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作者:西- Pullman, Philip 当前章节:15360 字 更新时间:2026-6-22 20:41

El Oxford de Lyra

Sobrecubierta

None

Tags: General Interest

El Oxford de Lyra

Sobrecubierta

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Tags: General Interest

El Oxford de Lyra

Philip Pullman

… Oxford, donde lo real convive con lo irreal, donde North Parade está en el sur y South Parade está en el norte, donde Paradise se ha perdido bajo una.estación de bombeo[1] donde las brumas del río producen un efecto disolvente y vivificante en las piedras de los edificios antiguos, de modo que las gárgolas del Magdalen College descienden por la noche para enfrentarse a las de Wykeham, o a pescar bajo los puentes, o sencillamente cambian su expresión de la noche a la mañana; Oxford, cuyas ventanas se abren a otros mundos…

Oscar Baedecker, Las costas de Bohemia

Este libro contiene un relato, además de otras cosas. Esas otras cosas tal vez estén relacionadas con el cuento, o tal vez no; acaso tengan que ver con narraciones que no han aparecido todavía. No resulta fácil decirlo.

En cambio no es difícil imaginar cómo llegaron a aparecer. El mundo está lleno de objetos como éstos: viejas postales, programas de teatro, folletos sobre cómo convertir tu sótano en un refugio antiaéreo, tarjetas de felicitaciones, álbumes de fotos, folletos de vacaciones, manuales de instrucciones de máquinas y herramientas, mapas, catálogos, horarios de trenes, cartas del menú de cruceros de hace mucho tiempo: toda clase de reliquias que en su momento tuvieron su utilidad, pero que ahora han perdido su razón de ser.

Pueden tener las más diversas procedencias. Pueden haber venido de otros mundos. Ese mapa garabateado, ese catálogo editorial, pudieron haberlos dejado sin querer junto a una ventana abierta de otro universo, pudieron haber llegado hasta aquí por obra de un viento fortuito, yendo a parar, tras numerosas vicisitudes, al puesto de un mercadillo de nuestro mundo.

Todas esas menudencias, todas esas cositas tienen una historia y un significado. Juntas pueden parecer como el rastro dejado por una partícula ionizada en una campana de iones: marcan la línea de un camino que ha tomado un ser tan misterioso que no se sabe quién es. El camino es un relato, claro está. Cuando los científicos observan la línea de burbujas de la pantalla, se esfuerzan por entender la historia de la partícula que ha dejado ese rastro. ¿Qué clase de partícula será, qué ha motivado que se mueva de esa manera y cuánto tiempo seguirá haciéndolo?

La doctora Mary Malone se habría sentido cómoda con esa clase de historia en su búsqueda de la materia oscura. Pero al enviar una postal a un amigo al poco de llegar a Oxford por primera vez, por ejemplo, no se le habría ocurrido que esa postal pasaría a formar parte de una historia que no había sucedido todavía cuando ella la envió. Es posible que algunas partículas puedan retroceder en el tiempo; es posible que el futuro afecte al pasado de una manera que no acertamos a entender; o acaso el universo es más consciente de lo que nosotros suponemos. Hay muchas cuestiones que todavía no sabemos interpretar.

El cuento de este libro trata, en parte, de ese mismo proceso.

Lyra y los pájaros

Últimamente, Lyra no solía bajar por la ventana de su dormitorio. Le resultaba más fácil subir al tejado del Jordan College. El portero le había proporcionado una llave que le permitía alcanzar la Lodge Tower. Se la había prestado porque él era demasiado viejo para subir los escalones y revisar la cantería y la plomería, como debía hacer cuatro veces al año. Así pues, Lyra le presentaba un informe completo, que el portero pasaba a Bursar, y a cambio de eso ella tenía libre acceso al tejado siempre que quería.

Cuando se tumbaba sobre la plomería, resultaba invisible salvo desde el cielo. Un pequeño parapeto circundaba el tejado cuadrado, y Pantalaimon solía adornar con su forma de marta las almenas simuladas de la parte que daba al sur, y dormitaba mientras Lyra permanecía abajo sentada, con la espalda apoyada en la piedra bañada por el sol, estudiando los libros que se había traído.

A veces contemplaban las cigüeñas que anidaban en las torres de St. Michael, justo al otro lado de Turl Street. Lyra planeaba atraerlas al Jordan, y hasta había llevado no sin dificultad una serie de tablas de madera al tejado, que había clavado para formar una plataforma, igual que las aves habían hecho en St. Michael, pero todo fue en vano. Las cigüeñas fueron fieles a St. Michael y ahí quedó la cosa.

–No se quedarían mucho tiempo si nosotros siguiéramos viniendo aquí -dijo Pantalaimon.

–Podríamos domesticarlas. Seguro que podríamos. ¿Qué comen?

–Peces -supongo-. Ranas.

Pantalaimon se había tumbado encima del parapeto de piedra, acicalándose perezosamente su pelaje de un rojo dorado. Lyra se levantó para apoyarse en la piedra, a su lado, con los miembros confortados por el calor, y fijó la vista en el suroeste, donde, en la brisa del atardecer, una hilera de árboles de un verde oscuro se elevaba por encima de las agujas y tejados.

Estaba esperando a los estorninos. Ese año un número extraordinario de esas aves había llegado para descansar en el Jardín Botánico y cada tarde sobrevolaban los árboles como una nube de humo: remolineaban, descendían en picado y volaban rápidamente por encima de la ciudad a miles.

–A millones -precisó Pan.

–Puede ser. No creo que haya nadie capaz de contarlos… ¡Ahí están!

No parecían pájaros individuales, ni tampoco manchas negras sobre un fondo azul; la bandada entera formaba un individuo. Era como un trozo de paño cortado según un patrón muy complicado, de manera que podía oscilar hacia el interior, y doblarse, estirarse, plegarse en tres dimensiones sin ni siquiera enredarse, apuntando hacia dentro y hacia fuera, ondulando con elegancia, desplegándose, y subiendo y bajando y volviendo a caer.

–Si estuviera diciéndonos algo… -dijo Lyra.

–A lo mejor son señales.

–Pero nadie se enteraría. Nadie sabría lo que significa.

–Es posible que no signifique nada.

–Todo tiene un significado -comentó Lyra con gravedad-. Sólo hemos de aprender a descifrarlo.

Pantalaimon saltó desde el parapeto hasta alcanzar la esquina de la piedra, donde permaneció apoyado sobre las patas traseras, conservando el equilibrio con la cola y contemplando fijamente la turbulenta bandada de pájaros que revoloteaban a lo lejos.

–Pero ¿qué es eso? – preguntó.

Lyra sabía bien a qué se refería. También estaba observando la bandada. Algo estaba entorpeciendo el constante movimiento humeante y ondulante de los estorninos, como si aquel paño multidimensional se hubiera quedado trabado en un nudo.

–Están atacando algo -dijo Lyra, protegiéndose los ojos con la mano.

Se estaban acercando. Ahora Lyra los oyó: un grito estridente, enfadado, insensato. El pájaro que ocupaba el centro del furioso torbellino volaba de derecha a izquierda, acelerando para subir de pronto, o cayendo en picado hasta rozar los tejados, y cuando llegó junto a la aguja de la University Church, y antes de que pudieran reconocer qué clase de ave era, Lyra y Pan se encontraron temblando de sorpresa. Porque a pesar de su forma aquello no era un pájaro, sino un daimonion. El daimonion de una bruja.

–¿Lo ha visto alguien más? ¿Lo está viendo alguien? – preguntó Lyra.

Los ojos negros de Pan recorrieron los tejados y las ventanas, mientras Lyra se inclinaba para observar la calle en ambas direcciones antes de escudriñar el resto del panorama, hasta donde estaba el frontispicio rectangular del Jordan, y su mirada subió luego hasta el tejado. Los ciudadanos de Oxford iban enfrascados en su rutina diaria, y el ruido de los pájaros en el cielo no les llamaba la atención. Mejor así, porque un daimonion no pasa desapercibido, y ver uno sin su humano hubiera suscitado sensación, cuando no un alarido de miedo y horror.

–¡Oh, por aquí, por aquí! – exclamó Lyra, que no quería gritar, pero que saltaba y agitaba los brazos; y Pan, por su parte, también intentaba llamar la atención del daimonion, saltando de piedra en piedra y girando, para volver a saltar seguidamente.

Ahora los pájaros estaban más cerca, y Lyra acertaba a ver con claridad al daimonion: un pájaro oscuro del tamaño de un tordo, pero con las alas más largas y arqueadas, y con la cola en forma de tijera. Algo había hecho a los estorninos, porque las aves estaban dominadas por el miedo y la rabia, y lo acometían, picando, desgarrando, esforzándose por derribarlo.

–¡Por aquí! ¡Aquí, aquí! – exclamó Pan, y Lyra abrió de golpe la trampilla para ofrecer una salida de escape al daimonion.

El fragor, ahora que los estorninos estaban casi sobre ellos, era ensordecedor, y Lyra se dijo que la gente de la calle debía de estar mirando aquella guerra que se libraba en el cielo. Eran tantos los pájaros que parecían una tormenta de copos de nieve negros. Lyra se cubrió la cabeza con un brazo y perdió de vista al daimonion.

Pero Pan lo había cogido. Cuando el daimonion-pájaro se lanzó en picado hacia la torre, Pan se irguió sobre las patas traseras y de un salto cazó al daimonion al vuelo.

Sin soltarlo, rodó hacia la trampilla, por la que cayeron ambos torpemente, mientras Lyra golpeaba el aire a derecha e izquierda, y luego se precipitaba tras los dos daimonions, cerrando la trampilla a sus espaldas.

Lyra se agazapó en los escalones, justo debajo de la trampilla, mientras los gritos y chillidos del exterior iban perdiendo fuerza. En ausencia de su provocador, los estorninos no tardaron en calmarse.

–¿Y ahora qué? – susurró Pan, que estaba debajo de Lyra.

Los peldaños de madera descendían hasta una puerta cerrada al pie de la escalinata. Otra puerta, en el rellano, daba a los aposentos del joven doctor Polstead, que era uno de los pocos licenciados capaces de subir a lo alto de la torre varias veces al día. Como era joven, se encontraba en plena forma, y Lyra estaba segura de que la habría oído cerrar la trampilla de un portazo.

Se llevó un dedo a los labios. Pantalaimon levantó la vista en medio de la penumbra, lo vio y volvió la cabeza para escuchar. Había un tenue parche de un color suave en el escalón que estaba a su lado, y cuando los ojos de Lyra se adaptaron a la oscuridad, percibió la forma del daimonion y el parche de plumas blancas en forma de V de la cola.

Silencio. Lyra susurró:

–Señor, tenemos que esconderte. Tengo una bolsa de lona. Si te parece bien, te meteré dentro y te llevaré a nuestro cuarto…

–Sí -fue la respuesta susurrada desde abajo.

Lyra pegó el oído a la trampilla. No oyó nada, así que la levantó cuidadosamente y luego salió corriendo para recoger su bolsa y los libros que había estado estudiando. Los estorninos habían dejado pruebas de sus últimas comidas en las tapas de ambos libros, y Lyra torció el gesto al pensar en la excusa que tendría que dar al bibliotecario del St. Sophia. Recogió apresuradamente los libros y el bolso antes de bajar por la trampilla. Llegó a tiempo de oír el susurro de Pan:

–Sssh…

Se oían voces procedentes de la puerta de abajo: dos hombres salían del cuarto del doctor Polstead. Visitas… El curso académico no había empezado todavía, de manera que no se trataba de que impartiera un seminario.

Lyra abrió la bolsa. El extraño daimonion dudó. Era el daimonion de una bruja, y estaba hecho a los espaciosos cielos árticos. La oscuridad de la pequeña bolsa le resultaba oprimente.

–Señor, será cuestión de cinco minutos -susurró Lyra-. No podemos correr el riesgo de que alguien te vea.

–¿Eres tú Lyra Silvertongue?

–Sí, soy yo.

–Muy bien -asintió, y se deslizó delicadamente en el interior de la bolsa que Lyra mantenía abierta.

Lyra levantó la bolsa con cuidado, esperando a que las voces de las visitas, que bajaban una escalera, se acallaran. Acto seguido, Lyra pasó por encima de Pan y abrió la puerta procurando no meter ruido. Pan pasó como si avanzara en un agua oscura, y Lyra, con la bolsa al hombro, le siguió. Cerró la puerta a sus espaldas.

–¿Lyra? ¿Qué pasa?

La voz procedente de la puerta la sobresaltó. Pan, que iba un paso por delante de ella, emitió un leve silbido.

–Doctor Polstead -dijo Lyra, volviéndose-. ¿Ha oído usted los pájaros?

–¿Todo ese escándalo era por eso? He oído portazos.

El doctor era gordo, pelirrojo, afable; más inclinado a mostrarse amable con Lyra que ésta con él. Pero la chica siempre le trataba con mucha educación.

–No sé qué les pasaba. Estorninos, procedentes del Magdalen College. Parece que se han vuelto locos. ¡Mire!

Y le mostró sus libros manchados. El doctor hizo una mueca.

–Más vale que los limpies -le aconsejó.

–Pues claro -replicó Lyra-. Es precisamente lo que iba a hacer ahora.

El daimonion del doctor era una gata, tan pelirroja como él. Saludó ronroneando desde el umbral de la puerta y Pan le contestó cortésmente, antes de seguir su camino.

En época de clases, Lyra se alojaba en el St. Sophia, pero su cuarto en el Jordan estaba libre para cuando quisiera usarlo. El reloj estaba dando las seis y media cuando entró precipitadamente en su habitación con su cargamento vivo, que era mucho más ligero que su propio daimonion.

Tan pronto como cerraron la puerta, colocó la bolsa en su escritorio y dejó salir al daimonion. Este estaba asustado, y no sólo por la oscuridad.

–No puedo permitir que te vean… -empezó a decir ella.

–Lo comprendo, Lyra Silvertongue. Tienes que llevarme hasta una casa de esta ciudad… Yo no consigo encontrarla, no conozco las ciudades…

–Alto -le interrumpió ella-. Espera, no tan deprisa. ¿Cómo te llamas y cómo se llama tu bruja?

–Me llamo Ragi, y mi bruja, Yelena Pazhets. Me ha enviado ella… Tengo que encontrar a un hombre que…

–Por favor -le pidió Lyra-, baja la voz. Aquí estoy segura, ésta es mi casa, pero la gente es curiosa… Si oyeran la voz de otro daimonion, me costaría explicarlo, y estarías en peligro.

El daimonion, inquieto, revoloteó hasta el alféizar de la ventana, y de allí al respaldo de la silla de Lyra, para acabar volviendo a la mesa.

–Sí -prosiguió él-. Tengo que ver a un hombre de esta ciudad. Conocemos tu nombre y sabemos que puedes ayudarnos. Me da miedo estar tan al sur, y bajo techo.

–Si puedo ser de ayuda, contad conmigo. ¿Quién es ese hombre? ¿Sabes dónde vive?

–Se llama Sebastian Makepeace. Vive en Jericó.

–¿En Jericó? ¿No te han dado más señas?

El daimonion se mostró desconcertado. Lyra no le presionó. Para una bruja del remoto norte, una aldea de más de cuatro o cinco familias era algo inimaginablemente vasto y poblado.

–Está bien -le dijo-. Intentaré localizarlo, pero…

–¡Ahora! ¡Es muy urgente!

–No. Ahora no. Esta noche, cuando oscurezca. ¿Estarás bien aquí? ¿O prefieres venir con nosotros a… mi escuela, que es donde yo debería estar ahora?

Voló de la mesa a la ventana abierta, yendo a posarse en el alféizar por un momento, y desde allí se fue volando, girando en el aire para sobrevolar el patio. Pantalaimon saltó al alféizar para vigilarlo, mientras Lyra buscaba un mapa de la ciudad en las desordenadas estanterías.

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