Richard se acercó al sillón lentamente.
—A veces era así. A veces no sabía si habría un mañana para mí.
—¿Echas de menos esa vida? —lo miró. Él no podía verla, pero sentía su mirada
en él.
—Ya la he dejado atrás.
—Pero ¿la echas de menos? ¿La emoción? ¿La expectativa de la violencia?
—Beryl. Beryl, por favor —le tomó la mano. Era como un trozo de hielo.
—¿No disfrutabas ni siquiera un poco?
—No —se detuvo. Al cabo añadió, suavemente—: Sí. Durante una corta
temporada. Cuando era muy joven. Antes de que todo se volviera demasiado real.
—Como ha ocurrido esta noche. Esta noche, ha sido muy real para mí. Cuando
vi a ese hombre allí muerto... —tragó con dificultad—. Esta misma tarde comí con
esos dos agentes. Ellos tomaron ternera, con vino y helado de postre. Los tres nos
reímos... —desvió la mirada.
—Al principio, parece un juego. Una guerra de mentira —dijo Richard—. Pero
luego te das cuenta de que las balas son de verdad. Y la gente —le sostuvo la mano
helada deseando poder calentarla, reconfortarla—. Eso es lo que me ocurrió. De
pronto, todo me pareció demasiado real. Y hubo una mujer...
Ella se quedó inmóvil, esperando, escuchando.
—¿Alguien a quien amabas? —preguntó con suavidad.
—No, no la amaba. Pero me gustaba mucho. Fue en Berlín, antes de que cayera
el muro. Estábamos tratando de devolver a un tránsfuga a la parte Oeste. Mi
compañera se quedó atrapada en el otro lado. Un guardia la vio. Disparó —se llevó
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la mano de Beryl a los labios y la besó.
—¿Ella no... lo consiguió?
Richard negó con la cabeza.
—Y ya no se trataba de una guerra de mentira. Pude ver su cuerpo en aquella
tierra de nadie. Y no podía llegar hasta ella. Así que tuve que dejarla allí... —le soltó
la mano y se acercó a la ventana, desde donde se veían las luces de París—. Entonces
lo dejé. No quería cargar con otra muerte sobre mis espaldas. No quería sentirme...
responsable —se volvió hacia ella. Al débil resplandor de la ciudad, el rostro de Beryl
parecía blanquecino, casi luminoso—. Por eso me resulta tan difícil hacer esto, Beryl.
Saber lo que podría ocurrir si cometo un error. Saber que tu vida depende de lo que
haga a continuación.
Beryl permaneció inmóvil un buen rato, contemplándolo. Sintiendo su mirada
en ella desde las sombras. La chispa de la atracción prendió como una llama, igual
que las otras veces, pero esa vez había algo más, algo que iba más allá del deseo.
Finalmente se levantó. Aunque él no se movió de su sitio, Beryl podía sentir el
calor de su mirada mientras se acercaba a él, oyó la profunda inhalación de aire
cuando le tocó el rostro áspero por la incipiente barba.
—Te deseo, Richard —susurró.
Un segundo después, él la tomó en sus brazos. Ningún otro abrazo, ningún otro
beso que hubieran compartido había tenido en ella ese efecto de quedarse sin aliento.
«Somos como la pareja de la escultura, —pensó—. Hambrientos el uno del otro.
Devorándose mutuamente».
Pero aquél era un festín de amor, no de destrucción.
Entre gimoteos, dejó caer la cabeza hacia atrás mientras los labios de Richard se
deslizaban por su garganta. Sintió cómo las manos de éste la acariciaban por encima
de la seda del vestido. «Oh, Dios, si me hace sentir así vestida, ¿qué delicioso
tormento llevará a cabo sobre mi cuerpo desnudo?». Sentía un hormigueo en la piel
de los pechos, sus pezones erguidos como dos botones.
Richard le desabrochó el vestido y se lo bajó por los hombros.
El vestido se deslizó, susurrante, por sus caderas hasta formar un charco de
seda a sus pies. Le acarició entonces el torso mientras su lengua descendía
lentamente por la garganta, los pechos, el vientre. Temblando de placer, ella le
enterró los dedos en el pelo.
—No es justo... —gimió.
—Todo está permitido—murmuró él, bajándole las medias— en el amor y en la
guerra.
Cuando la tuvo totalmente desnuda, y él se hubo quitado también toda la ropa,
Beryl había enmudecido, incapaz de protestar. Había perdido el sentido del tiempo y
el espacio. Sólo existía la oscuridad, el calor de sus caricias, y el deseo que la hacía
temblar por dentro. Apenas tuvo noción de cómo llegaban hasta la cama. Ansiosa, se
dejó caer de espaldas en el colchón, y oyó el chirrido de los muelles, el ritmo cada vez
más acelerado de sus respiraciones. Entonces lo invitó a entrar en ella.
Richard le tomó las manos y entrelazaron los dedos en un nudo cada vez más
fuerte, los cuerpos unidos, arqueándose a cada embestida. Aun cuando los últimos
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coletazos del deseo se extinguían ya, Richard no le soltó las manos.
Lentamente las liberó y le tomó el rostro en su lugar, en el que depositó suaves
besos, en los labios, los párpados.
—La próxima vez, nos lo tomaremos con más calma. No tendré tanta prisa, te lo
prometo.
—No tengo ninguna queja —dijo ella sonriendo.
—¿Ninguna?
—Ninguna. Pero la próxima vez...
—¿Sí?
Beryl se revolvió debajo de él y rodaron hasta que ella quedó encima.
—La próxima vez —murmuró, inclinándose para besarle el pecho—, me toca a
mí infligir el tormento.
Richard dejó escapar un gemido cuando notó que los labios de Beryl
descendían por su abdomen, abrasándole la piel.
—¿Es que vamos a ir por turnos?
—Tú lo has dicho antes. Todo está permitido...
—... en el amor y en la guerra —se rió al tiempo que enterraba los dedos en su
pelo.
Se encontraron donde siempre, en el almacén que había detrás de la galería de
Annika. Contra las paredes, se amontonaban montones de cajas con lienzos y
esculturas de aspirantes a artistas, la mayoría aficionados sin talento pero con
muchas esperanzas de ver su obra en la pared de una galería. Foch se dio la vuelta al
oír que se abría la puerta.
—La bomba explotó según lo planeado. El trabajo está hecho —dijo Foch.
—Resulta que no está hecho —respondió alguien.
Anthony Sutherland emergió de la oscuridad y entró en el almacén. El golpe de
la puerta al cerrarse resonó en el suelo de hormigón.
—Quería a esa mujer neutralizada. Sigue viva. Y también Richard Wolf.
Foch se quedó mirándolo.
—¡Usé una mecha retardada, que se encendía dos minutos después de entrar!
No podría haberse encendido por sí sola.
—Lo que tú quieras, pero siguen vivos. Hasta el momento, tu índice de aciertos
está por los suelos. No pudiste terminar ni siquiera con esa desvalida criatura de
Marie St. Pierre.
—Me ocuparé de madame St. Pierre.
—¡Olvídate de ella! ¡A quien quiero ver muertos es a los Tavistock! Son como
los gatos. Como si tuvieran siete malditas vidas.
—Jordan Tavistock sigue en la cárcel. Puedo hacer que...
—Jordan puede esperar por ahora. Es inofensivo donde está. Pero hay que
ocuparse de Beryl. Yo diría que Wolf y ella van a dejar París. Encuéntralos.
—¿Cómo?
—Tú eres el profesional.
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—Y también Richard Wolf —dijo Foch—. Será difícil seguirle la pista. No puedo
hacer milagros.
Se hizo un largo silencio. Foch observó a Anthony caminar entre las cajas de
embalaje, y pensó: «Este chico no se parece a su madre. Es despiadado y capaz de
prever lo que va a ocurrir. Además, tiene unos nervios de acero que le permiten
mantenerse inalterable sean cuales sean las consecuencias».
—No puedo buscar a ciegas —dijo Foch—. Necesito una pista. ¿Se dirigirán a
Inglaterra, tal vez?
—No, creo que no —Anthony se detuvo de golpe—. Grecia. La isla de Paros.
—¿Te refieres a... la familia Rideau?
—Wolf tratará de contactar con él. Estoy seguro —Anthony resopló con
desdén—. Mi madre debería haberse ocupado de ese Rideau hace años. Bueno, aún
estamos a tiempo.
—Me voy a Paros —dijo Foch.
Cuando Foch hubo salido del almacén, Anthony Sutherland se quedó un rato
allí solo, observando las cajas de embalaje. «Tantas esperanzas y sueños encerrados,
—reflexionó—. Pero los míos no. Los míos están expuestos para que todo el mundo
los vea y los admire. La obra de estos pobres asquerosos se pudrirá eternamente.
Mientras que a mí todos me aclaman».
Se necesitaba algo más que talento, más que suerte, para triunfar. Se necesitaba
la ayuda del frío dinero de Philippe St. Pierre. Un dinero que dejaría de llegar a sus
bolsillos si su madre era descubierta.
«Mi padre, Philippe, —pensó Anthony con expresión burlona—. Después de
tantos años sigue sin sospechar nada. Mi querida madre sabe cómo mantenerlos a
todos hechizados».
Pero las artes femeninas no durarían siempre.
Si Nina se hubiera ocupado de ese asunto cuando debía, años atrás, pero había
dejado un testigo vivo, incluso le había pagado para que abandonara el país. Y
mientras ese testigo viviera, sería como una bomba de relojería, descontando
segundos en alguna solitaria isla griega.
Anthony salió del almacén y recorrió el callejón hasta su coche. Era hora de
volver a casa. No debía tener despierta a su madre. Nina estaría preocupada. Y él
trataba siempre de mantenerla contenta. Después de todo, era la única persona del
mundo que lo quería. Que lo comprendía.
«Como dos gotas de agua, mamá y yo», pensó con una sonrisa al tiempo que
ponía el coche en marcha y se alejaba en la oscuridad.
A las nueve de la mañana lo escoltaron desde su celda, sin explicaciones. Sólo el
tintineo de las llaves en la puerta y un gruñido en francés.
Jordan se preguntaba qué iba a suceder mientras seguía al guardia hasta la sala
de visitas. Al entrar, tuvo que parpadear varias veces para acostumbrarse a la
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cegadora luz de los fluorescentes. Reggie Vane estaba esperándolo. En cuanto lo vio,
le hizo señas.
—Siéntate. Tienes un aspecto fatal, hijo.
—Me siento fatal —dijo Jordan, dejándose caer en la silla.
Reggie se sentó también e, inclinándose hacia delante, le susurró con tono
conspirador:
—Te he traído lo que pediste. Aquí tienes una buena pieza de fina charcutería
de la tienda de al lado. Terrina de pato. Y también te he traído unas baguettes —
escondió la bolsa de papel debajo de la mesa—. Bon appetit.
Jordan miró la bolsa y dejó escapar un suspiro de alivio.
—Reggie, viejo amigo, eres un santo.
—También había traído unos pasteles de puerro para acompañar, pero el
policía de la entrada insistió en probarlos.
—¿Y el vino? ¿Has podido traerme una o dos botellas decentes?
Reggie escondió una segunda bolsa bajo la mesa, e hizo entrechocar el
contenido.
—Por supuesto. Un Beaujolais y un Pinot noir bastante bueno. Con corchos de
enroscar, me temo. No dejaban meter sacacorchos. Y tendrás que entregar las botellas
cuando las termines. Por el cristal, ya sabes.
Jordan miró el Beaujolais con absoluto placer.
—¿Cómo lo has conseguido, Reggie?
—Comprando a algún agente fácilmente corrompible. Ah, y los libros que
querías, te los traerá Helena esta tarde.
—¡Maravilloso! Ya que uno tiene que estar en la cárcel, nadie dice que no pueda
ser una experiencia civilizada —miró a Reggie—. ¿Y cuáles son las últimas noticias?
No he visto a Beryl desde ayer.
Reggie suspiró.
—Temía que lo preguntaras.
—¿Qué ha ocurrido?
—Creo que Wolf y ella han salido de París. Después de la explosión de anoche...
—¿Qué?
—Me lo ha contado Daumier esta mañana. Pusieron una bomba anoche en el
piso en el que estaban. Han muerto dos agentes. Wolf y tu hermana están bien, pero
van a desaparecer un tiempo.
Jordan suspiró aliviado al pensar que Beryl desaparecía de la escena. Un
problema menos del que preocuparse.
—¿Y la explosión? ¿Qué opina Daumier?
—Su gente ha encontrado algunas similitudes.
—¿Con qué?
—Con la bomba en la residencia de los St. Pierre.
Jordan se quedó mirándolo fijamente.
—Pero eso fue un ataque terrorista. Solidaridad Cósmica o algún otro grupo...
—Al parecer han encontrado huellas en las bombas y, por la forma en que
aparecen, han podido identificar al que la puso. En los dos casos se utilizó el mismo
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tipo de cable, o algo así.
Jordan movió la cabeza negativamente.
—¿Por qué habrían de atacar a Beryl unos terroristas? ¿O a mí? Somos civiles.
—Puede que ellos piensen otra cosa.
—O puede que no fueran terroristas —dijo Jordan, levantándose súbitamente.
Se puso a dar vueltas por la habitación, su corazón bombeaba sangre a gran
velocidad, por sus piernas, su cerebro. Tantas horas en esa celda le habían
entumecido el cuerpo. Necesitaba andar, respirar aire fresco.
—¿Y si la bomba en casa de los St. Pierre no fue un ataque terrorista? —
sugirió—. ¿Y si esa idiotez de la Solidaridad Cósmica no es más que una tapadera
para ocultar el verdadero móvil?
—¿Quieres decir que no fue un atentado político?
—No.
—¿Pero quién querría matar a Philippe St. Pierre?
Jordan se quedó sin habla al caer en la cuenta.
—Philippe, no, sino su mujer, Marie.
—¿Marie puso la bomba?
—¡No! ¡Marie era el objetivo! Estaba sola en la casa cuando explotó la bomba.
Todo el mundo supuso que había sido un error de cálculo. Pero quien puso la bomba
sabía exactamente lo que hacía. Trataba de matar a Marie, no a su marido —Jordan
miró a Reggie con gesto de urgencia—. Tienes que averiguar donde está Wolf y
decírselo.
—No sé donde está.
—Pregúntale a Daumier.
—Él tampoco lo sabe.
—Entonces encuentra a mi tío. Si alguna vez he necesitado los contactos de mi
familia, es ahora.
Cuando Reggie se hubo marchado, el guardia lo escoltó de nuevo hasta su
celda. En cuanto entró, el familiar olor a vino agrio y cuerpos sudorosos lo asaltó.
«De nuevo con mis viejos colegas», pensó, echando un vistazo a los dos franceses que
roncaban en sus camastros, los mismos hombres con los que había compartido la
celda cuando lo arrestaron. Un borracho, un ladrón y él. Menudo trío feliz. Se acercó
a su catre y se sentó con sus bolsas de comida. Al menos, no tendría que tragar más
goulash.
Tumbado, miró las telarañas del techo. Había demasiadas pistas que seguir.
«Un asesino anda suelto y yo estoy aquí encerrado, incapaz de ayudar. Incapaz de
demostrar mis teorías. Si pudiera conseguir la ayuda de alguien de confianza,
alguien que esté de mi parte... ¿Dónde demonios estará Beryl?».
El dueño de la taberna griega les sirvió sendos vasos de retsina.