hermano de Sofía (un chico de un metro ochenta de alto y pelo oscuro) que se
sentaría en ese mismo asiento, y se pondría la gorra y la chaqueta, tapándose la cara
como si fingiera estar dormido.
Richard se había quedado oculto tras unas cajas de la cubierta el tiempo justo
para ver embarcar a todos los pasajeros tras lo cual, sencillamente, había abandonado
el barco.
Nadie lo había seguido.
Salió del café y subió al coche de Sofía.
Había unos diez kilómetros hasta la cala. Sofía y sus hermanos lo esperaban en
el Melina, el barco de pesca de la familia, con el motor del en marcha, preparados
para izar el ancla. Richard saltó del bote de remos y subió a la cubierta.
Beryl lo estaba esperando. Él la tomó en brazos y la besó.
—Estoy bien. Lo he perdido.
—Y yo tenía miedo de perderte a ti.
—Ni por un momento.
Richard retrocedió un paso y le sonrió. Con el pelo negro flotando al viento, y
los ojos del mismo color verde cristalino del Egeo, le recordó a alguna diosa griega.
Circe, Afrodita... Una mujer que podría hechizar para siempre a cualquier hombre.
El ancla cayó sobre la cubierta. Los hermanos de Sofía guiaron la proa del
Melina hacia mar abierto. Comenzó a surcar el mar encrespado por los vientos
estivales, feroces y constantes, pero cuando el sol se puso, el cielo se tiñó de un
espléndido color rojo, el viento se detuvo de pronto y el agua se convirtió en un
espejo.
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Beryl y Richard permanecieron de pie en la cubierta, mirando las siluetas de las
islas conforme se iban oscureciendo.
—Llegaremos esta noche tarde —dijo Sofía.
—¿A Pireo? —preguntó Richard.
—No. Es un puerto con mucho ajetreo. Amarraremos en Monemvassia, donde
no nos verá nadie.
—¿Y después?
—Vosotros por vuestro lado, y nosotros por el nuestro. Será más seguro para
todos —Sofía miró hacia popa, donde estaban sus dos hermanos, dándose palmadas
en la espalda uno a otro—. ¡Miradlos! ¡Creen que se trata de una pequeña aventura!
Si hubieran visto al padre de Gerard...
—¿Estarás bien? —preguntó Beryl.
Sofía la miró.
—Me preocupa más Gerard. Puede que lo busquen a él.
—No lo creo —dijo Richard—. Era sólo un niño cuando se fueron de París. Su
testimonio no podría perjudicarlos.
—Recordaba lo suficiente para contároslo a vosotros —dijo Sofía.
Richard negó con la cabeza.
—Pero no estoy seguro de lo que podría significar.
—Tal vez lo sepa el asesino. Y vuelva a buscar a Gerard después —Sofía miró
hacia la isla, más allá de la popa del barco. Hacia Gerard, que se había negado a
huir—. Esa testarudez suya acabará con él —murmuró, y se metió en la cabina.
—¿Qué crees que puede significar? Lo del hombre con el maletín —dijo Beryl—
. ¿Crees que fue sólo un soborno para que Rideau guardara silencio?
—En parte.
—Crees que había algo más en el maletín, aparte del dinero.
Richard se volvió y contempló el resplandor de la puesta del sol en el rostro de
Beryl, la intensidad de su mirada.
«Es rápida, —pensó—. Sabe exactamente lo que estoy pensando».
—Estoy seguro de que había algo más. Creo que el amante de nuestra
misteriosa mademoiselle Scarlatti se encontró en una situación difícil.
Dos muertos en su ático, seguro de que la policía aparecería en cualquier
momento. Y encuentra la manera de librarse de sus dos problemas a la vez. Envía a
ese hombre para que pague a Rideau, y le pide que no lo identifique a la policía.
—¿Cuál sería el segundo problema?
—Su identidad como topo.
—¿Delphi?
—Tal vez supiera que los servicios de inteligencia estaban cercándolo. Así que
mete la documentación de la OTAN en un maletín...
—Y hace que el hombre al que ha pagado meta el maletín en el ático, cerca del
cuerpo de mi padre —terminó Beryl.
Richard asintió.
—Eso era lo que el inspector Broussard trataba de decirnos. Algo referente al
maletín. ¿Recuerdas aquella foto del informe policial? No dejaba de señalar un punto
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de la foto donde no había nada. ¿Y si el maletín hubiera sido colocado allí después de
haber tomado la foto? El inspector se daría cuenta de que se había hecho después de
la muerte.
—Pero no pudo seguir indagando porque la agencia de inteligencia francesa
confiscó el maletín.
—Exacto.
—Supusieron que mi padre era que el que había llevado los documentos al
ático —lo miró con un brillo de determinación en los ojos—. ¿Y cómo lo
demostramos?
—Identificando al amante de mademoiselle Scarlatti.
—Pero nuestro único testigo era Rideau. Gerard era sólo un muchacho. Apenas
recuerda cómo era el hombre.
—Tendremos que buscar otra fuente. Un hombre que supiera la verdadera
identidad de Delphi, su supervisor de Alemania del Este. Heinrich Leitner.
Ella lo miró con cara de sorpresa.
—¿Y sabes cómo dar con él?
—Está en una cárcel de máxima seguridad en Berlín. El problema es que la
agencia de inteligencia alemana no nos dejará acceso libre a sus prisioneros.
—¿Ni siquiera como favor diplomático?
La risa de Richard era llanamente escéptica.
—Un ex agente de la CIA no está en su lista de favorecidos. Además, Leitner
podría no querer verme. Aun así, es una posibilidad —se giró y admiró el mar
oscurecido por encima de la proa.
La sintió acercarse, sintió su cercanía de una forma tan patente como el calor del
sol. Tenerla tan cerca y no poder hacerle el amor era enloquecedor. Estaba contando
las horas que faltaban para quedarse de nuevo a solas, para poder desnudarla y
amarla. «Y yo que la consideré una vez demasiado rica para mi gusto. Tal vez lo sea.
Tal vez esto no sea más que una fiebre pasajera que se irá consumiendo poco a poco,
y nos dejará más tristes pero más experimentados. Sin embargo, por ahora ella es lo
único en lo que pienso, lo único que quiero».
—Pues a Berlín iremos —susurró Beryl.
—Será arriesgado —sus miradas se encontraron en la puesta de sol
aterciopelada—. Algo podría salir mal...
—No sí tú estás cerca —dijo ella con suavidad.
«Espero que no te equivoques, —pensó él mientras la abrazaba—. Espero con
toda mi alma que no te equivoques».
Los dados chocaron contra la pared de la celda y arrojaron finalmente el
resultado de un cinco y un seis.
—¡Ajá! —gritó Jordan, levantando el puño en señal triunfal—. ¿Cuánto era?
¿Diez mil francos? Dix mille?
Sus compañeros de celda, Leroi y Fofo, asintieron con resignación. Jordan
extendió la mano.
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Jordan sacó otra vez un cinco y un seis. Sus compañeros le entregaron otros dos
trozos de papel. «Mañana seré millonario», pensó Jordan mirando la pila de vales
por diez mil. Tomó los dados y ya los iba a lanzar cuando oyó pasos que se
acercaban.
Fuera de la celda, apareció Reggie Vane con una cesta con salmón ahumado y
galletas saladas.
—Helena te envía esto —dijo, pasándole la cesta por la pequeña abertura en la
parte inferior de la puerta de la celda—. Ah, y también hay un mantel y servilletas
limpios. No se puede cenar adecuadamente sobre papel, ¿no crees?
—Desde luego —convino Jordan, aceptando de buen grado la cesta—. Eres un
verdadero amigo, Reggie.
—Sí, bueno... —sonrió ampliamente y se aclaró la garganta—. Lo que sea por
un hijo de Madeline.
—¿Alguna noticia del tío Hugh?
—Sigue sin dar señales de vida, según la gente de Chetwynd.
Jordan dejó la cesta en el suelo totalmente frustrado.
—¡Es de lo más raro! Yo estoy en la cárcel. Beryl ha desaparecido. Y lo más
probable es que el tío Hugh ande metido en alguna misión secreta del MI6 —se puso
a dar vueltas por la celda, ajeno a que sus compañeros estaban dando cuenta del
contenido de la cesta con fruición—. ¿Y qué hay de la explosión? ¿Alguna novedad?
—Las dos explosiones están relacionadas sin duda. Los artefactos fueron
fabricados por la misma mano. Parece que el objetivo eran Beryl y los St. Pierre.
—Yo creo que el objetivo era Marie St. Pierre en particular —Jordan se detuvo y
miró a Reggie—. Digamos que Marie era el objetivo. Pero ¿cuál era el móvil?
Reggie se encogió de hombros.
—No es el tipo de mujer que se vaya creando enemigos.
—Tendrías que poder averiguar la respuesta. Tu mujer y ella son muy buenas
amigas. Helena debe saber quién querría matar a Marie.
Reggie lo miró atribulado.
—Bueno, no se puede decir que sean pruebas sólidas.
—¿En qué estás pensando? —Jordan se acercó a él.
—Son sólo rumores. Cosas que se le pueden haber escapado a Helena.
—¿Qué ocurre, Reggie?
Reggie bajó la vista.
—Me siento un poco... incómodo diciéndotelo. Bueno, ocurrió hace años.
—¿Qué ocurrió?
—La aventura. Entre Philippe y Nina.
Jordan se quedó mirándolo a través de los barrotes. «Eso es. Ahí está el móvil».
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—¿Desde cuándo lo sabes?
—Lo oí hace quince o veinte años. No podía comprender por qué a Helena le
disgustaba tanto Nina. Era casi... odio lo que sentía hacia ella. Ya sabes cómo es con
las mujeres a veces, todas esas miradas maliciosas. Supuse que eran celos. Mi Helena
nunca se ha sentido cómoda... cerca de mujeres mucho más atractivas. De hecho, si se
me ocurre mirar a una mujer bonita, se comporta del modo más desagradable.
—¿Cómo se enteró de lo de Philippe y Nina?
—Marie se lo dijo.
—¿Quién más lo sabe?
—Dudo que lo sepa mucha gente. La pobre Marie no es de las que airean su
propia humillación. ¡Que tu marido flirtee con... con semejante mujer!
—Aun así, siguió casada con Philippe.
—Sí, es muy leal. ¿Y de qué le habría servido hacerlo público? ¿Arruinar la
carrera de Philippe? Ahora es ministro de Economía. Lo más probable es que llegue a
lo más alto. Y Marie estará a su lado. A la larga, habrá merecido la pena.
—Si vive para verlo.
—¿No estarás diciendo que Philippe mataría a su propia esposa? ¿Y por qué
esperar hasta ahora?
—Tal vez ella le haya dado un ultimátum. Piénsalo, Reggie. Aquí está Philippe,
a punto de convertirse en Primer Ministro. Y Marie le dice: «O tu amante o yo.
Elige».
Reggie lo miró pensativo.
—Si elige a Nina, tendría que eliminar a su mujer.
—Pero ¿y si elige a Marie? ¿Y si es Nina la que se queda desprotegida?
Los dos se miraron con el ceño fruncido a través de los barrotes.
—Llama a Daumier —dijo Jordan—. Dile lo que me acabas de contar a mí sobre
la aventura. Y pídele que vigilen a Nina.
—No pensarás que...
—Lo que pienso es que hemos estado mirando esto desde el ángulo
equivocado. La explosión no fue un acto político. Toda esa basura de Solidaridad
Cósmica no era más que una cortina de humo, para encubrir el verdadero motivo del
ataque.
—¿Quieres decir que fue personal?
Jordan asintió.
—El asesinato suele serlo.
El vuelo a Berlín iba medio vacío, así que la razón de que aquellos dos
desaliñados pasajeros de la segunda fila estuvieran en primera clase debía ser que
realmente hubieran pagado el billete, algo que a la azafata le costaba mucho creer
teniendo en cuenta su apariencia. Los dos llevaban gafas de sol, la ropa arrugada y
mostraban inconfundibles signos de cansancio. El hombre tenía barba de una
semana. La mujer estaba bronceada y llevaba el pelo enredado y polvoriento. Su
único equipaje era el bolso de la mujer, una maltrecha cesta de paja cubierta de arena.
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La azafata miró los billetes de la pareja: Atenas-Roma-Berlín. Con sonrisa forzada, les
preguntó si querían tomar algo.
—Un bloody mary —dijo la mujer en perfecto inglés de Su Majestad.
—Para mí un rob roy —dijo el hombre—. No muy amargo.
La azafata fue a buscar sus bebidas. Cuando regresó, la pareja tenían las manos
entrelazadas y se miraban como si fueran dos supervivientes agotados. Tomaron los
vasos.
—¿A nuestra salud? —preguntó el hombre.
—Definitivamente —dijo ella.
Y sonriendo ampliamente hicieron entrechocar sus copas.
El carrito de la comida apareció entonces. Había pasteles de langosta, bocados
de cordero asado, sombreros de champiñón con arroz salvaje. La pareja pidió dos
veces de todo y acompañaron la cena con una copa de vino. Después, como un par
de cachorritos agotados, se enroscaron uno contra el otro, y se quedaron dormidos.
Durmieron todo el camino hasta Berlín. Despertaron de golpe cuando el avión
aterrizó en la terminal, con los cinco sentidos alerta. Mientras el resto de los pasajeros
desembarcaba, la azafata se quedó mirando a la desaliñada pareja. Nadie sabría decir
quiénes eran ni qué tramaban. Los pasajeros de primera clase no recorrían el mundo
vestidos como pordioseros.
Fueron los últimos en desembarcar.
La azafata los siguió hasta la rampa y se quedó mirando mientras se dirigían
hacia una pequeña multitud de gente que esperaba las maletas. Llegaron hasta la sala
de equipajes.
Dos hombres se interpusieron en su camino. La pareja se detuvo y, dándose la
vuelta, pareció que iban a huir en dirección al avión. Tres hombres más aparecidos
por arte de magia les bloquearon el paso. La pareja estaba atrapada.
Richard y Beryl fueron conducidos hasta una sala sin ventanas.
—¡Esperad aquí! —les ordenaron con sequedad, tras lo cual cerraron la puerta.
—Nos estaban esperando —dijo Beryl—. ¿Cómo lo sabían?
Richard se acercó a la puerta e hizo girar el pomo.
—Encerrados bajo llave —murmuró—. No podemos escapar.
Frustrado, comenzó a dar vueltas por la habitación, en busca de otra salida.
—De alguna manera han sabido que veníamos a Berlín —añadió Richard.—
Pagamos los billetes en efectivo. No tenían manera de saberlo. Y esos de ahí fuera
eran agentes del aeropuerto, Richard. Si nos quieren muertos, ¿por qué arrestarnos?
—Para evitar que os vuelen la cabeza —dijo una voz familiar—. Por eso.
Beryl se giró atónita ante el hombre corpulento que acababa de entrar por la
puerta.
—¿Tío Hugh?
Lord Lovat frunció el ceño al ver la ropa arrugada y el pelo enredado de su
sobrina.
—Estás hecha un desastre. ¿Desde cuándo has adoptado ese estilo de gitana?
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—Desde que hemos tenido que cruzar media Grecia en auto-stop. Por cierto, las
tarjetas de crédito no son el medio de pago preferido en los pequeños pueblos
griegos.
—Bueno, habéis llegado a Berlín —miró a Richard—. Buen trabajo, Wolf.