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作者:西- Tess Gerritsen 当前章节:15370 字 更新时间:2026-6-22 20:36

Una ventanilla explotó, lanzando cristales sobre el pavimento. El calor lo echó

hacia atrás. Sintió el olor a quemado de su propio pelo.

Recuperó el equilibrio e iba a acercarse nuevamente cuando Jordan lo sujetó por

un brazo.

—¡Espera!

—¡Hay que sacarla!

—¡No, escucha!

Lo que escuchó fue un gemido apenas audible. No venía del coche sino de

algún lugar entre los árboles. De inmediato, los dos echaron a corren por la carretera

gritando el nombre de Beryl. Richard oyó el gemido más cerca. Provenía de las

sombras, al fondo del terraplén que discurría junto a la carretera. Se tiró por él hasta

llegar a la cuneta.

Y allí la encontró, tirada y apenas consciente. La tomó en brazos, horrorizado al

sentir el débil y frío cuerpo en sus brazos.

—¡Hay que llevarla al hospital! —gritó.

Jordan abrió la puerta del coche y Richard entró en la parte trasera con Beryl en

brazos.

—¡Arranca!

—Agarraos, va a ser un viaje muy movido.

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Entre las brumas de la anestesia, oyó pronunciar su nombre, pero el sonido de

la voz parecía muy distante, inalcanzable. Entonces sintió una mano entre las suyas y

supo que estaba a su lado. No podía verle el rostro, no lograba reunir las fuerzas para

abrir los ojos. Pero sabía que estaba allí, que estaría allí cuando despertara por la

mañana.

Sin embargo, era Jordan quien estaba junto a su cama. La luz de la mañana

llegaba hasta ella por encima del cabello rubio de su hermano y el libro de poesía que

éste tenía en el regazo. Estaba leyendo a Milton. «Mi querido Jordan, siempre tan

sereno. Ojalá yo hubiera heredado su paz de espíritu».

Jordan levantó la vista y la vio despierta.

—Bienvenida, hermanita —dijo con una sonrisa.

—No estoy segura de querer estar de vuelta —gruñó ella.

—¿La pierna?

—Me está matando.

Jordan buscó el timbre.

—Hora de darse el lujo del milagro de la morfina.

Pero los milagros llevaban su tiempo. Tras la inyección, Beryl cerró los ojos y

esperó a que el dolor pasara.

—¿Mejor?

—Aún no. Dios, odio ser una inválida. Háblame. Por favor.

—¿De qué?

«De Richard. Dime por qué no está aquí, sentado en esa silla...».

—Ha estado aquí. Esta mañana temprano. Hasta que Daumier lo llamó por

teléfono.

Beryl guardó silencio, esperando que continuara.

—Le importas, Beryl. Estoy seguro —Jordan cerró el libro y lo dejó en la

mesilla—. Parece un buen hombre. Muy capaz.

—Capaz —murmuró ella—. Sí lo es.

—No se dio la vuelta y echó a correr. Fue a buscarte.

—Como un favor. Al tío Hugh —corrigió ella.

Él no respondió. Y Beryl pensó que también Jordie tenía sus dudas respecto a

sus posibilidades de ellos dos de ser felices. Igual que ella. Desde el principio.

La morfina empezó a hacer efecto. Poco a poco, se fue quedando dormida.

Apenas oyó que Richard entraba en la habitación y hablaba con Jordan. Murmuraron

algo respecto al cuerpo carbonizado de Helena. Casi inconsciente ya por la droga,

recordó la visión de las llamas engullendo el coche, y a Helena.

Aquél había sido su castigo por amar con tanta ferocidad.

Notó que Richard le tomaba una mano y se la llevaba a los labios. Se preguntó

entonces cuál sería el castigo para ella misma.

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Epílogo

Buckinghamshire, Inglaterra.

Seis semanas más tarde.

Froggie estaba inquieta, pateando su cubículo en el establo, relinchando.

—Mírala, pobrecilla —dijo Beryl, suspirando—. No hace suficiente ejercicio y se

va a volver loca. Tendrás que hacerlo tú por mí.

—¿Yo? ¿Quieres que me suba encima... de ese animal loco? Valoro demasiado

mi cuello —resopló Jordan.

Beryl se acercó cojeando hasta el cubículo. Froggie sacó la cabeza por encima de

la puerta y le dio unos insistentes golpecitos a Beryl, pidiéndole que la sacara a

pasear

—Pero si es una gatita.

—Una gatita con muy malas pulgas.

—Pero necesita galopar un rato.

Jordan miró a su hermana, que se sujetaba de forma inestable sobre las muletas

con la pierna escayolada. Estaba pálida, y muy delgada. Como si las largas semanas

en el hospital le hubieran absorbido todo el espíritu. La palidez era de esperar,

después de la sangre que había perdido y el dolor tras la operación para reconstruir

el fémur astillado. La pierna se estaba curando y ya no tenía dolores, pero sólo era

una sombra de la antigua Beryl.

Por culpa de Richard Wolf.

Al menos, había tenido la decencia de quedarse hasta que Beryl salió del

hospital. De hecho, había pasado horas y horas junto a su cama. ¡Y todas aquellas

flores! Cada mañana, un ramo nuevo.

Y un día, desapareció. Nadie se lo explicó a Jordan. Entró un día en la

habitación de su hermana y la vio mirando por la ventana, lista para volver a

Chetwynd.

Desde su regreso a Inglaterra, no había dejado de pensar en él, a juzgar por su

aspecto.

—Venga, Jordie. Sácala a dar un paseo. Aún falta otro mes antes de que pueda

volver a montar.

Resignado, Jordan abrió la portezuela del cubículo y dejó salir a Froggie para

que la ensillaran.

—Será mejor que te comportes, señorita —susurró al animal—. No te

encabrites. No corcovees. Y desde luego, no se te ocurra pisotear a tu pobre e

indefenso jinete.

Froggie lo miró como diciendo «Eso está por ver».

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Jordan montó y se despidió de Beryl.

—¡Cuida de ella! ¡Vigila que no se haga daño!

—¡Tu preocupación es conmovedora! —consiguió decir él antes de que Froggie

se lanzara a galope tendido por los campos.

La yegua lo llevó hacia el bosque. Jordan se concentró en sujetarse a la silla

mientras el animal se dirigía con determinación hacia un muro de piedra.

—Tenías que ir hacia la valla, ¿verdad? —farfulló mientras las crines le

sacudían la cara—. Lo cual significa que tendremos que saltarla...

Juntos pasaron por encima, limpiamente. «Todavía sigo en la silla. No te va a

resultar fácil deshacerte de mí».

Pero fue lo último que pensó antes de que Froggie lo lanzara al suelo.

Jordan aterrizó en un zona musgosa. Tirado bajo los árboles, apenas se dio

cuenta del sonido de unos neumáticos en el camino de tierra, y la voz de alguien

gritando su nombre. Un tanto mareado, se sentó.

Froggie estaba a su lado, sin aspecto de sentir lo que había hecho. Y tras ella,

saliendo de un MG rojo, estaba Richard Wolf.

—¿Estás bien? —gritó Richard, corriendo hacia él.

—Dime una cosa, Wolf. ¿Te has propuesto acabar con todos los Tavistock? ¿O

buscas a una en particular?

Riéndose, Richard lo ayudó a ponerse en pie.

—Yo le echaría la culpa a quien la tiene. El caballo.

Los dos miraron a Froggie. Ésta respondió con lo que sonaba sospechosamente

como una risotada.

—¿Cómo está Beryl?

Jordan se sacudió la tierra de los pantalones.

—Su pierna va bien.

—¿Y por lo demás?

—No tan bien —Jordan se enderezó y miró a Richard a los ojos—. ¿Por qué te

fuiste?

Suspirando, Richard miró en dirección a Chetwynd.

—Porque ella me lo pidió.

—¿Qué? No me lo había dicho...

—Es una Tavistock, como tú. Sabe que de nada sirve lloriquear ni quejarse. Y

nunca haría nada que le hiciera perder el respeto de los demás. Es ése orgullo suyo.

—¿Así que fue eso? Una discusión.

—Ni siquiera. Más bien diría que fueron las diferencias entre nosotros... —

movió la cabeza y se rió—. Afróntalo, Jordan. Ella es té con pastas, y yo café con

donuts. Ella odiaría Washington. Y yo no creo que pudiera adaptarme a... esto —hizo

un amplio gesto hacia los campos de Chetwynd.

«Claro que te adaptarás, y también ella, —pensó Jordan—. Porque hasta para

un tonto es evidente que sois tal para cual».

—De cualquier manera, cuando Niki me llamó y me avisó de que teníamos un

trabajo en Nueva Delhi, Beryl me animó a ir. Pensó que estar separados un tiempo

sería una buena forma de ponernos a prueba. Dijo que así lo hace la familia real. Para

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ver si la ausencia consigue hacer olvidar al corazón y a las hormonas.

—¿Y ha sido así?

—Ni por asomo —dijo Richard con una gran sonrisa, subiendo de nuevo al

coche—. Puede que, después de todo, decida pasar a formar parte de vuestra loca y

salvaje familia. ¿Alguna objeción?

—Ninguna. Pero deja que te dé un consejo. Es decir, si los dos queréis tener una

larga y feliz vida juntos.

—¿Cuál?

—Matad al caballo.

Riéndose, Richard soltó el freno y siguió en dirección a Chetwynd. En dirección

a Beryl.

«Buena suerte, hermanita. Me alegro de que uno de los dos haya encontrado el

amor. Ojalá yo fuera tan afortunado...», pensó Jordan viendo marchar el MG.

—En cuanto a ti —dijo en alto—, voy a enseñarte quién es el jefe aquí.

Froggie resopló y, sacudiendo las crines en actitud triunfal, salió al galope, sin

jinete, hacia Chetwynd.

Beryl se dirigió hacia el laberinto por el camino de baldosas de terrazo. Acarició

con la mano las matas de espliego que bordeaban el camino, perfumando al aire del

jardín. Recordaba que una vez habían recorrido juntos aquel mismo camino.

Entró en el laberinto y, con ayuda de las muletas, se abrió camino entre los

angostos pasajes hasta llegar al centro, con su banco de piedra. Tenía que dejar de

pensar en él. Se preguntó si Richard habría dejado de pensar en ella. Todas las dudas,

todos los miedos, la asaltaron nuevamente. Ella lo había puesto a prueba y no la

había pasado.

A lo lejos, oyó que alguien pronunciaba su nombre. Al principio era casi

inaudible, tanto que creyó que eran imaginaciones. Pero luego lo volvió a oír, más

cerca.

Se puso en pie, buscando el equilibrio sobre las muletas.

—¿Richard?

—¿Beryl? ¿Dónde estás?

—¡En el laberinto!

Sus pasos se fueron haciendo más audibles cada vez.

—¿Dónde?

—¡En el centro!

A través de las paredes del seto, oyó la risa avergonzada de él.

—¿Y he de encontrar mi camino hasta el queso?

—Tómalo como una prueba de amor —lo retó ella.

—O de locura —masculló él, haciendo ruitio con las ramas.

—Estoy muy enfadada contigo, ¿sabes?

—Creo que ya me he dado cuenta.

—No me has escrito. No me has llamado. ¡Ni una sola vez!

—Estaba demasiado ocupado de avión en avión tratando de volver a Londres.

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Y además, quería que me echaras de menos. ¿Lo has hecho?

—No.

—¿No?

—Ni una pizca —se mordió el labio—. Bueno, quizás un poco sí...

—Entonces me has echado de menos...

—Pero no mucho.

—Pues yo sí que te he echado de menos a ti.

—¿De veras? —preguntó ella, con suavidad.

—Tanto que, si no encuentro el maldito centro de este maldito laberinto en

breve, voy a...

—¿Qué harás? —preguntó ella, sin aliento.

El rumor de las hojas la hizo darse la vuelta. De pronto la abrazó, cubrió sus

labios con un beso tan profundo e insistente que ella sintió que se mareaba. Soltó las

muletas. No las necesitaba si él estaba allí para sujetarla.

Richard se apartó un poco y le sonrió.

—Hola otra vez, señorita Tavistock —susurró.

—Has vuelto —murmuró ella.

—¿Creías que no lo haría?

—¿Significa eso que has pensado en... en nosotros?

Él se rió.

—Apenas si he podido concentrarme en otra cosa. En el trabajo, el cliente. Al

final tuve que llamar a Niki para que me relevara mientras yo solucionaba las cosas

contigo.

—¿Crees que se pueden solucionar? —preguntó ella, suavemente.

Richard le rodeó el rostro con las manos.

—No lo sé. Algunos dirían que lo nuestro está llamado a fracasar.

—Y tendrían razón. Hay muchas cosas que podrían alejarnos...

—Y también muchas cosas que nos unen —Richard bajó la cabeza y depositó un

suave beso en sus labios—. Te confieso que nunca seré el perfecto caballero. El

criquet no es lo mío. Y tendrás que apuntarme con una pistola para que me suba a un

caballo. Pero si estás dispuesta a pasar por alto esos terribles fallos...

Ella le rodeó el cuello con los brazos.

—¿Qué fallos? —susurró mientras sus labios se unían de nuevo.

A lo lejos, resonó el eco de las campanadas de la antigua iglesia. Las seis.

Anunciaban el crepúsculo y sus dulces aromas. «Y el amor», pensó Beryl riendo

mientras Richard la estrechaba entre sus brazos.

No cabía duda, anunciaban su amor.

* * *

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RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

TESS GERRITSEN

Habitual en las listas de autoras más famosas de bestsellers del New

YorkTimes, Tess Gerritsen es una mujer con mucho talento y una historia

personal muy interesante.

Graduada por la Universidad de Stanford, y habiendo ejercido su

carrera como médico, eligió sin embargo dedicarse por completo a la

creación literaria durante su baja por maternidad. En 1987 publicó su primera

novela Llamada a medianoche (Call After Midnight) un suspense romántico

al que le siguió otras ocho novelas. También escribió el guión Adrift (1993)

para la CBS. Su primer trhiller médico, Donantes (Harvest), fue publicado en

1996 y con él debutó en las listas de bestseller de New York Time. Sus libros han sido

traducidos a 31 idiomas y se han vendido más de 15 millones de copia siendo número uno en

las listas de varios paises. Ganadora del premio Nero Wolfe (por Vanish), del premio RITA

(por The Surgeon), los críticos la han llamado "la reina del suspense médico".

Durante años estuvo viviendo en Hawai, y ahora vive en Camden, en Maine, con su

marido, que es también médico, y sus dos hijos.

AL BORDE DEL DESEO

Beryl Tavistock creía que el mejor lugar para esclarecer el escándalo que rodeaba la

muerte de sus padres eran las calles de París. Pero las respuestas que estaba obteniendo no

hacían más que confirmar lo difícil que resultaba ocultar viejos secretos.

A lo largo de aquella oscura investigación en pos de la verdad, Beryl se adentró en un

mundo en el que el peligro se mezclaba a partes iguales con el deseo, un mundo en el que el

ex agente de la CIA Richard Wolf parecía moverse con soltura. Pero en aquel mundo los

amigos podían convertirse en enemigos y los enemigos podían ser asesinos...

* * *

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TESS GERRITSEN

AL BORDE DEL DESEO

© 1995, Tess Gerritsen

Título original: In Their Footsteps

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

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