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作者:西- Tess Gerritsen 当前章节:15451 字 更新时间:2026-6-22 20:36

—En verano vienen muchos turistas —se encogió de hombros—. No puedo

recordarlos a todos.

—Pero este hombre, Rideau, no es un turista —dijo Richard—. Lleva viviendo

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TESS GERRITSEN

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aquí veinte años. Es francés.

El tabernero se echó a reír.

—Franceses, holandeses, para mí son todos iguales —gruñó antes de meterse en

la cocina.

—Otro callejón sin salida —murmuró Beryl. Dio un sorbo de retsina e hizo una

mueca de asco—. ¿La gente se bebe esto de verdad?

—Y a algunos les gusta mucho —dijo Richard—. Supongo que están

acostumbrados.

—Pues creo que yo lo dejaré para otro momento —apartó el vaso y miró a su

alrededor en la oscura taberna. Era mediodía y los pasajeros del último barco de

turistas empezaban a entrar para guarecerse del calor, con bolsas con las habituales

compras en ristre: urnas griegas, sombreros de pescador, vestidos de campesina.

Inmersos en el parloteo de media docena de lenguas, Beryl pudo comprender por

qué los habitantes de la isla no distinguían a un francés de un alemán. Todos

llegaban, gastaba su dinero y se iban. ¿Qué más necesitaban saber de ellos?

El tabernero salió entonces de la cocina con una fuente de calamares fritos que

dejó en una mesa ocupada por una familia griega y ya iba a meterse de nuevo en la

cocina cuando Richard le preguntó:

—¿Quién puede decirme algo de este hombre francés?

—Pierde el tiempo —dijo el hombre—. Ya le digo que no hay nadie en esta isla

que se llame Rideau.

—Se trajo a toda la familia consigo —dijo Richard—. Esposa e hijo. El chico

tendrá unos treinta años ahora. Se llama Gerard.

De pronto, el ruido de un plato al golpearse con el suelo los sorprendió. Venía

de detrás del mostrador. Una joven de ojos oscuros miró a Richard con el ceño

fruncido desde el fregadero.

—¿Gerard? —dijo.

—Gerard Rideau —dijo Richard—. ¿Lo conoce?

—Ella no sabe nada —insistió el tabernero, mientras hacía señas a la joven para

que se metiera en la cocina.

—Pues yo creo que sí.

La mujer seguía mirándolo, sin saber qué hacer o qué decir.

—Venimos de París —dijo Beryl—. Es muy importante para nosotros hablar con

el padre de Gerard.

—Ustedes no son franceses —dijo la mujer.

—No, yo soy inglesa —dijo Beryl y señaló a Richard con la cabeza—. Y él es

americano.

—Dijo... dijo que de quien debía tener cuidado era de un francés.

—¿Quién?

—Gerard.

—Tiene motivos para ello —dijo Richard—. Pero debería saber que la situación

se ha complicado. Puede que venga alguien más a Paros, en busca de su familia.

Tiene que hablar con nosotros urgentemente —señaló al tabernero—. Él será su

testigo si algo va mal.

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La mujer dudó, y se metió en la cocina. Un momento después, salió.

—No contesta al teléfono. Tendré que llevarlos en coche hasta allí.

Era un camino lleno de baches por una solitaria carretera hasta la playa de

Logaras. Una nube de polvo se colaba por las ventanillas abiertas, blanqueando el

cabello negro de su conductora. Se llamaba Sofía, y había nacido en la isla. Su padre

dirigía el hotel que había cerca del puerto. Sus tres hermanos llevaban el negocio.

Ella podría hacer del hotel un negocio más próspero, pero nadie quería oír la opinión

de una mujer. Por eso trabajaba en la taberna de Theo, friendo calamares y

preparando dolmas. Hablaba cuatro idiomas. Decía que tenía que ser así si se quería

vivir del turismo.

—¿De qué conoces a Gerard? —preguntó Beryl.

—Somos amigos —respondió ella.

Beryl supuso que eran algo más, al ver cómo enrojecían las mejillas de la chica.

—Su familia es francesa —continuó Sofía—. Su madre murió hace cinco años,

pero su padre aún vive. Aunque no se apellidan Rideau. Tal vez... —los miró

esperanzada—. Tal vez busquen a otra familia.

—Puede que se hayan cambiado el nombre —dijo Beryl.

Aparcaron cerca de la playa y echaron a andar entre rocas y arena.

—Allí está —dijo Sofía, señalando una tabla de windsurf a lo lejos. Lo llamó en

griego.

El chico hizo girar la tabla y la vela multicolor se hinchó limpiamente. Con el

viento de espaldas, Gerard se deslizó por el agua hasta la playa como un bronceado

Adonis.

—Gerard —dijo Sofía—, estas personas están buscando a un hombre llamado

Rideau. ¿Es tu padre?

Gerard dejó la tabla de inmediato.

—No nos llamamos Rideau —dijo él con brusquedad, y se dio la vuelta.

—¡Gerard! —lo llamó Sofía.

—Deja que yo hable con él —dijo Richard, echando a andar tras él por la playa.

Beryl se quedó con Sofía y observaron cómo se enfrentaban los dos hombres.

Gerard movía la cabeza, negando conocer a la familia Rideau. Beryl oyó entre el

aullido del viento la voz de Richard y las palabras «bomba» y «asesinato». Vio que

Gerard miraba nervioso a su alrededor y supo que tenía miedo.

—Espero haber hecho lo correcto —murmuró Sofía—. Está preocupado.

—Debería estarlo.

—¿Qué ha hecho su padre?

—No es lo que ha hecho, sino lo que sabe.

Al otro lado de la playa, se veía a Gerard cada vez más agitado. De pronto, se

giró y echó a andar en dirección a Sofía. Richard iba justo detrás de él.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sofía.

—Vamos —espetó Gerard—. A casa de mi padre.

Esta vez, el camino avanzaba al borde de la costa. Dejaron atrás campos de

olivos a la izquierda y el agua azul verdosa del Egeo a la derecha. El olor de la loción

bronceadora de Gerard llenaba el coche. Beryl se fijó en lo seco e inhóspito de

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aquellas tierras, aunque para un hombre que provenía de los barrios bajos de París

sin duda era un paraíso.

—Mi padre no habla inglés —dijo Gerard mientras conducía—. Tendré que

explicarle lo que le quieran preguntar. Puede que no recuerde nada.

—Estoy seguro de que lo recordará. Es la razón por la que abandonó París —

dijo Richard.

—Aquello ocurrió hace veinte años. Es mucho tiempo...

—¿Recuerdas algo tú? —preguntó Beryl desde el asiento trasero—. ¿Cuántos

años tenías? ¿Quince, dieciséis?

—Quince.

—Entonces debes recordar el 66 de la calle Myrha. El edificio en el que vivías.

Gerard sujetó con fuerza el volante mientras rebotaban en los baches del

polvoriento camino.

—Recuerdo que la policía fue a ver el ático. Le hizo unas preguntas a mi padre.

Todos los días, durante una semana.

—¿Y la mujer que alquilaba el ático? —preguntó Richard—. Se llamaba

Scarlatti. ¿La recuerdas?

—Sí. Tenía un amante —dijo Gerard—. Solía escucharlos detrás de la puerta.

Todos los miércoles. ¡Vaya ruido que hacían! —movió la cabeza con gesto

divertido—. Algo muy excitante para un chico de quince años.

—¿Entonces mademoiselle Scarlatti sólo usaba el ático como nidito de amor? —

preguntó Beryl.

—Nunca iba allí si no era para hacer el amor.

—¿Y qué aspecto tenían esos dos amantes?

—El hombre era alto, es lo único que recuerdo. Ella tenía el pelo oscuro.

Siempre llevaba un pañuelo y gafas de sol. No recuerdo bien su cara, pero recuerdo

que era bastante guapa.

Beryl pensó que la descripción encajaba con la de su madre. Tal vez hubiera

estado equivocada todo el tiempo y verdaderamente su madre tenía un amante con

el que se encontraba en aquel destartalado piso en Pigalle.

—¿Era inglesa?

Gerard se detuvo.

—Podría ser.

—¿No estás seguro?

—Yo era joven. Pensé que era extranjera pero no sabría decir de dónde. Tras los

asesinatos oí que era inglesa.

—¿Viste los cuerpos?

—Mi padre no me dejó.

—¿Entonces fue tu padre el primero que los vio? —preguntó Richard.

—No. Fue el hombre.

Richard miró sorprendido a Gerard.

—¿Qué hombre?

—El amante de mademoiselle Scarlatti. Lo vimos subir corriendo las escaleras del

ático. Y bajar de nuevo bastante desesperado. Por eso nos dimos cuenta de que había

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ocurrido algo y llamamos a la policía.

—¿Qué ocurrió con el hombre?

—Se fue de allí. No volví a verlo. Supuse que tendría miedo de que lo acusaran.

Y por eso nos envió el dinero.

—El soborno —dijo Richard.

—¿Por vuestro silencio? —preguntó Beryl.

—O para dar falso testimonio —dijo Richard que se dirigió a continuación a

Gerard—: ¿Cómo se os envió el dinero?

—Un hombre con un maletín apareció horas después de que encontraran los

cuerpos. Nunca lo había visto antes: bajo, bastante fuerte, francés. Vino a nuestro

piso y se llevó a mi padre a la habitación trasera. No oí lo que hablaron. Al poco, el

hombre se fue.

—¿Tu padre no habló nunca de ello?

—No. Y nos dijo que no debíamos decir nada a la policía.

—¿Estás seguro de que el maletín contenía dinero?

—Tenía que serlo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque de pronto empezamos a comprar cosas. Ropa nueva, una televisión. Y

poco después, nos vinimos a Grecia. Y compramos una casa. Allí, ¿la ve? —señaló

una villa con el tejado rojo.

Al acercarse más, Beryl vio la buganvilla que trepaba por las paredes encaladas

y se derramaba sobre un porche cubierto. Justo al pie de la casa, las olas lamían la

arena de una playa solitaria.

Aparcaron junto a un Citroen polvoriento y salieron. El viento silbaba,

levantando la arena, que se les pegaba al rostro. No se veía ninguna otra casa por allí,

era una villa solitaria, protegida entre los peñascos de aquellas inhóspitas colinas.

—¿Papá? —llamó Gerard, subiendo los escalones de piedra. Abrió la verja de

hierro—. ¿Papá?

No obtuvo respuesta.

Gerard abrió la puerta principal y entró seguido por Beryl y Richard. Sus pasos

resonaban en las habitaciones vacías.

—Lo llamé desde la taberna —dijo Sofía—. No me respondió.

—Su coche está fuera —dijo Gerard—. Tiene que estar por aquí.

Atravesaron el salón y se dirigieron al comedor.

—¿Papá? —Gerard se detuvo bruscamente al llegar a la puerta. Un grito

angustiado brotó de su garganta, mientras caía de rodillas en el suelo. Justo detrás de

él, Beryl pudo ver el comedor.

Una mesa de madera ocupaba casi toda la estancia. En un extremo, un hombre

de pelo canoso tenía la cara hundida en un plato de garbanzos y arroz.

Richard pasó junto a Gerard y se acercó al hombre. Suavemente le levantó la

cabeza del plato.

En la frente había un limpio agujero de bala.

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Diez

Amiel Foch estaba sentado en una terraza tomándose un café solo y viendo

pasar a los turistas. Si la señorita Tavistock tenía la intención de abandonar la isla esa

noche, tendría que subir a ese ferry. Vigilaría la pasarela.

Despachar al viejo Rideau había sido fácil; matarla a ella y a Wolf no sería tan

sencillo. Agudizó la vista al ver que el ferry entraba en el puerto. Había un pequeño

puñado de pasajeros. La isla de Paros no entraba en el típico circuito Míconos-Rodas-

Creta. En la base de la pasarela, una docena de personas se arremolinaron para subir.

Foch las observó, pero para consternación suya, no vio ni a Wolf ni a la mujer. Sabía

que habían estado en la isla. Su contacto los había visto en la taberna por la mañana.

Se preguntó si se le habrían escapado por otro camino.

Entonces se fijó en un hombre que iba vestido con un cortavientos viejo y una

gorra de pescador negra. Aunque llevaba los hombros hundidos, nada podía

disimular su altura, al menos un metro ochenta y su constitución atlética. El hombre

se puso de lado entonces y Foch pudo verle la cara, parcialmente oscurecida por la

barba de un par de días. Se trataba sin duda de Richard Wolf. Pero parecía viajar

solo.

Foch pagó su café y se dirigió al embarcadero. Se mezcló con los pasajeros que

esperaban y miró sus rostros. Había un buen montón de mujeres, turistas

bronceadas, griegas recatadamente vestidas de negro, algunas hippies en vaqueros.

Pero Beryl Tavistock no estaba entre ellas.

Le entró el pánico. Si Wolf y la mujer iban por separado, nunca la encontraría.

Estaba tentado de quedarse en la isla y buscarla...

Los pasajeros subían ya por la pasarela al ferry.

Valoró sus opciones y decidió seguir a Wolf. Sería mejor aferrarse a una presa

de carne y hueso. Tarde o temprano, Wolf se reuniría con la mujer. Hasta entonces,

tendría que aguardar el momento sin hacer movimiento algo.

El hombre con la gorra de pescador subió por la pasarela y entró en la cabina

del ferry. Minutos después, Foch lo siguió al interior y se sentó dos hileras de bancos

detrás de él, junto a un anciano con una caja de pescado en salazón. Al poco, los

motores se encendieron y el ferry salió del puerto.

Foch se dispuso a disfrutar del viaje, con la mirada fija en el cogote de Wolf. El

olor a gasolina y pescado seco se hizo nauseabundo. El ferry cabeceaba en el agua, y

mucho se temía que pronto vomitaría las dolmas y el café que se había tomado. Se

levantó del asiento y salió fuera dando tumbos. De pie en la barandilla, inspiró aire

fresco y esperó a que se le pasaran las náuseas. Al final, más relajado entró de nuevo

en la cabina. Avanzó por el pasillo junto a Wolf...

Más bien el hombre que él había creído que era Wolf.

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Llevaba el mismo cortavientos andrajoso, la misma gorra de pescador, pero

aquel hombre estaba recién afeitado y parecía más joven. ¡Definitivamente no era su

presa!

Foch miró alrededor. Ni rastro de Wolf. Salió a la cubierta exterior. Ni rastro

tampoco. Subió las escaleras que conducían al piso superior. Nada.

Se giró y vio la isla de Paros alejándose de ellos, y dejó escapar una maldición

estrangulada. ¡Era un señuelo! Los dos seguían en la isla. Tenía que ser así.

«Y yo estoy atrapado en un ferry a Pireo».

Foch golpeó la barandilla con una mano y se maldijo por su estupidez. Wolf

había sido más listo, otra vez.

Desde el interior de un café cercano, Richard vio zarpar el ferry y suspiró

aliviado. El viejo truco del cebo y el cambiazo había funcionado; nadie lo había

seguido al salir del barco. Sospechaba de un hombre en particular, uno mediocalvo

con una insulsa ropa de turista. Richard se había dado cuenta de cómo el hombre

había observado detalladamente a todos los pasajeros hasta fijarse finalmente en él.

Tenía que ser él. Así que a él le puso el cebo.

El cambio fue pan comido.

Una vez dentro del ferry, Richard dejó la gorra y la chaqueta en un asiento,

continuó por el pasillo y salió por la otra puerta. Previamente, había arreglado con el

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