Jordan se detuvo un momento a apurar su copa, el tiempo suficiente para
adoptar una sonrisa y prepararse para estrechar manos. El Día de la Bastilla,
¡menuda excusa para una fiesta! Se colocó los faldones del esmoquin, se alisó la
camisa blanca una última vez y se encaminó con resignación hacia los escalones de la
entrada. Hora de empezar la verbena.
Pero ¿dónde demonios estaría su hermana?
En ese momento, el objeto de las especulaciones de Jordan Tavistock cabalgaba
decidida por los verdes campos. «La pobre Froggie necesitaba hacer ejercicio, —pensó
Beryl—. Y yo también».
Se inclinó hacia delante, sintiendo el viento y las crines de Froggie contra la cara,
e inspiró el maravilloso olor a piel de caballo, a trébol dulce ya tierra tibia de verano.
Froggie estaba disfrutando de la carrera tanto como ella, si no más. Beryl podía sentir
el esfuerzo de los potentes músculos. «Es un demonio, como yo», pensó, y se echó a
reír a carcajadas, el tipo de risotada que enervaba al pobre tío Hugh. Pero allí fuera, a
campo abierto, podía reírse como una loca y nadie la oiría. ¡Cuánto desearía poder
cabalgar y cabalgar, sin parar! Pero allí donde mirara, vallas y muros se alzaban ante
ella. Eran las vallas de la mente, del corazón. Arreó a su montura para que fuera más
deprisa, como si a mayor velocidad, pudiera dejar atrás los demonios que la
perseguían.
El Día de la Bastilla. Qué excusa tan desesperada para dar una fiesta.
El tío Hugh adoraba aquellas fiestas y los Vane era viejos amigos de la familia;
se merecían una despedida decente. Pero había visto la lista de invitados y eran los
pesados de siempre. ¿Acaso no debería ser interesante la vida de ex espías y
diplomáticos? No se imaginaba a James Bond, jubilado, dedicándose a la jardinería.
Y eso era lo que el tío Hugh parecía estar haciendo a todas horas. Lo más
excitante de la semana para él había sido la recolección de la primera cosecha del
tómate híbrido de Nepal. El tomate más temprano que había cultivado. En cuanto a
los amigos de su tío, bueno, no se los imaginaba ocultándose por los callejones de
París o Berlín. A Philippe St. Pierre, puede, sí, podía imaginárselo de joven. Con
sesenta y dos años, seguía siendo un hombre encantador, un donjuán galo. Y Reggie
Vane debía de haber tenido una figura imponente años atrás. Pero la mayoría de los
viejos colegas del tío Hugh parecían... ¿Cómo diría? Agotados.
Dejó que Froggie la llevara a galope tendido. Recorrieron el último tramo de
campos y atravesaron una zona arbolada. Froggie, sin aliento, disminuyó la velocidad
a un ligero trote y, finalmente, al paso. Beryl tiró de las riendas para que se detuviera
junto a la tapia de piedra de la iglesia. Desmontó y dejó que la yegua vagara por los
alrededores, suelta. El cementerio estaba desierto y las lápidas lanzaban sombras
alargadas sobre el césped. Beryl trepó por la tapia baja y fue abriéndose paso entre
las parcelas hasta llegar al lugar al que tantas veces había ido. Un hermoso obelisco
se elevaba sobre dos tumbas gemelas. No había ningún elemento decorativo, ningún
ángel esculpido en el mármol, sólo unas palabras:
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Bernard Tavistock, 1930-1973
Madeline Tavistock, 1934-1973
En la tierra, como en el cielo, juntos
Beryl se arrodilló en la hierba y se quedó mirando fijamente largo rato el lugar
de descanso de sus padres. «Mañana hará veinte años, —pensó—. ¡Ojalá os recordara
con más claridad! Vuestros rostros, vuestras sonrisas». Lo que sí recordaba eran
cosas extrañas, cosas sin importancia. El olor de las maletas de piel, el perfume de
mamá, la pipa de papá. El crujido del papel cuando Jordan y ella abrían los regalos
que sus padres les llevaban: las muñecas de Francia, las cajas de música de Italia. Y
las risas. Había siempre muchas risas...
Sentada con los ojos cerrados, Beryl dejó que el agradable sonido resonara en su
mente a través de veinte años. Entre el zumbido de los insectos de la tarde, y el
tintineo del bocado y la brida de Froggie, escuchó los sonidos de su infancia.
La campana de la iglesia repicó entonces. Seis campanadas.
Beryl se puso en pie de un salto. ¿Tan tarde era? Miró a su alrededor y vio que
las sombras se habían alargado más, que Froggie la observaba expectante, de pie
junto a la tapia. «Dios, el tío Hugh vas a enfadarse mucho conmigo».
Como un rayo, salió del cementerio y saltó a lomos de Froggie. Al cabo de un
momento, galopaban por los campos, caballo y amazona unidos en un esbelto
cuerpo. «Es hora de tomar un atajo», pensó Beryl, conduciendo a Froggie hacia los
árboles. Tendrían que saltar una tapia y hacer un tramo por la carretera, pero
acortarían más de un kilómetro. Froggie pareció comprender que el tiempo era
importante. Tomó velocidad y se aproximó a la tapia con la avidez debida en una
carrera de obstáculos. Ejecutó un limpio salto, de sobra. Beryl sintió el viento en la
cara, sintió que su montura despegaba del suelo y volvía a tocarlo al otro lado de la
tapia momentos después. Ya habían dejado atrás el mayor obstáculo. Ahora, sólo
quedaba dar la vuelta al recodo...
Vio pasar algo rojo como una exhalación, oyó el chirrido de los neumáticos
sobre el asfalto. Froggie viró bruscamente hacia un lado y se encabritó. El súbito
bandazo tomó a Beryl por sorpresa, y ésta perdió el equilibrio sobre la silla y aterrizó
—¿Está usted bien? — preguntó una voz con nerviosismo. Era una voz de
hombre, un agradable barítono. Americano tal vez.
—Estoy bien —afirmó Beryl.
—¿Y el caballo?
Susurrándole con suavidad, Beryl se arrodilló y acarició la pata delantera de
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Froggie. Los delicados huesos parecían intactos.
—¿Está bien? —preguntó el hombre.
—Es una yegua —respondió Beryl—. Y sí, parece que está bien.
—Sólo podría notar la diferencia si viera sus partes nobles —dijo el hombre, con
sequedad.
Ahogando una sonrisa, Beryl se irguió y se giró hacia su interlocutor. Vio que
tenía el pelo y los ojos oscuros. Y sentido del humor. No se notaban trazas de
comedimiento. Cuarenta y tantos años de risas habían dejado unas atractivas arrugas
en el contorno de los ojos. Llevaba corbata negra formal y unos hombros
impresionantes se recortaban bajo la chaqueta del esmoquin.
—Siento lo de la caída. Supongo que ha sido culpa mía.
—Ésta es una carretera rural, ¿sabe? No es el lugar más adecuado para ir a toda
velocidad. Uno nunca sabe qué puede encontrar a la vuelta del camino.
—Ya me he dado cuenta.
Froggie le dio un empujón con la cabeza en señal de impaciencia. Beryl acarició
el cuello del animal mientras notaba que el desconocido no dejaba de mirarla.
—Tengo excusa —dijo él—. Me he desviado en el pueblo anterior y ahora llego
tarde. Estoy buscando un sitio llamado Chetwynd. ¿Lo conoce?
Beryl ladeó la cabeza sorprendida.
—¿Se dirige a Chetwynd? Entonces se ha equivocado de carretera.
—¿De veras?
—Ha tomado la salida casi un kilómetro antes de lo debido. Tendrá que volver
a la carretera principal y avanzar un poco más. El desvío que tiene que tomar no
tiene pérdida. Es un camino privado, flanqueado por olmos... bastante altos.
—Me fijaré en los olmos entonces.
Beryl montó en Froggie nuevamente y observó al hombre. Incluso visto desde la
silla, tenía una figura impresionante, esbelto y elegante, con aquel esmoquin. Y
extremadamente seguro de sí mismo, no parecía un hombre que se dejara intimidar
por cualquiera, ni siquiera por una mujer sentada sobre cuatrocientos kilos de
caballo.
—¿Está segura de que no se ha hecho daño? Me ha parecido que ha sido una
caída dura.
—No es la primera vez que me caigo —sonrió ella—. Tengo la cabeza muy
dura.
El hombre sonrió también, sus dientes blancos y perfectos resplandecían a la luz
del atardecer.
—Entonces supongo que no debo preocuparme por que caiga aturdida esta
noche.
—Usted sí que se quedará aturdido esta noche.
—¿Cómo dice?
—Aturdido por la interminable y aburrida cháchara. Una clara posibilidad,
teniendo en cuenta hacia dónde se dirige —riéndose, tiró de la brida para hacer girar
al caballo—. Buenas tardes —gritó al tiempo que se despedía de él con la mano y
arreaba a Froggie en dirección al bosque.
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Conforme se alejaba de la carretera, se le ocurrió que tendría que llegar a
Chetwynd antes que él. Así tendría una nueva ocasión para echarse unas risas.
Puede que el día de la Bastilla acabara siendo más interesante de lo que había
pensado. Espoleó a Froggie con la bota y emprendió el galope.
Richard Wolf se quedó junto a su MG alquilado observando a la mujer, que se
alejaba a caballo, y cuyo pelo negro flotaba por encima de sus hombros como las
crines de un caballo. En segundos desapareció de la vista, se desvaneció en el interior
del bosque. Pensó entonces que no le había preguntado cómo se llamaba. Tendría
que interrogar a lord Lovat sobre ella. «Y dígame, Hugh, ¿conoce a una bruja de pelo
negro que anda por el vecindario?». Iba vestida como las chicas del pueblo, con una
camisa gastada y pantalones de montar manchados de verde, pero su acento
evidenciaba una educación refinada. Encantadora contradicción.
Subió al coche. Eran casi las seis y media. El trayecto desde Londres le había
llevado más de lo que esperaba. ¡Malditos caminos rurales! Dio la vuelta y se dirigió
de nuevo a la carretera principal, prestando atención a la velocidad en las curvas. No
sabía qué podía encontrarse. Tal vez una vaca o una cabra. U otra bruja a caballo.
«Tengo la cabeza muy dura», había dicho. Richard sonrió. No se equivocaba. Se
había caído de la silla, se había golpeado y después había vuelto a montar como si
nada. Y encima, descarada. «Como si yo no supiera distinguir entre un semental y
una yegua. Sólo necesitaba el ángulo de visión adecuado».
A ella sí la había visto bien. Sin duda era una mujer del tipo que a él le atraía. El
cabello negro como la noche, y aquellos risueños ojos verdes. «Casi me recuerda a...».
Se dijo que era mejor no pensar en ello y enterró la idea con sus peores
recuerdos. Pesadillas, en realidad. Los terribles ecos de su primera misión, su primer
fracaso. Aquello había afectado mucho a su carrera, hizo que no volviera a dar nada
por sentado. Era la única manera de funcionar en aquel mundo. Había que
comprobar los hechos, no confiar jamás en las fuentes y siempre, siempre, tener ojos
en la nuca.
Aquello estaba empezando a agobiarlo demasiado. «Tal vez debería tomarme
las cosas con más calma y jubilarme antes; llevar una vida tranquila en el campo,
como Hugh Tavistock». Claro que Tavistock tenía un título y tierras que le
proporcionaban los ingresos para vivir cómodamente, aunque no podía evitar reírse
al imaginar al medio calvo de Hugh Tavistock como conde de algo. «Sí, debería
instalarme en esas cuatro hectáreas de terreno de Connecticut, declararme conde de
lo que sea y cultivar calabacines».
Pero echaría de menos el trabajo. El delicioso aroma del peligro, el juego de
ajedrez del ingenio. El mundo cambiaba a gran velocidad, y uno no sabía quién
podía ser un enemigo...
Divisó, por fin, la salida en dirección a Chetwynd. El camino estaba flanqueado
por unos majestuosos olmos, tal como había dicho la mujer de cabello negro, los
cuales hacían honor a la mansión que se erguía al final. No era una casa solariega sin
más. Aquello era un castillo, con torreones y los muros cubiertos de hiedra. A su
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alrededor, se extendían hectáreas y más hectáreas de jardín y había un sendero de
baldosas de terrazo por el que parecía accederse a un laberinto medieval. Así era
cómo el viejo Hugh Tavistock vivía después de cuarenta años al servicio de la reina.
Poseer el título de conde debía debía proporcionar unos buenos ingresos, porque
nadie podía haber adquirido tanta riqueza, por muchos años que hubiera estado al
servicio del gobierno. ¡Y con lo sencillo que le había parecido siempre Hugh! Lejos
del típico noble rural. No tenía aires de grandeza, ni pretensiones; más bien parecía
un funcionario distraído que había ido a parar de rebote al corazón del MI6.
Divertido por la grandiosidad del entorno, Richard subió los escalones, se
sometió al control de seguridad y entró en el salón.
Entre los invitados presentes reconoció varias caras. La cumbre económica de
Londres había atraído a numerosos diplomáticos y financieros de todo el continente.
Enseguida vio al embajador estadounidense, pavoneándose y charlando con unos y
otros tal como exigía su cargo. En el extremo opuesto del salón reconoció a tres viejos
conocidos de París. Estaba Philippe St. Pierre, el ministro de Economía francés,
absorto en su conversación con Reggie Vane, director de la división parisina del
Banco de Londres. A un lado, vio a Helena, la mujer de Reggie, ignorada y
malhumorada como siempre. Richard no estaba seguro de haberla visto sonreír
alguna vez en su vida.
Una risotada descarada de mujer desvió su atención hacia otra figura familiar
de los días de París, Nina Sutherland, la viuda del embajador, resplandeciente de la
cabeza a los pies dentro de su vestido verde de seda con perlas bordadas. Aunque
hacía tiempo que había muerto su marido, la mujer seguía asistiendo a las reuniones
sociales como esposa de diplomático. A su lado estaba su hijo de veinte años,
Anthony, del que se rumoreaba que era artista. Vestido con una camisa de color
púrpura, tenía la misma llamativa figura que su madre. ¡Menuda pareja de pavos
reales formaban! Anthony había heredado de su madre, ex actriz, el gusto por la
extravagancia.
Como muestra de buen juicio, evitó a los Sutherland y se dirigió hacia la mesa
del bufé, adornada con una elaborada figura de hielo que representaba la Torre
Eiffel. La celebración del Día de la Bastilla estaba llegando a unos extremos ridículos.
Todo era francés: la música, el champán, los adornos tricolores que colgaban del
techo...
—Dan a uno ganas de ponerse a cantar La Marsellesa, ¿no cree? —dijo una voz.
Richard se dio la vuelta y se encontró junto a un hombre alto de pelo rubio. Era
de constitución esbelta y tenía el sello de la aristocracia impreso en el rostro, parecía
estar como pez en al agua dentro de su aprestada camisa blanca y su esmoquin.