tener pruebas. ¡Ven a buscarme! En cuanto...
Se detuvo. Había oído un clic en la línea. Inmóvil, esperó oír otro ruido pero
sólo oía el latido de su corazón. Colgó, consciente de que alguien había estado
escuchando desde otro teléfono de la casa.
Sin soltar el álbum, salió de la biblioteca y atravesó el vestíbulo. Tras
desconectar la alarma, salió por la puerta principal. Refrescaba un poco, el cielo
estaba punteado de estrellas. Miró el patio y vio la verja cerrada. Tenía que salir de
allí, pero ¿cómo?
No tenía más remedio que escalar y saltar el muro. Vio un manzano cuyas
ramas quedaban por encima. Con el álbum en una mano, empezó a trepar pero a
cada movimiento las manzanas caían ruidosamente al suelo. Ya arriba, tiró el álbum
y saltó.
En la calle, se agachó para recogerlo y al darse la vuelta, una luz cegadora la
paralizó.
—Veo que no es un ladrón. ¿Qué demonios estás haciendo, Beryl?
Guiñando los ojos contra la luz, apenas si distinguía la silueta de Helena.
—Quería... quería dar un paseo. Pero la verja estaba cerrada.
—Yo te la habría abierto.
—No quería despertarte. ¿Podrías bajar la linterna? Me hace daño en los ojos.
Helena bajó la luz y se detuvo en el álbum.
—¿Dónde estaba? ¿Dónde lo has encontrado?
—En la biblioteca —respondió ella, consciente de que no tenía sentido mentir.
—Lo ha tenido guardado todos estos años —murmuró Helena—. Me juró que...
—¿Qué Helena? ¿Qué te juró?
Una larga pausa.
—Que ya no la amaba —susurró ella. A continuación, se echó a reír, burlándose
de sí misma—. He perdido la batalla frente a un fantasma. Bastante desesperanzador
era cuando vivía. Pero ahora que está muerta, no puedo competir. Los muertos no
envejecen. Se mantienen jóvenes y bellos.
Beryl avanzó un paso y extendió los brazos en gesto comprensivo.
—No eran amantes, Helena. Sé que no lo eran.
—Nunca fui lo suficientemente perfecta.
—Pero se casó contigo. Algo de amor debió sentir...
Helena se zafó, rechazando el consuelo de Beryl
—¡No fue por amor! Fue por despecho. Un estúpido gesto masculino para
mostrarle que no podía hacerle daño. Nos casamos un mes después que ellos. Fui el
premio de consolación. Le di todos los contactos. Y el dinero. Todo eso lo aceptó de
buena gana. Pero nunca quiso mi amor.
Beryl trató de abrazarla nuevamente pero Helena la rechazó.
—Es hora de seguir con tu vida, Helena. Sin él. Mientras aún seas joven...
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
—Él es mi vida.
—¡Pero seguro que lo has sabido todos estos años! Debes haber sospechado que
fue Reggie quien lo hizo...
—No fue Reggie.
—Helena, piensa en ello.
—Te digo que no fue Reggie.
—Estaba obsesionado con ella, incapaz de olvidarla. Incapaz de soportar que la
tuviera otro hombre...
—Fui yo.
Al oír esas palabras, pronunciadas con toda tranquilidad, a Beryl se le heló la
sangre en las venas. Se quedó mirando fijamente a la mujer que tenía delante,
pensando de pronto en un manera de escapar. Podría echar a correr y llamar al
vecino más cercano. Se estaba preparando cuando oyó el clic de la pistola al cargarse.
—Te pareces tanto a ella... Cuando te vi por primera vez hace años en
Chetwynd, fue como si Madeline hubiera vuelto a la vida. Y ahora, tendré que volver
a matarla.
—Pero yo no soy Madeline...
—No me importa quién seas. Porque ahora lo sabes —levantó el brazo y Beryl
vio el brillo del arma—. Al garaje, Beryl. Vamos a dar un paseo.
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Doce
—Amiel Foch —dijo Daumier, hojeando el expediente—. Cuarenta y seis años,
antiguo agente nuestro. Se lo dio por muerto hace tres años, tras un accidente de
helicóptero en Chipre.
—¿Fingió su propia muerte?
—No es fácil dimitir de la agencia para ofrecer tus servicios como mercenario.
Tienes poca capacidad de acción.
—Pero si a uno lo declaran muerto...
—Exacto —Daumier buscó algo en la siguiente página—. Aquí está. El nexo que
hemos estado buscando. En mil novecientos setenta y dos, Foch trabajaba de enlace
con la misión americana. Al parecer, el embajador Sutherland y su familia sufrieron
amenazas telefónicas. Durante años, Amiel Foch estuvo en contacto con la familia.
Después, se le asignaron otras misiones, hasta su... muerte.
—Momento en que quedó libre para realizar cualquier encargo para otros
clientes —dijo Hugh.
—Incluido el asesinato —Daumier cerró la carpeta y llamó a su asistente—. Haz
pasar a la señora Sutherland.
La mujer que entró en la sala era la Nina descarada y llena de confianza en sí
misma que Richard siempre había visto. Miró con desdén a los presentes y se sentó
en una silla.
—Un poco tarde para ordenar una comparecencia, ¿no crees?
Richard se sentó frente a ella.
—¿Ya te has enterado de que Anthony está en la cárcel?
Un mínimo destello de miedo cruzó sus ojos.
—Es un error, por supuesto. Nunca ha hecho nada malo.
—¿Contratar a alguien para cometer asesinato? —Richard alzó una ceja—. Son
cargos irrefutables, múltiples testigos. Yo diría que esto es tan grave que estará
mucho tiempo entre rejas.
—Pero es sólo un niño y no...
—Es mayor de edad. Y responsable de sus actos —Richard miró a Daumier—.
Claude y yo estábamos diciendo que era una pena, ir a la cárcel tan joven. ¿Cuántos
años tendrá cuando salga? ¿Cincuenta?
—Yo diría más bien sesenta.
—Sesenta. Toda la vida perdida. Ni mujer. Ni familia —Richard miró
comprensivamente a Nina—. Nada de nietos...
El rostro de Nina se tornó ceniciento.
—¿Qué queréis de mí?
—Tu cooperación.
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
—¿Y qué obtendré yo a cambio?
—Podemos ser blandos —dijo Daumier—. Después de todo, es sólo un niño.
—No es culpa suya. No merece ser...
—Es responsable de las muertes de dos agentes. Ha intentando asesinar a Marie
St. Pierre y a Jordan.
—¡Él no ha hecho nada!
—Contrató a Amiel Foch para que hiciera el trabajo sucio. ¿Qué clase de
monstruo has criado, Nina?
—¡Sólo intentaba protegerme!
—¿De qué?
Nina bajó la cabeza.
—El pasado. No desaparece. Todo lo demás cambia, menos el pasado...
«El pasado, —pensó Richard, recordando las palabras del comandante de la
prisión de Berlín—. Estamos siempre a su sombra».
—Tú eres Delphi, ¿no es así?
Nina no dijo nada.
Él se inclinó hacia ella y bajó la voz hasta que no fue más que íntimo susurro.
—Puede que al principio todo fuera una broma. Un divertido juego de espías.
Tal vez te resultara emocionante o simplemente tentador económicamente. Sea por lo
que fuera, pasaste secretos al otro lado. Eran documentos secretos. Y, de pronto, te
tuvieron en el bolsillo.
—¡Fue poco tiempo!
—Pero para entonces, era demasiado tarde. Los servicios de inteligencia se
dieron cuenta. Y te empezaron a cercar. Por eso buscaste la manera de descargarte de
las culpas. Atrajiste a Bernard y a Madeline a tu nido de amor en la calle Myrha. Y les
disparaste.
—No.
—Le pusiste los documentos a Bernard.
—No.
Richard tomó a Nina por los hombros y la obligó a mirarlo.
—Y saliste de allí para continuar con tu alegre vida. ¿No fue así como ocurrió?
—¡Yo no los maté! —sollozó ella.
—¿No?
—Juro que no los maté. ¡Ya estaban muertos!
Richard la soltó. Nina se recostó en la silla, y empezó a temblar entre sollozos.
—¿Quién los mató? ¿Amiel Foch?
—No, yo no se lo pedí.
—¿Philippe?
—¡No! Él fue quien los encontró. Estaba desesperado cuando me llamó. Temía
que lo acusaran a él. Entonces llamé a Foch. Le pedí que lo arreglara con Rideau. Le
pagué para que cambiara su testimonio.
—¿Y los documentos? ¿Quién los puso allí?
—Foch. Para entonces, habían llamado a la policía. Le pedí a Foch que dejara el
maletín.
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
—Acabas de admitir que eras Delphi. ¿Tenemos que creer que el asesino es
otro? —dijo Jordan.
—Es la verdad —insistió Nina.
—Claro —se mofó Jordan—. Y el asesino eligió precisamente el piso en el que
Philippe y tú os veíais todas las semanas.
—No sé por qué eligió el piso —Nina negó con la cabeza, confusa.
—Tuviste que ser tú. O Philippe —dijo Jordan.
—Yo nunca... Él no...
—¿Quién más sabía lo del ático? —preguntó Richard.
—Nadie.
—¿Marie St. Pierre?
—No... —se detuvo—. Bueno, tal vez...
—Así que la mujer de Philippe lo sabía.
—Pero nadie más —dijo la desgraciada Nina.
—Espera —intervino Jordan—. Alguien más lo sabía.
Todos lo miraron.
—Se lo oí decir a Reggie. Helena sabía lo de la aventura porque Marie se lo dijo.
Y si Marie sabía de la existencia del ático en la calle Myrha, quiere decir que...
—Que Helena también lo sabía —Richard miró a Jordan. Con esa mirada, los
dos supieron lo que el otro estaba pensando.
Beryl.
Al momento, los dos se levantaron dispuestos a marcharse.
—¡Envía refuerzos! ¡Nos encontraremos allí! —dijo Richard.
—¿En casa de los Vane? —preguntó Daumier, pero Richard estaba saliendo por
la puerta.
—Sube al coche —dijo Helena.
Beryl se detuvo, la mano inmóvil en la portezuela del Mercedes.
—Te harán preguntas, Helena.
—Y yo les daré respuestas. Estaba dormida. Dormí muy bien. Y cuando
desperté, te habías ido.
—Reggie recordará...
—Reggie no recordará nada. Está borracho como una cuba. Ni siquiera se ha
dado cuenta de que me he levantado de la cama.
—Sospecharán de ti.
—Han pasado veinte años, Beryl, y siguen sin sospechar —levantó el arma—.
Sube. Asiento del conductor. ¿O tendré que cambiar mi historia? Tal vez tenga que
decirles que disparé a un ladrón.
Beryl miró el cañón del arma apuntándole directamente al pecho. No tenía más
remedio. Helena era capaz de disparar. Subió al coche.
Helena se sentó en asiento del copiloto y le tiró las llaves sobre el regazo.
—Enciende el motor.
Beryl giró la llave y el motor del Mercedes ronroneó como un gato feliz.
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
—Mi madre nunca quiso hacerte daño —dijo Beryl con suavidad—. Nunca le
interesó Reggie.
—Pero él sí la deseaba a ella. ¡Veía cómo la miraba! ¿Sabes?, solía pronunciar su
nombre en sueños. Allí estaba yo tumbada a su lado mientras él pensaba en ella.
Nunca supe, nunca llegué a saber si ellos... —tragó el nudo que se le había formado
en la garganta—. Conduce.
—¿Adónde?
—Ve hacia la verja.
Beryl sacó el Mercedes del garaje y atravesó el patio adoquinado. Helena
presionó un mando a distancia y la verja se abrió, cerrándose tras ellas nuevamente.
Ante el coche, se extendía una calle bordeada de árboles. Ningún coche, ningún
testigo.
El volante se deslizaba bajo sus manos sudorosas. Beryl se aferró a él con
fuerza, para evitar que le temblaran.
—Mi padre nunca te hizo daño. ¿Por qué tuviste que matarlo?
—Había que culpar a alguien. ¿Qué mejor que a un hombre muerto? Y el piso
secreto de Nina me resultó de lo más oportuno —se rió—. Tendrías que haber visto a
Nina y a Philippe tratando de cubrir las huellas como ratas.
—¿Y Delphi?
Helena movió la cabeza sin comprender.
—¿Qué pasa con Delphi?
«Así que no sabe nada de eso. Hemos estado siguiendo una pista equivocada.
Richard nunca lo sabrá, no sospechará lo que ocurrió».
La carretera se internaba entre los árboles en dirección al Bois de Boulogne.
Beryl aguzó la vista para ver más allá de la luz de los faros. Se aproximaban a una
nueva curva.
«Puede que sea mi única oportunidad. Puedo dejar que me dispare o puedo
presentar batalla». Dejó que el coche siguiera recto y pisó el acelerador. El motor se
revolucionó y los neumáticos chirriaron. El impulso empujó a Beryl contra el asiento
mientras el coche se lanzaba hacia delante.
Helena gritó y trató de recuperar el control del volante. Segundos antes de que
se estrellaran contra los árboles, Helena consiguió dar un viraje brusco hacia un lado.
De pronto, el coche volcó y empezó a girar. Las ventanillas se hicieron añicos y las
dos ocupantes fueron despedidas hacia el salpicadero. El coche se quedó finalmente
boca arriba, apoyado sobre el techo.
Fue el chillido de la bocina lo que devolvió a Beryl la conciencia. Sintió un
terrible dolor en la pierna. Trató de moverse y se dio cuenta de que el volante le
oprimía fuertemente el pecho, la cabeza había quedado milagrosamente protegida en
un hueco que quedaba entre la luna y el salpicadero. Intentó apartarse del volante. El
esfuerzo le arrancó un grito de dolor pero consiguió apartarse unos milímetros.
Descansó un momento, esperando que cesara el dolor de la pierna. Después,
apretando los dientes, se empujó de nuevo y su cuerpo se expandió al dar con un
espacio mayor. Las vueltas la habían desorientado y no sabían dónde estaba.
Pero no estaba tan mareada como para no oler la gasolina. Tenía que alcanzar la
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
ventanilla y salir antes de que explotara. A ciegas, palpó a su alrededor y su mano
dio con algo caliente y húmedo. Al girar la cabeza, se encontró de frente con el
cadáver de Helena.
Beryl gritó. Súbitamente desesperada por huir, por escapar de aquellos ojos sin
vida, se retorció buscando a tientas la ventana. El dolor, cada vez más insoportable,
la hizo llorar. Tocó entonces el marco de la ventanilla, trozos de cristal y ramas. Casi
había llegado.
Medio a gatas, medio a rastras, logró colarse por el hueco. Su cuerpo no había
hecho más que tocar la tierra, cuando notó que el suelo cedía y comenzaba a rodar
por un terraplén. Aterrizó en una cuneta, cerca de unos árboles.
De pronto, una potente luz iluminó el cielo. Con la vista borrosa por el dolor,
alzó los ojos y vio las llamas. Segundos después, oyó ruido de cristales y el susurro
de una enorme llamarada que engulló el coche.
A cinco kilómetros de la residencia de los Vane, vieron el fuego. Era un coche,
que tras varias vueltas de campana había quedado boca arriba, en medio la carretera.
Un Mercedes.
—Es el coche de Helena. ¡Dios mío, el coche de Helena! —gritó Richard.
Saltó del coche y corrió hacia el otro vehículo. A punto estuvo de tropezar con
un zapato. Para su horror vio que era un zapato de tacón de mujer.
—¡Beryl! —gritó. Estaba a punto de entrar en el coche cuando las llamas
crecieron súbitamente.