Beryl—. Puedo confiarle mi vida. ¿Pero mi corazón? Sigo sin saberlo...».
En la galería del primer piso, un par de músicos comenzaron a tocar. Conforme
las suaves notas de la flauta y la guitarra llenaban el edificio, Beryl notó que un par
de ojos la miraban. Bajó la vista hacia la serie de esculturas de bronce y vio a
Anthony Sutherland, de pie junto a la Madonna y el chacal. Tenía la vista fija en ella,
una expresión fría y calculadora. Instintivamente, Beryl se apartó de la barandilla.
—¿Qué ocurre?
—Anthony. La forma en que me mira.
Cuando Richard quiso mirar, Anthony estaba estrechando la mano de Reggie
Vane. Beryl pensó en lo extraño que era ese chico. Se preguntó qué clase de mente
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AL BORDE DEL DESEO
tenía unas visiones tan aterradoras: mujeres amamantando chacales; parejas que se
devoran mutuamente. Se preguntó si tan difícil había sido crecer con una madre
como Nina Sutherland.
Richard y ella recorrieron toda la segunda planta, pero no vieron señales de
Nina.
—¿Por qué te interesa tanto encontrarla?
—No es tanto por ella como por la manera en que subió la escalera. Era obvio
que quería pasar inadvertida.
—Y tú la viste.
—Ha sido por el vestido. Esas cuentas de cristal suyas tan características.
Terminaron el circuito de la segunda planta y se encaminaron hacia la escalera
que conducía a la tercera. Tampoco allí había señal de Nina. Pero conforme
caminaban por la pasarela, la música cesó bruscamente y, en el silencio que
sobrevino, Beryl oyó la voz de Nina. Al principio unas notas altas que bajaron a un
mero susurro. Le respondió otra voz, de hombre, también en susurros.
Las voces provenían de un hueco en la pared un poco más adelante.
—No se puede decir que no haya sido paciente —dijo Nina—. Que no haya
tratado de ser comprensiva.
—Lo sé, lo sé...
—¿Sabes lo que ha sido para mí? ¿Para Anthony? ¿Tienes idea? Todos estos
años esperando que tomaras una decisión.
—Nunca te di falsas esperanzas.
—¡Oh, qué afortunados! ¡Dios mío, qué generoso por tu parte!
—El chico ha tenido lo mejor, todo lo que ha querido. Ahora ya tiene veintiún
años. Ya no es mi responsabilidad.
—Tu responsabilidad —dijo Nina— no ha hecho más que comenzar.
Richard y Beryl se ocultaron tras un recodo justo en el momento en que Nina
salía del hueco en la pared. Pasó junto a ellos como una exhalación, demasiado
enfadada para notar su presencia. Ellos se quedaron oyendo el repiqueteo de sus
tacones por las escaleras.
Un momento después, una segunda figura emergió del mismo hueco. Se movía
como una persona mayor.
Era Philippe St. Pierre.
Se acercó a la barandilla y miró hacia abajo. Parecía estar considerando la
tentación de tirarse desde allí. Entonces, y tras un profundo suspiro, echó a andar
hacia las escaleras.
En la primera planta, la gente empezaba a marcharse. Anthony ya se había ido,
al igual que los Vane. Pero Marie St. Pierre seguía en su rincón, la mujer abandonada
a la espera de que su marido fuera a recogerla. En el extremo opuesto estaba
Philippe, su marido, tomándose una copa de champán. Y entre los dos, la macabra
escultura de la pareja que se devoraba viva.
Beryl pensó que, después de todo, quizá Anthony no estuviera tan equivocado
en lo que reflejaba su arte. Venía a decir que si las personas no tenían cuidado, el
amor podía consumirlas, destruirlas, como había ocurrido con Marie.
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AL BORDE DEL DESEO
—Debe saberlo desde hace años —dijo Beryl con voz suave, de camino al piso.
Richard mantenía la mirada fija en la carretera.
—¿Quién?
—Marie St. Pierre. Debe saber desde hace mucho lo de su marido con Nina.
Cada vez que mira a Anthony, verá el parecido. Debe ser muy doloroso. Y sin
embargo, lo ha aguantado todos estos años.
—Y ha aguantado a Nina —dijo Richard.
Beryl se reclinó en el respaldo, confusa. «Sí, tiene que soportar a Nina. Y ésa es
la parte que no entiendo. Cómo puede comportarse de una manera tan educada y
cívica con la amante de su marido. Con el hijo ilegítimo de su marido...».
—¿Crees que Philippe es el padre de Anthony?
—Eso es lo que Nina ha dado a entender. La charla sobre las responsabilidades
de Philippe. Se refería a Anthony —se detuvo—. La escuela de arte debe ser cara.
—Y Philippe debe haber estado pagando un buen pellizco en todos estos años
para costear la educación del chico. Por no mencionar a Nina, cuyos gustos son,
cuando menos, extravagantes. No creo que su pensión de viudedad le haya dado
para...
—¿Qué ocurre? —preguntó Beryl.
—Acabo de comprender algo de su marido, Stephen Sutherland. Se suicidó un
mes después de la muerte de tus padres. Se tiró por un puente.
—Sí, ya me lo habías dicho.
—Durante todo este tiempo, he creído que su muerte estaba relacionada con el
caso Delphi. Sospechaba que él era el topo, que se suicidó porque pensó que estaba a
punto de ser descubierto. Pero ¿y si sus motivos para saltar desde aquel puente
fueran sólo personales?
—Su matrimonio.
—Y el pequeño Anthony. Quizá descubrió que no era hijo suyo.
—Pero si Stephen Sutherland no era Delphi...
—Volvemos a estar frente a desconocidos.
Eso quería decir que esa persona o personas podían seguir vivas, y temerosas
de ser descubiertas.
Instintivamente, Beryl miró hacia atrás para comprobar si los seguía alguien.
Detrás iba el Peugeot con los dos agentes franceses y, tras él, sólo una riada de faros
anónimos. Pensó que Richard tenía razón. Debería haberse quedado en el piso.
Debería haberse mantenido oculta. Cualquiera podría haberla visto esa noche; podría
estar siguiéndola en ese momento, cualquiera en aquel mar de luces.
De pronto, sintió el deseo de estar en el piso, segura entre sus cuatro paredes. El
camino hasta Passy empezó a hacérsele interminable, un viaje en la oscuridad
rodeada de peligros.
Cuando por fin se detuvieron delante del edificio, estaba tan ansiosa por entrar,
que se dispuso a salir del coche a toda prisa. Richard la detuvo.
—No salgas aún. Deja que los hombres revisen primero.
—No creerás que...
—Es una precaución. Procedimiento de seguridad estándar.
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Beryl observó a los dos agentes llegar hasta la puerta y abrir. Mientras uno se
quedaba de guardia en los escalones de entrada, el otro entró en el piso.
—Pero ¿cómo iba a saber nadie de la existencia de este piso?
—Filtraciones. Sobornos.
—¿No creerás que Claude Daumier...?
—No es mi intención asustarte, Beryl. Sólo quiero ser cuidadoso.
Beryl siguió observando la evolución de las cosas. Las luces se encendieron
dentro del piso. Primero en el salón, después en el dormitorio. Al final, el hombre
que estaba en los escalones del portal les hizo la señal de que todo estaba despejado.
—De acuerdo. Vamos ahora —dijo Richard saliendo del coche.
Beryl bajó a la acera. Se giró hacia el edificio y sólo había dado un paso cuando
una explosión la lanzó hacia atrás y la tiró contra el coche. Trozos de cristal del
edificio volaron sobre la calle. Segundos después, el cielo se iluminó con el infernal
resplandor de las llamas surgiendo por las ventanas rotas. Beryl se tiró al suelo, el
eco de la explosión resonaba en sus oídos. No podía dejar de mirar cómo las lenguas
de fuego rasgaban la oscuridad. No oía los gritos de Richard, ni se dio cuenta de que
éste se había agachado justo a su lado hasta que sintió unas manos en el rostro.
—¿Estás bien? ¡Beryl, mírame! —gritó.
Ella asintió débilmente. A continuación, miró hacia el portal, en el que yacía el
cuerpo sin vida de uno de los agentes.
—¡Quédate aquí! —vociferó Richard mientras se apartaba de ella. Se acercó
rápidamente hasta el hombre caído y se arrodilló para tomarle el pulso. Enseguida
regresó con Beryl.
—Entra en el coche.
—¿Y los hombres?
—Ése está muerto. El otro no ha tenido oportunidad alguna.
—¡Eso no lo sabes!
—¡Sube al coche! —ordenó Richard, abriendo la puerta y empujándola dentro
antes de rodear el coche y sentarse en el asiento del conductor.
—¡No podemos dejarlos aquí! —gimió Beryl.
—Tenemos que hacerlo —Richard puso el coche en marcha y salió de allí entre
el chirrido de los neumáticos.
Beryl vio cómo las calles pasaban como una exhalación. Richard conducía como
un loco, pero ella estaba demasiado atónita para sentir miedo, demasiado
desconcertada para fijarse en otra cosas que no fuera el río de luces traseras que se
extendía delante de ellos.
—Jordan —susurró de pronto—. ¿Qué pasa con él?
—En estos momentos, tengo que pensar en ti.
—Han encontrado el piso. ¡También pueden ir a por él!
—Me ocuparé de ello más tarde. Primero tenemos que encontrar un lugar
seguro para ti.
—¿Dónde?
De un viraje brusco atravesó dos carriles y se metió en una vía de servicio.
—Ya se me ocurrirá algo. En alguna parte.
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AL BORDE DEL DESEO
Beryl miró por la ventana el brillo que desprendía París. Una ciudad enorme,
un océano de luz. Un millón de lugares para ocultarse.
Para morir.
Un escalofrío la recorrió y se encogió en el asiento.
—Y después ¿qué? —susurró.
Richard la miró.
—Saldremos de París. Del país.
—Quieres decir, ¿volver a casa?
—No. Inglaterra tampoco sería seguro —miró hacia atrás. El coche estaba
envuelto en la oscuridad—. Nos vamos a Grecia.
Daumier respondió a la segunda llamada.
—Allo?
Una voz familiar le gruñó desde el otro lado de la línea.
—¿Qué demonios está ocurriendo?
—¿Richard? ¿Dónde estás?
—En un lugar seguro. Entenderás que no te diga dónde.
—¿Y Beryl?
—No le ha pasado nada. Aunque no puedo decir lo mismo de tus dos hombres.
¿Quién sabía lo del piso, Claude?
—Sólo mi gente.
—¿Quién más?
—No se lo dije a nadie más. Debería haber resultado seguro.
—Pues al parecer te equivocabas. Alguien lo ha encontrado.
—Los dos salisteis del piso esta mañana. Alguien podría haberos seguido.
—Nadie me siguió a mí.
—Entonces a Beryl. No deberías haberla dejado salir. Puede que alguien la viera
entrar en la galería Annika esta tarde y la siguiera después.
—Ha sido culpa mía. Tienes razón, no debería haberla dejado salir sola. No
puedo permitirme más errores.
Daumier suspiró.
—Richard, nos conocemos desde hace mucho. No es momento de desconfiar
del otro.
Hubo un breve silencio al otro lado hasta que Richard dijo finalmente:
—Lo siento, pero no me queda otra opción, Claude. Vamos a desaparecer un
tiempo.
—Pero entonces no podré ayudaros.
—Lo haremos solos. Sin tu ayuda.
—Espera, Richard...
Pero la línea se había cortado. Daumier se quedó mirando el auricular hasta
que, lentamente, colgó. No tenía sentido tratar de localizar la llamada. Richard habría
usado una cabina que no tenía por qué estar en la zona donde se hospedaran. Ese
hombre había sido un profesional. Conocía los trucos.
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AL BORDE DEL DESEO
Tal vez lograra mantenerlos con vida.
—Buen suerte, amigo mío. Me temo que vas a necesitarla —murmuró Daumier.
Richard hizo una llamada más desde la cabina, esta vez a Washington D.C. Su
socio contestó con su habitual gruñido.
—Sakaroff al habla.
—Niki, soy yo.
—¿Richard? ¿Cómo está la bella París? ¿Te estás divirtiendo?
—Está siendo una estancia pésima. Mira, no puedo hablar mucho. Tengo
problemas.
Niki suspiró.
—¿Por qué no me sorprende?
—Es el caso Delphi. ¿Te acuerdas? París, 1973. El topo de la OTAN.
—Ah, ya.
—Delphi ha vuelto. Necesito que me ayudes a identificarlo.
—Yo era de la KGB, no de la Stasi.
—Pero tenías contactos entre los alemanes.
—No directamente. Apenas tuve contacto con los agentes de la Stasi. Los
alemanes del Este preferían operar de forma independiente.
—Entonces ¿quién podría saber algo sobre Delphi? Tienes que tener algún
contacto al que puedas sonsacarle información.
Sakaroff hizo una pausa.
—Tal vez...
—¿Sí?
—Heinrich Leitner —dijo Sakaroff—. Él podría decírtelo. Supervisaba las
operaciones de la Stasi. No era un agente de campo, nunca salió de Berlín. Pero sabrá
algo de Delphi.
—Pues hablaré con él. ¿Cómo puedo ponerme en contacto con él?
—Eso es lo complicado. Está en Berlín.
—No hay problema. Iremos.
—En una cárcel de máxima seguridad.
Richard gimió.
—Eso sí es un problema —frustrado, se dio la vuelta dentro de la cabina y miró
hacia el andén del metro—. Tengo que verlo, Niki.
—Necesitarías aprobación. Eso puede llevar días. Habrá que redactar cartas, se
necesitarán firmas...
—Pues tendré que hacer todo eso. Si pudieras hacer unas llamadas para
acelerar los trámites...
—No te garantizo nada.
—Entendido. Ah, una cosa más —dijo Richard—. Estamos tratando de localizar
a Hugh Tavistock. Parece como si se hubiera evaporado. ¿Has oído algo?
—No, pero lo confirmaré. ¿Algo más?
—Te lo haré saber.
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—Me temía que dirías eso —gruñó el ruso.
Richard colgó y salió de la cabina. Miró a su alrededor y no vio nada
sospechoso. Sólo viajeros de última hora, parejas de la mano, estudiantes con
mochilas.
El tren en dirección a Creteil-Préfecture entró en la estación. Richard se metió en
un vagón y salió después de tres paradas. Se quedó en el andén unos minutos
examinando las caras que veía. Nadie que le resultara familiar. Satisfecho al
comprobar que nadie lo había seguido, tomó el tren a Bobigny-Picasso y se dirigió a
la estación del Este. Se apeó y caminó a paso ligero hasta una pensión.
Allí encontró a Beryl aún despierta, sentada en un sillón junto a la ventana.
Había apagado todas las luces y, en la oscuridad, no era más que una silueta que se
recortaba con el resplandor del cielo nocturno. Richard cerró la puerta con llave.
—¿Beryl? ¿Va todo bien?
Le pareció verla asentir, aunque también podía haber sido sólo el temblor de la
barbilla cuando exhaló un suspiro de alivio.
—Estaremos a salvo aquí. Al menos por esta noche.
—¿Y mañana? —murmuró ella.
—Ya nos preocuparemos en su momento.
Ella se reclinó en los cojines y miró al frente.
—¿Así era la vida para ti, Richard? Cuando trabajabas en los servicios secretos,
me refiero. ¿Vivir el presente sin atreverse a pensar en el mañana?