Sonriendo, le pasó una copa de champán. La luz de la araña del techo resplandecía
en las pálidas burbujas.
—Es usted Richard Wolf —dijo el hombre.
Richard asintió, al tiempo que aceptaba la copa.
—¿Y usted es...?
—Jordan Tavistock. El tío Hugh te señaló al verte entrar. Y he venido a
presentarme.
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AL BORDE DEL DESEO
Los dos hombres se estrecharon la mano. Jordan lo hizo con un gesto sólido y
firme, lejos de lo que Richard habría esperado de las delicadas manos de un
aristócrata.
—Y dime —comenzó Jordan, mientras tomaba para sí una copa de champán—,
¿en qué categoría te encuentras tú? ¿Espía, diplomático o financiero?
Richard se echó a reír.
—¿Debo responder a eso?
—No, pero quería preguntar. Una manera de despejar la incógnita antes de
comenzar —dio un sorbo y sonrió—. Es un ejercicio mental que suelo practicar. Hace
divertidas estas fiestas. Trato de deducir quiénes pertenecen a los servicios de
inteligencia. Suelen ser la mitad. O solían —Jordan echó un vistazo alrededor de la
sala—. Piensa en todos los secretos contenidos en estas cabezas, llenas de datos
confidenciales.
—Tu conocimiento de este mundillo no parece superficial.
—Cuando uno crece en este sitio, lo vive y lo respira —Jordan consideró a
Richard un momento—. Veamos. Eres estadounidense...
—Correcto.
—Y mientras que los ejecutivos de las grandes empresas han llegado en grupo
dentro, tú has venido por tu cuenta.
—Correcto hasta el momento.
—Y te has referido a los servicios secretos como «el mundillo».
—Te has dado cuenta.
—Yo diría... ¿la CIA?
Richard negó con la cabeza y sonrió.
—Sólo soy un asesor de seguridad privado. Sakaroff & Wolf, Inc.
—Inteligente tapadera —dijo Jordan, devolviéndole la sonrisa.
—No es una tapadera. Es la verdad. Todos estos ejecutivos quieren la mejor
cobertura de seguridad para su cumbre. Un atentado del IRA les arruinaría el día.
—Así que te contratan para que mantengas a los malos alejados —dijo Jordan.
—Exacto —dijo Richard. «Sin duda es el hijo de Madeline y Bernard. Se parece
a Bernard, tiene los mismos ojos marrones, igual de perspicaces, los mismos rasgos
finos. Y una mente rápida. No se le escapan los detalles, una cualidad
indispensable».
En ese momento, una nueva llegada llamó la atención de Jordan. Richard se
giró para ver quién acababa de entrar. Nada más ver a la mujer, se puso rígido por la
sorpresa.
Era la bruja de pelo negro, pero ya no iba vestida con pantalones de montar y
botas, sino con un vestido largo de seda azul oscuro. Llevaba el pelo recogido en una
elegante cascada de ondas. Incluso a esa distancia, pudo sentir el magnetismo que
irradiaba, al igual que los demás hombres de la sala.
—Es ella —murmuró Richard.
—¿Quieres decir que ya os conocéis? —preguntó Jordan.
—Por casualidad. Asusté a su caballo cuando venía hacia aquí. No le gustó
mucho caerse.
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—¿La hiciste caer del caballo? —preguntó Jordan, impresionado—. No creí que
fuera posible.
La mujer entró en la habitación y tomó una copa de champán de una bandeja,
mientras los invitados le iban abriendo paso de forma visible.
—Desde luego, sabe cómo llevar un vestido —dijo Richard entre dientes,
totalmente maravillado.
—Le diré que has dicho eso —dijo Jordan con sequedad.
—No se te ocurra.
Riéndose, Jordan dejó la copa en una mesa.
—Vamos, Wolf. Deja que os presente formalmente.
Conforme se aproximaban a ella, la mujer dirigió a Jordan una sonrisa. Luego
se fijó en Richard e, instantáneamente, su expresión pasó de la cómoda familiaridad a
la especulación cautelosa.
«Qué mala suerte, recuerda que la tiré del caballo. Podría haberla matado».
—Nos encontramos de nuevo —dijo ella con bastante educación.
—Espero que me haya perdonado.
—Nunca —respondió ella con una sonrisa.
¡Y menuda sonrisa!
—Cariño, éste es Richard Wolf —dijo Jordan.
La mujer le tendió la mano. Richard la tomó y se sorprendió al ver la firmeza
con que estrechó la suya. Al mirarla a los ojos, sintió como si la conociera. «Claro.
Debería haberme dado cuenta la primera vez que nos vimos. Ese pelo negro, esos
ojos verdes. Tiene que ser la hija de Madeline».
—Permite que te presente a Beryl Tavistock —dijo Jordan—, mi hermana.
—Y dime, ¿de qué conoces al tío Hugh? —preguntó Beryl, paseando con
Richard por el jardín. Había anochecido ya, con la tibieza de colores propia del
verano, y las flores no eran sino sombras. Su fragancia flotaba en el aire, el aroma de
la salvia y las rosas, la lavanda y el tomillo. «Se mueve como un gato en la oscuridad,
—pensó Beryl—. Silencioso e insondable».
—Nos conocimos en París hace años. Perdimos el contacto durante mucho
tiempo. Pero hace unos años, cuando monté mi empresa de seguridad, tu tío tuvo la
amabilidad de darme algunos consejos.
—Jordan me ha dicho que tu empresa es Sakaroff & Wolf.
—Sí. Somos asesores en temas de seguridad.
—¿Y ése es tu trabajo realmente?
—¿A qué te refieres?
—Que si tienes algún otro trabajo no oficial.
Richard echó la cabeza hacia atrás y se rió.
—A tu hermano y a ti os gusta ir directos al grano.
—Hemos aprendido a ser directos. Así pasamos de la cháchara sin importancia.
—Esa cháchara es el lubricante de la sociedad.
—No, la cháchara es la manera que tiene la sociedad de evitar decir la verdad.
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—¿Y tú quieres oír la verdad?
—¿No lo queremos todos? —Beryl levantó la vista y trató de verle los ojos en la
oscuridad, pero apenas eran dos sombras en su rostro.
—La verdad es que soy un asesor en temas de seguridad. Dirijo mi propia
empresa con mi socio, Niki Sakaroff.
—¿Niki? ¿No será Nikolai Sakaroff?
—¿Has oído hablar de él? —preguntó Richard con un tono de absoluta
inocencia.
—¿El ex agente de la KGB?
Pausa.
—Sí, durante un tiempo —dijo Richard con voz clara—. Puede que Niki haya
estado relacionado.
—¿Relacionado? Si mal no recuerdo, Nikolai Sakaroff era coronel. ¿Y ahora es
tu socio? —se rió—. El capitalismo ciertamente hace extraños compañeros de cama.
Caminaron en silencio un rato. Luego ella volvió a preguntar.
—¿Sigues teniendo tratos con la CIA?
—¿He dicho yo eso?
—No es difícil llegar a tal conclusión. Soy muy discreta, por cierto. La verdad
está a salvo conmigo.
—No obstante, me niego a ser interrogado.
Beryl lo miró con una sonrisa.
—Ni siquiera bajo tortura, supongo.
En la oscuridad, Beryl pudo ver el resplandor de los dientes blancos de Richard
al sonreír.
—Eso depende del tipo de tortura. Si una mujer hermosa me mordisqueara la
oreja, podría admitir cualquier cosa.
El sendero de baldosas de terrazo terminaba en el laberinto. Durante un
momento, se quedaron allí de pie, contemplando los muros de hojas.
—Vamos, entremos —dijo ella.
—¿Sabes cómo salir?
—Ya veremos.
Beryl lo condujo hacia la entrada e inmediatamente fueron engullidos por las
paredes del seto. Ella conocía cada recodo, cada camino sin salida, y se movía por el
laberinto segura de sí.
—Podría hacerlo con los ojos cerrados.
—¿Te criaste en Chetwynd?
—Entre un internado y otro. Vine a vivir con el tío Hugh a los ocho años.
Cuando papá y mamá murieron.
Avanzaron por el laberinto hasta llegar al centro. En un pequeño claro había un
banco de piedra y la luz de la luna bastaba para que pudieran verse el rostro.
—Ellos también estaban en el mundillo —dijo ella, dando vueltas lentamente
por el claro—. ¿O ya lo sabías?
—Sí, he... oído hablar de tus padres.
Beryl captó el tono cauteloso de su voz y se preguntó por qué se había puesto
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evasivo. Vio que estaba de pie junto al banco de piedra, con las manos en los
bolsillos.
«Todos estos secretos de familia... Estoy harta. ¿Por qué nadie puede contar la
verdad en su propia casa?».
—¿Qué has oído?
—Sé que murieron en París.
—Estando de servicio. El tío Hugh dice que era una misión secreta y no quiere
hablar de ello, por eso nunca lo hacemos —Beryl se detuvo al llegar hasta él y lo
miró—. Pero yo no dejo de pensar en ellos últimamente.
—¿Por qué?
—Porque murieron el quince de julio. Mañana hará veinte años.
Él se acercó a ella, el rostro aún oculto en las sombras.
—¿Quién te educó entonces? ¿Tu tío?
—Lo de «educar» sería una exageración. El tío Hugh nos dio un hogar, y nos
dejó crecer a nuestro aire. Jordan no lo ha hecho mal, creo. Incluso fue a la
universidad. Claro que Jordie es el listo de la familia.
Richard se acercó más, tanto que Beryl creyó ver el brillo de sus ojos en la
oscuridad.
—¿Y quién eres tú?
—Supongo... supongo que yo soy la salvaje.
—La salvaje —murmuró él—. Sí, creo que yo diría...
Le tocó la cara. Fue un contacto breve, pero suficiente para sensibilizarle la piel.
Beryl se dio cuenta entonces del fuerte latido de su corazón y de su respiración
agitada. «¿Por qué estoy dejando que esto ocurra?, —se preguntó—. Creía que había
jurado no volver a acercarme a un hombre. Y ahora éste al que apenas conozco me
está haciendo volver al juego, un juego en el que he fracasado de forma aplastante. Es
ridículo, impulsivo. Una locura. Y sin embargo quiero más...».
Notó entonces el roce de los labios de Richard en los suyos. Fue el más liviano
de los besos, pero embriagador por el regusto a champán. Enseguida deseó otro beso,
uno más largo. Por un momento, se quedaron mirándose, ambos al borde de la
tentación.
Fue Beryl la que cedió primero. Se arqueó contra él y Richard la estrechó entre
sus brazos. En un feroz impulso, ella aceptó sus labios con avidez.
—La salvaje —susurró él—. Sí, desde luego, lo eres.
—Exigente, también...
—No lo dudo.
—Y muy, muy difícil.
—No me había dado cuenta...
Se besaron nuevamente y, a juzgar por su respiración entrecortada, Beryl supo
que Richard también estaba siendo víctima impotente del deseo. De pronto, un
diabólico impulso se apoderó de ella.
—¿Vas a decírmelo ahora? —preguntó con timidez, apartándose ligeramente.
—¿Decirte qué? —preguntó él, francamente confundido.
—Para quién trabajas.
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Pausa.
—Sakaroff & Wolf, Inc., Asesores de seguridad.
—Respuesta equivocada —dijo ella.
Y con una risa traviesa, se dio la vuelta y echó a correr hacia la salida.
París.
A las nueve menos cuarto, tal como era su habitual, Marie St. Pierre se aplicó su
crema facial de polen de abejas, se cepilló el grueso cabello gris y se metió en la cama.
Encendió la televisión con el mando y esperó a que empezara su serie favorita de la
semana: Dinastía. Aunque las voces estaban dobladas y los escenarios eran
obviamente americanos, las historias le parecían cercanas. Amor y poder. Dolor y
justo castigo. Sí, Marie sabía bien lo que era el amor y el dolor. Era el justo castigo lo
que no dominaba bien. Cada vez que la ira prendía en su corazón y las viejas
fantasías de venganza tomaban forma en su imaginación, sólo tenía que considerar
las consecuencias de tal acción y toda ansia de venganza desaparecía. No, ella había
amado mucho a Philippe. ¡Y habían hecho tantas cosas juntos! De ministro de
Economía a Primer Ministro sólo sería un pequeño paso más...
Se concentró en la televisión, que estaba dando un avance de noticias, la cumbre
económica de Londres. Se preguntó si aparecería Philippe. Pero fue sólo una
panorámica de la mesa, una vista de cinco segundos de doce hombres vestidos de
traje y corbata. Ni rastro de Philippe. Se reclinó decepcionada mientras se preguntaba
por enésima vez si no debería haber acompañado a su marido a Londres. Odiaba
volar y Philippe le había advertido que sería un viaje pesado. Le había aconsejado
que se quedara en casa porque aquello no le iba a gustar.
Aun así, no dejaba de pensar que habría estado bien salir unos días. Solos en un
hotel. Un cambio de escenario, una cama nueva. Podría haber sido la chispa que
tanta falta le hacía a su matrimonio.
Un repentino pensamiento cruzó por su mente. Algo tan doloroso que se le
encogía el corazón con sólo pensarlo.
«Yo estoy aquí. Y Philippe, solo en Londres...».
¿Estaría solo?
Se incorporó, temblorosa, considerando las posibilidades. Las imágenes. Hasta
que no pudo soportarlo más. Tomó el teléfono y marcó el número de Nina
Sutherland, el de su casa de París.
El teléfono sonó y sonó. Colgó y marcó de nuevo. No contestó nadie. Se quedó
mirando el auricular, pensando que Nina debía haber ido a Londres también. Y
estarían juntos en un hotel. «Mientras yo espero en casa, en París».
Se levantó de la cama. Dinastía estaba empezando, pero no prestó atención sino
que se vistió.
«Tal vez esté sacando conclusiones apresuradas. Tal vez Nina esté en casa y no
quiera contestar al teléfono».
Decidió que pasaría por el apartamento de Nina, en Neuilly. Comprobaría si
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había luz en las ventanas.
«¿Y si no?».
No, no tenía que pensar en ello. Aún.
Completamente vestida, corrió escaleras abajo, tomó el bolso y las llaves del
salón a oscuras y abrió la puerta principal. El aire de la noche en el rostro y el ruido
ensordecedor fue todo uno.
La explosión la levantó del suelo, lanzándola contra los escalones de la entrada.
Los brazos evitaron que se golpeara la cabeza contra el hormigón. Era sólo
vagamente consciente de la lluvia de cristales que caía sobre ella y del crepitar del
fuego. Lentamente, giró sobre sí misma hasta quedar de espaldas. Y allí se quedó,
mirando las lenguas de fuego que ascendían hasta la ventana de su dormitorio.
Estaba destinada a ella, pensó. La bomba estaba destinada a ella.
Conforme las sirenas de los bomberos se acercaban, tumbada sobre los cristales,
sólo podía pensar: «¿A esto hemos llegado, amor mío?», mientras observaba su
habitación, ardiendo en el piso de arriba.
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Dos
Buckinghamshire, Inglaterra.
La torre Eiffel se estaba derritiendo. Jordan se hallaba de pie junto a la mesa del
bufé observando cómo el agua de la escultura de hielo goteaba sobre la bandeja de
plata de las ostras, que estaba debajo. Así terminaba el día de la Bastilla, pensó con