sólo con las reservas de su organismo. «Como yo».
—Estoy preparada para salir —dijo ella.
—¿Es de... mamá? —Jordan frunció el ceño al ver el vestido de su hermana.
—Sí. Metí unas cuantas cosas suyas en la maleta. No sé por qué, en realidad —
se miró la falda de un tejido sedoso que hacía aguas—. Asusta un poco, ¿verdad?, lo
bien que me sienta. Como si me la hubieran hecho a medida.
—Beryl, ¿estás segura de que estás preparada para esto?
—¿Por qué lo preguntas?
—Es que... no sé, no pareces tú —dijo su hermano, moviendo la cabeza.
—Ninguno de los dos lo es ahora mismo, Jordie. ¿Cómo podríamos serlo? —
miró de nuevo por la ventana hacia las sombras cada vez más alargadas de la plaza
Vendôme. La misma vista que su madre debía tener en sus visitas a París. El mismo
hotel, tal vez hasta la misma suite. «Incluso llevo puesto su vestido».
—Es como si... como si ya no supiéramos quiénes somos. De dónde venimos.
- 30 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
—Quiénes somos tú y yo nunca ha estado en duda, Beryl. Sea lo que sea lo que
averigüemos, eso no nos cambia.
—Entonces crees que puede ser cierto —Beryl lo miró.
—No lo sé —dijo él, tras lo cual hizo una pausa—. Pero estoy preparado para lo
peor. Y tú también deberías estarlo —se dirigió al armario y sacó el chal de su
hermana—. Vamos, es hora de afrontar la realidad, hermanita. Sea lo que sea.
A las siete llegaban a Le Petit Zinc, el café en el que Daumier los había citado. Se
sentaron en un banco al fondo y pidieron vino y pan con una remoulade de ajo y
mostaza para matar el hambre.
Por fin, a las siete y veinte, la puerta del café se abrió y un típico francés vestido
de traje y corbata entró en el café. Con aquellas sienes plateadas y aquel maletín que
llevaba en una mano, podría haber pasado por director de sucursal bancaria o
abogado. Pero, en cuanto su mirada se fijó en Beryl, ésta supo, por el gesto de
asentimiento del hombre, que debía ser Claude Daumier.
Sin embargo, no iba solo. Vio que miraba hacia atrás en el momento que la
puerta se abría nuevamente y un segundo hombre entraba en el restaurante. Los dos
se acercaron al banco en el que estaban sentados Beryl y Jordan. Ella se puso rígida al
darse cuenta de que no estaba mirando a Daumier, sino a su acompañante.
—Hola, Richard. No sabía que venías a París —dijo Beryl con calma.
—Yo tampoco. Hasta esta mañana —repuso él.
Se hicieron las presentaciones y ambos hombres se sentaron. Beryl quedó frente
a Richard en la mesa. Cuando sus miradas se encontraron, Beryl sintió de nuevo esas
chispas entre ellos, mientras el recuerdo del beso volvía a su memoria con toda
viveza. «Beryl, idiota, —pensó irritada—, estás dejando que te distraiga, que te
confunda. Ningún hombre tiene derecho a alterarte de esta forma y menos uno al
que sólo has besado una vez en tu vida, un hombre al que conoces hace sólo
veinticuatro horas».
Aun así, no parecía capaz de apartar de la mente el recuerdo de la noche pasada
en el jardín de Chetwynd. Como tampoco podía olvidar el sabor de sus labios. Lo
observó mientras se servía una copa de vino, vio cómo se la llevaba a los labios. De
nuevo, sus ojos se encontraron, esa vez por encima del líquido de color rubí. Beryl se
pasó la lengua por sus propios labios y saboreó el regusto del borgoña.
—¿Y qué te trae por París? —preguntó al fin, levantando su copa.
—En realidad, ha sido Claude —dijo él, ladeando la cabeza hacia Daumier.
Ante la mirada inquisitiva de Beryl, Daumier se explicó.
—Cuando me enteré de que mi viejo amigo Richard estaba en Londres, pensé
que podría ser una buena oportunidad para hacerle una consulta. Ya que es una
autoridad en la materia.
—La explosión en la casa de los St. Pierre —explicó Richard—. Un grupo del
que nadie ha oído hablar reivindica la autoría. Claude pensó que yo podría arrojar
algo de luz sobre su identidad. Desde hace años, sigo los movimientos de todas las
organizaciones terroristas.
—¿Y has arrojado algo de luz? —preguntó Jordan.
—Me temo que no —admitió—. Esa Solidaridad Cósmica no aparece en mi
- 31 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
ordenador —dio un sorbo de vino y centró su mirada en Beryl—. Pero mi viaje no ha
sido en balde por completo al llegar y enterarme de que estabais aquí.
—Un viaje puramente de negocios —dijo Beryl—. Sin tiempo para el placer.
—¿Ni un poco?
—Ni un poco —afirmó ella con rotundidad. A continuación, miró a Daumier—.
Mi tío le llamó, ¿verdad? Para decirle por qué estamos aquí.
El hombre asintió.
—Supongo que los dos habéis leído el informe.
—De principio a fin —dijo Jordan.
—Entonces conocéis las pruebas. Yo mismo confirmé las declaraciones de los
testigos, los hallazgos del forense...
—Puede que el forense interpretara mal los hechos —afirmó Jordan.
—Yo mismo vi sus cuerpos en aquella buhardilla. No es algo que pueda olvidar
—Daumier hizo una pausa conmovido por los recuerdos—. Vuestra madre murió de
tres balazos en el pecho. A su lado yacía Bernard, con un único balazo en la cabeza.
La pistola tenía sus huellas. No había testigos, ni sospechosos —Daumier negó con la
cabeza—. Las pruebas hablan por sí mismas.
—Pero ¿cuál fue el móvil? —preguntó Beryl—. ¿Por qué habría de matar a
alguien a quien amaba?
—Tal vez fuera ése el móvil —dijo Daumier—. Amor. O la pérdida de él. Puede
que ella hubiera encontrado a otro...
—Eso es imposible —objetó Beryl con vehemencia—. Ella lo amaba.
Daumier clavó la vista en su copa.
—¿Aún no habéis leído la entrevista de la policía al casero, el señor Rideau?
Beryl y Jordan lo miraron perplejos.
—¿Rideau? No recuerdo haber visto esa entrevista en la carpeta —dijo Jordan.
—Porque yo la saqué cuando le envié la carpeta a Hugh. Lo hice por una
cuestión de... discreción.
Eso significaba que lo había hecho para ocultar algún detalle embarazoso.
—El ático en el que se encontraron sus cuerpos le había sido alquilado a una tal
señorita Scarlatti. Según el casero, Rideau, esa mujer usaba el ático una o dos veces
por semana, con él único propósito de... —se detuvo delicadamente.
—¿Reunirse con un amante? —dijo Jordan abiertamente, ante lo cual Daumier
asintió.
—Tras los disparos, se pidió al casero que identificara los cuerpos. Rideau dijo a
la policía que estaba seguro de que la mujer muerta era a quien él conocía como
señorita Scarlatti. Vuestra madre.
Beryl lo miraba sin dar crédito.
—¿Me está diciendo que mi madre se encontraba allí con su amante?
—Eso fue lo que dijo el casero.
—Entonces tendremos que hablar cara a cara con ese casero.
—No será posible —dijo Daumier—. El edificio ha sido vendido varias veces. El
señor Rideau se marchó al extranjero. No sé dónde está.
Beryl y Jordan permanecieron en estupefacto silencio. Beryl pensaba que ésa era
- 32 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
la teoría de Daumier. Que su madre tenía un amante. Una o dos veces por semana se
encontraba con él en un ático de la calle Myrha. Y su padre lo averiguó un día. Por
eso la mató. Y después se suicidó.
Levantó la vista hacia Richard y percibió un brillo de compasión. Él también lo
creía. De pronto, se sintió ofendida por su mera presencia, por el hecho de que
estuviera allí escuchando los secretos más vergonzosos de su familia.
Oyeron un leve pitido. Daumier sacó el busca del bolsillo de su chaqueta y
frunció el ceño.
—Me temo que tengo que irme.
—¿Y qué hay de esos documentos secretos? —preguntó Jordan—. No nos ha
dicho nada de Delphi.
—Hablaremos de ello más tarde. Esto de la bomba, es una situación de crisis.
Seguro que lo comprendéis —Daumier se levantó del banco y tomó el maletín—. Tal
vez mañana. Mientras, tratad de disfrutar de vuestra estancia en París, todos. Ah, y si
cenáis aquí, os recomiendo el pato. Es excelente —y con un gesto de la cabeza en
señal de despedida, se giró y salió apresuradamente del restaurante.
—Nos ha dado largas de manera educada —murmuró Jordan, frustrado—. Nos
lanza la bomba y corre a cubierto, sin responder a nuestras preguntas.
—Creo que ése era su plan desde el principio —dijo Beryl—. Decirnos algo
horrible con la esperanza de que nos retiremos del asunto. Que dejemos de hacer
preguntas —miró a Richard—. ¿Tengo razón?
Él le sostuvo la mirada sin pestañear.
—¿Por qué me preguntas a mí?
—Porque es obvio que os conocéis muy bien. ¿Es la manera de operar de
Daumier?
—Claude no es los de que van revelando secretos, pero también cree que hay
que ayudar a los viejos amigos, y tu tío Hugh es un viejo amigo suyo. Estoy seguro
de que Claude está actuando con la mejor de las intenciones.
Viejos amigos. Daumier, el tío Hugh y Richard Wolf. A los tres los unía un
pasado sombrío, un pasado del que no querían hablar. Así había sido crecer en
Chetwynd. Hombres misteriosos iban de visita en sus limusinas. A veces, Beryl
captaba retazos de conversaciones, nombres sobre cuya identidad sólo podía hacer
elucubraciones. Yurchenko. Andropov. Bagdad. Berlín. Había aprendido hacía
tiempo a no hacer preguntas y a no esperar nunca respuestas. Su tío siempre le decía
lo mismo: «No es nada de lo que se deba preocupar esa preciosa cabecita».
Pero esta vez, nadie se lo impediría. Era hora de exigir respuestas.
El camarero llegó a la mesa con la carta. Beryl negó con la cabeza.
—No vamos a quedarnos.
—¿No te apetece cenar? —preguntó Richard—. Claude dice que es un
restaurante excelente.
—¿Te pidió Claude que vinieras? —preguntó—. ¿Te ha pedido que nos des de
cenar y nos distraigas para no molestarlo?
—Me encantará darte de cenar y, si así lo deseas, me ocuparé de distraerte —
dijo Richard, mirándola con un brillo travieso. Al mirarlo a los ojos, Beryl se sintió
- 33 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
tremendamente tentada. «Cena conmigo —parecía leerse en su sonrisa—. Y después,
¿quién sabe? Todo es posible».
Beryl se reclinó sobre el respaldo del banco lentamente.
—Cenaremos contigo con una condición.
—¿Qué condición?
—Que seas sincero con nosotros. Nada de trucos, ni juegos.
—Lo intentaré.
—¿Qué haces en París?
—Claude me llamó para hacerme una consulta, un favor personal. La cumbre
ha terminado y tengo la agenda abierta. Además, tenía curiosidad.
—¿Por la bomba?
Richard asintió.
—Solidaridad Cósmica es un grupo desconocido para mí. Trato de mantenerme
al día con los nombres de todas esas organizaciones terroristas. Es parte de mi trabajo
—le ofreció la carta y sonrió—. Y ésa, señorita Tavistock, es la pura verdad.
Ella le sostuvo la mirada, pero no vio intención de evasión alguna. Aun así, su
intuición le decía que había algo detrás de aquella sonrisa, algo que no les estaba
diciendo.
—No me crees.
—¿Cómo lo has adivinado?
—¿Significa eso que no cenarás conmigo?
Hasta el momento, Jordan se había limitado a observarlos en silencio, como si
jugara al ping-pong con la mirada. Pero ya no pudo esperar más.
—Desde luego que vamos a cenar. Me muero de hambre, Beryl, y no me iré de
aquí hasta que haya comido.
Con un suspiro de resignación, Beryl aceptó la carta.
—Supongo que ahí tienes la respuesta. El estómago de Jordie ha hablado.
El teléfono de Amiel Foch sonó a las siete y cuarto justas.
—Tengo un trabajo para ti —dijo alguien al otro lado—. Es urgente. Tal vez
tengas suerte esta vez.
La crítica le escoció y Amiel Foch, con veinticinco años de experiencia a sus
espaldas, apenas logró sofocar la réplica. El que llamaba tenía la sartén por el mango,
podía permitirse insultar. Foch debía pensar en su jubilación. Sus servicios no
estaban muy solicitados en esos días. Los reflejos no mejoraban con la edad.
—Coloqué el artefacto tal como me dijo. Explotó a la hora especificada —dijo
Foch con serenidad.
—Y lo único que conseguiste fue llamar la atención con tanto ruido. El objetivo
apenas ha resultado herido.
—Hizo algo inesperado. No se pueden controlar esas cosas.
—Esperemos que esta vez consigas tenerlo todo bajo control.
—¿Nombre?
—Nombres. Hermano y hermana, Beryl y Jordan Tavistock. Se alojan en el Ritz.
- 34 -
TESS GERRITSEN
AL BORDE DEL DESEO
Quiero saber adónde van. A quién ven.
—¿Nada más?
—Por ahora, sólo vigilancia. Pero las cosas pueden cambiar en cualquier
momento. Todo dependerá de lo que averigüen. Con suerte, darán media vuelta y se
marcharán.
—¿Y si no lo hacen?
—Entonces actuaremos como convenga.
—¿Y la señora St. Pierre? ¿Quiere que vuelva a intentarlo?
La otra persona hizo una pausa.
—No —dijo por fin—. Eso puede esperar. Por ahora, es prioritario el asunto
Tavistock.
En torno a sendos platos de salmón al vapor y de pato con salsa de frambuesas,
Beryl y Richard intercambiaron todo tipo de preguntas. Richard,un experto en duelos
dialécticos, no desveló más que un esbozo de su vida personal. Nació y creció en
Connecticut. Su padre, policía jubilado, aún vivía. Tras abandonar la universidad de
Princeton, Richard pasó a formar parte del servicio exterior de Estados Unidos, y
desempeñó cargos diplomáticos en varias embajadas de todo el mundo. Hacía cinco
años había dejado de trabajar para el gobierno y había creado su propia empresa, una
asesoría de temas de seguridad. Nació entonces Sakaroff y Wolf, con sede en
Washington, D.C.
—Y por eso fui a Londres la semana pasada —dijo—. Varias empresas
americanas querían un servicio de seguridad para sus ejecutivos durante la cumbre.
Me contrataron para asesorarlos.
—¿Y eso era todo lo que hacías en Londres? —preguntó ella.
—Eso es todo. Hasta que recibí la invitación de Hugh —clavó entonces la
mirada en la de Beryl.
A ella, su modo directo le resultaba perturbador. «¿Me estará diciendo la
verdad, será todo inventado o una verdad a medias?». La manera en que le había
recitado, de carrerilla, toda su vida profesional le parecía algo ensayado, y podía
serlo. Los que trabajaban para los servicios de inteligencia siempre sabían al dedillo
qué decir respecto a sus carreras y ocupaciones, memorizaban cada detalle, mezclado
sutilmente con retazos de fantasía. ¿Qué sabía de él realmente?
Sólo que sonreía con facilidad, que reía con facilidad. Que tenía buen apetito y
le gustaba el café solo.
Y que se sentía intensa y locamente atraída por él.