—Supongo que... Yo... esperaba poder evitar esto —dijo Hugh—. La verdad es
que yo mismo no lo creo. Bernard no tenía ni un ápice de traidor en su cuerpo, pero
las pruebas están ahí. Y no conozco ninguna otra forma de explicarlo —le entregó la
carpeta a Beryl.
Ésta la abrió en silencio. Jordan y ella fueron revisando el contenido. También
había una copia del informe de la policía de París, en el que se incluía la declaración
de un testigo y fotos del escenario del crimen. Beryl las pasó rápidamente hasta que
se encontró con otro informe, esa vez de la agencia de inteligencia francesa. Sin poder
dar crédito, lo leyó y lo releyó.
—Esto no es posible.
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
—Es lo que encontraron. Un maletín con documentos secretos de la OTAN.
Datos sobre armas de los aliados. Estaba en la buhardilla donde encontraron sus
cuerpos. Bernard tenía esos archivos con él cuando murió, unos documentos que
nunca deberían haber salido del edificio de la embajada.
—¿Cómo sabes que fue él quien se los llevó?
—Él tenía acceso, Beryl. Era nuestro contacto con la OTAN. Durante meses, esos
documentos estuvieron llegando a manos de los alemanes del Este, a través de
alguien a quien ellos conocían por el nombre clave de Delphi. Nosotros sabíamos que
teníamos un topo, pero nunca pudimos identificarlo hasta que aquellos papeles
aparecieron junto al cadáver de Bernard.
—Y tú crees que papá era Delphi —dijo Jordan.
—No, eso es lo que dijo la agencia de inteligencia francesa. Yo no podía creerlo,
pero tampoco podía negar las pruebas.
Por un momento, Beryl y Jordan permanecieron en silencio, consternados por el
peso de la evidencia.
—¿Tú no lo crees, tío Hugh? —preguntó Beryl, suavemente—. Que fuera papá.
—No podía rebatir las conclusiones en sí. Y desde luego explicaría sus muertes.
Tal vez se enteraran de que estaban a punto de ser descubiertos y Bernard tomó la
salida más caballerosa. Él lo habría hecho, la muerte antes que verse públicamente
deshonrado.
El tío Hugh se reclinó en su sillón y se pasó los dedos por el cabello gris con
gesto cansado.
—Traté de mantener el informe en una posición discreta todo lo posible. La
búsqueda de Delphi se detuvo. Para mí fue una situación difícil quedarme en el MI6,
hasta que decidieron que, a pesar de ser el hermano de un traidor, se podía confiar
en mí. Pero, finalmente, el asunto se olvidó. Y mi carrera siguió adelante. Creo... creo
que fue porque nadie en el MI6 creyó de verdad lo que decía el informe. Que Bernard
se había pasado al otro bando.
—Yo tampoco lo creo —dijo Beryl.
El tío Hugh la miró.
—Sin embargo...
—No lo creeré. Es mentira. Alguien en el MI6 encubrió la verdad...
—No seas ridícula, Beryl.
—¡Papá y mamá no pueden defenderse! ¿Quién hablará en su defensa?
—Tu lealtad es encomiable, cariño, pero...
—¿Y dónde está la tuya? —replicó ella—. ¡Era tu hermano!
—Yo no quise creerlo.
—¿Entonces confirmaste las pruebas? ¿Informaste de tus dudas a la agencia de
inteligencia francesa?
—Sí, y confié en el informe de Daumier. Es un hombre íntegro.
—¿Daumier? —preguntó Jordan—. ¿Claude Daumier? ¿No era él el jefe de
operaciones en París?
—En aquella época, él era su contacto con el MI6. Le pedí que revisara las
pruebas. Y llegó a la misma conclusión.
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TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
—Entonces ese Daumier es un idiota —dijo Beryl, girándose hacia la puerta—.
Y pienso decírselo yo misma.
—¿Adónde vas? —preguntó Jordan.
—A hacer la maleta. ¿Vienes, Jordan?
—¿A hacer la maleta? —preguntó Hugh—. ¿Adónde demonios vas?
—A París —respondió ella, mirando hacia atrás—. ¿Adónde si no?
Richard Wolf recibió la llamada a las seis de la mañana del día siguiente.
—Han reservado un vuelo a mediodía con destino París —dijo Claude
Daumier—. Me parece, amigo mío, que alguien ha abierto la terrible caja de los
truenos.
Aún adormilado, Richard se incorporó en la cama y movió la cabeza.
—¿De qué me hablas, Claude? ¿Quién se dirige a París?
—Beryl y Jordan Tavistock. Hugh acaba de llamarme. Creo que no es buena
idea.
Richard se dejó caer sobre la almohada de nuevo.
—Son adultos, Claude —dijo, bostezando—. Si quieren viajar a París...
—Vienen para averiguar qué ocurrió con Bernard y Madeline.
Richard cerró los ojos y gruñó.
—Fantástico. Justo lo que necesitamos.
—Eso es justo lo que yo digo.
—¿Y no puede convencerlos Hugh para que no lo hagan?
—Lo ha intentado, pero esa sobrina suya... —suspiró Daumier—. La has
conocido. Deberías comprenderlo.
Sí, Richard sabía exactamente lo testaruda que podía ser la señorita Beryl
Tavistock. De tal palo, tal astilla. Recordaba que Madeline era igual de decidida e
imparable.
E igual de encantadora.
Se quitó de la cabeza los inolvidable recuerdos de una mujer muerta hacía
tiempo.
—¿Hasta dónde saben?
—Han visto mi informe. Saben lo de Delphi.
—Así que empezarán a hurgar en...
—En sitios peligrosos —terminó Daumier.
Richard se sentó en el borde de la cama y se pasó los dedos por el pelo mientras
consideraba las posibilidades. Los riesgos.
—A Hugh le preocupa su seguridad. Y a mí también —dijo Daumier—. Si lo
que pensamos es cierto...
—Se estarán metiendo en arenas movedizas.
—Y París ya es bastante peligroso —añadió Daumier—, sin contar con la última
bomba.
—¿Cómo está Marie St. Pierre, por cierto?
—Unos cuantos arañazos, magulladuras. Mañana le darán el alta en el hospital.
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—¿Ordnance?
—Semtex. El apartamento de arriba quedó totalmente destrozado.
Afortunadamente Marie estaba abajo cuando estalló la bomba.
—¿Alguien ha reivindicado la autoría?
—Un hombre llamó poco después de la explosión. Dijo que pertenecía a un
grupo llamado Solidaridad Cósmica. Reivindican la autoría.
—¿Solidaridad Cósmica? No he oído hablar de ellos.
—Ni nosotros —dijo Daumier—. Pero ya sabes cómo van las cosas hoy día.
Sí, Richard lo sabía muy bien. Cualquier loco con contactos podía comprar unos
gramos de Semtex, fabricar una bomba y unirse a la revolución. A cualquier
revolución. No cabía duda de que para su negocio resultaba beneficioso. En este
nuevo mundo, el terrorismo era un hecho. Y por todas partes aparecían nuevos
clientes dispuestos a pagar lo que fuera por su seguridad.
—Ya ves, amigo mío —dijo Daumier—. No es el mejor momento para una visita
de los hijos de Bernard. Además, con todas las preguntas que tendrán
—¿No puedes tenerlos controlados?
—¿Por qué habrían de confiar en mí? El informe que han leído lo escribí yo. No,
necesitan un amigo, Richard. Alguien con perspicacia e instinto infalible.
—¿Has pensado en alguien?
—He oído que la señorita Tavistock y tú congeniasteis bastante... bien.
—Es demasiado rica para mi gusto. Y yo soy demasiado pobre para el suyo.
—No suelo pedir favores —dijo Daumier con serenidad—. Y Hugh tampoco.
«Y ahora me estás pidiendo uno», pensó Richard. Suspiró.
—¿Cómo negarme?
Tras colgar, se quedó sentado un momento considerando la tarea que se le
presentaba. En realidad se trataba de un trabajo de guardaespaldas, el tipo de misión
que aborrecía. Pero la idea de volver a ver a Beryl Tavistock, unida al recuerdo de su
beso en el jardín, bastaron para hacerlo sonreír de expectación. «Demasiado rica para
mi gusto, —pensó—. Pero un hombre tiene derecho a soñar, ¿o no? Y se lo debo a
Bernard y Madeline».
Incluso después de todos esos años, el recuerdo de sus muertes no lo dejaba en
paz. Tal vez hubiera llegado ya la hora de cerrar el misterio, de responder a todas las
preguntas que Daumier y él se hicieran veinte años atrás. Las mismas preguntas que
el MI6 y la central de inteligencia habían decidido ignorar.
Y ahora Beryl Tavistock estaba metiendo su aristocrática nariz en el asunto. Una
nariz muy atractiva, por cierto. Sólo esperaba que no le ocurriera nada.
Se levantó entonces de la cama y fue a la ducha. Había que hacer muchas cosas
antes de dirigirse al aeropuerto.
Guardaespaldas. ¡Cómo lo odiaba! Pero al menos, esa vez sería en París.
Anthony Sutherland miraba por la ventanilla del avión deseando
fervientemente que el vuelo terminara. ¡Había que tener mala suerte para que, de
todos los vuelos a París, hubieran tenido que coincidir con los Vane! Y lo que era aún
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AL BORDE DEL DESEO
peor, estar sentados justo enfrente. Eso era, sencillamente, intolerable. Consideraba a
Reggie Vane un soberano tostón, especialmente borracho, como estaba a punto de
estarlo. Dos whiskys con limón y el hombre estaba empezando a balbucear lo mucho
que echaba de menos la alegre Inglaterra, donde la comida se guisaba como era
debido, en vez de saltearse con esa espantosa mantequilla; donde la gente formaba
cola debidamente, y no iba por ahí apestando a ajo y cebolla. Llevaba demasiados
años viviendo en París y se preguntaba si no sería ya hora de jubilarse y volver a
casa. Había dedicado demasiados años a la oficina que el Banco de Londres tenía en
París.
Lady Helena, que parecía tan harta de su marido como Anthony, se limitó a
decir:
—Cállate, Reggie —y le pidió una tercera copa.
Anthony tampoco hacía mucho caso a Helena. Le recordaba a un asqueroso
roedor. Un profundo contraste con su madre. Las dos mujeres estaba sentadas una
frente a la otra, Helena con su correcto y aburrido traje de chaqueta de pata de gallo,
mientras que Nina estaba espectacular con un traje pantalón blanco de seda. Sólo una
mujer muy segura de sí misma podría vestirse con seda de color blanco, y su madre
podía. A los cincuenta y tres años, Nina estaba estupenda, con aquella mata de pelo
que apenas mostraba unas pocas canas, y una figura que era la envidia de más de
una veinteañera. «Claro que es mi madre», pensó Anthony.
—Si Reggie y tú odiáis tanto París —decía su madre con desdén—, ¿por qué
seguís viviendo allí? En mi opinión, la gente que no ama esa ciudad, no merece vivir
en ella.
—Está claro que tú sí adoras París —dijo Helena.
—Es cuestión de actitud. Si tuvieras una mentalidad abierta...
—Ahora resulta que somos demasiado estirados —murmuró Helena.
—No he dicho eso. Pero mostráis una actitud claramente británica, como si Dios
fuera británico.
—¿Quieres decir que no lo era? —intervino Reggie jocosamente.
Helena no se rió.
—Sólo creo que es necesario un poco de orden y disciplina para que el mundo
funcione como es debido —dijo Helena.
Nina miró a Reggie, que sorbía ruidosamente su whisky.
—Sí, ya veo que los dos creéis en eso de la disciplina. Sin duda la velada de ayer
fue un desastre.
—No fuimos nosotros quienes dijimos la verdad —espetó Helena.
—¡Al menos yo estaba lo suficientemente sobria para saber lo que decía! —
declaró Nina—. Habrían terminado averiguándolo en cualquier otra fiesta. Una vez
que Reggie soltó al gato, decidí que era hora de ser francos con ellos respecto a sus
padres.
—Y mira el resultado —gimió Helena—. Hugh dice que Beryl y Jordan van
también a París esta tarde. Una pérdida de tiempo.
—Ocurrió hace mucho —dijo Nina, encogiéndose de hombros.
—No sé cómo puedes mostrarte tan indiferente. Si hay alguien que podría salir
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herida, eres tú —murmuró Helena.
Nina frunció el ceño ante sus palabras.
—¿Y qué quieres decir con eso?
—Nada, nada.
—¡No, en serio! ¿Qué quieres decir?
—Nada —espetó Helena.
Su conversación se detuvo bruscamente, pero Anthony sabía que su madre
estaba iracunda. Tenía los puños apretados en el regazo. Incluso pidió un segundo
martini. Cuando se levantó para estirar un poco las piernas, la siguió. La alcanzó en
la cola del avión.
—¿Estás bien, madre?
Nina miró hacia primera clase en estado de total agitación.
—Todo es culpa de Reggie. Y Helena tiene razón, ¿sabes? Soy yo la que podría
salir herida.
—¿Después de tantos años?
—Comenzarán a hacer preguntas. A desenterrar los hechos. Dios, ¿y si los
chavales de los Tavistock averiguan algo?
—No lo harán —dijo Anthony con serenidad.
Nina lo miró. Se sostuvieron la mirada y vieron a través de los ojos del otro, el
vínculo de veinte años.
«Tú y yo contra el mundo», solía cantarle ella. Y así era como se sentía en ese
momento. Los dos solos en su piso de París. Había habido amantes, por supuesto,
hombres insignificantes. Pero madre e hijo, ¿podía existir un amor más grande?
—No tienes de qué preocuparte, de verdad —dijo Anthony.
—Pero los Tavistock...
—Son inofensivos —le apretó la mano en señal de ánimo—. Te lo garantizo.
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Tres
Beryl miraba por la ventana de su suite en el Ritz parisino la opulencia de la
plaza Vendôme, con aquellas columnas corintias y sus arcos de piedra, y veía el
desfile de los turistas ricos al anochecer. Hacía ocho años de su última visita a París y
por entonces, no había sido más que un viaje a la aventura con unas amigas del
colegio, durante el cual habían preferido pulular por los bares de la orilla izquierda
del río y conocer la vida nocturna de Montparnasse, en vez de disfrutar de la vista
del lujo impertérrito. En aquel primer viaje lo pasaron muy bien, bebiendo vino y
ligando con todos los franceses que las miraban, y habían sido muchos.
Pero le parecía que habían pasado siglos desde entonces. Otra vida, otra edad.
En ese momento, de pie frente a la ventana del hotel, echaba de menos aquellos
días despreocupados, consciente de que nunca volverían. «He cambiado demasiado,
—pensó—. No sólo por las revelaciones sobre papá y mamá. Yo he cambiado. Estoy
inquieta. A la espera de algo... y no sé qué. Un propósito en esta vida, tal vez. Llevo
tanto tiempo caminando por ella sin un propósito claro...».
Oyó que se abría la puerta y Jordan entró por la puerta que conectaba ambas
suites.
—Claude Daumier me ha devuelto la llamada, por fin —dijo—. Está ocupado
con la investigación de la bomba, pero ha accedido a que cenemos juntos temprano.
—¿Cuándo?
—Dentro de media hora.
Beryl se giró y miró a su hermano. Apenas habían dormido la noche anterior y
a Jordan se le notaba en la cara. Aunque se acababa de afeitar e iba impecablemente
vestido, tenía ese aire de fatiga, la mirada hambrienta de un hombre que funciona