—No me habría venido mal algo de ayuda —gruñó éste.
—Y de buena gana os la habríamos dado, pero no teníamos idea de cómo
localizaros hasta que hablé con tu socio, Sakaroff. Dijo que te dirigirías a Berlín.
Acabamos de averiguar que era desde Atenas.
—¿Qué haces en Berlín, tío Hugh? —preguntó Beryl—. Pensé que estabas en
alguna otra misión secreta.
—Pescando.
—No peces evidentemente.
—Respuestas. Que espero nos sean facilitadas por Heinrich Leitner —miró
nuevamente a Beryl y suspiró—. Vamos primero al hotel para que podáis cambiaros.
Después iremos a visitar a herr Leitner.
—¿Tienes permiso para hablar con él? —preguntó Richard, sorprendido.
—¿Qué crees que he estado haciendo estos últimos días? Invitando a comer y a
beber a unos cuantos oficiales —los invitó a salir—. El coche espera.
En la suite del tío Hugh pudieron quitarse el polvo y la arena de Grecia. Les
entregaron ropa limpia, trajes de estilo sobrio, muy apropiados para una visita a una
cárcel de seguridad.
—¿Cómo sabemos que Leitner nos dirá la verdad? —preguntó Richard
mientras iban en limusina a la cárcel.
—No lo sabemos —dijo Hugh—. Ni siquiera sabemos cuánto podrá decirnos.
Supervisó desde Berlín las operaciones llevadas a cabo en París, por lo que debería
reconocer los nombres en clave, pero no los rostros.
—Así que puede que no consigamos nada.
—Como he dicho, Wolf, se trata de una excursión de pesca. A veces pescas un
viejo neumático. A veces, un salmón.
—En este caso, un topo.
—Si está dispuesto a cooperar.
—¿Estáis preparados para oír la verdad? —preguntó Richard. La pregunta iba
dirigida a Hugh, pero su mirada estaba puesta en Beryl. Con sus ojos le decía que
aún podía ser que el topo fuera Bernard o Madeline.
—Ahora mismo, yo diría que la ignorancia es más peligrosa —observó Hugh—.
Y tenemos que pensar en Jordan. Tengo gente vigilándolo, pero siempre podría salir
algo mal.
Mirando por la ventanilla del coche los edificios grises y lúgubres del Berlín del
Este, Beryl pensó que las cosas ya habían salido mal.
La cárcel era más que amenazadora. Una fortaleza enorme de hormigón
rodeada de vallas electrificadas. Pensó que allí contaban con la mejor seguridad,
mientras pasaban por los puestos de control y los detectores de metal. Era evidente
que esperaban al tío Hugh, a quien saludaron con el frío desdén de un enemigo de la
Guerra Fría. Sólo recibieron alguna muestra de cortesía cuando llegaron a la oficina
- 122 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
del comandante. Les sirvieron té y ofrecieron puros a los hombres. Hugh aceptó.
Richard lo rechazó.
—Hasta hace poco, Leitner no ha cooperado mucho —dijo el comandante,
encendiendo su puro—. Al principio negó por completo su papel. Pero nuestros
archivos sobre él son una prueba contundente. Estaba al cargo de las operaciones
llevadas a cabo en París.
—¿Ha dado nombres? —preguntó Richard.
El comandante miró a Richard a través de una nube de humo.
—Usted perteneció a la CIA, ¿no es así, señor Wolf?
Richard se limitó a un breve asentimiento de cabeza.
—Hace años, sí. Ya no pertenezco.
—Pero comprende lo que es ser perseguido por asociaciones del pasado de uno.
—Sí, lo comprendo.
El comandante se levantó y se acercó a la ventana por la que se veía la valla
electrificada que rodeaba su reino carcelario.
—Berlín está lleno de gente que huye de sus sombras. De sus antiguas vidas.
Tanto si era por dinero como por ideología, sirvieron a un señor. Y ahora ese señor
está muerto y ellos tienen que ocultarse.
—Leitner ya está en la cárcel. No perderá nada por hablar con nosotros.
—Pero la gente que trabajaba para él, los que aún no han quedado expuestos, sí
tienen mucho que perder. Ahora los archivos de Alemania del Este están abiertos. Y
cada día, algún ciudadano curioso abre una de esas carpetas y descubre la verdad. Se
da cuenta de que un amigo o un marido o un amante trabajaba para el enemigo —el
comandante se giró y centró sus ojos azules en Richard—. Por eso Leitner se ha
mostrado reticente a dar nombres, para proteger a sus antiguos agentes.
—Pero usted ha dicho que ahora se va mostrando más cooperador...
—En las últimas semanas, sí.
—¿Por qué?
El comandante hizo una pausa.
—Problemas coronarios, según los médicos. Va fallando, poco a poco. En dos
meses, tres... —se encogió de hombros—. Leitner ve cerca el fin y, a cambio de unas
pocas comodidades, a veces se muestra dispuesto a hablar.
—Entonces tal vez nos dé alguna respuesta.
—Si está de humor —el comandante se dirigió a la puerta—. Veamos de qué
humor está el señor Leitner.
Se detuvieron en la celda número cinco. Dos guardias, cada uno con su propia
llave, abrió dos candados distintos. La puerta se abrió. Dentro, en una silla de
madera, estaba sentado un hombre anciano. Tenía conectados unos tubos para
respirar. La vestimenta reglamentaria le colgaba de un cuerpo encogido. Los
fluorescentes daban un tono amarillento a su cara. Junto a la silla, había un tanque de
oxígeno. A excepción del silbido del gas que fluía por los tubos, la habitación estaba
en silencio.
—Guten tag, Heinrich —dijo el comandante.
Leitner no dijo nada. Se limitó a parpadear brevemente por todo saludo.
- 123 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
—Hoy me acompaña lord Lovat, de Inglaterra. ¿Te suena de algo el nombre?
Nuevamente, el hombre parpadeó, pero esta vez dejó escapar un casi inaudible:
—MI6.
—Eso es —dijo Hugh—. Retirado.
—Yo también —respondió Leitner, no sin humor. Se fijó entonces en Beryl y en
Richard.
—Mi sobrina —explicó Hugh—. Y un antiguo socio. Richard Wolf.
—¿CIA?
—También retirado —dijo Richard.
—Es curioso, de qué forma tan distinta disfrutamos de nuestro retiro —dijo
Leitner con una leve sonrisa—. ¿Una visita de cortesía a un viejo enemigo? Qué
considerado.
—No es una visita de cortesía exactamente—dijo Hugh.
Leitner comenzó a toser y el esfuerzo pareció demasiado para él.
—¿Qué es lo que quieren saber?
—La identidad de un agente doble en París. Su nombre en clave era Delphi.
Leitner guardó silencio.
—Estoy seguro de que el nombre le resulta familiar, señor Leitner. A lo largo de
los años, Delphi estuvo pasando documentos de gran valor. Él era su contacto con las
operaciones de la OTAN. ¿No lo recuerda?
—Fue hace veinte años. El mundo ha cambiado.
—Sólo queremos su nombre.
—¿Para que puedan meter a Delphi en una cárcel como ésta? ¿Privarlo del sol y
del aire?
—Para que cesen los asesinatos —dijo Richard.
—¿Qué asesinatos? —preguntó el anciano, frunciendo el ceño.
—Están ocurriendo ahora mismo. Un agente francés, asesinado en París. Un
civil, muerto de un tiro en Grecia. Todos están conectados con Delphi.
—Pero eso no es posible —dijo Leitner.
—¿Por qué?
—Delphi está dormido.
—¿Está usted diciendo que está muerto? —preguntó Hugh, frunciendo el ceño.
—Eso no tiene sentido —dijo Richard—. Si Delphi está muerto, ¿por qué
continúan los asesinatos?
—Tal vez no tengan nada que ver con Delphi —dijo el anciano.
—Tal vez esté usted mintiendo —dijo Richard.
—Siempre existe la posibilidad —dijo el hombre con una sonrisa. De pronto
comenzó a toser nuevamente. Cuando al final pudo hablar, lo hizo entre bocanadas
de aire—. Delphi era alguien reclutado por dinero, no creía en nuestra causa.
Nosotros preferíamos a los que sí creían. No costaban tanto.
—¿Entonces lo hacía por dinero? —preguntó Richard.
—Y una suma generosa, con los años.
—¿Cuándo dejó de hacerlo?
—Cuando se hizo demasiado arriesgado. Así que Delphi puso fin a nuestra
- 124 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
asociación. Cubrió las huellas antes de que lo cercaran.
—¿Por eso mató a mis padres? —preguntó Beryl.
—¿Tus padres? —preguntó Leitner.
—Bernard y Madeline Tavistock. Los asesinaron en un piso en Pigalle.
—Aquello fue un asesinato y un suicidio. Leí el informe.
—¿O fueron asesinados los dos por Delphi? —preguntó Hugh.
—Yo no di tal orden —dijo el hombre—. Es la verdad.
—¿Quiere decir con eso que el resto de lo que nos ha dicho puede no serlo? —
presionó Richard.
Leitner aspiró oxígeno y lo dejó escapar con signos de dolor.
—Verdades, mentiras. ¿Qué importan ahora? —se reclinó y miró al
comandante—. Me gustaría descansar. Llévate a esta gente.
—Señor Leitner, se lo preguntaré una vez más —dijo Richard—. ¿Está Delphi
muerto?
Leitner le sostuvo la mirada sin vacilar, como si fuera a decir la verdad, pero su
respuesta fue, cuando menos, misteriosa.
—Dormido. Ésa es la palabra que yo usaría.
—Así que no está muerto.
—Para sus propósitos —dijo Leitner con una sonrisa—, lo está.
- 125 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Once
—Un durmiente. Eso es lo que debe ser Delphi —dijo Richard, entre el
ajetreado ir y venir de los camareros en un ruidoso restaurante—. Estoy seguro de
que eso fue lo que quiso decir.
—¿Un durmiente? —preguntó Beryl.
—Alguien reclutado muchos años antes de que se le necesite —dijo su tío—.
Alguien joven normalmente. Se puede mantener inactiva a esta persona durante
mucho tiempo. Llevan una vida normal, tratan de ganar influencias. Y cuando se le
da la señal, el durmiente entra en acción.
—Para que este durmiente pudiera serles de alguna utilidad, debía tener un
puesto de influencia. O estar cerca —dijo Beryl, pensativamente.
—Lo cual describe perfectamente a Stephen Sutherland —dijo Richard—. El
embajador americano. Acceso a todos los datos de seguridad.
—También describe a Philippe St. Pierre —dijo Hugh—. Ministro de Economía.
En la carrera hacia Primer Ministro...
—Y lo hace extremadamente vulnerable al soborno —añadió Beryl, pensando
en Nina y Philippe. Y en Anthony, el hijo nacido de su relación.
—Contactaré con Daumier. Que investigue de nuevo a St. Pierre.
—Y ya que está, que haga lo mismo con Nina —dijo Richard.
—¿Nina?
—¡Hablando de puestos de influencia! Esposa de un embajador, amante de St.
Pierre... Podría haber oído secretos a ambos lados de la cama.
Hugh negó con la cabeza.
—Teniendo en cuenta su cociente de inteligencia de dos dígitos, Nina
Sutherland es la última persona a la que imaginaría trabajando para los servicios
secretos.
—Y por ello la única persona que podría hacerlo sin atraer miradas.
Hugh miró a su alrededor buscando al camarero con impaciencia.
—Tenemos que salir hacia París enseguida —dijo, dejando el dinero suficiente
para pagar los cafés—. No sabemos qué podría pasarle a Jordan.
—Si es Nina, ¿crees que sería capaz? —preguntó Beryl.
—Todos estos años, he mirado a Nina sin prestar atención. No pienso cometer
el mismo error —dijo Hugh.
Daumier se reunió con ellos en el aeropuerto de Orly.
—He vuelto a examinar las fichas de seguridad de Philippe y Nina —dijo una
vez dentro de la limusina—. St. Pierre está limpio. Su historial es impecable. Si fuera
- 126 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
él el durmiente, no tenemos pruebas.
—¿Y Nina?
—Nuestra querida Nina presenta un problema. Hay un aspecto que no se
registró en la primera investigación. Tenía dieciocho años cuando apareció en los
escenarios de Londres. Un papel pequeño, pero consiguió que lanzara su carrera de
actriz. En aquella época, tuvo una aventura con uno de sus compañeros de reparto,
un alemán del Este llamado Berte Klausner. Éste decía ser un tránsfuga, pero tres
años después desapareció de Inglaterra y nunca más se supo de él.
—¿Un reclutador?
—Es posible.
—¿Cómo demonios se pasó por alto este detalle en la primera investigación
sobre Nina? —preguntó Beryl.
—Sólo me fijé en la época de casados de Nina y Stephen. Para entonces, Nina
había dejado su carrera de actriz para convertirse en la esposa de un diplomático. Por
norma, las comprobaciones de seguridad que se hacen a las esposas no son muy
exigentes, especialmente si son americanas. Y Nina se nos pasó de largo.
—Entonces tienes pruebas de que pudiera haber tenido lugar el reclutamiento
—dijo Beryl—. Ella podría haber tenido acceso a los documentos secretos de la
OTAN a través de su marido. Pero no puedes demostrar que fuera Delphi. Ni que
sea una asesina.
—Cierto —admitió Daumier.
—Dudo que puedas arrancarle una confesión. Nina fue actriz una vez. Podría
estar preparada para cualquier cosa —dijo Richard.
—Por eso sugiero otra estrategia: una trampa. Tentarla con algo para que haga
un movimiento.
—¿Un cebo? —preguntó Richard.
—Jordan.
—Ni hablar —dijo Beryl.
—Él está de acuerdo. Esta tarde saldrá de la cárcel. Lo llevaremos a un hotel
donde su presencia se haga evidente.
—Eso no le resultará difícil —rió Hugh.
—Mis hombres estarán apostados estratégicamente en el hotel. Si tiene lugar el
ataque, estaremos preparados.
—Las cosas podrían salir mal. Jordan podría resultar herido...
—También podría resultar herido en la cárcel —dijo Daumier—. Al menos, así
conseguiremos respuestas.
—Y un muerto más.
—¿Tienes una sugerencia mejor?
Beryl miró a Richard y a su tío. Los dos guardaban silencio. Finalmente miró a
Daumier.
—¿Qué quieres que haga yo?
—Tú complicarías las cosas, Beryl —dijo Hugh—. Será mejor que desaparezcas
de la escena esta vez.
—La casa de los Vane es un lugar seguro —dijo Daumier—. Reggie y Helena
- 127 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
están de acuerdo.
—Pero yo no.
—Beryl —Richard habló con tono tranquilo—, Jordan estará protegido desde
todos los ángulos. Estarán preparados para atacar. Esta vez, nada saldrá mal.
—¿Puedes garantizarlo? ¿Puede alguno de vosotros?
Silencio.
—Nada se puede garantizar, Beryl. Tenemos que aprovechar esta oportunidad.
Puede que sea la única manera de cazar a Delphi —dijo Daumier.
Frustrada, miró por la ventanilla, sopesando sus opciones.
—Bueno, pero con una condición.
Miró a Richard.
—Quiero que tú estés con él. Confío en ti, Richard. Si tú estás con él, sé que no
le pasará nada.
Richard asintió.
—Estaré a su lado en todo momento.
—¿Quién más conoce el plan? —preguntó Hugh.
—Algunos de mis hombres. He tenido cuidado de que Philippe St. Pierre no se
enterara.
—¿Cuánto saben Reggie y Helena? —preguntó Beryl.
—Sólo que necesitas un lugar seguro. Lo hacen como un favor a un viejo amigo.