–¿Se ha ido? – preguntó por encima del hombro.
–Ya vuelve.
El daimonion entró volando, agitando las alas hacia delante para frenar y aterrizó en el respaldo de la silla.
–Peligro fuera y asfixia dentro -se lamentó.
Lyra dio con el mapa y se dio la vuelta.
–Señor -dijo-, ¿quién te dio mi nombre?
–Una bruja del lago Enara. Dijo que el clan de Serafina Pekkala tenía una buena amiga en Oxford. Nuestro clan es aliado suyo mediante el juramento del abedul.
–¿Y dónde está Yelena Pazhets, tu bruja?
–Está enferma, en los Urales, en nuestra patria.
Lyra imaginaba que Pan estaría ansioso por hacer preguntas, y entornó los ojos en un parpadeo que sabía que él sabría interpretar como: «No. Espera. Calla.»
–No puedes quedarte en mi bolsa hasta que anochezca -le dijo-, así que dejaré la ventana abierta para que puedas refugiarte aquí y también salir a volar si te apetece. Volveré a las… ¿Entiendes las horas como nosotros?
–Sí. Aprendimos en Trollesund.
–Desde aquí puedes ver el reloj que hay sobre la puerta. A las ocho y media estaré en la calle fuera de la torre, donde nos encontramos. Vuela hasta allí para reunirte con nosotros, y te llevaremos hasta el señor Makepeace…
–Sí… Sí. Gracias.
Cerraron la puerta y salieron corriendo. Lo que Lyra había dicho era verdad: tenía que estar en la escuela, pues servían la cena a las siete para todos los alumnos, y sólo faltaban veinte minutos.
Pero camino de la rectoría se acordó de una cosa y se volvió hacia el portero.
–Señor Shuter, ¿tiene una guía telefónica de Oxford?
–¿La quiere por oficios o por direcciones, señorita Lyra?
–No lo sé. Las dos. Una donde salga Jericó.
–¿Qué anda buscando? – inquirió el viejo, tendiéndole dos maltrechas guías.
El portero era un amigo. No era de los curiosos.
–Una persona llamada Makepeace -explicó Lyra, buscando el apartado de Jericó en la guía de direcciones-. ¿Sabe usted si hay una empresa o una tienda que se llame Makepeace?
–No, que yo sepa -respondió el portero.
El hombre estaba sentado en la pequeña recepción, donde recibía a visitantes, comisiones, estudiantes. A su espalda, fuera del alcance de la vista, había un casillero para uso de los licenciados, y para Lyra también, y mientras ésta pasaba el dedo rápidamente por la lista de los residentes en Jericó, una voz jovial la interpeló desde la recepción.
–¿Estás buscando al alquimista, Lyra?
Y la cabeza pelirroja del doctor Polstead asomó por la ventanilla del portero, esbozando una sonrisa de curiosidad.
–¿El alquimista? – preguntó ella.
–El único Makepeace del que tengo noticia es un tipo llamado Sebastian -dijo el doctor, manipulando una serie de documentos-. Fue licenciado de Merton, hasta que se volvió loco. Aunque no me explico cómo consiguieron enterarse, en un sitio como aquél. Se consagró a la alquimia… ¡en esta época! Se pasaba el tiempo convirtiendo el plomo en oro, o mejor dicho, intentándolo. A veces se le puede ver en Bodley; habla solo… Tuvieron que soltarlo, pero parece que no es peligroso. Su daimonion es un gato negro. ¿Por qué lo buscas?
Lyra lo había encontrado: una casa de Juxon Street.
–La señorita Parker nos ha hablado de cuando era pequeña -contestó con llana franqueza-, y nos ha dicho que un tal William Makepeace sabía preparar el dulce de leche como nadie, y por eso le buscaba, porque quisiera conseguir dulce de leche para la señorita Parker, porque es la mejor profesora que he tenido, y no es nada aburrida como tantos otros…
No existía ninguna señorita Parker, y el doctor Polstead había sido, muy a su pesar, el profesor de Lyra durante seis difíciles semanas, hacía ya dos o tres años.
–Muy buena idea -comentó el doctor-. Dulce de leche. Hummm.
–Gracias, señor Shuter -dijo Lyra, y dejó las guías en la estantería antes de salir corriendo hacia Turl Street, con Pan pegado a sus talones, camino de los parques y del St. Sophia.
Al cabo de quince minutos se sentaba para cenar en el refectorio, jadeando y procurando ocultar las sucias manos. En aquel college tenían por costumbre no usar la mesa de los profesores cada día, de manera que los licenciados se sentaban con los estudiantes, y los profesores y alumnos veteranos de la escuela, entre los que figuraba Lyra, hacían lo mismo. Era muestra de buena educación no sentarse siempre con la misma pandilla de amigos, para que la conversación a la hora de comer fuera abierta y general.
Esa noche, Lyra se encontró sentada entre una licenciada de edad, una historiadora llamada señorita Greenwood, y una alumna del curso más avanzado, cuatro años mayor que Lyra. Mientras comían el plato de cordero con patatas hervidas, Lyra dijo:
–Señorita Greenwood, ¿cuándo dejaron de interesarse por la alquimia?
–¿Dejaron? ¿A quiénes te refieres, Lyra?
–A los que… Supongo que a la gente que piensa acerca de las cosas. Formaba parte de la teología experimental, ¿no es verdad?
–Sí. De hecho, a los alquimistas debemos muchos descubrimientos, acerca de la acción de los ácidos y otras cosas. Pero su concepción del universo era insostenible, y cuando apareció otra mejor, la estructura que sostenía todas sus creencias se desmoronó. La gente que piensa acerca de las cosas, como tú dices, descubrió que la química tenía una estructura conceptual más coherente y sólida. Explicaba más y mejor el porqué de las cosas, ¿entiendes?
–¿Cuándo ocurrió eso?
–Creo que no ha habido alquimistas serios desde hace doscientos cincuenta años. Aparte del famoso alquimista de Oxford.
–¿Quién era?
–No recuerdo su nombre. Ironía… ¿Por qué se me habrá ocurrido esta palabra?… No ha muerto… Es un ex licenciado excéntrico. Se encuentra gente así en la periferia de la erudición… A veces son genuinamente brillantes… pero un poco chiflados, ¿sabes? Se guían por una idea disparatada sin fundamento, pero que a ellos les parece que contiene la clave de la comprensión del cosmos. He visto casos así más de una vez… Es trágico, la verdad.
El daimonion de la señorita Greenwood, un tití, dijo desde el respaldo de la silla.
–Se llamaba Makepeace.
–¡Claro! Por eso dije lo de ironía.[2]
–¿Por qué? – inquirió Lyra.
–Porque decían que era muy violento. En una ocasión fue juzgado por homicidio involuntario… Creo recordar que fue declarado inocente. Pero no debo contar chismes del pasado.
–Lyra -dijo la chica que tenía a la izquierda-, ¿te gustaría venir al Musical Society esta noche? Dan un recital de Michael Coke; ya sabes, el flautista…
A Lyra no le iba bien.
–Ojalá pudiera, Ruth -se disculpó-. Pero voy tan atrasada con el latín… Tengo que estudiar esta noche.
La otra chica asintió tristemente. No esperes ningún otro favor de ella, se dijo Lyra, y lo lamentó, pero la cosa no tenía remedio.
A las ocho y media, Lyra y Pan salieron de debajo de la gran cúpula de Radcliffe Camera y se internaron en la estrecha callejuela, tras la que sobresalían los castaños que separaban el Jordán College de Brasenose.
No era difícil salir de la escuela St. Sophia, pero a las chicas que habían pillado las habían castigado severamente, y Lyra no quería que la atraparan. Llevaba ropas oscuras y corría muy rápido. Lyra y Pan, con su poder de separación brujesco, habían conseguido despistar a más de un perseguidor.
Al llegar al cabo de la callejuela que desembocaba en Turl Street, se asomaron para mirar a ambos lados, pero sólo vieron a tres o cuatro personas. Antes de que alcanzaran la primera farola de gas, oyeron un revuelo de alas, y el daimonion-pájaro fue a posarse en la elevada baliza de madera que impedía el tráfico rodado por la callejuela.
–Ahora puedo llevarte a la casa -dijo Lyra-, pero luego tengo que volver. Tardaremos unos quince minutos. Yo iré delante… Tú vuela detrás de mí.
Iba ella a alejarse, cuando el daimonion-pájaro aleteó con brío y dijo, muy agitado:
–No… No… Tienes que asegurarte de que es él… ¡Por favor, quédate para comprobar que es él!
–Bueno, también podríamos llamar a la puerta -comentó Lyra.
–No, tienes que entrar en la casa conmigo para asegurarte… ¡Es importante!
Lyra sintió que Pan se estremecía levemente y le acarició: calma. Tomaron por Broad Street y pasaron por delante del pequeño oratorio de St. Ann Magdalen, donde la calle Cornmarket daba a la ancha avenida de St. Giles, bordeada de árboles. Era la parte del recorrido más animada y mejor iluminada, y a Lyra le hubiera gustado tomar a la izquierda para recorrer el laberinto de callejuelas por las que se podía ir a casa del alquimista, pero ella y Pan convinieron quedamente que sería mejor permanecer en la avenida de St. Giles, donde el daimonion-pájaro estaba obligado a mantenerse a cierta distancia de ellos, de modo que podían hablar sin que les oyera.
–No hay manera de saber si es él, porque no le conocemos -dijo Pan.
–Puede que hayan sido amantes, él y la bruja, aunque no sé qué puede haber visto una bruja en un viejo y rancio alquimista… ¿Pero y si ese hombre es un asesino?
–Yo no he oído hablar de ese juramento del abedúl.
–Lo que no quita que pueda existir. Hay muchas cosas de brujas que no llegaremos a saber nunca.
Acababan de dejar atrás el oratorio de Grey Friar, por cuyas ventanas salían las voces de un coro que cantaba un responso en unas exequias nocturnas.
–¿Dónde está ahora? – dijo Lyra en voz baja.
–En uno de los árboles de atrás. A cierta distancia.
–Pan, no sé si debemos…
Hubo un precipitado batir de alas, y el daimonion-pájaro pasó volando por encima de sus cabezas antes de aterrizar en la rama baja de un plátano que se alzaba ante ellos. Alguien que venía por la callejuela de la izquierda se sobresaltó y lanzó un grito. Luego siguió su camino.
Lyra aminoró la marcha y miró el escaparate de la librería de la esquina. Pan saltó a su hombro y le murmuró al oído:
–¿Por qué no nos fiamos?
–No lo sé, pero es así.
–Es la alquimia.
–¿Desconfiaríamos menos si fuese un licenciado corriente?
–Sí. La alquimia es una tontería.
–Pero eso es asunto de la bruja, no nuestro…
Tras ellos, en el árbol el daimonion profirió una suerte de graznido ahogado. Era como una advertencia. Lyra y Pan lo entendieron. Estaba diciéndoles: adelante, tenemos que darnos prisa, no nos quedemos aquí plantados. Pero unas palomas que dormían en las copas de los árboles se despertaron y se lanzaron al vuelo batiendo las alas furiosamente. Se lanzaron sobre el daimonion, que huyó por la espaciosa avenida de St. Giles, ganando altura a toda velocidad en la oscura noche. Las palomas lo persiguieron, pero no por mucho rato. Eran menos agresivas que los estorninos, o a lo mejor tenían sueño. Con gran alboroto, volvieron a sus nidos para reanudar su sueño.
–¿Adonde se ha ido? – preguntó Lyra, escudriñando el cielo por encima de St. John's College.
–Ahí está…
Un punto más oscuro que el cielo erraba indeciso, describiendo círculos, hasta que los vio y bajó para posarse en un alféizar protegido por una rejilla de hierro. Lyra se acercó con aire despreocupado, y cuando estuvieron lo suficientemente cerca como para que Pan no alarmara al daimonion-pájaro, aquél saltó al alféizar, a su lado. A Lyra le encantó cómo lo hizo: con gracia, sin el menor ruido, conservando el equilibrio.
–¿Falta mucho? – preguntó el daimonion con voz temblorosa.
–No mucho -contestó Pantalaimon-. Pero no nos has dicho toda la verdad. ¿De qué tienes miedo?
El daimonion-pájaro intentó echar a volar, pero en ese momento se dio cuenta de que una de las firmes garras de Pan le sujetaba por la cola. Agitando las alas con ímpetu, el daimonion fue a darse contra la rejilla, y lanzó un grito ahogado como el que había enfurecido a las palomas. A continuación guardó silencio para evitar que le oyeran y le atacaran otra vez. Forcejeó para recuperar el equilibrio.
Lyra se acercó a él todo lo que pudo.
–Si no nos dices la verdad puedes meterte en un buen lío -le advirtió-. No sabemos de qué se trata, pero seguramente es peligroso. Tu bruja debería saberlo. Si estuviera aquí, le obligaría a decirnos la verdad, o ella misma nos la diría. ¿Para qué quieres ver a ese hombre?
–Tengo que pedirle una cosa -respondió el daimonion con voz temblorosa.
–¿De qué se trata? Tienes que decírnoslo.
–Una medicina para mi bruja. Ese hombre sabe hacer un elixir…
–¿Y ella cómo lo sabe?
–El doctor Lanselius visitó a ese hombre. Él lo sabe. Él puede asegurarlo.
El doctor Lanselius era el cónsul de todos los clanes de brujas de Trollesund, en el remoto norte. Lyra recordaba haber visitado su casa y el secreto que había oído por casualidad, secreto que había tenido consecuencias transcendentales. Sin duda se hubiera fiado del doctor Lanselius, pero otra cosa era dárselo a alguien que hablaba en su nombre. Y en cuanto al elixir…
–¿Por qué necesita tu bruja una medicina humana? ¿No disponen las brujas de toda clase de remedios propios?
–No para esta enfermedad. Es nueva. Sólo el elixir del oro puede curarla.
–Si está enferma, ¿cómo es que tú no lo estás? – preguntó Pan.
El pájaro retrocedió hasta la zona más oscura del alféizar. Pasaba en ese momento un matrimonio de mediana edad, cogidos del brazo, con un ratón y una ardilla como daimonions, que les miraron con curiosidad.
–Es una enfermedad nueva -respondió, tembloroso-. Una enfermedad del sur. Las brujas se debilitan y mueren, pero a los daimonions no nos afecta. He sabido de tres o cuatro hermanas del clan que han fallecido, y sus daimonions siguen vivos… Solos y pasando frío…
Pantalaimon soltó un leve maullido de angustia y saltó al hombro de Lyra. Ella levantó la mano para sujetarlo con firmeza.
–¿Por qué no lo has dicho antes? – preguntó.
–Me daba vergüenza y temía que me rechazaras. Los pájaros lo pueden presentir… Saben que llevo la enfermedad. Por eso me atacaron. Durante el camino he tenido que evitar muchas bandadas de pájaros, he tenido que desviarme muchas leguas…
Parecía muy desdichado, acurrucado allí en la sombra fría. Lyra pensó en su bruja, esperando en el norte con la vaga esperanza de que volviera con algún remedio, y las lágrimas acudieron a sus ojos. Pan le había dicho que era demasiado blanda y demasiado sensible, pero no había servido de nada. Desde que se había separado de Will, dos años antes, las cosas más nimias la conmovían y afligían. Como si su corazón hubiera quedado dañado para siempre.
–Pues venga -dijo Lyra-. Vayamos a Juxon Street. Ya no queda lejos.
Echó a andar a buen paso, con Pan brincando delante de ella. Una docena de pensamientos contradictorios cruzaban su cabeza como nubes proyectando su sombra sobre un trigal en un día de viento, pero no tenía tiempo para considerarlos, porque ya estaban torciendo la esquina de Little Clarendon Street, la calle de tiendas de moda y cafés chics, donde la juventud del Oxford de Lyra pasaba el tiempo; y de ahí directos a Walton Street, con el macizo edificio de la Fell Press a la izquierda. Ahora ya estaban en Jericó.
Juxon Street era una de las callejuelas de casas de ladrillos, escalonada en terraza, que bajaba hasta el canal. Casas de obreros, trabajadores de la Press o de la Fundición Eagle, situada detrás de la calle, barqueros y sus familias. Al otro lado del canal, se extendía hasta