrimonio? —dijo una voz
familiar. Era Reggie Vane, una copa de champán en una mano y dos platos de
canapés en la otra.
Se inclinó sobre Beryl y le dio un cariñoso beso en la mejilla.
—Estás absolutamente deslumbrante esta noche, cariño. Tu madre estaría
orgullosa de ti.
—Reggie, no tenía idea de que te interesara el arte moderno —dijo Beryl.
—Y no me interesa. Helena me ha arrastrado —miró disgustado entre la
multitud—. Dios, odio estas cosas. Pero los St. Pierre venían y, claro, Marie siempre
insiste en que Helena venga, para tener compañía.
Dejó la copa vacía encima de la pareja de bronce y se rió del efecto cómico.
—Mejor, ¿no crees? Ya que estos dos van a comerse vivos, les vendrá bien un
poco de espumoso para ayudar a pasar el bocado.
Una mujer elegantemente vestida se acercó hasta la escultura y se llevó la copa.
—Por favor, ruego un poco de respeto al arte, señor Vane —lo riñó.
—No quería ser irrespetuoso. Annika —dijo Reggie—. Sólo pensé que no le
vendría mal un toque de humor.
—Es absolutamente perfecta tal cual —Annika limpió con un pañuelo las
cabezas de la pareja y retrocedió un paso para admirar el efecto—. Un toque banal
arruinaría el mensaje.
—¿Y cuál es ese mensaje? —preguntó Richard.
La mujer se volvió hacia él y elevó la cabeza con súbito interés. Llevaba el pelo
corto como un hombre.
—El mensaje —dijo, mirando a Richard intensamente— es que la monogamia es
una institución destructiva.
—Eso es el matrimonio —gruñó Reggie.
—Mientras que el amor libre —continuó la mujer—, el amor sin ataduras,
abierto a todo tipo de placeres, es una fuerza positiva.
—¿Ésa es la interpretación que Anthony da a esta pieza? —preguntó Beryl.
—Así es como lo interpreto yo —Annika miró entonces a Beryl—. ¿Es amiga de
Anthony?
—Conocida. Conozco a su madre, Nina.
—¿Así que se trata de una alabanza al amor libre? —dijo Reggie, contemplando
la escultura con nuevo interés.
—Así es como yo lo veo —dijo Annika—. Como deberían amarse un hombre y
- 98 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
una mujer.
—Estoy de acuerdo —dijo Reggie con un súbito ataque de entusiasmo—.
Desterremos el matrimonio para siempre.
La mujer miraba a Richard de forma provocativa.
—¿Y qué piensa usted, señor... ?
—Wolf —dijo Richard—. Me temo que no estoy de acuerdo —tomó el brazo de
Beryl—. ¿Nos disculpan? Queremos ver el resto de la exposición.
Se dirigieron hacia la escalera de caracol que conducía al piso superior.
—No hay nada que ver arriba —susurró ella.
—Quiero echar un vistazo a los pisos superiores.
—La obra de Anthony está en el primer piso.
—Vi a Nina escabullirse escaleras arriba hace unos minutos. Quiero ver qué
está tramando.
Subieron al segundo piso. En la pasarela, se detuvieron apoyados en la
barandilla a contemplar todas aquellas cabezas perfectamente peinadas y las sedas
multicolor. Annika compartía en ese momento el foco de atención con Anthony,
abrazándose y besándose bajo los flashes de las cámaras y un torrente de aplausos.
—El amor libre —suspiró Beryl—. Es obvio que tiene un buen montón entre los
que elegir.
—Ya lo veo.
Beryl le sonrió con astucia.
—Pobre Richard. Estás de servicio y no puedes permitirte un capricho.
—Miedo me daría. Sería capaz de comerme vivo, como la estatua de bronce.
—¿No te sientes tentado? ¿Ni un poquito?
Él la miró divertido.
—Me estás provocando, Beryl.
—¿De veras?
—De veras. Sé exactamente lo que te propones. Me estás poniendo a prueba.
Quieres que te demuestre que no soy como tu amigo el cirujano. Quien, como tú
dijiste, sí creía en el amor libre.
La sonrisa de Beryl se evaporó.
—¿Eso es lo que estoy haciendo? —preguntó con suavidad.
—Tienes todo el derecho —Richard le apretó la mano en señal cariñosa y miró
hacia abajo. «Siempre está alerta, siempre vigilando que no me ocurra nada, —pensó