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作者:西- Tess Gerritsen 当前章节:15368 字 更新时间:2026-6-22 20:36

Sutherland no era el topo? Delphi podría estar vivo. Y operativo.

—Y muy, muy preocupado —añadió Daumier.

Beryl estaba despierta a la mañana siguiente cuando Richard llamó a su puerta.

Parpadeó sorprendida cuando él le entregó una bolsa de papel que desprendía un

maravilloso olor a cruasanes recién hechos.

—El desayuno —anunció—. Puedes comértelos en el coche. Jordan nos está

esperando abajo.

—¿Esperando? ¿Para qué?

—Para irnos. Será mejor que te des prisa. Tenemos una cita a las ocho en punto.

Desconcertada, se echó hacia atrás el pelo enmarañado.

—No recuerdo haber concertado ninguna cita para esta mañana.

—Lo he hecho yo. Y hemos tenido suerte de haberla conseguido, porque este

hombre no ve a mucha gente últimamente. Su mujer no lo permite.

—¿La mujer de quién? —preguntó ella con exasperación.

—Del inspector jefe Broussard. El detective que estuvo al cargo de la

investigación de la muerte de tus padres —hizo una pausa—. Quieres hablar con él,

¿no?

«Sabe que sí, —pensó, cerrándose los extremos de la bata—. Estoy en

desventaja. Apenas estoy despierta mientras que aquí está él, totalmente despejado y

radiante».

Claro que lo que más le sorprendía era que Jordan se hubiera levantado antes

que ella. Su hermano no se levantaba casi nunca antes de las ocho.

—No tienes que venir —dijo él, dándose la vuelta para irse—. Jordan y yo

podemos...

—¡Dadme diez minutos! —gritó al tiempo que le cerraba la puerta en las

narices.

Nueve minutos después estaba abajo. Richard conducía con la seguridad de

quien conoce bien las calles de París.

Se terminó el cruasán y limpió las migas que habían caído sobre la carpeta que

llevaba en el regazo. En su interior iba el informe firmado por el inspector Broussard

veinte años atrás. Se preguntaba cuántas cosas recordaría aquel hombre. Después de

tanto tiempo, confundiría todas las investigaciones por homicidio de su carrera.

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Aunque siempre cabía la posibilidad de que recordara algún pequeño detalle que no

hubiera escrito en el informe.

—¿Conociste a Broussard? —preguntó a Richard.

—Nos conocimos durante la investigación. Cuando me entrevistó la policía.

—¿Te interrogaron? ¿Por qué?

—Habló con todos los que conocían a tus padres.

—No he leído tu nombre en el informe de la policía.

—Muchos nombres no aparecen.

—¿Como cuál?

—Philippe St. Pierre. El embajador Sutherland.

—¿El marido de Nina?

Richard asintió.

—Se trataba de personajes políticos importantes. St. Pierre era ministro también

entonces y muy amigo del Primer Ministro. Sutherland era el embajador americano.

Ninguno de los dos era sospechoso, así que sus nombres no aparecieron en el

informe.

—¿Quieres decir que el buen inspector protegió a los poderosos?

—Quiero decir que fue discreto.

—¿Por qué no aparece tampoco tu nombre?

—Yo no era más que un actor secundario a quien preguntaron por el

matrimonio de tus padres. Si discutían, si parecían infelices, eso es todo. Estaba en la

periferia de la investigación.

—Entonces ¿por qué te estás implicando en esto ahora?

—Porque Jordan y tú estáis aquí. Porque Claude Daumier me pidió que cuidara

de vosotros —la miró entonces y añadió con calma—: Y porque se lo debo a vuestro

padre. Era... un buen hombre.

Beryl pensó que iba a decir algo más, pero Richard se giró entonces y se puso a

mirar por la ventanilla.

—Wolf —preguntó entonces Jordan, que iba sentado en la parte de atrás— ¿te

has dado cuenta de que nos están siguiendo?

—¿Qué? —Beryl se giró y escrutó el tráfico—. ¿Qué coche?

—El Peugeot azul. Dos coches más atrás.

—Lo veo —dijo Richard—. Lleva siguiéndonos desde que salimos del hotel.

—¿Sabías que ese coche estaba detrás de nosotros? —dijo Beryl—. ¿Y no se te ha

ocurrido decirlo?

—Lo esperaba. Fíjate en la conductora, Jordan. Pelo rubio, gafas de sol. Una

mujer sin duda.

—Vaya, pero si es mi pequeña vampiresa de negro. Colette —dijo Jordan,

riéndose.

—Uno de los buenos.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Beryl.

—Porque es el agente de Daumier. Lo cual indica protección, no una amenaza

para nosotros —Richard salió del bulevar Raspail. Momentos después, vio un hueco

y aparcó junto a la acera—. Vigilará el coche mientras estamos con el inspector.

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Beryl miró el enorme edificio de ladrillo al otro lado de la calle. Sobre el arco de

entrada se leía Maison de Convalescence.

—¿Qué es este sitio?

—Una residencia de la tercera edad.

—¿Es aquí donde vive el inspector Broussard?

—Lleva aquí años —dijo Richard, observando el lugar con lástima—. Desde que

le dio el ataque.

A juzgar por la fotografía que había en una de las paredes de su habitación, el

ex inspector jefe Broussard había sido un hombre impresionante. La foto mostraba a

un individuo corpulento, con un bigote de puntas levantadas y la cabellera de un

león, en una pose regia delante de los escalones de la comisaría de policía.

Poco se parecía a la criatura encogida que yacía en la cama, con la mitad del

cuerpo paralizada.

La señora Broussard iba y venía, ajetreada, por la habitación, hablando con la

gramática precisa de quien había sido profesora de inglés. Ahuecó la almohada de su

marido, le peinó el cabello y le limpió la baba que le caía por la barbilla.

—Lo recuerda todo —insistió la mujer—. Cada caso, cada nombre. Pero no

puede hablar, no puede sostener un bolígrafo. ¡Y por eso se siente frustrado! Por eso

no le permito las visitas. Él quiere hablar, pero no puede formar las palabras. Sólo

unas pocas, desperdigadas. ¡Y se enfada! A veces, después de una visita de amigos,

se pasa días gimoteando —se acercó al cabecero de la cama y permaneció allí, como

su ángel de la guarda—. Sólo pueden hacerle unas cuantas preguntas, ¿lo entienden?

Pero si se enfada, tendrán que irse de inmediato.

—Lo comprendemos —dijo Richard, acercando una silla al borde de la cama.

Mientras Beryl y Jordan observaban, abrió la carpeta y sacó las fotos del crimen para

que Broussard las viera—. Sé que no puede hablar, pero quiero que mire estas fotos.

Asienta si recuerda el caso.

La señora Broussard tradujo sus palabras. El hombre observó la primera foto,

en la que se veía la postura mortal de Madeline y Bernard. Yacían en el suelo como

amantes, enlazados en un charco de sangre. Broussard tocó la foto torpemente, se

detuvo en el rostro de Madeline, y de sus labios escapó un susurro.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Richard.

—La belle, que era una mujer hermosa —dijo la señora Broussard—. ¿Lo ve? Lo

recuerda.

El enfermo estaba mirando el resto de las fotos cuando, de pronto, empezó a

temblarle la mano izquierda. Movía los labios en vano. Por más que se esforzaba por

hablar sólo emitía gruñidos. La señora Broussard se inclinó sobre él, tratando de

entender lo que decía. Movió la cabeza desconcertada.

—Hemos leído su informe —dijo Beryl—. El que redactó hace veinte años.

Determinó que había sido asesinato y suicidio. ¿De verdad lo creyó?

De nuevo, la señora Broussard tradujo.

Broussard se quedó mirando a Beryl, concentrado en su cabello negro. La

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miraba maravillado, casi como si la hubiera reconocido.

La mujer le repitió la pregunta a su marido que movió lentamente la cabeza.

—¿Comprende la pregunta? —preguntó Jordan.

—¡Por supuesto que sí! —espetó su esposa—. Se lo he dicho, lo comprende

todo.

El hombre estaba tamborileando con un dedo sobre una de las fotos como si

quisiera llamar su atención sobre algo. Su mujer le preguntó algo en francés, pero él

no hizo sino golpear la foto con más fuerza.

—¿Está intentando señalarnos algo? —quiso saber Beryl.

—Es la esquina de la foto. Se ve el suelo vacío —dijo Richard.

Para entonces, el cuerpo entero de Broussard parecía temblar en su esfuerzo por

hablar. Su mujer se inclinó sobre él nuevamente, tratando de entender sus palabras.

Negó con la cabeza.

—No tiene sentido.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Beryl.

—Serviette. Significa servilleta, o toalla. No comprendo —tomó una toalla de

manos y se la enseñó a su marido—. Serviette de toilette?

El hombre negó con la cabeza y apartó la toalla con brusquedad.

—No entiendo lo que quiere decir —dijo la señora Broussard con un suspiro.

—Tal vez yo sí —dijo Richard inclinándose sobre Broussard—. Porte documents?

Broussard suspiró aliviado y se derrumbó sobre las almohadas. Asintió con

gesto cansado.

—Eso era lo que intentaba decir —dijo Richard—. Serviette porte documents. Un

maletín.

—¿Un maletín? —repitió Beryl—. ¿El que contenía los documentos de la

OTAN?

Richard frunció el ceño al ver a Broussard. El hombre estaba exhausto, su rostro

parecía ceniciento en comparación con el blanco de las sábanas.

La señora Broussard observó a su marido y se colocó entre él y Richard.

—¡No más preguntas, señor Wolf! ¡Mírelo! Está agotado, no puede decirles

nada más. Por favor, tienen que irse.

Los sacó de la habitación apresuradamente y, en ese momento, pasó una

enfermera con una bandeja de medicinas. Al final del pasillo, una mujer en una silla

de ruedas canturreaba para sí misma nanas en francés.

—Señora Broussard —dijo Beryl—, tenemos más preguntas, pero su marido no

puede respondernos a ellas. En el informe aparecía el nombre de otro detective, un

tal Etienne Giguere. ¿Sabe cómo podríamos contactar con él?

—¿Etienne? —la señora Broussard la miró sorprendida—. ¿Quiere decir que no

lo sabe?

—¿Saber qué?

—Murió hace diecinueve años. Atropellado por un coche. Nunca encontraron al

conductor.

Beryl notó la mirada atónita de su hermano. Vio en sus ojos la misma

consternación que ella sentía.

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—Una última pregunta —dijo Jordan—. ¿Cuándo tuvo el ataque su marido?

—En mil novecientos setenta y cuatro.

—¿También hace diecinueve años?

La señora Broussard asintió.

—¡Fue una tragedia para el departamento! Primero el ataque de mi esposo y,

tres meses más tarde, la pérdida de Etienne —suspiró y se dio la vuelta para entrar

en la habitación de su marido—. Pero así es la vida, supongo. Y no podemos hacer

nada para cambiarla...

De nuevo en la calle, los tres se detuvieron bajo el sol, tratando de apartar la

tristeza de aquel deprimente edificio.

—¿Lo atrepellaron y se dieron a la fuga? —dijo Jordan—. ¿No encontraron al

conductor? Tengo un mal presentimiento.

Beryl alzó la vista hacia el arco.

—Maison de Convalescence —murmuró con sarcasmo—. Dista mucho de ser un

lugar de recuperación. Más bien parece un sitio al que se viene a morir —con un

escalofrío, se giró hacia el coche—. Vámonos de aquí, por favor.

Se dirigieron hacia el norte, hacia el Sena, seguidos nuevamente por el Peugeot

azul, pero ninguno de ellos le prestó mucha atención a la agente francesa que se

había convertido en parte de sus vidas, un elemento casi tranquilizador.

—Para, Wolf. Déjame en el bulevar Saint-Germain. De hecho, creo que aquí me

vendrá bien —dijo Jordan de repente.

Richard se detuvo junto a la acera.

—¿Por qué aquí?

—Acabamos de pasar por un café...

—Oh, Jordan —gimió Beryl—, no tendrás hambre otra vez, ¿verdad?

—Os veré en el hotel —dijo Jordan, saliendo del coche—. A menos que queráis

quedaros conmigo —apretó cariñosamente el hombro de su hermana y cerró la

puerta—. Tomaré un taxi para volver. Hasta luego —con un gesto de la mano, se dio

la vuelta y echó a andar por el bulevar, el cabello rubio resplandeciente bajo el sol.

—¿Al hotel? —preguntó Richard suavemente.

Ella lo miró y pensó: «Siempre está presente entre nosotros, la atracción. La

tentación. Lo miro a los ojos y, de pronto, me doy cuenta de lo segura que me sentí

en sus brazos. De lo fácil que sería creer en él. Pero eso es lo peligroso».

—No —contestó finalmente, mirando al frente—. Aún no.

—¿Adónde entonces?

—Llévame a Pigalle. A la calle Myrha.

—¿Estás segura de que quieres ir allí?

Ella asintió y miró el informe que llevaba en el regazo.

—Quiero ver el lugar donde murieron.

Café Hugo. Jordan miró las mesas abarrotadas del exterior del establecimiento,

los manteles de cuadros, el ejército de camareros sirviendo cafés. Veinte años atrás,

Bernard había entrado en aquel mismo lugar. Se había tomado un café, había pagado

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la cuenta y se había ido, al encuentro de la muerte en un edificio de Pigalle. Toda esa

información la había sacado de la entrevista que la policía había tenido con el

camarero. Claro que hacía mucho tiempo de aquello. Era probable que el hombre

trabajara en otro lugar. Aun así, pensó que valía la pena intentarlo.

Para su sorpresa, descubrió que Mario Cassini seguía trabajando allí como

camarero. Bien entrado en la cuarentena, su pelo estaba salpicado de canas, el rostro

mostraba las arrugas causadas por veinte años de sonrisas.

—Sí, sí. Claro que lo recuerdo —dijo Mario, asintiendo con la cabeza—. La

policía vino a hablar conmigo tres o cuatro veces. Y yo les dije lo mismo todas ellas.

El señor Tavistock se tomaba su café con leche todas las mañanas. A veces, madame

venía con él. ¡Qué hermosa era!

—Pero no estaba con él aquel día en concreto.

Mario negó con la cabeza.

—Aquel día estaba él solo. Se sentó en aquella mesa —señaló una mesa vacía

cerca de la acera, el mantel de cuadros ondeando con la brisa—. Estuvo esperando a

madame largo rato.

—¿Y ella no llegó?

—No. Llamó por teléfono. Dijo que fuera a buscarla a otro sitio, en Pigalle. Yo

mismo apunté el mensaje y se lo entregué al señor Tavistock.

—¿Habló con usted con ella por teléfono?

—Oui. Yo escribí la dirección y se la di.

—¿Era la dirección de Pigalle?

Mario asintió.

—Mi padre, el señor Tavistock, ¿diría que estaba molesto o enfadado?

—Enfadado no. Me pareció.... ¿cómo le diría? Preocupado. No comprendía a

qué había ido madame a Pigalle. Pagó y se fue. Más tarde, leí en el periódico que había

muerto. ¡Qué horrible! La policía buscaba información. Por eso llamé y les dije lo que

sabía —Mario movió la cabeza al recordar la tragedia, la pérdida de una mujer tan

hermosa como la señora Tavistock y su generoso marido.

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