Después de cenar, se ofreció a llevarlos en coche al Ritz. Jordan se sentó en el
asiento trasero y Beryl delante, con él. No dejó de mirarlo mientras conducía por el
bulevar Saint-Germain en dirección al Sena. Ni siquiera el tráfico, tremendamente
brusco y ruidoso, parecía alterarlo. En un semáforo, la miró y esa única mirada en la
oscuridad del coche le provocó un súbito nerviosismo.
Con calma, Richard centró la atención nuevamente en la calle.
—Aún es pronto. ¿Estás segura de que quieres volver ya al hotel?
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AL BORDE DEL DESEO
—¿Qué opción tengo?
—Una vuelta en coche. Un paseo. Lo que quieras. Después de todo, estás en
París. ¿Por qué no aprovecharlo al máximo? —cambió de marcha y, al hacerlo, le
rozó la rodilla. Un escalofrío la recorrió; un cálido y delicioso chisporroteo de
anticipación.
«Me está tentando. Quiere que pierda la cabeza ante las posibilidades. ¿O habrá
sido el vino? ¿Qué daño puede hacer un pequeño paseo, un poco de aire fresco?».
—¿Qué te parece, Jordie? ¿Te apetece dar un paseo? —preguntó hacia el asiento
trasero. La respuesta llegó en forma de sonoro ronquido.
Beryl se giró y vio para su asombro que su hermano se había tumbado, cuan
largo era, en el asiento. Una noche sin dormir y dos copas de vino con la cena lo
habían dejado muerto.
—Supongo que eso es un «no» —dijo ella, riéndose.
—¿Y si vamos tú y yo solos?
La invitación, dicha con tanta calma, le produjo un nuevo escalofrío tentador.
Pensó que, después de todo, estaba en París...
—Un paseo corto —accedió—. Pero primero metamos en la cama a Jordan.
—Servicio de ayuda de cámara, marchando —dijo Richard, riéndose—. Primera
parada, el Ritz.
Jordan no dejó de roncar en todo el camino.
Entraron paseando en las Tullerías, por un camino de grava que recorría los
jardines racionalistas, entre estatuas de un fantasmal color blanco, reluciente a la luz
de las farolas.
—Y aquí estamos otra vez —dijo Richard—, paseando por otro jardín. Sólo nos
falta encontrar un laberinto con un pequeño banco de piedra en el centro.
—¿Por qué? —preguntó ella con una sonrisa—. ¿Acaso quieres que se repita el
escenario?
—Con un final ligeramente distinto. Cuando te fuiste dejándome allí dentro,
tardé cinco minutos en salir.
—Lo sé —rió ella—. Te estuve esperando en la entrada, contando los minutos.
Cinco no está nada mal. Pero otros lo han hecho mejor.
—Así que ésa es la prueba a la que sometes a tus hombres. Tú eres el queso
dentro del laberinto y...
—Y vosotros sois las ratas.
Los dos se echaron a reír y el eco de sus voces quedó flotando en el aire
nocturno.
—Entonces mi actuación fue sólo... ¿adecuada?
—Media.
Richard avanzó hacia ella con su sonrisa resplandeciente entre las sombras.
—¿Mejor que adecuada?
—En tu caso, haré concesiones. Después de todo, estaba oscuro...
—Efectivamente, sí —dijo él, acercándose más, tanto que ella tuvo que levantar
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la cabeza para mirarlo; tanto que casi podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo—.
Muy oscuro —susurró.
—Tal vez te desorientaste.
—Tremendamente.
—Fue un truco muy sucio por mi parte...
—Por el cual deberías ser castigada.
Le tomó entonces el rostro entre las manos. El sabor de sus labios le produjo un
nuevo escalofrío de placer. «Si éste es mi castigo, —pensó Beryl—, quiero volver a
cometer el delito...». Richard enterró los dedos en su pelo, enredándose en sus
mechones mientras el beso se hacía más y más profundo. Beryl sintió que se le
doblaban las rodillas aunque lo cierto era que no las necesitaba; él los sostenía a
ambos. Percibió su murmullo apremiante y supo que aquellos besos eran peligrosos,
que él también se estaba deslizando a toda velocidad hacia el precipicio del deseo. Y
no le importó. Estaba preparada para dar el salto.
Y entonces, sin previo aviso, Richard se quedó quieto.
Hacía apenas un segundo la estaba besando y de repente ella notó que sus
manos se habían puesto rígidas, aún enmarcándole el rostro. No se despegó, sin
embargo. A pesar de que podía sentir su cuerpo rígido contra el de ella, no deshizo el
abrazo. Deslizó luego los labios hacia uno de sus oídos.
—Comienza a andar —susurró—. Hacia la Concordia.
—¿Qué?
—Muévete. No muestres señal de alarma. Yo te daré la mano.
Beryl se fijó entonces en su rostro y, a través de las sombras, vio que estaba
totalmente alerta. Aguantándose las preguntas, le permitió que le tomara la mano.
Empezaron a andar despreocupadamente hacia la plaza de la Concordia. Él no le dio
explicación alguna, pero ella sabía por la forma en que le daba la mano que algo iba
mal, que aquello no era un juego. Como cualquier otra pareja, pasearon por los
jardines, dejando atrás los arriates sumidos en las sombras, las estatuas alineadas en
su fantasmal formación. Gradualmente, ella fue tomando conciencia de los sonidos:
el zumbido distante del tráfico, el viento en los árboles, sus zapatos sobre la grava...
Y los pasos de alguien más, detrás de ellos.
Se aferró a la mano de Richard, nerviosa. La forma en que él se la apretó en
señal de confianza le bastó para calmar el punzante miedo. «Conozco a este hombre
desde hace sólo un día y ya siento que puedo contar con él».
Richard apretó el paso, de forma tan gradual que ella casi ni se percató. Los
pasos continuaban detrás de ellos. Viraron a la derecha y atravesaron el parque en
dirección a la calle Rivoli. El ruido del tráfico se intensificó y ensordeció los pasos de
su perseguidor. Ese era el momento más peligroso, el momento en que iban dejando
atrás la oscuridad y su perseguidor veía la última oportunidad de hacer un
movimiento. Las luces brillantes parecían hacerles señas desde la calle que se abría
ante ellos.
«Lo lograremos si echamos a correr, —pensó ella—. Una carrera entre los
árboles y estaremos a salvo, rodeados de otras personas». Se preparó para echar a
correr a la mínima señal por parte de Richard. Pero éste no hizo ningún movimiento
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súbito. Ni tampoco su perseguidor. Enfilaron la iluminada calle Rivoli caminando
despreocupadamente, de la mano.
Sólo cuando comenzaron a mezclarse con el flujo de peatones, Beryl empezó a
recuperar el pulso. Allí ya no había peligro. Seguro que nadie se atrevería a atacarlos
en una calle tan bulliciosa.
Entonces miró a Richard y vio que seguía tenso.
Cruzaron a la otra acera y avanzaron una manzana más.
—Detente un minuto —murmuró—. Echemos un vistazo a ese escaparate.
Se detuvieron delante de una bombonería. Ante sus ojos, se abrió un tentador
despliegue de dulces: cremas de frambuesa, aterciopeladas trufas y delicias turcas,
todo cuidadosamente colocado sobre unos nidos hechos con filamentos de azúcar.
Dentro de la bombonería, una joven permanecía de pie junto a una tinaja de
chocolate caliente, en la que iba introduciendo fresas frescas.
—¿A qué esperamos? —susurró Beryl.
—A ver qué ocurre.
Se quedaron mirando el escaparate y vieron el reflejo de la gente que pasaba
por detrás de ellos. Una pareja de la mano. Un trío de estudiantes con sus mochilas.
Una familia con cuatro niños.
—Vamos —dijo entonces.
Se dirigieron hacia el lado oeste de la calle, con paso relajado nuevamente, sin
prisa. Beryl se sorprendió cuando Richard tiró de ella bruscamente hacia la derecha,
hacia una calle diagonal.
—¡Corre!
Al cabo de un momento los dos estaban corriendo. Giraron nuevamente a la
derecha hacia Mont Thabor y pasaron bajo un arco. Allí, ocultos entre las sombras,
Richard pegó contra sí con tal fuerza que Beryl podía sentir el latido de su corazón
contra el de ella, su aliento caliente en la frente. Esperaron.
Segundos después, oyeron un ruido de pisadas, alguien que corría por la calle.
El sonido se iba acercando a ellos, y se fue ralentizando hasta, finalmente, detenerse.
Luego, el silencio. Casi demasiado asustada para mirar, Beryl se removió entre los
brazos de Richard, lo justo para ver una sombra deslizándose por el arco en el que
estaban ocultos. Los pasos continuaron calle abajo hasta desaparecer.
Richard echó un vistazo rápido a la calle y tiró de la mano de Beryl.
—Todo despejado. Salgamos de aquí —susurró.
Enfilaron la calle Castiglione y no dejaron de correr hasta que llegaron al hotel.
Sólo cuando estuvieron a salvo en la suite de Beryl y Richard se hubo asegurado de
que la puerta quedaba bien cerrada, ella consiguió hablar.
—¿Qué ha sido esto?
—No estoy seguro —dijo él, moviendo la cabeza.
—¿Crees que quería robarnos? —se dirigió hacia el teléfono—. Debería llamar a
la policía.
—No quería nuestro dinero.
—¿Qué? —Beryl se giró y lo miró con el ceño fruncido.
—Piénsalo bien. Ni siquiera en la calle Rivoli, con todos esos testigos, dejó de
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seguirnos. Cualquier otro habría renunciado y habría vuelto al parque en busca de
una víctima más fácil. Pero éste no; éste se quedó con nosotros.
—¡Yo ni siquiera lo vi! ¿Cómo sabías que había...?
—Era un hombre de mediana edad. Bajo y corpulento. El tipo de cara que se
olvida fácilmente.
Ella lo miró fijamente, cada vez más agitada.
—¿Qué quieres decir, Richard? ¿Que nos estaba siguiendo?
—Sí.
—Pero ¿por qué iba a seguirte alguien?
—Yo podría preguntarte lo mismo.
—¿A quién podría interesarle?
—Piénsalo. Tus motivos para venir a París.
—Es sólo un asunto familiar.
—Pues parece que no. Desde el momento en que un extraño empieza a seguirte.
—¿Cómo sé que no te estaba siguiendo a ti? ¡Tú eres el que trabaja para la CIA!
—Incorrecto. Trabajo para mí.
—¡No me vengas con ésas! ¡Prácticamente crecí dentro del MI6! ¡Puedo oleros a
un kilómetro de distancia!
—¿De veras? ¿Y el olor no te ha asustado? —Richard alzó una ceja.
—Tal vez debería.
Richard iba y venía por la habitación a esas alturas. Se movía como un animal
inquieto, cerrando ventanas, echando las cortinas.
—Ya que parece que no puedo engañar a tu muy perspicaz nariz, confesaré. La
descripción de mi trabajo es algo más flexible de lo que he admitido.
—Estoy asombrada.
—Pero sigo pensando que ese tipo te seguía a ti.
—¿Por qué habría de querer seguirme alguien?
—Porque estás husmeando en un campo minado. No lo entiendes, Beryl. La
muerte de tus padres fue mucho más que un escándalo sexual.
—Espera un momento —Beryl atravesó la habitación en dirección a él, con la
mirada fija en su rostro—. ¿Qué sabes tú?
—Sabía que venías a París.
—¿Quién te lo dijo?
—Claude Daumier. Me llamó a Londres. Me dijo que Hugh estaba preocupado.
Que alguien tenía que vigilaros a Jordan y a ti.
—¿Así que eres nuestro guardaespaldas?
Él se rió.
—Se podría decir así.
—¿Y cuánto sabes de mis padres?
Beryl comprendió, por el breve silencio de Richard, que éste se estaba pensando
la respuesta, sopesando las consecuencias de sus palabras. Estaba segura de que lo
que iba a oír era una mentira.
Pero Richard la sorprendió con la verdad.
—Los conocí a los dos. Yo estaba en París cuando ocurrió.
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La revelación la dejó muda. No dudó ni un momento de la veracidad de
aquellas palabras. No tendría sentido que se inventara una historia así.
—Fue mi primer destino —continuó—. Pensé que había sido una suerte que me
tocara París. A la mayoría de los novatos los mandaban a algún lugar infestado de
bichos, en medio de ninguna parte, pero a mí me tocó París. Y aquí conocí a
Madeline y Bernard.
Se dejó caer en una silla con aspecto cansado.
—Es increíble —murmuró, contemplando el rostro de Beryl—. Lo mucho que te
pareces a ella. Los mismos ojos verdes, el mismo pelo negro. Ella solía llevarlo
recogido en una especie de moño flojo. Pero siempre se le escapaban algunos
mechones —sonrió afectuosamente al recordar—. Bernard estaba loco por ella. Como
todo los hombres que la conocían.
—¿Tú también?
—Yo tenía sólo veintidós años. Madeline era la mujer más encantadora que
había conocido jamás —buscó con la mirada la de ella antes de añadir—: Claro que,
por entonces, no conocía a su hija.
Los dos se quedaron mirando fijamente y Beryl sintió nuevamente los hilos del
deseo que la arrastraban hacia él. Hacia un hombre cuyos besos la embelesaban, bajo
cuyas manos hasta las piedras se derretirían. Un hombre que no había sido sincero
con ella desde el principio.
«Estoy tan harta de secretos, tan harta de intentar separar las verdades de las
medias tintas... Y nunca estaré completamente segura de nada con este hombre».
—Te preocupa mi seguridad, ¿es eso?
—¿No debería?
—Sé cuidar de mí misma perfectamente —dijo ella, sonriéndole con viveza.
—Estás en una ciudad que no conoces. Podrían ocurrir muchas cosas.
—No estoy sola —atravesó la habitación en dirección a la puerta que conectaba
su suite con la de Jordan, y la abrió de golpe—. ¡Despierta, Jordie! Necesito apoyo
fraternal.
No obtuvo respuesta.
—¡Jordie! —repitió.
—Veo que tu guardaespaldas está alerta —dijo Richard.
Enfadada, Beryl encendió la luz y lo que vio la dejó atónita. La cama de Jordan
estaba vacía.
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Cuatro
«Esa mujer me está mirando otra vez».
Jordan removió con una cucharilla el azúcar de su capuchino mientras miraba,
sin dar mayor importancia, a la rubia sentada tres mesas más allá. La mujer se
apresuró a apartar la vista. Jordan se fijó en que era bastante atractiva. Tendría
veintitantos años y un cuerpo esbelto y atlético. Se notaba que estaba en su plenitud.
Tenía el pelo corto como un chico, y unos delicados mechones le caían sobre la frente.
Llevaba jersey, falda y medias negros, no sabría decir si por cuestión de moda o
camuflaje. Jordan miró entonces hacia la calle y observó a los transeúntes. Por el
rabillo del ojo, vio que la mujer lo miraba de nuevo. Normalmente, se habría sentido
halagado al saberse el objeto de tan intenso escrutinio femenino, aunque había algo
en aquella mujer que lo incomodaba.
Hasta el momento había sido una salida muy agradable. A los pocos minutos
de la marcha de Beryl y Richard, había salido del hotel en busca de un bar decente.
Un paseo por la plaza Vendôme, una visita al Olimpia Music Hall, para terminar