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作者: 当前章节:16054 字 更新时间:2026-6-23 10:39

-¿Quién es este tipo? -preguntó.

-El corregidor -dijo Úrsula desconsolada-. Dicen que es una autoridad que mandó el gobierno.

Don Apolinar Moscote, el corregidor, había llegado a Macondo sin hacer ruido. Se bajó en el Hotel de Jacob -instalado por uno de los primeras árabes que llegaron haciendo cambalache de chucherías por guacamayas-y al día siguiente alquiló un cuartito con puerta hacia la calle, a dos cuadras de la casa de los Buendía. Puso una mesa y una silla que les compró a Jacob, clavó en la pared un escudo de la república que había traído consigo, y pintó en la puerta el letrero: Corregidor. Su primera disposición fue ordenar que todas las casas se pintaran de azul para celebrar el aniversario de la independencia nacional. José Arcadio Buendía, con la copia de la orden en la mano, lo encontró durmiendo la siesta en una hamaca que había colgada en el escueto despacho.

«¿Usted escribió este papel?», le preguntó. Don Apolinar Moscote, un hombre maduro, tímido, de complexión sanguínea, contestó que sí. «¿Can qué derecho?», volvió a preguntar José Arcadio Buendía. Don Apolinar Moscote buscó un papel en la gaveta de la mesa y se lo mostró: «He sido nombrada corregidor de este pueblo. » José Arcadio Buendía ni siquiera miró el nombramiento.

-En este pueblo no mandamos con papeles -dijo sin perder la calma-. Y para que lo sepa de una vez, no necesitamos ningún corregidor porque aquí no hay nada que corregir.

Ante la impavidez de don Apolinar Mascote, siempre sin levantar la voz, hizo un pormenorizada recuento de cómo habían fundado la aldea, de cómo se habían repartido la tierra, abierto los caminos e introducido las mejoras que les había ido exigiendo la necesidad, sin haber molestado a gobierno alguno y sin que nadie los molestara. «Somos tan pacíficos que ni siquiera nos hemos muerto de muerte natural -dijo-. Ya ve que todavía no tenemos cementerio.» No se dolió de que el gobierno no los hubiera ayudado. Al contrario, se alegraba de que hasta entonces las hubiera dejado crecer en paz, y esperaba que así los siguiera dejando, porque ellas no habían fundado un pueblo para que el primer advenedizo les fuera a decir lo que debían hacer. Don Apolinar Moscote se había puesto un saco de dril, blanco como sus pantalones, sin perder en ningún momento la pureza de sus ademanes.

-De modo que si usted se quiere quedar aquí, como otro ciudadana común y corriente, sea muy bienvenido -concluyó José Arcadio Buendía-. Pero si viene a implantar el desorden obligando a la gente que pinte su casa de azul, puede agarrar sus corotos y largarse por donde vino. Porque mi casa ha de ser blanca como una paloma.

Don Apolinar Moscote se puso pálido. Dio un paso atrás y apretó las mandíbulas para decir con una cierta aflicción:

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-Quiero advertirle que estoy armado.

José Arcadio Buendía no supo en qué momento se le subió a las manos la fuerza juvenil con que derribaba un caballo. Agarró a don Apolinar Moscote par la solapa y lo levantó a la altura de sus ajos.

-Esto lo hago -le dijo-porque prefiero cargarlo vivo y no tener que seguir cargándolo muerto por el resto de mi vida.

Así la llevó por la mitad de la calle, suspendido por las solapas, hasta que lo puso sobre sus das pies en el camino de la ciénaga. Una semana después estaba de regreso con seis soldados descalzos y harapientos, armados con escopetas, y una carreta de bueyes donde viajaban su mujer y sus siete hijas. Más tarde llegaran otras das carretas con los muebles, los baúles y los utensilios domésticas. Instaló la familia en el Hotel de Jacob, mientras conseguía una casa, y volvió a abrir el despacho protegido por los soldados. Los fundadores de Macondo, resueltos a expulsar a los invasores, fueron can sus hijas mayores a ponerse a disposición de José Arcadio Buendía. Pera él se opuso, según explicó, porque don Apolinar Moscote había vuelto can su mujer y sus hijas, y no era cosa de hombres abochornar a otros delante de su familia. Así que decidió arreglar la situación por las buenas.

Aureliano lo acompañó. Ya para entonces había empezado a cultivar el bigote negro de puntas engomadas, y tenía la voz un poco estentórea que había de caracterizarlo en la guerra.

Desarmadas, sin hacer caso de la guardia, entraron al despacho del corregidor. Don Apolinar Moscote no perdió la serenidad. Les presentó a dos de sus hijas que se encontraban allí por casualidad: Amparo, de dieciséis años, morena como su madre, y Remedios, de apenas nueve años, una preciosa niña can piel de lirio y ojos verdes. Eran graciosas y bien educadas. Tan pronto cama ellos entraron, antes de ser presentadas, les acercaron sillas para que se sentaran.

Pera ambas permanecieron de pie.

-Muy bien, amiga -dijo José Arcadio Buendía-, usted se queda aquí, pero no porque tenga en la puerta esos bandoleros de trabuco, sino por consideración a su señora esposa y a sus hijas.

Don Apolinar Moscote se desconcertó, pero José Arcadio Buendía no le dio tiempo de replicar.

«Sólo le ponemos das condiciones -agregó-. La primera: que cada quien pinta su casa del color que le dé la gana. La segunda: que los soldados se van en seguida. Nosotros le garantizamos el orden.» El corregidor levantó la mano derecha can todas los dedos extendidos.

-¿Palabra de honor?

-Palabra de enemigo -dijo José Arcadio Buendía. Y añadió en un tono amargo-: Porque una cosa le quiero decir: usted y yo seguimos siendo enemigas.

Esa misma tarde se fueran los soldados. Pacos días después José Arcadio Buendía le consiguió una casa a la familia del corregidor. Todo el mundo quedó en paz, menos Aureliano. La imagen de Remedios, la hija menor del corregidor, que por su edad hubiera podido ser hija suya, le quedó doliendo en alguna parte del cuerpo. Era una sensación física que casi le molestaba para caminar, como una piedrecita en el zapato.

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IV

La casa nueva, blanca como una paloma, fue estrenada con un baile. Úrsula había concebido aquella idea desde la tarde en que vio a Rebeca y Amaranta convertidas en adolescentes, y casi puede decirse que el principal motivo de la construcción fue el deseo de procurar a las muchachas un lugar digno donde recibir las visitas. Para que nada restara esplendor a ese propósito, trabajó coma un galeote mientras se ejecutaban las reformas, de modo que antes de que estuvieran terminadas había encargado costosas menesteres para la decoración y el servicio, y el invento maravilloso que había de suscitar el asombro del pueblo y el júbilo de la juventud: la pianola. La llevaron a pedazos, empacada en varios cajones que fueron descargados junto con los muebles vieneses, la cristalería de Bohemia, la vajilla de la Compañía de las Indias, los manteles de Holanda y una rica variedad de lámparas y palmatorias, y floreros, paramentos y tapices. La casa importadora envió por su cuenta un experto italiana, Pietro Crespi, para que armara y afinara la pianola, instruyera a los compradores en su manejo y las enseñara a bailar la música de moda impresa en seis rollos de papel.

Pietro Crespi era joven y rubio, el hombre más hermoso y mejor educada que se había visto en Macondo, tan escrupuloso en el vestir que a pesar del calor sofocante trabajaba con la almilla brocada y el grueso saca de paño oscuro. Empapado en sudar, guardando una distancia reverente con los dueños de la casa, estuvo varias semanas encerrado en la sala, con una consagración similar a la de Aureliano en su taller de orfebre. Una mañana, sin abrir la puerta, sin convocar a ningún testigo del milagro, colocó el primer rollo en la pianola, y el martilleo atormentador y el estrépito constante de los listones de madera cesaron en un silencio de asombro, ante el orden y la limpieza de la música. Todos se precipitaron a la sala. José Arcadio Buendía pareció fulminado no por la belleza de la melodía, sino par el tecleo autónomo de la pianola, e instaló en la sala la cámara de Melquíades con la esperanza de obtener el daguerrotipo del ejecutante invisible. Ese día el italiano almorzó con ellos. Rebeca y Amaranta, sirviendo la mesa, se intimidaron con la fluidez con que manejaba los cubiertos aquel hombre angélico de manos pálidas y sin anillos. En la sala de estar, contigua a la sala de visita, Pietro Crespi las enseñó a bailar. Les indicaba los pasos sin tocarlas, marcando el compás con un metrónomo, baja la amable vigilancia de Úrsula, que no abandonó la sala un solo instante mientras sus hijas recibían las lecciones. Pietro Crespi llevaba en esos días unos pantalones especiales, muy flexibles y ajustados, y unas zapatillas de baile. «No tienes por qué preocuparte tanto -le decía José Arcadio Buendía a su mujer-. Este hombre es marica.» Pero ella no desistió de la vigilancia mientras no terminó el aprendizaje y el italiano se marchó de Macondo. Entonces empezó la organización de la fiesta. Úrsula hizo una lista severa de los invitados, en la cual los únicos escogidos fueron los descendientes de los fundadores, salvo la familia de Pilar Ternera, que ya había tenido otros dos hijos de padres desconocidos. Era en realidad una selección de clase, sólo que determinada por sentimientos de amistad, pues los favorecidos no sólo eran los más antiguos allegados a la casa de José Arcadio Buendía desde antes de emprender el éxodo que culminó con la fundación de Macondo, sino que sus hijos y nietos eran los compañeros habituales de Aureliano y Arcadio desde la infancia, y sus hijas eran las únicas que visitaban la casa para bordar con Rebeca y Amaranta. Don Apolinar Moscote, el gobernante benévolo cuya actuación se reducía a sostener con sus escasos recursos a dos policías armados con bolillos de palo, era una autoridad ornamental. Para sobrellevar los gastos domésticos, sus hijas abrieron un taller de costura, donde lo mismo hacían flores de fieltro que bocadillos de guayaba y esquelas de amor por encargo. Pero a pesar de ser recatadas y serviciales, las más bellas del pueblo y las más diestras en los bailes nuevos, no consiguieron que se les tomara en cuenta para la fiesta.

Mientras Úrsula y las muchachas desempacaban muebles, pulían las vajillas y colgaban

cuadros de doncellas en barcas cargadas de rosas, infundiendo un soplo de vida nueva a los espacios pelados que construyeron los albañiles, José Arcadio Buendía renunció a la persecución de la imagen de Dios, convencido de su inexistencia, y destripó la pianola para descifrar su magia 27

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secreta. Dos días antes de la fiesta, empantanado en un reguero de clavijas y martinetes sobrantes, chapuceando entre un enredijo de cuerdas que desenrollaba por un extremo y se volvían a enrollar por el otro, consiguió malcomponer el instrumento. Nunca hubo tantos sobresaltos y correndillas como en aquellos días, pero las nuevas lámparas de alquitrán se encendieron en la fecha y a la hora previstas. La casa se abrió, todavía olorosa a resinas y a cal húmeda, y los hijos y nietos de los fundadores conocieron el corredor de los helechos y las begonias, los aposentos silenciosos, el jardín saturado por la fragancia de las rosas, y se reunieron en la sala de visita frente al invento desconocido que había sido cubierto con una sábana blanca. Quienes conocían el pianoforte, popular en otras poblaciones de la ciénaga, se sintieron un poco descorazonados, pero más amarga fue la desilusión de Úrsula cuando colocó el primer rollo para que Amaranta y Rebeca abrieran el baile, y el mecanismo no funcionó.

Melquíades, ya casi ciego, desmigajándose de decrepitud, recurrió a las artes de su antiquísima sabiduría para tratar de componerlo. Al fin José Arcadio Buendía logró mover por equivocación un dispositivo atascado, y la música salió primero a borbotones, y luego en un manantial de notas enrevesadas. Golpeando contra las cuerdas puestas sin orden ni concierto y templadas con temeridad, los martinetes se desquiciaron. Pero los porfiados descendientes de los veintiún intrépidos que desentrañaron la sierra buscando el mar por el Occidente, eludieron los escollos del trastrueque melódico, y el baile se prolongó hasta el amanecer.

Pietro Crespi volvió a componer la pianola. Rebeca y Amaranta lo ayudaron a ordenar las cuerdas y lo secundaron en sus risas por lo enrevesado de los valses. Era en extremo afectuoso, y de índole tan honrada, que Úrsula renunció a la vigilancia. La víspera de su viaje se improvisó con la pianola restaurada un baile para despedirlo, y él hizo con Rebeca una demostración virtuosa de las danzas modernas. Arcadio y Amaranta los igualaron en gracia y destreza. Pero la exhibición fue interrumpida porque Pilar Ternera, que estaba en la puerta con los curiosos, se peleó a mordiscos y tirones de pelo con una mujer que se atrevió a comentar que el joven Arcadio tenía nalgas de mujer. Hacia la medianoche, Pietro Grespi se despidió con un discursito sentimental y prometió volver muy pronto. Rebeca lo acompañó hasta la puerta, y luego de haber cerrado la casa y apagado las lámparas, se fue a su cuarto a llorar. Fue un llanto inconsolable que se prolongó por varios días, y cuya causa no conoció ni siquiera Amaranta. No era extraño su hermetismo. Aunque parecía expansiva y cordial, tenía un carácter solitario y un corazón

impenetrable. Era una adolescente espléndida, de huesos largos y firmes, pero se empecinaba en seguir usando el mecedorcito de madera con que llegó a la casa, muchas veces reforzado y ya desprovisto de brazos. Nadie había descubierto que aún a esa edad, conservaba el hábito de chuparse el dedo. Por eso no perdía ocasión de encerrarse en el baño, y había adquirido la costumbre de dormir con la cara vuelta contra la pared. En las tardes de lluvia, bordando con un grupo de amigas en el corredor de las begonias, perdía el hilo de la conversación y una lágrima de nostalgia le salaba el paladar cuando veía las vetas de tierra húmeda y los montículos de barro construidos por las lombrices en el jardín. Esos gustos secretos, derrotados en otro tiempo por las naranjas con ruibarbo, estallaron en un anhelo irreprimible cuando empezó a llorar. Volvió a comer tierra. La primera vez lo hizo casi por curiosidad, segura de que el mal sabor sería el mejor remedio contra la tentación. Y en efecto no pudo soportar la tierra en la boca. Pero insistió, vencida por el ansia creciente, y poco a poco fue rescatando el apetito ancestral, el gusto de los minerales primarios, la satisfacción sin resquicios del alimento original. Se echaba puñados de tierra en los bolsillos, y los comía a granitos sin ser vista, con un confuso sentimiento de dicha y de rabia, mientras adiestraba a sus amigas en las puntadas más difíciles y conversaba de otros hombres que no merecían el sacrificio de que se comiera por ellos la cal de las paredes. 'Los puñados de tierra hacían menos remoto y más cierto al único hombre que merecía aquella degradación, como si el suelo que él pisaba con sus finas botas de charol en otro lugar del mundo, le transmitiera a ella el peso y la temperatura de su sangre en un sabor mineral que dejaba un rescoldo áspero en la boca y un sedimento de paz en el corazón. Una tarde, sin ningún motivo, Amparo Moscote pidió permiso para conocer la casa. Amaranta y Rebeca, desconcertadas por la visita imprevista, la atendieron con un formalismo duro. Le mostraron la mansión reformada, le hicieron oír los rollos de la pianola y le ofrecieron naranjada con galletitas. Amparo dio una lección de dignidad, de encanto personal, de buenas maneras, que impresionó a Úrsula en los breves instantes en que asistió a la visita. Al cabo de dos horas, cuando la conversación empezaba a languidecer, Amparo aprovechó un descuido de Amaranta y le entregó una carta a Rebeca. Ella alcanzó a ver el nombre de la muy distinguida señorita doña Rebeca Buendía, escrito 28

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