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作者:西- Tess Gerritsen 当前章节:15401 字 更新时间:2026-6-22 20:36

Beryl—. Puedo confiarle mi vida. ¿Pero mi corazón? Sigo sin saberlo...».

En la galería del primer piso, un par de músicos comenzaron a tocar. Conforme

las suaves notas de la flauta y la guitarra llenaban el edificio, Beryl notó que un par

de ojos la miraban. Bajó la vista hacia la serie de esculturas de bronce y vio a

Anthony Sutherland, de pie junto a la Madonna y el chacal. Tenía la vista fija en ella,

una expresión fría y calculadora. Instintivamente, Beryl se apartó de la barandilla.

—¿Qué ocurre?

—Anthony. La forma en que me mira.

Cuando Richard quiso mirar, Anthony estaba estrechando la mano de Reggie

Vane. Beryl pensó en lo extraño que era ese chico. Se preguntó qué clase de mente

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tenía unas visiones tan aterradoras: mujeres amamantando chacales; parejas que se

devoran mutuamente. Se preguntó si tan difícil había sido crecer con una madre

como Nina Sutherland.

Richard y ella recorrieron toda la segunda planta, pero no vieron señales de

Nina.

—¿Por qué te interesa tanto encontrarla?

—No es tanto por ella como por la manera en que subió la escalera. Era obvio

que quería pasar inadvertida.

—Y tú la viste.

—Ha sido por el vestido. Esas cuentas de cristal suyas tan características.

Terminaron el circuito de la segunda planta y se encaminaron hacia la escalera

que conducía a la tercera. Tampoco allí había señal de Nina. Pero conforme

caminaban por la pasarela, la música cesó bruscamente y, en el silencio que

sobrevino, Beryl oyó la voz de Nina. Al principio unas notas altas que bajaron a un

mero susurro. Le respondió otra voz, de hombre, también en susurros.

Las voces provenían de un hueco en la pared un poco más adelante.

—No se puede decir que no haya sido paciente —dijo Nina—. Que no haya

tratado de ser comprensiva.

—Lo sé, lo sé...

—¿Sabes lo que ha sido para mí? ¿Para Anthony? ¿Tienes idea? Todos estos

años esperando que tomaras una decisión.

—Nunca te di falsas esperanzas.

—¡Oh, qué afortunados! ¡Dios mío, qué generoso por tu parte!

—El chico ha tenido lo mejor, todo lo que ha querido. Ahora ya tiene veintiún

años. Ya no es mi responsabilidad.

—Tu responsabilidad —dijo Nina— no ha hecho más que comenzar.

Richard y Beryl se ocultaron tras un recodo justo en el momento en que Nina

salía del hueco en la pared. Pasó junto a ellos como una exhalación, demasiado

enfadada para notar su presencia. Ellos se quedaron oyendo el repiqueteo de sus

tacones por las escaleras.

Un momento después, una segunda figura emergió del mismo hueco. Se movía

como una persona mayor.

Era Philippe St. Pierre.

Se acercó a la barandilla y miró hacia abajo. Parecía estar considerando la

tentación de tirarse desde allí. Entonces, y tras un profundo suspiro, echó a andar

hacia las escaleras.

En la primera planta, la gente empezaba a marcharse. Anthony ya se había ido,

al igual que los Vane. Pero Marie St. Pierre seguía en su rincón, la mujer abandonada

a la espera de que su marido fuera a recogerla. En el extremo opuesto estaba

Philippe, su marido, tomándose una copa de champán. Y entre los dos, la macabra

escultura de la pareja que se devoraba viva.

Beryl pensó que, después de todo, quizá Anthony no estuviera tan equivocado

en lo que reflejaba su arte. Venía a decir que si las personas no tenían cuidado, el

amor podía consumirlas, destruirlas, como había ocurrido con Marie.

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—Debe saberlo desde hace años —dijo Beryl con voz suave, de camino al piso.

Richard mantenía la mirada fija en la carretera.

—¿Quién?

—Marie St. Pierre. Debe saber desde hace mucho lo de su marido con Nina.

Cada vez que mira a Anthony, verá el parecido. Debe ser muy doloroso. Y sin

embargo, lo ha aguantado todos estos años.

—Y ha aguantado a Nina —dijo Richard.

Beryl se reclinó en el respaldo, confusa. «Sí, tiene que soportar a Nina. Y ésa es

la parte que no entiendo. Cómo puede comportarse de una manera tan educada y

cívica con la amante de su marido. Con el hijo ilegítimo de su marido...».

—¿Crees que Philippe es el padre de Anthony?

—Eso es lo que Nina ha dado a entender. La charla sobre las responsabilidades

de Philippe. Se refería a Anthony —se detuvo—. La escuela de arte debe ser cara.

—Y Philippe debe haber estado pagando un buen pellizco en todos estos años

para costear la educación del chico. Por no mencionar a Nina, cuyos gustos son,

cuando menos, extravagantes. No creo que su pensión de viudedad le haya dado

para...

—¿Qué ocurre? —preguntó Beryl.

—Acabo de comprender algo de su marido, Stephen Sutherland. Se suicidó un

mes después de la muerte de tus padres. Se tiró por un puente.

—Sí, ya me lo habías dicho.

—Durante todo este tiempo, he creído que su muerte estaba relacionada con el

caso Delphi. Sospechaba que él era el topo, que se suicidó porque pensó que estaba a

punto de ser descubierto. Pero ¿y si sus motivos para saltar desde aquel puente

fueran sólo personales?

—Su matrimonio.

—Y el pequeño Anthony. Quizá descubrió que no era hijo suyo.

—Pero si Stephen Sutherland no era Delphi...

—Volvemos a estar frente a desconocidos.

Eso quería decir que esa persona o personas podían seguir vivas, y temerosas

de ser descubiertas.

Instintivamente, Beryl miró hacia atrás para comprobar si los seguía alguien.

Detrás iba el Peugeot con los dos agentes franceses y, tras él, sólo una riada de faros

anónimos. Pensó que Richard tenía razón. Debería haberse quedado en el piso.

Debería haberse mantenido oculta. Cualquiera podría haberla visto esa noche; podría

estar siguiéndola en ese momento, cualquiera en aquel mar de luces.

De pronto, sintió el deseo de estar en el piso, segura entre sus cuatro paredes. El

camino hasta Passy empezó a hacérsele interminable, un viaje en la oscuridad

rodeada de peligros.

Cuando por fin se detuvieron delante del edificio, estaba tan ansiosa por entrar,

que se dispuso a salir del coche a toda prisa. Richard la detuvo.

—No salgas aún. Deja que los hombres revisen primero.

—No creerás que...

—Es una precaución. Procedimiento de seguridad estándar.

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Beryl observó a los dos agentes llegar hasta la puerta y abrir. Mientras uno se

quedaba de guardia en los escalones de entrada, el otro entró en el piso.

—Pero ¿cómo iba a saber nadie de la existencia de este piso?

—Filtraciones. Sobornos.

—¿No creerás que Claude Daumier...?

—No es mi intención asustarte, Beryl. Sólo quiero ser cuidadoso.

Beryl siguió observando la evolución de las cosas. Las luces se encendieron

dentro del piso. Primero en el salón, después en el dormitorio. Al final, el hombre

que estaba en los escalones del portal les hizo la señal de que todo estaba despejado.

—De acuerdo. Vamos ahora —dijo Richard saliendo del coche.

Beryl bajó a la acera. Se giró hacia el edificio y sólo había dado un paso cuando

una explosión la lanzó hacia atrás y la tiró contra el coche. Trozos de cristal del

edificio volaron sobre la calle. Segundos después, el cielo se iluminó con el infernal

resplandor de las llamas surgiendo por las ventanas rotas. Beryl se tiró al suelo, el

eco de la explosión resonaba en sus oídos. No podía dejar de mirar cómo las lenguas

de fuego rasgaban la oscuridad. No oía los gritos de Richard, ni se dio cuenta de que

éste se había agachado justo a su lado hasta que sintió unas manos en el rostro.

—¿Estás bien? ¡Beryl, mírame! —gritó.

Ella asintió débilmente. A continuación, miró hacia el portal, en el que yacía el

cuerpo sin vida de uno de los agentes.

—¡Quédate aquí! —vociferó Richard mientras se apartaba de ella. Se acercó

rápidamente hasta el hombre caído y se arrodilló para tomarle el pulso. Enseguida

regresó con Beryl.

—Entra en el coche.

—¿Y los hombres?

—Ése está muerto. El otro no ha tenido oportunidad alguna.

—¡Eso no lo sabes!

—¡Sube al coche! —ordenó Richard, abriendo la puerta y empujándola dentro

antes de rodear el coche y sentarse en el asiento del conductor.

—¡No podemos dejarlos aquí! —gimió Beryl.

—Tenemos que hacerlo —Richard puso el coche en marcha y salió de allí entre

el chirrido de los neumáticos.

Beryl vio cómo las calles pasaban como una exhalación. Richard conducía como

un loco, pero ella estaba demasiado atónita para sentir miedo, demasiado

desconcertada para fijarse en otra cosas que no fuera el río de luces traseras que se

extendía delante de ellos.

—Jordan —susurró de pronto—. ¿Qué pasa con él?

—En estos momentos, tengo que pensar en ti.

—Han encontrado el piso. ¡También pueden ir a por él!

—Me ocuparé de ello más tarde. Primero tenemos que encontrar un lugar

seguro para ti.

—¿Dónde?

De un viraje brusco atravesó dos carriles y se metió en una vía de servicio.

—Ya se me ocurrirá algo. En alguna parte.

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Beryl miró por la ventana el brillo que desprendía París. Una ciudad enorme,

un océano de luz. Un millón de lugares para ocultarse.

Para morir.

Un escalofrío la recorrió y se encogió en el asiento.

—Y después ¿qué? —susurró.

Richard la miró.

—Saldremos de París. Del país.

—Quieres decir, ¿volver a casa?

—No. Inglaterra tampoco sería seguro —miró hacia atrás. El coche estaba

envuelto en la oscuridad—. Nos vamos a Grecia.

Daumier respondió a la segunda llamada.

—Allo?

Una voz familiar le gruñó desde el otro lado de la línea.

—¿Qué demonios está ocurriendo?

—¿Richard? ¿Dónde estás?

—En un lugar seguro. Entenderás que no te diga dónde.

—¿Y Beryl?

—No le ha pasado nada. Aunque no puedo decir lo mismo de tus dos hombres.

¿Quién sabía lo del piso, Claude?

—Sólo mi gente.

—¿Quién más?

—No se lo dije a nadie más. Debería haber resultado seguro.

—Pues al parecer te equivocabas. Alguien lo ha encontrado.

—Los dos salisteis del piso esta mañana. Alguien podría haberos seguido.

—Nadie me siguió a mí.

—Entonces a Beryl. No deberías haberla dejado salir. Puede que alguien la viera

entrar en la galería Annika esta tarde y la siguiera después.

—Ha sido culpa mía. Tienes razón, no debería haberla dejado salir sola. No

puedo permitirme más errores.

Daumier suspiró.

—Richard, nos conocemos desde hace mucho. No es momento de desconfiar

del otro.

Hubo un breve silencio al otro lado hasta que Richard dijo finalmente:

—Lo siento, pero no me queda otra opción, Claude. Vamos a desaparecer un

tiempo.

—Pero entonces no podré ayudaros.

—Lo haremos solos. Sin tu ayuda.

—Espera, Richard...

Pero la línea se había cortado. Daumier se quedó mirando el auricular hasta

que, lentamente, colgó. No tenía sentido tratar de localizar la llamada. Richard habría

usado una cabina que no tenía por qué estar en la zona donde se hospedaran. Ese

hombre había sido un profesional. Conocía los trucos.

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Tal vez lograra mantenerlos con vida.

—Buen suerte, amigo mío. Me temo que vas a necesitarla —murmuró Daumier.

Richard hizo una llamada más desde la cabina, esta vez a Washington D.C. Su

socio contestó con su habitual gruñido.

—Sakaroff al habla.

—Niki, soy yo.

—¿Richard? ¿Cómo está la bella París? ¿Te estás divirtiendo?

—Está siendo una estancia pésima. Mira, no puedo hablar mucho. Tengo

problemas.

Niki suspiró.

—¿Por qué no me sorprende?

—Es el caso Delphi. ¿Te acuerdas? París, 1973. El topo de la OTAN.

—Ah, ya.

—Delphi ha vuelto. Necesito que me ayudes a identificarlo.

—Yo era de la KGB, no de la Stasi.

—Pero tenías contactos entre los alemanes.

—No directamente. Apenas tuve contacto con los agentes de la Stasi. Los

alemanes del Este preferían operar de forma independiente.

—Entonces ¿quién podría saber algo sobre Delphi? Tienes que tener algún

contacto al que puedas sonsacarle información.

Sakaroff hizo una pausa.

—Tal vez...

—¿Sí?

—Heinrich Leitner —dijo Sakaroff—. Él podría decírtelo. Supervisaba las

operaciones de la Stasi. No era un agente de campo, nunca salió de Berlín. Pero sabrá

algo de Delphi.

—Pues hablaré con él. ¿Cómo puedo ponerme en contacto con él?

—Eso es lo complicado. Está en Berlín.

—No hay problema. Iremos.

—En una cárcel de máxima seguridad.

Richard gimió.

—Eso sí es un problema —frustrado, se dio la vuelta dentro de la cabina y miró

hacia el andén del metro—. Tengo que verlo, Niki.

—Necesitarías aprobación. Eso puede llevar días. Habrá que redactar cartas, se

necesitarán firmas...

—Pues tendré que hacer todo eso. Si pudieras hacer unas llamadas para

acelerar los trámites...

—No te garantizo nada.

—Entendido. Ah, una cosa más —dijo Richard—. Estamos tratando de localizar

a Hugh Tavistock. Parece como si se hubiera evaporado. ¿Has oído algo?

—No, pero lo confirmaré. ¿Algo más?

—Te lo haré saber.

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—Me temía que dirías eso —gruñó el ruso.

Richard colgó y salió de la cabina. Miró a su alrededor y no vio nada

sospechoso. Sólo viajeros de última hora, parejas de la mano, estudiantes con

mochilas.

El tren en dirección a Creteil-Préfecture entró en la estación. Richard se metió en

un vagón y salió después de tres paradas. Se quedó en el andén unos minutos

examinando las caras que veía. Nadie que le resultara familiar. Satisfecho al

comprobar que nadie lo había seguido, tomó el tren a Bobigny-Picasso y se dirigió a

la estación del Este. Se apeó y caminó a paso ligero hasta una pensión.

Allí encontró a Beryl aún despierta, sentada en un sillón junto a la ventana.

Había apagado todas las luces y, en la oscuridad, no era más que una silueta que se

recortaba con el resplandor del cielo nocturno. Richard cerró la puerta con llave.

—¿Beryl? ¿Va todo bien?

Le pareció verla asentir, aunque también podía haber sido sólo el temblor de la

barbilla cuando exhaló un suspiro de alivio.

—Estaremos a salvo aquí. Al menos por esta noche.

—¿Y mañana? —murmuró ella.

—Ya nos preocuparemos en su momento.

Ella se reclinó en los cojines y miró al frente.

—¿Así era la vida para ti, Richard? Cuando trabajabas en los servicios secretos,

me refiero. ¿Vivir el presente sin atreverse a pensar en el mañana?

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