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作者: 当前章节:15368 字 更新时间:2026-6-23 10:39

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

de animal dormido. Aureliano terminó por olvidarse de él, absorto en la redacción de sus versos, pero en cierta ocasión creyó entender algo de lo que decía en sus bordoneantes monólogos, y le prestó atención. En realidad, lo único que pudo aislar en las parrafadas pedregosas, fue el in-sistente martilleo de la palabra equinoccio equinoccio equinoccio, y el nombre de Alexander Von Humboldt. Arcadio se aproximó un poco más a él cuando empezó a ayudar a Aureliano en la platería. Melquíades correspondió a aquel esfuerzo de comunicación soltando a veces frases en castellano que tenían muy poco que ver con la realidad. Una tarde, sin embargo, pareció iluminado por una emoción repentina. Años después, frente al pelotón de fusilamiento, Arcadio había de acordarse del temblor con que Melquíades le hizo escuchar varias páginas de su escritura impenetrable, que por supuesto no entendió, pero que al ser leídas en voz alta parecían encíclicas cantadas. Luego sonrió por primera vez en mucho tiempo y dijo en castellano: «Cuando me muera, quemen mercurio durante tres días en mi cuarto.» Arcadio se lo cantó a José Arcadio Buendía, y éste trató de obtener una información más explícita, pero sólo consiguió una respuesta: «He alcanzado la inmortalidad.» Cuando la respiración de Melquíades empezó a oler, Arcadio lo llevó a bañarse al río los jueves en la mañana. Pareció mejorar. Se desnudaba y se metía en el agua junto con las muchachos, y su misterioso sentido de orientación le permitía eludir los sitios profundos y peligrosos. «Somos del agua», dijo en cierta ocasión. Así pasó mucho tiempo sin que nadie lo viera en la casa, salvo la noche en que hizo un conmovedor esfuerzo por componer la pianola, y cuando iba al río con Arcadio llevando bajo el brazo la totuma y la bola de jabón de corozo envueltas en una toalla. Un jueves, antes de que lo llamaran para ir al río, Aureliano le oyó decir: «He muerto de fiebre en los médanos de Singapur.» Ese día se metió en el agua par un mal camino y no lo encontraron hasta la mañana siguiente, varios kilómetros más abajo, varado en un recodo luminoso y con un gallinazo solitario parado en el vientre. Contra las escandalizadas protestas de Úrsula, que lo lloró con más dolor que a su propio padre, José Arcadio Buendía se opuso a que lo enterraran. «Es inmortal -dijo-y él mismo reveló la fórmula de la resurrección.» Revivió el olvidado atanor y puso a hervir un caldero de mercurio junto al cadáver que poco a poco se iba llenado de burbujas azules. Don Apolinar Moscote se atrevió a recordarle que un ahogado insepulto era un peligro para la salud pública. «Nada de eso, puesto que está vivo», fue la réplica de José Arcadio Buendía, que completó las setenta y dos horas de sahumerios mercuriales cuando ya el cadáver empezaba a reventarse en una floración lívida, cuyos silbidos tenues impregnaron la casa de un vapor pestilente. Sólo entonces permitió que lo enterraran, pero no de cualquier modo, sino con los honores reservados al más grande

benefactor de Macondo. Fue el primer entierro y el más concurrido que se vio en el pueblo, superado apenas un siglo después por el carnaval funerario de la Mamá Grande. Lo sepultaran en una tumba erigida en el centro del terreno que destinaron para el cementerio, con una lápida donde quedó escrito lo único que se supo de él: MESQUÍADES. Le hicieron sus nueve noches de velorio. En el tumulto que se reunía en el patio a tomar café, contar chistes y jugar barajas, Amaranta encontró una ocasión de confesarle su amor a Pietro Crespi, que pocas semanas antes había formalizado su compromiso con Rebeca y estaba instalando un almacén de instrumentos músicos y juguetes de cuerda, en el mismo sector donde vegetaban los árabes que en otro tiempo cambiaban baratijas por guacamayas, y que la gente conocía coma la calle de los Turcos.

El italiano, cuya cabeza cubierta de rizos charoladas suscitaba en las mujeres una irreprimible necesidad de suspirar, trató a Amaranta como una chiquilla caprichosa a quien no valía la pena tomar demasiado en cuenta.

Tengo un hermano menor -le dijo-. Va a venir a ayudarme en la tienda.

Amaranta se sintió humillada y le dijo a Pietro Crespi con un rencor virulenta, que estaba dispuesta a impedir la boda su hermana aunque tuviera que atravesar en la puerta su propio cadáver. Se impresionó tanto el italiano con el dramatismo de la amenaza, que no resistió la tentación de comentarla con Rebeca. Fue así como el viaje de Amaranta, siempre aplazado par las ocupaciones de Úrsula, se arregló en menos de una semana. Amaranta no opuso resistencia, pero cuando le dio a Rebeca el beso de despedida, le susurró al oído:

-No te hagas ilusiones. Aunque me lleven al fin del mundo encontraré la manera de impedir que te cases, así tenga que matarte.

Con la ausencia de Úrsula, can la presencia invisible de Melquíades que continuaba su

deambular sigiloso por las cuartos, la casa pareció enorme y vacía. Rebeca había quedado a cargo del orden doméstico, mientras la india se ocupaba de la panadería. Al anochecer, cuando llegaba Pietro Crespi precedido de un fresco hálito de espliego y llevando siempre un juguete de 32

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regalo, su novia le recibía la visita en la sala principal can puertas y ventanas abiertas para estar a salvo de toda suspicacia. Era una precaución innecesaria, porque el italiano había demostrado ser tan respetuoso que ni siquiera tocaba la mano de la mujer que seria su esposa antes de un año. Aquellas visitas fueron llenando la casa de juguetes prodigiosos. Las bailarinas de cuerda, las cajas de música, los manas acróbatas, los caballos trotadores, los payasos tamborileros, la rica y asombrosa fauna mecánica que llevaba Pietro Crespi, disiparan la aflicción de José Arcadio Buendía por la muerte de Melquíades, y la transportaron de nuevo a sus antiguas tiempos de alquimista. Vivía entonces en un paraíso de animales destripados, de mecanismos deshechos, tratando de perfeccionarías can un sistema de movimiento continua fundado en los principios del péndulo. Aureliano, por su parte, había descuidado el taller para enseñar a leer y escribir a la pequeña Remedios. Al principia, la niña prefería sus muñecas al hambre que llegaba todas las tardes, y que era el culpable de que la separaran de sus juegos para bañarla y vestirla y sentaría en la sala a recibir la visita. Pero la paciencia y la devoción de Aureliano terminaron par seducirla, hasta el punto de que pasaba muchas horas con él estudiando el sentido de las letras y dibujando en un cuaderno con lápices de colores casitas can vacas en los corrales y sales redondos con rayas amarillas que se ocultaban detrás de las lomas.

Sólo Rebeca era infeliz con la amenaza de Amaranta. Conocía el carácter de su hermana, la altivez de su espíritu, y la asustaba la virulencia de su rencor. Pasaba horas enteras chupándose el dedo en el baño, aferrándose a un agotador esfuerzo de voluntad para no comer tierra. En busca de un alivio a la zozobra llamó a Pilar Ternera para que le leyera el porvenir. Después de un sartal de imprecisiones convencionales, Pilar Ternera pronosticó:

-No serás feliz mientras tus padres permanezcan insepultos. Rebeca se estremeció. Cama en el recuerdo de un sueño se vio a sí misma entrando a la casa, muy niña, con el baúl y el

mecedorcito de madera y un talego cuyo contenido no conoció jamás. Se acordó de un caballero calvo, vestido de lino y con el cuello de la camisa cerrado con un botón de aro, que nada tenía que ver con el rey de capas. Se acordó de una mujer muy joven y muy bella, de manos tibias y perfumadas, que nada tenían en común can las manos reumáticas de la sota de oros, y que le ponía flores en el cabello para sacarla a pasear en la tarde por un pueblo de calles verdes.

-No entienda -dijo.

Pilar Ternera pareció desconcertada:

-Yo tampoco, pero eso es lo que dicen las cartas.

Rebeca quedó tan preocupada con el enigma, que se lo cantó a José Arcadio Buendía y éste la reprendió por dar crédito a pronósticos de barajas, pera se dio a la silenciosa tarea de registrar armarios y baúles, remover muebles y voltear camas y entabladas, buscando el talega de huesos.

Recordaba no haberla visto desde los tiempos de la reconstrucción. Llamó en secreta a los albañiles y una de ellas reveló que había emparedado el talego en algún dormitorio porque le estorbaba para trabajar. Después de varios días de auscultaciones, can la oreja pegada a las paredes, percibieron el clac clac profundo. Perforaron el muro y allí estaban los huesos en el talego intacto. Ese mismo día lo sepultaron en una tumba sin lápida, improvisada junta a la de Melquíades, y Jasé Arcadio Buendía regresó a la casa liberado de una carga que por un momento pesó tanto en su conciencia como el recuerdo de Prudencio Aguilar. Al pasar por la cocina le dio un beso en la frente a Rebeca.

-Quítate las malas ideas de la cabeza -le dijo-. Serás feliz. La amistad de Rebeca abrió a Pilar Ternera las puertas de la casa, cerradas por Úrsula desde el nacimiento de Arcadio. Llegaba a cualquier hora del día, como un tropel de cabras, y descargaba su energía febril en los oficios más pesados. A veces entraba al taller y ayudaba a Arcadio a sensibilizar las láminas del daguerrotipo con una eficacia y una ternura que terminaron par confundirlo. Lo aturdía esa mujer. La resolana de su piel, su alar a humo, el desorden de su risa en el cuarto oscuro, perturbaban su atención y la hacían tropezar con las cosas.

En cierta ocasión Aureliano estaba allí, trabajando en orfebrería, y Pilar Ternera se apoyó en la mesa para admirar su paciente laboriosidad. De pronto ocurrió. Aureliano comprobó que Arcadio estaba en el cuarto oscuro, antes de levantar la vista y encontrarse can los ojos de Pilar Ternera, cuyo pensamiento era perfectamente visible, como expuesto a la luz del mediodía.

-Bueno -dijo Aureliano-. Dígame qué es.

Pilar Ternera se mordió los labios can una sonrisa triste.

-Que eres bueno para la guerra -dijo-. Donde pones el ojo pones el plomo.

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Aureliano descansó con la comprobación del presagio. Volvió a concentrarse en su trabaja, como si nada hubiera pasado, y su voz adquirió una repasada firmeza.

-Lo reconozco -dijo-. Llevará mi nombre.

José Arcadio Buendía consiguió par fin lo que buscaba: conectó a una bailarina de cuerda el mecanismo del reloj, y el juguete bailó sin interrupción al compás de su propia música durante tres días. Aquel hallazgo lo excitó mucho más que cualquiera de sus empresas descabelladas. No volvió a comer. No volvió a dormir. Sin la vigilancia y los cuidados de Úrsula se dejó arrastrar por su imaginación hacia un estado de delirio perpetuo del cual no se volvería a recuperar. Pasaba las noches dando vueltas en el cuarto, pensando en voz alta, buscando la manera de aplicar los principios del péndulo a las carretas de bueyes, a las rejas del arado, a toda la que fuera útil puesto en movimiento. Lo fatigó tanto la fiebre del insomnio, que una madrugada no pudo reconocer al anciano de cabeza blanca y ademanes inciertos que entró en su dormitorio. Era Prudencio Aguilar. Cuando por fin lo identificó, asombrado de que también envejecieran los muertos, José Arcadio Buendía se sintió sacudido por la nostalgia. «Prudencio -exclamó-, ¡cómo has venido a parar tan lejos!» Después de muchos años de muerte, era tan intensa la añoranza de las vivos, tan apremiante la necesidad de compañía, tan aterradora la proximidad de la otra muerte que existía dentro de la muerte, que Prudencio Aguilar había terminado por querer al peor de sus enemigas. Tenía mucho tiempo de estar buscándolo. Les preguntaba por él a los muertos de Riohacha, a los muertos que llegaban del Valle de Upar, a los que llegaban de la ciénaga, y nadie le daba razón, porque Macondo fue un pueblo desconocido para los muertos hasta que llegó Melquíades y lo señaló con un puntito negro en las abigarrados mapas de la muerte. José Arcadio Buendía conversó con Prudencio Aguilar hasta el amanecer. Pocas horas después, estragado par la vigilia, entró al taller de Aureliano y le preguntó: «¿Qué día es hay?» Aureliano le contestó que era martes. «Eso mismo pensaba ya -dijo José Arcadio Buendía-. Pera de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias.

También hoy es lunes. » Acostumbrada a sus manías, Aureliano no le hizo caso. Al día siguiente, miércoles, José Arcadio Buendía volvió al taller. «Esta es un desastre -dijo-. Mira el aire, oye el zumbido del sol, igual que ayer y antier. También hoy es lunes.» Esa noche, Pietro Crespi lo encontró en el corredor, llorando con el llantito sin gracia de los viejos, llorando par Prudencio Aguilar, por Melquíades, por los padres de Rebeca, por su papá y su mamá, por todos los que podía recordar y que entonces estaban solos en la muerte. Le regaló un aso de cuerda que caminaba en das patas por un alambre, pero no consiguió distraerla de su obsesión. Le preguntó qué había pasado con el proyecto que le expuso días antes, sobre la posibilidad de construir una máquina de péndulo que le sirviera al hombre para volar, y él contestó que era imposible porque el péndulo podía levantar cualquier cosa en el aire pero no podía levantarse a sí mismo. El jueves volvió a aparecer en el taller con un doloroso aspecto de tierra arrasada. «¡La máquina del tiempo se ha descompuesto -casi sollozó- y Úrsula y Amaranta tan lejos!» Aureliano lo reprendió coma a un niño y él adaptó un aire sumiso. Pasó seis horas examinando las cosas, tratando de encontrar una diferencia con el aspecto que tuvieron el día anterior, pendiente de descubrir en ellas algún cambio que revelara el transcurso del tiempo. Estuvo toda la noche en la cama con los ojos abiertas, llamando a Prudencio Aguilar, a Melquíades, a todos los muertos, para que fueran a compartir su desazón. Pero nadie acudió. El viernes, antes de que se levantara nadie, volvió a vigilar la apariencia de la naturaleza, hasta que no tuvo la menor duda de que seguía siendo lunes. Entonces agarró la tranca de una puerta y con la violencia salvaje de su fuerza descomunal destrozó hasta convertirlos en polvo los aparatos de alquimia, el gabinete de daguerrotipia, el taller de orfebrería, gritando como un endemoniado en un idioma altisonante y fluido pero completamente incomprensible. Se disponía a terminar con el resto de la casa cuando Aureliano pidió ayuda a los vecinos. Se necesitaron diez hombres para tumbaría, catorce para amarraría, veinte para arrastrarlo hasta el castaño del patio, donde la dejaron atado, ladrando en lengua extraña y echando espumarajos verdes por la baca. Cuando llegaron Úrsula y Amaranta todavía estaba atado de pies y manos al tronco del castaño, empapada de lluvia y en un estado de inocencia total. Le hablaran, y él las miró sin reconocerlas y les dijo alga incomprensible. Úrsula le soltó las muñecas y los tobillos, ulceradas por la presión de las sagas, y lo dejó amarrado solamente por la cintura. Más tarde le construyeron un cobertizo de palma para protegerlo del sol y la lluvia.

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