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作者:西- Pullman, Philip 当前章节:15839 字 更新时间:2026-6-22 20:41

Juxon Street

JERICÓ

…ser, en las palabras del tal vez no bien informado geográficamente poeta Oscar Baedecker, “las costas que Oxford comparte con Bohemia”.

Juxon Street va desde el extremo norte de Walton Street hacia el oeste hasta el canal. Consiste, en su mayor parte, en un terreno escalonado en terraza, con respetables casas de ladrillo bien conservadas. En este lugar se establecieron viviendas hace ya mil años, como mínimo, y fue en una casa de esta calle donde Randolph Lucy, en 1668, fundó su laboratorio de alquimia.

Lucy y su daimonion-águila eran muy conocidos en las estrechas calles que llevaban al río durante la última parte del siglo XVII. Se contaban muchas historias de extraños ruidos y olores procedentes de la bodega donde intentaba vanamente convertir el plomo en oro. Se rumoreaba que mantenía encerrados en botellas de cristal a una docena o más de espíritus, y que en las noches silenciosas, los vecinos oían sus gritos mortecinos.

Lucy murió en 1702, víctima, según dicen, del hechizo de una bruja despechada, cuyo amor él había rechazado. Encontraron su cuerpo tendido delante de su horno, rodeado por los restos diseminados de varias de sus vasijas. En la noche de su muerte, todos los pájaros de Oxford chillaron sin parar durante horas, “con un tumulto y frenesí como no se había oído nunca”.

Se desconoce el paradero exacto de la casa y del laboratorio de Lucy.

La Fundición Eagle, que ahora se encuentra detrás de JuxonStreet, lindando con el canal, no guarda relación, que sepa el que esto escribe, con los experimentos metalúrgicos de este siniestro bohemio de hace siglos. La compañía fue fundada por el célebre maestro fundidor Walter Thrupp en 1812, en parte para fabricar el nuevo “Thunderer”, cañón diseñado para ser empleado en las guerras bálticas por la flota de Su Majestad. Port Meadow (ver. 17-19), al otro lado del canal de Oxford, fue requisado para probar aquella temible arma, que causó grandes estragos y no poco sufrimiento a la horicultura de Oseney.

Sin embargo, desde hace ya bastantes años, la Fundición Tagle está al servicio de la paz. Allí se forjan a miles tapas de alcantarilla, verjas de hierro, farolas y objetos similares, que reparten por todo el reino estrechas barcazas pintadas de vivos colores, que descargan mineral y carbón, y cargan los productos acabados, en los muelles que se encuentran detrás de las fundiciones

El canal de Oxford conecta la ciudad de Oxford con la gran red de canales que se extienden desde la firmeza giptana de la anglia oriental hasta las tierras de carbón de las West Midlands. Durante cientos de años, los honrados ciudadanos de Oxford habían mirado con recelo a los que vivían y trabajaban en el canal, aun cuando todos dependían de las barcas del canal para que les trajeran las mercancías y viene que llevaban a las tiendas, mercados y fábricas de la ciudad.

El mismo canal data de muy antiguo, pues se remonta a la época de los romanos. De hecho, bajo el fango de Isis Lock descubrieron una antigua embarcación romana. Los estudios arqueológicos afirman que fue hundida deliberadamente en un sacrificio a Fluvius, dios del agua. Se encontraron en la cala los esqueletos de cinco niños. La embarcación y su contenido se exhiben en el museo de la ciudad en St. Aldate (p.28).

En las Edades Frías, el canal se deterioró y su superficie helada fue usada como ruta de esquí en las incursiones de rapiña de los bárbaros del norte. En 1005 hubo una gran batalla en Wolvercote (conocido entonces como Ulfgarcote), en el extremo norte de Port Meadow. Entre una expedición guerrera del reino vikingo de Jorvik y una partida de valientes ciudadanos de Oxford, reforzada por los giptanos, sus aliados, en la que los invarores fueron derrotados, quebrándose su poder definitivamente.

Eso supuso la primera asociación entre Oxford y los giptanos, alianza que se prolongó durante casi mil años de comercio continuo y amistad algo cautelosa. El gran acontecimiento del calendario giptano es la Feria de los Caballos, festividad anual que se celebra la segunda semana de julio, y en la que Port Meadow luce banderas, estandartes, tiendas, pabellones, y las escarapelas y sedas de colores de los caballos, que se exhiben y comercian, mientras que el mismo canal está abarrotado desde Folly Bridge a Wolvercote de barcazas procedentes de los cuatro rincones del reino. Dicen que durante la semana de la Feria de los Caballos desaparecen más pequeños objetos de los alféizares de las ventanas que en cualquier otra época del año. Y no deja de llamar la atención el hecho de que nazcan más niños en Oxford en abril que en los demás meses.

Jericó es también el hogar del mundialmente famoso Fell Press, con sus grandes edificios neoclásicos de Great Clarendon Street, que se remontan a los primeros tiempos de la imprenta de Oxfod, cuando Joachin Fell, fugitivo de las persecuciones religiosas de Mainz, llegó a Oxford con algunos tipos de la famosa prensa Gutenberg. R. Heapy, en Cinco siglos de imprenta en Oxford (Fell Press, 20 guineas), expone magníficamente la historia de Oxfod como centro de imprenta y publicación.

Dicen que los edificios de la Fell Press se levantaron sobre los cimientos de un templo romano de Mitra, y que los primeros impresores vivieron desazonados por la presencia de espíritus nocturnos. A principios del siglo XVII una tal Loly Parsons, célebre mujer de moral disoluta, regentaba una taberna en el mismo edificio de la prensa, durante las horas de oscuridad, a espaldas de sus devotos ocupantes. Cuentan que era muy popular entre los licenciados de Worcester y los barqueros giptanos. En el curso de unas obras de remodelado y ampliación, en el siglo XVIII, se abrió accidentalmente un pozo infectado en el lado sur del edificio principal, y las ponzoñosas emanaciones no permitieron la vida en el distrito durante semanas.

Las relaciones entre la Fell Press y la Universidad fueron estrechas, pero conflictivas. En cierto momento, se propuso incorporar la prensa al college, y algunos de los editores de más edad o impresionables no se recuperaron nunca del desengaño sufrido al saber que unos antiguos estatutos prohibían esa asociación. Hoy día, la Press es una activa editorial de libros académicos y de comercio, prez de Jericó y de la ciudad en general.

El oratorio de St. Barnabas el Químico, obra de sir Arthur Blombield se eleva por encima de las callejuelas de Jericó, y es una referencia familiar visible desde tan lejos como los bosques de White Ham. Se trata de un edificio sorprendente, diseñado en el estilo veneciano, y dedicado al poco conocido san Barnabas, un santo menor.

Cuentan que san Barnabas fue uno de los primeros teólogos experimentales que vivió en Palmira durante la última parte del siglo III. Inventó un aparato para la purificación de ciertas esencias extrañas y óleos fragantes, y acabó como perfumero jefe de la reina Zenobia. Fue decapitado…

las colinas y bosques de White Ham la amplia superficie de Port Meadow, y Lyra alcanzó a oír el grito de un ave nocturna en el distante río.

En la esquina, Pantalaimon esperó a que Lyra se le acercara y volvió a saltar sobre su hombro.

–¿Dónde está? – musitó ella.

–En el olmo de ahí atrás. Está vigilando. ¿Falta mucho para la casa?

Lyra miró los números de las puertas de las viviendas más cercanas.

–Debe de estar en la otra esquina -dijo-. Cerca del canal…

La otra esquina de la calle, a la que se acercaban, estaba sumida en una oscuridad completa. La farola más cercana se encontraba a cierta distancia, y sólo un débil resplandor escapaba de unas ventanas con cortinas. La luna, casi llena, brillaba lo suficiente como para proyectar su sombra sobre el pavimento.

Era una calle sin árboles, y Lyra confiaba en que el daimonion-pájaro pudiera resguardarse a las sombras de los tejados. Pan musitó:

–Va avanzando por debajo de los aleros.

–Mira -exclamó Lyra-, aquélla es la casa del alquimista.

Casi habían llegado a la puerta, una puerta anodina, que daba a un pequeño espacio de hierba grisácea detrás de un muro bajo, con una ventana al lado y otras dos más en el piso de arriba. La casa tenía sótano. Al pie del muro de la entrada se filtraba una débil luz en el descuidado jardín, y aunque el cristal estaba demasiado sucio como para ver a través de él, Lyra y Pan acertaron a vislumbrar el fulgor rojizo de un fuego.

Pan saltó al suelo para atisbar por el cristal, colocándose a un lado para ser visto lo menos posible. En ese momento el daimonion-pájaro se encontraba justamente sobre el tejado y no vio que Pan se volvía y saltaba sobre el hombro de Lyra para susurrarle al oído con apremio:

–¡Ahí dentro hay una bruja! Hay un horno y un montón de instrumentos, y me ha parecido ver a un hombre tumbado… puede que muerto… ¡Hay una bruja!

Algo no encajaba. Las sospechas de Lyra se inflamaron como la llama de un quinqué salpicada por alcohol.

¿Qué harían?

Sin apresurarse ni dudar, Lyra bajó de la acera y se dispuso a cruzar la calle, caminando hacia la última casa del otro lado, como si ése hubiera sido su destino desde el principio.

El daimonion-pájaro del tejado que estaba a su espalda emitió aquella especie de grito ahogado, pero esta vez en un tono más alto, y se arrojó desde arriba para revolotear en torno a la cabeza de Lyra. Esta le oyó y se volvió, y él, agitando mucho las alas, dijo:

–¿Adonde vas? ¿Por qué has cruzado la calle?

Lyra se agachó, obligándole a volar más bajo, y Pantalaimon tuvo que hacer equilibrios en el hombro de la chica, cuando ésta se incorporó de golpe. De hecho, llegó a arañarle el hombro, pero Lyra logró su propósito: cazó al daimonion-pájaro en el aire y le obligó a bajar al suelo, aunque con un sinfín de chillidos, gruñidos y arañazos furiosos…

Y entonces, de la casa que habían dejado a sus espaldas salió un alarido terrible: el propio de una bruja.

Lyra se volvió para enfrentarse a ella. Pan era más fuerte y pesaba más que el otro daimonion, pero la bruja era otra cuestión: era un ser adulto en comparación con la joven Lyra, y además, un ser acostumbrado a pelear y a matar. ¿Qué significaba todo aquello? Lyra sintió que la cabeza le daba vueltas. Habían estado en un tris de caer en una trampa, y ahora tendría que pelear para defender su vida. La chica pensó: «Will… Will… Sé como Will…»

Todo ocurrió muy deprisa. La bruja salió corriendo y trastabillando por la puerta, cuchillo en mano, con el rostro demudado y los ojos fijos en Lyra. Los dos daimonions forcejeaban, gruñendo, bufando, mordiendo, desgarrando, y los golpes eran dolorosos, para ambos. Lyra retrocedió hacia el centro de la calle y corrió en dirección al canal, pensando que si conseguía que la bruja la persiguiera…

El rostro de la bruja apenas tenía rasgos humanos: era una máscara de locura y odio, tan impresionante que Lyra se acobardó al verlo. Sin embargo, mantuvo fija en la mente la imagen de Will: ¿qué haría él en su lugar? Él habría permanecido tranquilo, esperaría la ocasión apropiada, miraría dónde ponía los pies, mantendría un buen equilibrio. Cuando la bruja arremetió contra Lyra, la joven estaba dedicada a hacerle frente con toda la valentía de que fuera capaz.

Pero entonces, en cuestión de un segundo, pasó algo de lo más asombroso. Lyra sintió un golpe en la cabeza y se hizo a un lado, titubeando, mientras una gran forma blanca pasaba velozmente a su lado en dirección a la bruja. El aire se llenó con el monstruoso golpear de un enorme par de alas, y a continuación, antes de que pudiera prevenirse, la bruja fue derribada por la fuerza de un inmenso cisne lanzado a toda velocidad.

Pan soltó un grito, pues el daimonion-pájaro, al que sujetaba para que no escapara, yacía inerte, sin ofrecer resistencia. La bruja, que seguía viva, se estaba arrastrando en dirección a Lyra, reptando como un lagarto enfermo, y en su penoso avance producía chispas -chispas de verdad-, cuando su cuchillo entraba en contacto con el pavimento. Más allá, el cisne yacía con las alas extendidas, indefenso. Lyra, por su parte, se sentía debilitada y aturdida por el golpe recibido, apenas con fuerzas para poner en orden sus pensamientos.

–Ha muerto. Han muerto, Lyra -dijo Pan, con voz trémula.

Los ojos de la bruja seguían fijos en Lyra, y los músculos de sus brazos todavía la mantenían por encima del suelo, pero se había roto la espalda, y no había vida en su expresión. De pronto, los músculos cedieron y se vino abajo como un trapo.

El cisne empezó a moverse, tratando de incorporarse, cuando Lyra sintió el impetuoso batir de alas una vez más, y tres cisnes cruzaron el canal, volando bajo, y pasaron por encima de su compañero herido. Los vecinos debían de haber oído aquel escándalo, seguramente se asomaban a las ventanas y abrían las puertas, pero a Lyra no la asustó esa posibilidad. Se incorporó y corrió hacia el cisne caído, que seguía batiendo las alas torpemente e intentaba apoyarse en la blanda tierra para incorporarse.

Dominando su miedo ante el afilado pico, Lyra se arrodilló junto al ave y, abarcando su cuerpo con ambas manos, intentó levantarla. No era nada fácil, pues el cisne también tenía miedo, y forcejeaba y agitaba las alas, pero Lyra acabó por encontrar el mejor ángulo y logró cogerlo en brazos. Tambaleándose y esforzándose por no pisar sus alas inertes, cargó con el ave hasta el final de la calle, donde el agua negra del canal lanzaba destellos, más allá de la calzada.

EL OXFORD DE LYRA

Por encima de su cabeza oyó que los cisnes vol- › vían a pasar. Volaban tan bajo que sintió la caricia de sus plumas en el pelo y el ruido del aleteo repercutió en todos sus huesos. Al llegar junto al canal, se inclinó, temblando por el peso del cisne. En cuanto se vio libre, el animal se lanzó al agua produciendo una salpicadura. El ave irguió el cuerpo y agitó las alas con brío, y a continuación se alejó nadando. Cuando ya había recorrido un trecho, volvieron los otros cisnes, que sobrevolaron el canal rozando el agua, para reunirse con él, leves manchas blancas en la oscuridad de la noche.

Lyra sintió que una mano se apoyaba en su hombro. Estaba tan sobrecogida que ya no podía asustarse más. Se limitó a volverse. Descubrió a su lado a un hombre de unos sesenta años, con un rostro que mostraba los estragos del tiempo, y las manos agrietadas y ennegrecidas. Su daimonion, un gato negro, charlaba animadamente con Pan.

–Sigúeme, así no llamarás más la atención -dijo en voz baja-. Ella ha muerto y la calle no tardará en despertar.

Echó a andar por el sendero del canal, tomó a la derecha, en dirección a la fundición, y se metió por una estrecha puerta en el muro. La débil luz de la luna bastó para que Lyra distinguiera un pasadizo entre el muro y el lateral del alto edificio de ladrillos. Pan, que iba sobre su hombro, le dijo:

–Está bien… Con él estamos salvados.

Lyra siguió al hombre, dobló una esquina y desembocó en un patio pequeño y triste, donde él levantó una trampilla.

–Por aquí iremos a mi sótano, y desde allí te será fácil escapar. Cuando encuentren el cuerpo, se armará una buena. Es mejor que no te veas mezclada en eso.

Lyra descendió los escalones de madera que llevaban a una sala caliente, sofocante, mal ventilada, iluminada sólo por las llamas de un gran horno que estaba en un rincón. Unas estanterías, a lo largo de las cuatro paredes, con probetas y retortas, con crisoles y juegos de platillos de balanza, y toda clase de aparatos para destilar, condensar y purificar. El polvo reinaba sobre todo ello, y el techo estaba completamente negro por el hollín acumulado durante tantos años.

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