Y así fue como la recibieron en su hogar. Apenas si tuvo tiempo para despedirse
de Richard. Mientras Daumier y Hugh esperaban fuera del coche, Richard la tomó en
sus brazos. Compartieron un último abrazo, un último beso.
—Aquí estarás segura. No salgas de esta casa bajo ningún concepto.
—Eres tú quien me preocupa. Y Jordan.
—No dejaré que le ocurra nada —le levantó barbilla con un dedo y la besó—.
Te lo prometo.
Le acarició entonces la cara y sonrió, con tanta confianza que le hizo creer que
todo era posible.
Y salió por la puerta.
—Vamos, Beryl —dijo Reggie, rodeándole los hombros con un brazo—. Tengo
la corazonada de que todo va a salir bien.
Ella miró el rostro sonriente de Reggie. Y agradeció tener a aquellos buenos
amigos.
Jordan estaba a cuatro patas en su celda, preparado para lanzar los dados. Sus
compañeros aguardaban el resultado, pateando el suelo y animándolo con sus gritos.
Jordan lanzó los dados contra la pared. Dos cincos.
—Zut alors! —gruñeron los dos.
Jordan levantó el puño en señal de triunfo y fue entonces cuando vio que tenía
visita.
—¡Tío Hügh! —exclamó, poniéndose en pie—. ¡Me alegro de verte!
Hugh contempló el interior de la celda con gesto incrédulo. Encima del catre
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había un mantel de cuadros extendido y, sobre éste, fuentes con carne de ternera,
salmón al vapor y un tazón con uvas. Una botella de vino se estaba enfriando en un
cubo de plástico con hielo. Y, en una silla junto a la cama, se apilaba un buen montón
de libros y un jarrón con rosas.
—¿Esto es una cárcel?
—Es que la he adecentado un poco. La comida era infame y he hecho que me
trajeran algo de fuera. También he pedido lectura. Pero mucho me temo que esto
sigue siendo una cárcel —tamborileó en los barrotes—. Como puedes ver. ¿Estamos
listos? —preguntó, mirando a Daumier.
—Si aún estás dispuesto.
—Tampoco tengo otra opción, considerando la alternativa.
El guardia abrió la puerta y Jordan salió con su ropa en la mano. Pero no podía
irse sin despedirse de sus compañeros. Se giró y vio que los dos lo miraban con
tristeza.
—Me temo que es el fin. Ha sido —se detuvo en busca del adjetivo adecuado—
una experiencia de aroma único.
Dejándose llevar por un impulso, le tiró la chaqueta a Fofo.
—Creo que te quedará bien. Dale buen uso —y con un último adiós, siguió a los
dos hombres hasta la limusina de Daumier.
Lo llevaron al Ritz, mismo piso pero diferente habitación. Recién salido de la
ducha, vistiéndose con un traje limpio, Jordan pensó que aquél era un lugar
lujosamente apropiado para un asesinato.
—Ventanas blindadas a prueba de balas —dijo Daumier—. Micrófonos en la
habitación principal. Y habrá dos hombres apostados en el pasillo. Además, deberías
llevar esto —Daumier le entregó un pistola automática que Jordan miró con una ceja
levantada.
—¿De verdad tendré que defenderme?
—Es una precaución. ¿Sabes usarla?
—Supongo que se me ocurrirá —dijo Jordan, abriendo con estilo experto el
cargador—. ¿Y ahora qué? —miró a Richard.
—Tómate tu tiempo, asegúrate de que te vean cuantos más empleados mejor.
Deja una bonita propina, hazte ver. Y vuelve a tu habitación.
—¿Y después?
—Espera a ver quién llama a la puerta.
—¿Y si no viene nadie?
—Vendrá. Te lo aseguro —dijo Daumier con gesto lúgubre.
Amiel Foch recibió la llamada media hora más tarde. Era la doncella que tan
útil le había resultado la semana anterior al dejarle acceso a la habitación de los
Tavistock.
—Ha vuelto. El inglés.
—¿Jordan Tavistock? Pero si estaba en la cárcel...
—Acabo de verlo en el hotel. Habitación 315. Parece que está solo.
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Foch hizo una mueca de asombro. Tal vez sus contactos familiares hubieran
surtido efecto. El caso es que estaba solo y vulnerable.
—Tengo que entrar en su habitación. Esta noche.
—No puedo hacerlo.
—Ya lo hiciste antes. Te pagaré el doble.
—No es bastante. Podría perder mi empleo —dijo la chica con un resoplido de
disgusto.
—Te pagaré más que suficiente. Déjame la llave otra vez.
Se hizo un silencio hasta que la chica volvió a hablar.
—Primero, deja el sobre. Después tendrás la llave.
—Hecho —y colgó.
A continuación, llamó a Anthony Sutherland.
—Jordan Tavistock está libre. Se hospeda en el Ritz. ¿Sigues queriendo que lo
elimine?
—Esta vez quiero que todo salga bien, aunque tenga que supervisarlo
personalmente. ¿Cuándo actuamos?
—No creo que sea lo más inteligente...
—¿Cuándo actuamos?
A aquel chico le gustaban las emociones fuertes, la intensidad, ya fuera sexual o
de cualquier otro tipo. Y ahora quería experimentar algo nuevo, el asesinato. Foch
sabía que era un error...
—Será esta noche. Cuando esté dormido.
—Allí estaré.
A las once y media, Jordan apagó las luces de su habitación, colocó tres
almohadas bajo el edredón y las ahuecó para que pareciera una figura humana.
Después, se colocó junto a la puerta, al lado de Richard. Esperaron en la oscuridad a
que algo ocurriera. Hasta ese momento, sin embargo, la noche había sido un
aburrimiento.
—¿Esto es lo que solías hacer, Wolf? —murmuró.
—Tuve que hacer muchas guardias aburridas. Pero otras muchas, viví
momentos de terror absoluto.
—¿Qué te hizo dejarlo? ¿El aburrimiento o el terror?
Richard hizo una pausa.
—La falta de raíces.
—Ah. El hombre que sueña con el fuego de un hogar. Y dime, ¿encaja mi
hermana en la ecuación?
—Beryl es... única.
—No has respondido.
—La respuesta es que no lo sé —admitió Richard, cuadrando los hombros para
relajar la tensión—. A veces pienso que sería una relación imposible. Claro que
puedo llevar un esmoquin y paladear brandy, pero no engaño a nadie, ni a mí. Y con
toda seguridad, tampoco a Beryl.
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—¿Crees que eso es lo que ella necesita? ¿Un dandy con pajarita?
—No sé lo que necesita. Sé que probablemente crea que está enamorada. Pero
¿cómo puede saberlo con seguridad en estas circunstancias?
—Espera a que el caos se calme. Ya decidirás luego.
—Y viviré con las consecuencias.
—Sois amantes, ¿verdad?
Richard lo miró sorprendido.
—¿Siempre eres tan inquisitivo con la vida amorosa de tu hermana?
—Soy su familiar masculino más cercano. Lo cual me hace responsable de su
honor —Jordan se rió suavemente—. Algún día, Wolf, puede que tenga que
dispararte. Si sobrevivo a esta noche.
Los dos se rieron. Y se dispusieron a seguir esperando.
A la una de la madrugada, oyeron el suave clic de una puerta en el pasillo.
Alguien acababa de salir al pasillo desde las escaleras. Jordan se puso alerta, tuvo
una subida de adrenalina.
—¿Has oído...?
Richard ya estaba en cuclillas.
Una llave rascó la cerradura lentamente. Jordan se quedó inmóvil, con el
corazón golpeándole el pecho, las palmas de las manos sudorosas.
La puerta se abrió y dos figuras se colaron en la habitación. La primera se
dirigió a la cama. Una única bala fue lo único que logró disparar el tipo antes de que
Richard se lanzara sobre él desde un costado. El impulso los tiró al suelo.
Jordan le clavó la pistola en los ríñones al segundo hombre al tiempo que
gritaba.
—¡Quieto!
Para sorpresa de Jordan, el hombre no hizo caso, sino que salió de la habitación.
Jordan salió tras a él justo a tiempo de que los dos agentes franceses le cortaran la
retirada tirándolo al suelo. Después lo levantaron; pataleaba y se retorcía.
—¿Anthony?
—¡Estoy sangrando! —escupió Anthony Sutherland—. Me han roto la nariz.
¡Creo que me la han roto!
—Sigue gritando y te la romperán un poco más —gruñó Richard.
Jordan se dio la vuelta y vio a Richard, que salía de la habitación con el tipo de
la pistola. Le levantó el rostro para que Jordan pudiera verlo.
—¿Lo reconoces?
—Claro. Es mi falso abogado. El señor Jarre.
Richard asintió y tiró al francés calvo al suelo.
—Veamos cuál es su verdadero nombre.
—Es extraordinario el parecido que guardas con tu madre —dijo Reggie.
El mayordomo había retirado las tazas del café hacía un buen rato ya y Beryl y
Reggie disfrutaban de un brandy junto al fuego.
—Lo que recuerdo de ella son cosas que me parecían importantes siendo niña.
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Recuerdo su sonrisa. La suavidad de sus manos.
—Sí, sí. Ésa era Madeline.
—Me han dicho que era encantadora.
—Lo era. Era la mujer más maravillosa, la más extraordinaria que he conocido...
Beryl lo miró y vio que contemplaba el fuego como si estuviera viendo los
rostros de viejos fantasmas. Lo miró con cariño.
—Mamá decía que tú eras su amigo más querido.
—¿Eso decía? —sonrió—. Sí, supongo que es cierto. Jugábamos juntos de niños.
En Cornwall —parpadeó rápidamente para apartar lo que a Beryl le parecieron
lágrimas—. Yo fui el primero, ¿lo sabías? Antes de Bernard. Antes... —se sentó en un
sillón—. Pero eso fue hace mucho tiempo.
—Sigues pensando mucho en ella.
—Es difícil no hacerlo —apuró su brandy y se sirvió otro, el tercero—. Cada vez
que te miro, pienso que Madeline ha vuelto a la vida. Y recuerdo lo mucho que la
echo de menos.
De pronto se abrió la puerta y apareció Helena, moviendo la cabeza
negativamente.
—Ya has bebido suficiente por esta noche, Reggie.
—Es sólo el tercero.
—¿Y cuántos tomarás después?
—Pocos si te sales con la tuya.
—Vamos, cariño. Ya has entretenido bastante a Beryl. Es hora de ir a la cama —
dijo, tomándolo del brazo.
—Sólo es la una.
—Beryl está cansada. Ten consideración.
—Sí, sí, tal vez tengas razón —se levantó y se acercó con paso inestable a Beryl.
Esta volvió la cara cuando él se inclinó para darle un húmedo beso de brandy en la
mejilla. Tuvo que aguantar las ganas de apartarse—. Buenas noches, cariño. Con
nosotros estás a salvo.
Beryl lo vio salir de la habitación y sintió lástima por él.
—Ya no tolera el alcohol como solía —dijo Helena, suspirando—. Los años
pasan y olvida que las cosas cambian, también su capacidad para beber —miró
entristecida a Beryl—. Espero que no te haya aburrido mucho.
—En absoluto. Hemos hablado de mamá. Dice que le recuerdo a ella.
—Sí, te pareces mucho. Aunque yo no la conocí tanto como Reggie —se sentó
en el brazo del sillón—. Recuerdo la primera vez que la vi. Fue el día de mi boda.
Madeline y Bernard estaban allí, prácticamente recién casados también. Por la forma
en que se miraban, era evidente que se amaban mucho... Volvimos a vernos en París,
quince años después, y ella no parecía haber envejecido. Era espeluznante ver que
ella no había cambiado cuando los demás acusábamos el paso del tiempo.
Tras una larga pausa, Beryl finalmente preguntó:
—¿Tenía un amante?
El silencio que sobrevino fue tan largo que pensó que no la había oído. Pero
entonces Helena contestó.
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—No sería raro, ¿no crees? Madeline tenía un halo mágico a su alrededor. Ese
algo que nos falta a los demás. Es suerte. No se puede lograr a base de esfuerzo y
estudio. Está en los genes. Una herencia, como la riqueza.
—Mi madre no nació rica.
—No lo necesitaba. Tenía esa magia.
Helena se dio la vuelta con brusquedad y se dirigió a la puerta. En el marco, se
giró y miró a Beryl.
—Hasta mañana.
—Buenas noches, Helena.
Beryl se quedó aún un rato mirando las brasas moribundas, pensando en su
madre. Se preguntaba si ella habría estado en aquella biblioteca, en aquella casa. Pero
claro que sí. Reggie era su mejor amigo. Seguro que lo habría visitado muchas veces,
igual que en Inglaterra años atrás...
Antes de que Helena insistiera para que aceptara el puesto en París.
Se preguntó si habría habido alguna razón oculta para dejar Inglaterra. Helena
había crecido en Buckinghamshire, a escasos kilómetros de Chetwynd. Seguro que le
habría costado empaquetar sus cosas y marchar a un país extraño. Uno no hacía algo
así despreocupadamente.
A menos que huyera de algo.
Beryl levantó la cabeza. Se encontró mirando una ridícula estatuilla sobre la
repisa de la chimenea. Un hombrecillo con un rifle. Tenía una inscripción: «Reggie
Vane, capaz de dispararse en el pie. Tremont Club de Tiro». Había más recuerdos de
Reggie. Probablemente fuera su rincón privado de la casa.
Miró las fotos pero no halló ninguna de Helena. Tampoco en su escritorio ni en
las librerías. En el escritorio, comenzó a abrir los cajones. Objetos de escritura, papel,
bolígrafos... Su mirada se fijó entonces en un taburete de cuero. Parecía hacer juego
con el sillón, pero no estaba en su sitio. Estaba junto a otro sillón, como si sólo se
usara para subirse encima.
Levantó entonces la vista hacia un aparador de caoba. Las estanterías estaban
llenas de libros antiguos protegidos por las puertas de cristal. Tendría dos metros y
medio de alto, y la parte superior estaba adornada con dos fuentes de porcelana.
Beryl acercó el taburete y alcanzó la primera fuente. Vacía y cubierta de polvo.
Al igual que la otra, pero cuando la quiso devolver a su sitio, se encontró con que
chocaba con algo. Se estiró todo lo posible y toco algo plano de cuero. Al tirar de un
extremo, vio que era un álbum de fotos.
Lo llevó hasta la chimenea y lo abrió. La primera foto era de una risueña niña
con el pelo negro. Tendría unos doce años y estaba en un columpio, la falda se le
subía hasta los muslos de sus piernas colgantes. La siguiente era de la misma niña,
un poco mayor. Así hasta la foto de boda de la misma chica. Había sido rasgada de
forma que el novio no aparecía.
Beryl contempló la foto que tan bien conocía. Tocó los labios sonrientes, los
mechones sueltos, pensando en lo que debía haber sido la vida para un hombre que
amaba a una mujer tan desesperadamente. Y que otro se la arrancara. Mudarse a otra
ciudad para escapar de los recuerdos y que tu amor reapareciera allí años después. Y
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comprobar que tus sentimientos eran los mismos.
Beryl cerró el álbum y se acercó al teléfono. No sabía cómo contactar con
Richard, y llamó a Daumier. Le saltó el contestador.
—Claude, soy Beryl. Tengo que hablar contigo urgentemente. Creo que puedo