tomando algo en el Café de la Paix. ¿Qué mejor manera de pasar la primera noche en
París?
Tal vez ya fuera momento de irse a la cama.
Se terminó el capuchino, pagó y comenzó a andar hacia la calle de la Paix. No
había avanzado ni media manzana cuando se dio cuenta de que la mujer de negro lo
estaba siguiendo.
Se detuvo delante de un escaparate de trajes de caballero cuando percibió el
reflejo fugaz de una cabeza rubia. Se dio la vuelta y la vio al otro lado de la calle,
mirando fijamente un escaparate. Jordan se percató de que era una tienda de lencería.
A juzgar por el resto de su indumentaria, pensó que, sin duda, llevaría braguitas
negras.
Jordan siguió caminando en dirección a la plaza Vendôme.
Por la acera de enfrente, la mujer seguía la misma ruta que él.
«Empiezo a cansarme, —pensó—. Si quiere ligar, ¿por qué no se acerca y me
guiña un ojo?». Él sabría apreciar un aproximación directa. Una forma sincera y
clara, y a él le gustaban las mujeres sinceras. Pero aquella suerte de acoso lo ponía
nervioso.
Avanzó media manzana más. Ella también.
Se detuvo entonces y fingió mirar otro escaparate. Ella hizo lo mismo. «Esto es
ridículo, —pensó—. No pienso seguir aguantando esta tontería».
Jordan cruzó entonces la calle y se dirigió a la joven directamente.
—¿Mademoiselle?
Ella se giró y lo miró con expresión sobresaltada. Era evidente que no esperaba
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tener un confrontación directa con él.
—Mademoiselle, ¿puedo preguntarle por qué me está siguiendo?
Ella abrió la boca y la cerró de nuevo, sin dejar de mirarlo con unos enormes
ojos grises. El no pudo evitar pensar que eran bonitos.
—Tal vez no me entiende. Parlez-vous anglais?
—Sí, hablo inglés —murmuró ella.
—Entonces tal vez pueda explicarme por qué me está siguiendo.
—Yo no lo estoy siguiendo.
—Sí, claro que sí.
—¡No es verdad! —exclamó ella, mirando hacia ambos lados de la calle—.
Estoy dando un paseo, como usted.
—Está usted haciendo exactamente lo mismo que yo. Se para cuando yo me
paro, observa cada paso que doy.
—Eso es ridículo —se detuvo y lo miró, indignada. Si la indignación era real o
fingida, Jordan no sabría decirlo—. ¡No tengo ningún interés en usted, monsieur!
Deben ser imaginaciones suyas.
—¿De veras?
Por toda respuesta, la joven se dio la vuelta y se alejó calle arriba.
—¡No creo que me esté imaginando nada! —gritó él.
—¡Ustedes los ingleses son todos iguales! —espetó ella, girándose.
Jordan la observó y se preguntó si no habría sacado conclusiones apresuradas.
De ser así, había hecho el ridículo por completo. La mujer dobló una esquina y
desapareció y, por un momento, Jordan lo lamentó. Después de todo, era una chica
muy atractiva. Tenía unos preciosos ojos grises, y unas piernas de escándalo. En fin.
Se giró y echó a andar en dirección a la plaza Vendôme y de allí, a su hotel.
Cuando entró en el vestíbulo del Ritz, su sexto sentido le dio un nuevo aviso. Se
detuvo y miró a su alrededor. Bajo un arco le pareció advertir un movimiento, el
destello fugaz de una cabeza rubia, justo antes de que se ocultara entre las sombras.
Estaba siguiéndolo.
Daumier contestó al quinto tono.
—Allo?
—Claude, soy yo —dijo Richard—. ¿Has hecho que nos sigan?
Pausa.
—Como precaución, amigo mío. Nada más —dijo Daumier finalmente.
—¿Protección o vigilancia?
—¡Protección, naturalmente! Como favor a Hugh.
—Pues para tu información, nos diste un susto de muerte. Lo menos que podías
haber hecho era avisarme —Richard miró a Beryl, que caminaba de un lado a otro de
la habitación muy agitada.
No lo había admitido, pero él sabía que la situación la había alarmado y que, a
pesar de su bravuconería y sus intentos de echarlo de la habitación, la aliviaba
tenerlo allí.
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—Y otra cosa —dijo Richard a Daumier—: Parece que hemos perdido a Jordan.
—¿Perdido?
—No está en su suite. Lo dejamos aquí hace unas horas. Parece haberse
desvanecido.
Silencio al otro lado de la línea.
—Es preocupante —dijo Daumier.
—¿Tiene tu gente idea de dónde puede estar?
—Mi agente aún no me ha informado. Espero noticias de ella de un momento
a...
—¿De «ella»? —lo interrumpió Richard.
—No es nuestra agente más experimentada, lo admito. Pero es bastante
competente.
—A nosotros nos ha seguido un hombre.
Daumier se echó a reír.
—¡Richard, me decepcionas! Pensaba que tú, más que nadie, reconocerías la
diferencia.
—¡Claro que sé reconocer la maldita diferencia!
—Con Colette, no hay duda. Veintiséis años, bastante guapa. Rubia.
—Era un hombre, Claude.
—¿Le viste la cara?
—No con claridad, pero era bajo, fornido...
—Colette mide uno sesenta y cinco, es muy delgada.
—No era ella.
Daumier no dijo nada durante un momento.
—Inquietante —concluyó—. Si no era uno de los nuestros...
Richard se giró hacia la puerta de pronto. Alguien estaba llamando. Beryl se
quedó inmóvil, mirándolo asustada.
—Te volveré a llamar, Claude —susurró Richard y colgó con suavidad.
Un nuevo toque, esta vez más fuerte.
—Vamos, pregunta quién es —susurró él.
—¿Quién es? —preguntó con voz temblorosa.
—¿Estás visible? —dijo alguien al otro lado—. ¿O prefieres que vuelva por la
mañana?
—¡Jordan! —gritó aliviada Beryl, corriendo a abrir la puerta—. ¿Dónde has
estado?
Su hermano entró en la habitación tranquilamente, con el pelo rubio revuelto
por el aire de la noche. Al ver a Richard se detuvo.
—Lo siento. Si he interrumpido algo...
—Nada —replicó Beryl mientras cerraba la puerta y se giraba hacia su
hermano—. Estábamos muy preocupados por ti.
—Salí a dar un paseo.
—¡Podrías haberme dejado una nota!
—¿Por qué? Estaba por aquí cerca —Jordan se dejó caer perezosamente en una
silla—. Pasando una agradable velada hasta que una mujer empezó a seguirme.
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Richard levantó el mentón, sorprendido.
—¿Una mujer?
—Bastante guapa, pero su aire de vampiresa no es mi tipo.
—¿Era rubia? —preguntó Richard—. ¿Veintitantos años, metro sesenta de
estatura?
Jordan asintió con la cabeza, estupefacto.
—Ahora me dirás su nombre.
—Colette.
—¿Un nuevo truco de salón, Richard? —dijo Jordan, riéndose.
—Es agente de los servicios de inteligencia franceses —dijo Richard—.
Vigilancia por razones de protección, eso es todo.
Beryl suspiró aliviada.
—Por eso nos seguían también a nosotros. Me has dado un susto de muerte.
—Haces bien en estar asustada —dijo Richard—. El hombre que nos seguía a
nosotros no trabaja para Daumier.
—Acabas de decir...
—Daumier sólo había asignado un agente de vigilancia para esta noche: esa
mujer, Colette. Al parecer, se quedó con Jordan.
—Entonces ¿quién nos seguía a nosotros? —preguntó Beryl.
—No lo sé.
Guardaron silencio hasta que Jordan preguntó con tono malhumorado:
—¿Me he perdido algo? ¿Por qué nos están siguiendo? ¿Y cuándo se ha unido
Richard a la fiesta?
—Richard —dijo Beryl con los labios apretados—, no ha sido del todo sincero
con nosotros.
—¿Respecto a qué?
—Se le pasó decirnos que él estaba aquí en mil novecientos setenta y tres. Que
conoció a papá y a mamá.
Jordan miró entonces a Richard.
—¿Por eso estás aquí? —preguntó con tono suave—. ¿Para evitar que
averigüemos la verdad?
—No —dijo Richard—. Estoy aquí para evitar que acabéis muertos por culpa de
la verdad.
—¿Tan peligrosa puede ser?
—Le preocupa lo suficientemente a alguien como para hacer que os sigan.
—Entonces tú no crees que fuera un simple caso de asesinato y suicidio —dijo
Jordan.
—Si fuera tan simple, si Bernard hubiera matado a Madeline y luego se hubiera
quitado la vida, a nadie seguiría importándole después de veinte años. Pero parece
que sí le importa a alguien. Y esa persona, él o ella, sigue muy de cerca vuestros
movimientos.
Beryl, extrañamente callada, se sentó en la cama. Se le habían soltado algunos
mechones del recogido. Sin poder evitarlo, Richard quedó deslumbrado ante el
extraño parecido con Madeline. Era el peinado y el vestido. En ese momento lo
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reconoció, llevaba un vestido de su madre. Movió la cabeza en un intento por apartar
la idea de que estaba mirando a un fantasma.
Decidió que había llegado el momento de decir la verdad.
—Yo nunca lo creí. Ni por un segundo pensé que Bernard hubiera apretado el
gatillo.
Lentamente, Beryl levantó la vista hacia él. Lo que Richard vio en sus ojos,
cautela y desconfianza, despertó en éste el deseo de acercarse a ella y hacer lo que
fuera para que confiara en él. Pero Beryl no pensaba darle su confianza, al menos en
ese momento. Puede que nunca.
—Si él no apretó el gatillo, ¿quién lo hizo? —preguntó.
Richard se acercó a la cama y le acarició suavemente el rostro.
—No lo sé, pero voy a ayudarte a averiguarlo.
Cuando Richard se hubo marchado, Beryl se volvió hacia su hermano.
—No confío en él. Nos ha dicho demasiadas mentiras.
—Estrictamente hablando, no nos ha mentido —observó Jordan—.
Simplemente, ha ocultado algunos datos.
—Muy bien. Evitó decir, casualmente, que conocía a papá y a mamá, que estaba
en París cuando murieron. Jordie, ¡incluso podría haber sido él quien apretó el
gatillo!
—Parece que es muy amigo de Daumier.
—¿Y?
—El tío Hugh confía en Daumier.
—¿Y por eso deberíamos confiar nosotros en Richard Wolf? —Beryl movió la
cabeza y se rió—. Ay, Jordie, debes estar más cansado de lo que crees.
—Y tú debes de estar más embelesada de lo que crees —dijo él. Bostezando, se
dirigió hacia la puerta que conducía a su suite.
—¿Qué se supone que has querido decir?
—Que es evidente que sientes algo muy fuerte por ese hombre, y no dejas de
luchar contra ello.
Beryl lo siguió hasta su puerta.
—¿Fuerte?
—¿Ves? —su hermano sonrió ampliamente—. Que tengas dulces sueños,
hermanita. Me alegro de ver que estás de nuevo en circulación.
Y cerró la puerta en la cara atónita de su hermana.
Cuando Richard llegó al piso de Daumier, se lo encontró aún despierto, aunque
en bata y zapatillas. Los últimos informes sobre la bomba en la residencia de los St.
Pierre estaban esparcidos por la mesa de la cocina, junto con un plato con una
salchicha y un vaso de leche. Cuarenta años en los servicios de inteligencia no habían
alterado su costumbre de trabajar cerca del frigorífico.
—Son un galimatías para mí —dijo Daumier, haciendo un gesto hacia los
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informes—. Un explosivo fabricado con Semtex colocado bajo la cama. El
temporizador marcaba las nueve y diez, la hora exacta en que los St. Pierre estarían
viendo el programa favorito de Marie. Tiene toda la pinta de ser una operación desde
dentro, excepto por un error evidente: Philippe estaba en Inglaterra —miró a
Richard—. ¿No te resulta una torpeza inconcebible?
—Los terroristas son más listos —admitió Richard—. Tal vez sólo pretendían
que fuera una advertencia, una amenaza.
—Sigo sin tener información sobre esa tal Solidaridad Cósmica —Daumier se
pasó los dedos por el pelo con gesto cansado—. La investigación no va a ningún sitio.
—Entonces tal vez puedas prestar un poco de atención a mi pequeño problema.
—¿Problema? Ah, sí. Los hermanos Tavistock —Daumier se reclinó sobre el
respaldo y le sonrió—. ¿Vas a decirme que no puedes con la sobrina de Hugh,
Richard?
—Está claro que ayer nos siguió alguien —afirmó Richard—. No sólo tu agente,
Colette. ¿Podrías averiguar de quién se trataba?
—Dame algo con lo que trabajar —dijo Daumier—. Un hombre de mediana
edad, bajo y fornido, eso no me dice nada. Podría haberlo contratado cualquiera.
—Era alguien que sabía que los dos hermanos venían hacia aquí.
—Sé que Hugh se lo dijo a los Vane. Ellos, a su vez, podrían habérselo
mencionado a los demás. ¿Quién más estaba en Chetwynd?
Richard pensó en la noche de la fiesta, la noche de la indiscreción de Reggie.
Maldito Reggie Vane y su debilidad por la bebida. Eso era lo que lo había
desencadenado todo. Demasiado champán suelta la lengua. Y, sin embargo, no podía
odiar a aquel hombre. El pobre Reggie era inofensivo. Sin duda, su intención no
había sido hacerle daño a Beryl. Era evidente que la quería como a una hija.
—Había mucha gente con la que los Vane podrían haber hablado. Philippe St.
Pierre, Nina y Anthony... Puede que otros.
—Estamos hablando de un número indeterminado de personas entonces —dijo
Daumier con un suspiro.
—La lista no es corta —admitió Richard.
—¿Te parece una buena idea, Richard? —preguntó el otro hombre con calma—.
Recordarás que una vez ya se nos negó la verdad.
¿Cómo no iba a recordarlo? Le había sorprendido sobremanera leer la orden de
Washington: Archiven la investigación. Claude había recibido órdenes similares de sus
superiores. Así, la investigación sobre Delphi y la filtración en la seguridad de la
OTAN se había detenido de forma abrupta. No habían recibido, pero Richard tenía
sus propias sospechas. Estaba claro que Washington tenía una idea de lo que había
ocurrido en realidad y temía las repercusiones que podría tener airear la verdad.
Un mes más tarde, cuando el embajador de los Estados Unidos, Stephen
Sutherland, se tiró al Sena, Richard había visto sus sospechas confirmadas. El puesto
de Sutherland era político; desvelar que era un espía enemigo habría dejado en
ridículo al propio Presidente.
El asunto del topo no había quedado oficialmente resuelto.
En cambio, Bernard Tavistock había quedado implicado, a título postumo, con
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Delphi. Para Richard, declararlo culpable había sido algo muy oportuno. ¿Por qué no
echar la culpa a Tavistock? Un muerto no podría negar los cargos.
«Y ahora, veinte años después, el fantasma de Delphi vuelve para
perseguirme».
Con renovada determinación, Richard se levantó de la silla.
—Esta vez, Claude, voy a encontrarlo. Y ninguna orden de Washington podrá
pararme.
—Veinte años es mucho tiempo. Las pruebas se han desvanecido. La política ha
cambiado.
—Pero hay algo que no ha cambiado. El culpable. ¿Y si nos equivocamos? ¿Y si