cansancio. Otra noche, otra fiesta. Y así parecía que iba a continuar.
—Ya has comido suficientes ostras por esta noche, Reggie —dijo Helena con
tono malhumorado—. ¿O te has olvidado del ácido úrico?
—No he tenido un ataque desde hace meses.
—Porque yo he estado vigilando tu dieta.
—Entonces ¿te importaría mirar para otro lado por esta noche? —dijo Reggie,
tomando otra ostra. El summum del placer apareció escrito en su rostro cuando el
cuerpo resbaladizo se deslizó por su garganta.
Helena sintió un escalofrío.
—Es asqueroso, comerse así a un animal vivo —miró a Jordan y advirtió la
mirada perpleja de éste—. ¿No crees?
Jordan se encogió de hombros con diplomacia.
—Supongo que es una cuestión de educación. En algunas culturas comen
termitas. O pescado que aún colea. He oído que también monos, tras afeitarles la
cabeza, inmovilizados.
—Ay, por favor —gimió Helena asqueada.
Jordan escapó de allí antes de que la riña marital se agravara. No era un lugar
muy agradable para estar. Sospechaba que lady Helena era la que llevaba la voz
cantante; era lo que solía ocurrir con el dinero.
Se acercó hasta el ministro de Economía, Philippe St. Pierre, y se vio atrapado
en una conferencia sobre economía mundial. Philippe afirmaba que la cumbre había
sido un fracaso. Estados Unidos quería concesiones comerciales, pero se negaban a
asumir responsabilidades fiscales. Y etcétera, etcétera. Fue un alivio que llegara la
flamante Nina Sutherland, siguiendo la huella del pavo real de su hijo, Anthony.
—Me parece que no sólo los estadounidenses tienen que empezar a
comportarse mejor —resopló Nina—. Ninguno de nosotros lo está haciendo muy
bien últimamente, ni siquiera los franceses. ¿O acaso no estás de acuerdo, Philippe?
Philippe se sonrojó bajo la mirada directa de ella.
—Todos estamos experimentando dificultades, Nina.
—Algunos más que otros.
—Estamos ante una recesión mundial. Hay que tener paciencia.
—¿Y qué pasa si una no puede permitirse esperar? —Nina apuró el contenido
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AL BORDE DEL DESEO
de su copa y la dejó con brusquedad en una mesa—. ¿Qué ocurrirá entonces,
Philippe, cariño?
La conversación cesó de pronto. Jordan se dio cuenta de que Helena los
observaba divertida y de que Philippe tenía los nudillos blancos de tanto apretar la
copa.
Se preguntó qué demonios estaba pasando, si se trataría de alguna pelea
privada. Estaba siendo una noche de extrañas tensiones. Tal vez tuviera que ver con
el libre fluir del champán. Desde luego, Reggie había bebido lo suyo. Su corpulento
invitado no había cesado de alternar entre la bandeja de las ostras y la mesa del
champán. Con mano inestable, tomó una nueva copa de champán y se la llevó a los
labios. Nadie parecía estar actuando como de costumbre esa noche. Ni siquiera Beryl.
Beryl menos que nadie.
Observó a su hermana cuando entró en el salón. Tenía las mejillas sonrojadas,
en sus ojos brillaba un fuego desacostumbrado. Pisándole los talones entró el
americano con el mismo aspecto acalorado y bastante molesto por algo. «Así que
encuentros subrepticios en el jardín», pensó Jordan.
Se alegró por su hermana. A la pobre Beryl le vendría bien un romance, algo
que le hiciera olvidar a aquel cirujano, un infiel patológico.
Beryl tomó al vuelo una copa de champán de uno de los camareros que
recorrían el salón con sus bandejas y se dirigió hacia su hermano.
—¿Lo estás pasando bien? — preguntó.
—No tanto como tú, sospecho —dijo él echando un vistazo a Richard Wolf, que
acababa de ser interceptado por un empresario estadounidense—. ¿Has logrado
arrancarle una confesión?
—Ni una palabra —Beryl sonrió por encima del borde de la copa—. Tiene los
labios sellados.
—No me digas.
—Pero volveré a intentarlo después. Dejaré que se tranquilice un poco.
Jordan pensó en lo bella que podía ser su hermana cuando era feliz, algo que no
parecía pasarle últimamente. Demasiada pasión en su corazón la convertía en un ser
mucho más vulnerable de lo que quería admitir. Llevaba un año apartada de todo,
sin querer oír hablar de los hombres. Incluso había abandonado su trabajo en una
organización benéfica, St. Luke, un trabajo que adoraba. Le resultaba demasiado
doloroso cruzarse con su ex amante en los pasillos del hospital.
Pero parecía que esa noche había regresado la chispa del interés a sus ojos y él
se alegraba de que así fuera. No le pasó inadvertido que la chispa aún brillaba más
cuando Richard Wolf la buscó con la mirada. ¡No dejaban de coquetear con los ojos!
Jordan casi podía sentir el chisporroteo de la electricidad entre los dos.
—... un honor bien merecido, por supuesto, pero un poco tarde, ¿no te parece,
Jordan?
Jordan miró perplejo el rostro enrojecido de Reggie Vane. El hombre se había
pasado con la bebida.
—Disculpa, me temo que no te estaba prestando atención.
—La medalla de la reina para Leo Sinclair. Recuerdas a Leo, ¿verdad? Un tipo
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estupendo. Lo mataron hace un año y medio. ¿O fue hace dos? —movió la cabeza
ligeramente como si tratara de aclararse las ideas—. El caso es que tratan de evitar
tener que dársela a su viuda, lo cual me parece inexcusable.
—No todos los que murieron en el Golfo han conseguido una medalla —
intervino Nina Sutherland.
—Pero Leo pertenecía a los servicios secretos. Merecía cierto honor, teniendo en
cuenta cómo... murió.
—Tal vez no fue más que un descuido —dijo Jordan—. Documentos que se
traspapelan, ese tipo de cosas. El MI6 trata de honrar a sus muertos y es como si Leo
se les hubiera escapado por una rendija.
—Igual que ocurrió con papá y mamá —dijo Beryl—. Ellos murieron en el
ejercicio del deber y no se les concedió ninguna medalla.
—¿En el ejercicio del deber? —dijo Reggie—. No exactamente —se llevó con
mano inestable la copa a los labios. De pronto, se detuvo consciente de que todos los
miraban. El silencio se hizo sobre ellos, roto sólo por el repiqueteo de la concha de
una ostra contra el plato de alguien.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Beryl.
Reggie se aclaró la garganta.
—Supongo que... Hugh os habrá contado... —miró a su alrededor mientras su
rostro se tornaba blanco—. Ay, no. Esta vez he metido la pata hasta el fondo —
murmuró.
—¿Decirnos qué, Reggie? —insistió Jordan.
—Pero era algo que todos sabían —dijo Reggie—. Salió en todos los
periódicos...
—Reggie —dijo Jordan lentamente, deliberadamente—. Creíamos que a nuestro
padre y a nuestra madre les dispararon en París. Eso es asesinato. ¿No es cierto?
—Bueno, sí que hubo un asesinato en...
—¿«Un» asesinato? —lo interrumpió Jordan—. ¿En singular?
Reggie miró a su alrededor, perplejo.
—No soy el único aquí presente que lo sabe. ¡Todos estabais en París cuando
sucedió!
Durante unos segundos, nadie dijo nada. Hasta que Helena añadió, con tono
calmado:
—Fue hace mucho tiempo, Jordan. Veinte años. Ya no tiene importancia.
—Para nosotros la tiene —insistió Jordan—. ¿Qué ocurrió en París?
—Le dije a Hugh que debería haber sido sincero con vosotros, en vez de tratar
de ocultarlo —dijo Helena, suspirando.
—¿Ocultar qué? —preguntó Beryl.
Helena apretó los labios. Fue Nina la que por fin dijo la verdad. La osada Nina a
quien nunca le habían importado las sutilezas.
—La policía dijo que había tenido lugar un asesinato. Seguido de un suicidio.
Beryl miró a Nina. Ésta le sostuvo la mirada sin pestañear.
—No —susurró.
Helena le tocó el hombro con suavidad.
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—Sólo erais unos niños, Beryl. Y Hugh no creyó oportuno...
—No —repitió Beryl, apartándose bruscamente de la mano de Helena. Giró
sobre sus talones y salió del salón envuelta en una nube de seda de color azul.
—Gracias. A todos —dijo Jordan con frialdad—. Por vuestra estimulante
franqueza —y dicho aquello, también él giró sobre sus talones y salió del salón tras
su hermana.
La alcanzó al llegar a las escaleras.
—¡Beryl!
—No es cierto. ¡No puedo creerlo!
—Claro que no es cierto.
Beryl se detuvo en un escalón y lo miró.
—Entonces ¿por qué todos lo dicen?
—Rumores desagradables. ¿Qué otra cosa van a ser?
—¿Dónde está el tío Hugh?
—No estaba en el salón.
Beryl miró hacia el segundo piso.
—Vamos, Jordie —su voz estaba cargada de la más férrea determinación—. Le
diremos que nos lo confirme.
Subieron juntos las escaleras. El tío Hugh estaba en su estudio. A través de la
puerta cerrada, lo oyeron hablar con tono apremiante. Entraron sin llamar,
dispuestos a enfrentarse a él.
—¿Tío Hugh? —dijo Beryl.
Hugh le pidió que guardara silencio con un brusco gesto de la mano. Se dio
entonces la vuelta y dijo al auricular:
—¿Es definitivo, Claude? ¿No sería una fuga de gas o algo por el estilo?
—¡Tío Hugh!
Hugh se mantuvo de espaldas a ella.
—Sí, sí —seguía diciendo—, se lo diré a Philippe enseguida. Dios, qué horrible
momento, pero tienes razón, no queda más remedio. Tendrá que volver esta misma
noche —aturdido, Hugh colgó y se quedó mirando el auricular.
—¿Nos has dicho la verdad? —preguntó Beryl—. Sobre papá y mamá.
Hugh se dio la vuelta y frunció el ceño desconcertado.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
—Nos dijiste que fueron asesinados estando de servicio —dijo Beryl—. Nunca
mencionaste nada de suicidio.
—¿Quién os lo ha dicho? —espetó.
—Nina Sutherland. Pero Reggie y Helena también lo sabían. ¡De hecho, todos
parecen saberlo! Todos menos nosotros.
—¡Maldita Nina Sutherland! —rugió Hugh—. No tenían ningún derecho.
Beryl y Jordan lo miraron aturdidos. Hasta que Beryl recuperó la voz.
—Es mentira, ¿verdad?
Hugh se dirigió a la puerta con brusquedad.
—Hablaremos de eso después —dijo—. Tengo que ocuparme de un asunto.
—¡Tío Hugh! ¿Es mentira? —gritó Beryl.
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TESS GERRITSEN
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Hugh se detuvo. Lentamente, se dio la vuelta y miró a su sobrina.
—Yo nunca lo creí —dijo—. Ni por un segundo creí que Bernard le hiciera
daño...
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Jordan—. ¿Que fue papá quien la mató?
El silencio de su tío era la única respuesta que necesitaban. Hugh se demoró en
la puerta, reticente a irse.
—Por favor, Jordan. Hablaremos de esto más tarde, cuando todos se hayan ido.
Ahora tengo que ocuparme de algo relacionado con esa llamada de teléfono —se dio
la vuelta y salió.
Beryl y Jordan se miraron, y vieron en los ojos del otro idéntica confusión.
—Dios mío, Jordie. Debe ser cierto —dijo Beryl.
Desde el extremo opuesto del salón, Richard observó la salida apresurada de
Beryl seguida, segundos después, por su hermano con rostro sombrío. Se preguntó
qué demonios habría ocurrido. Se disponía a seguirlos cuando vio a Helena, que se
dirigía hacia él moviendo la cabeza.
—Un desastre —murmuró—. La culpa es del maldito champán.
—¿Qué ha ocurrido?
—Se acaban de enterar de la verdad. Sobre Bernard y Madeline.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Nina. Pero ha sido culpa de Reggie, en realidad. Está tan borracho que no
sabe lo que dice.
Richard miró hacia la puerta por la que Jordan acababa de salir.
—Debería hablar con ellos, contarles toda la historia.
—Creo que eso es responsabilidad de su tío, ¿no crees? Él es quien se lo ha
ocultado todo este tiempo. Deja que sea él quien se lo explique.
Tras una pausa, Richard asintió con la cabeza.
—Tienes razón. Por supuesto. Y mientras, yo puedo estrangular a Nina
Sutherland.
—Estrangula a mi marido ya que estás. Tienes mi permiso.
Richard se giró y vio a Hugh Tavistock, que entraba en el salón en ese
momento.
—Y ahora ¿qué? —murmuró conforme el hombre se acercaba a toda prisa a
ellos.
—¿Dónde está Philippe? —espetó Hugh.
—Creo que ha salido al jardín —dijo Helena—. ¿Ocurre algo?
—Esta velada está resultando un desastre —murmuró Hugh—. Me acaban de
llamar de París. Ha explotado una bomba en el piso de Philippe.
Richard y Helena lo miraron horrorizados.
—Dios mío —susurró Helena—. ¿Marie está...?
—Está bien. Heridas de baja consideración, nada grave. Está en el hospital.
—¿Intento de asesinato? —preguntó Richard.
—Eso parece.
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Pasaba bastante de la medianoche cuando Jordan y el tío Hugh encontraron por
fin a Beryl. Estaba en la que fuera la habitación de su madre, acurrucada junto al baúl
de Madeline. La tapa estaba abierta y las pertenencias de Madeline, desperdigadas
por la cama y el suelo: vaporosos vestidos de verano, sombreros, un bolso de noche
de cuentas de cristal... Pero también había bagatelas: un brazo de coral, un canto
rodado, una rana de porcelana, artículos cuyo significado sólo conocía Madeline.
Beryl había sacado todas aquellas cosas del baúl y se encontraba sentada en medio de
todas ellas, tratando de absorber, a través de aquellos objetos inanimados, el calor y
el espíritu de Madeline Tavistock.
El tío Hugh entró en la habitación y se sentó en una silla, a su lado.
—Beryl —dijo suavemente—, es hora... es hora de que os diga la verdad.
—La hora de la verdad llega años tarde —dijo ella, observando la rana de
porcelana que tenía en la mano.
—Pero erais muy pequeños. Tú sólo tenías ocho años y Jordan, diez. No lo
habríais entendido...
—¡Ya habríamos encontrado la manera! ¡Pero tú no lo ocultaste!
—Lo que ocurrió fue muy doloroso. La policía francesa llegó a la conclusión...
—Papá jamás le habría hecho daño —dijo Beryl. Levantó la vista y lo miró con
tal ferocidad que Hugh retrocedió, sorprendido—. ¿Es que no te acuerdas de cómo
eran cuando estaban juntos, tío Hugh? ¿De lo enamorados que estaban? ¡Yo si lo
recuerdo!
—Yo también —dijo Jordan.
El tío Hugh se quitó las gafas y se frotó los ojos con gesto agotado.
—La verdad es mucho peor que eso.
Beryl lo miró sin poder creerlo.
—¿Qué podría ser peor que asesinato y suicidio?
—Tal vez... tal vez deberías ver el informe —se levantó—. Está arriba, en mi
despacho.
Los dos siguieron a su tío al tercer piso, hacia una habitación que apenas
visitaban, una habitación que él mantenía siempre cerrada. Abrió un archivador y
sacó una carpeta de un cajón. Era un expediente secreto del MI6. La etiqueta rezaba
TAVISTOCK, Bernard y Madeline.